Archivo de la categoría ‘Lecturas’
Tristram Hunt es la garantía de que una determinada tradición historiográfica inglesa –rigor, exhaustividad, elegancia rayana con la exquisitez, inteligibilidad-, tiene cuerda para rato. “El gentleman comunista” es una de esas biografías en las que el lector puede ver, con total claridad, el árbol, unos cuantos árboles y el bosque. Es más que una biografía: es un época que te atrapa y que nos interroga sobre la que nos ha tocado vivir. Léanlo. No se arrepentirán.
Friedrich Engels queda magistralmente retratado por Hunt. Cada contradicción que acumula lo hace más atractivo a nuestro ojos: burgués de la industria algodonera de día/revolucionario comunista de noche; materialista histórico convencido/ admirador de las grandes individualidades históricas; irremediablemente mujeriego/ autor del texto fundamental del feminismo socialista; hombre de acción apasionado por lo militar/intelectual y erudito capaz de beberse toda la creación filosófica, política, antropológica y científica de la prodigiosa segunda mitad del siglo XIX.
“El gentleman comunista” es una penetrante y sugestiva visión del corazón de Europa –Alemania, Francia, Países Bajos y Gran Bretaña- desde el romanticismo y el liberalismo postnapoleónico hasta el capitalismo globalizado, el positivismo y el socialismo.
Engels, poco antes de morir le dijo al economista y político alemán, Werner Sombart, que “todo el pensamiento de Marx, más que una doctrina, es un método. Más que dogmas prefabricados, ofrece ayudas para proseguir la investigación y el método para llevarlas a cabo.” Lástima que Plejánov y Lenin no lo entendieran así. Nosotros, que formamos parte de una tradición socialdemócrata que nunca aceptó dogmas que pusieran en peligro el valor de la libertad, deberíamos, en cambio, reconocer que hemos sido demasiado indulgentes frente al capitalismo financiero sin freno ni regulación, y demasiado débiles frente al fundamentalismo del libre mercado. Lamentablemente, la Manchester de Engels ocupa un espacio central en nuestro globalizado mundo.
Asistimos el pasado jueves en el Círculo de Bellas Artes de Madrid a la presentación del libro: “La mirada del otro” de Rafael Jorba. Fue un acto sobrio y cálido a la vez, que contó con Máximo Cajal como elegante e incisivo maestro de ceremonias.
En muchas presentaciones de libros, como en no pocas corridas de toros, lo más interesante acontece antes y después. Esta vez no hubo un después, ya que el AVE nos esperaba, puntual, en Atocha. En ese AVE y en el que ahora escribimos de vuelta a Madrid hemos leído los ensayos hilvanados por la mirada de Rafael Jorba y hemos llegado a una conclusión: ¡Léanlos!
Léanlos porque están escritos para ser entendidos, se comparta o no su contenido. Léanlos porque la mirada positiva o negativa sobre el pluralismo -y la manera de actuar sobre el mismo- es una de las claves del presente y futuro de nuestra sociedad europea, española, y también catalana. Léanlos porque necesitamos más respeto mutuo y menos tolerancia coloreada de superioridad. Léanlos porque conocer la evolución del debate social y político en nuestra vecina Francia sigue siendo útil para un ibérico, e incluso para un anglosajón. Léanlos porque es necesario distinguir entre laicidad, “como terreno de juego compartido y el laicismo doctrinario cargado de anticlericalismo trasnochado”. Léanlos porque “la espectacularización de la información y el culto a la emoción” no es un problema de los medios de comunicación, sino de nuestra sociedad. Léanlos porque “el catalanismo ha sido y debe seguir siendo más que un nacionalismo.”
Y sobre todo, léanlos, porque la civilización es una creación humana tan hermosa como frágil. Y hoy, tal y como defiende Jorba: “Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera.”
Formen part d’una societat instantània en la qual aturar-se és sinònim de “perdre el temps” i mirar enrere, en la majoria dels casos, és una manera d’evadir-se. Vivim temps en els què l’experiència dels més grans pot arribar a ser escoltada amb respecte, però difícilment ho és per a ser aprofitada en l’acció present i futura.
La veu d’Isidre Molas, Vicepresident del Senat i President del PSC, és una veu que escoltem amb respecte, però també amb la consciència de que es tracta, en paraules de Bertolt Brecht, d’un “pensament participant”, de reflexions, orientades a la construcció d’una acció col·lectiva.
Isidre Molas ha publicat recentment “El meu temps de presó” a Edicions 62. Es tracta d’un relat autobiogràfic de la seva experiència com a presidiari entre 1962 i 1963 en forma de trencadís de records. El recomanem vivament –amb violència que diria Camilo José Cela-. L’autor, amb un estil transparent ens aproxima, sense més adjectius que els precisos, a una altra violència: a la de la dictadura contra els ciutadans –alguns gairebé adolescents com el propi Molas- que no l’acceptaven resignadament. La comissaria de la Via Laietana i la Model de Barcelona, Carabanchel i Sòria, però també, la universitat, la seva família, l’antifranquisme i, per damunt de tot, la serena reflexió, amb un punt de saludable distància, de l’autor conformen aquest trencadís.
Em permetran dos exemples de reflexions orientades a l’acció que compartim radicalment, el primer sobre la memòria històrica; el segon sobre el catalanisme:
“ No necessito que em rehabilitin, no necessito saber que jutjaven sense proves, que es venjaven i s’hi rebejaven, que els drets humans no eren respectats, que l’arbitrarietat era la tònica normal. En tinc prou de mirar als ulls als que queden i de recordar amb dolor i orgull Companys, Besteiro, Miguel Hernández o Peiró, per exemple, per saber que sóc com he de ser. Per anar bé ells també haurien de sentir dolor per l’odi caïnita que practicaren; no parlo només de la guerra, parlo sobretot dels trenta-cinc anys posteriors a la seva victòria . Jo ni els odio, ni desitjo cap revisió personal , només voldria que algú hagués expressat amb claredat un moment de dolor i de contrició per les bestieses que feren durant diverses dècades.”
“El nacionalisme que traspuaven partia del supòsit que la lluita o el conflicte fonamental (en la història, com en dèiem aleshores) es produïa entre pobles, entre tribus; era allí on residia la lògica de tota la vida política. Jo, en canvi, d’una manera més aviat instintiva partia del supòsit que el conflicte entrellaçat entre classes, interessos i valors era el centre de la vida política. (…) Vivia el meu catalanisme espontani sobretot com la fidelitat a una llengua comuna, a una cultura comuna i a una pàtria comuna des de l’ànsia de plenitud de les llibertats i de la societat plural, que forjava la seva expressió nacional en el federalisme.”
“Suite francesa” debe leerse inmediatamente antes o después de “La agonía de Francia” de Manuel Chaves Nogales. El ocaso de la civilización francesa ante el avance de las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial visto a través de una lupa de aumento sobre el alma de unos inolvidables personajes y a través de la mirada del cirujano que disecciona –bisturí en ristre- una sociedad en descomposición. En “Suite francesa” las miserias y cobardías de la huida de Paris, en la que sólo los Michaud mantienen la dignidad, se convierten en la segunda parte del libro en infelicidades compartidas en un pueblo en el que conviven soldados alemanes y civiles franceses.
Retenemos una conversación entre Bruno von Falk y un joven francés:
“- Nosotros –afirma el joven- lo olvidamos todos muy rápidamente. Es nuestra debilidad y, al mismo tiempo, nuestra fuerza. Después de 1918 olvidamos que éramos los vencedores, y eso nos perdió; después de 1940 olvidaremos que nos derrotaron, lo que quizá nos salve.”
- Para nosotros, los alemanes –responde von Falk- lo que es a la vez nuestro peor defecto y nuestra mejor virtud es la falta de tacto o, dicho de otro modo, la falta de imaginación. Somos incapaces de ponernos en el lugar del otro, lo ofendemos gratuitamente y nos hacemos odiar; pero eso nos permite actuar de un modo inflexible y sin desfallecer.”
Irène Némirovsky, como otros millones de judíos europeos, fue asesinada en un campo de concentración. Producen escalofríos la correspondencia en la que primero ella y después su marido, Michel Epstein –asesinado en Auschwitz- luchan por su supervivencia y la de sus hijas Denise y Elisabeth. En una de esas cartas Epstein escribe al embajador de Alemania, Otto Abetz: “y si bien mi mujer es judía, habla en ellos (sus libros) sin el menor afecto.” En efecto, una de las virtudes de la prosa de Némirovsky es el retrato sin edulcorantes de la sociedad a la que pertenecía: la burguesía judía de entreguerras. ¿Es reprochable que Epstein utilizara este argumento para intentar salvarle la vida? Para nada. Lo único que lamentamos (en estos tiempos en lo que lo que se lleva es criticar a la sociedad de al lado, pero nunca a la propia) es que no lo consiguiera.
Siguiendo una recomendación de LLuís Bassets en un reciente artículo en El País (por cierto, sus conversaciones con Javier Solana en “Reivindicación de la política” son más que recomendables) releemos “La política como profesión” de Max Weber. Nos asalta una duda: releer, al cabo de diez años, un libro y que dicha lectura sea vivida como algo nuevo ha de ser considerado una trágica falta de memoria o un regalo de los dioses. Y se nos reafirma una convicción: es posible escribir sobre ciencia política y sociología a través de una prosa elegante, sugerente e inteligible.
Por una disposición personal que no tiene vuelta de hoja siempre nos hemos sentidos más apegados a la ética de la responsabilidad que a la de las convicciones en el quehacer político. Una predisposición íntima que habíamos fundamentado, con el paso del tiempo, en la lectura de Max Weber. Sin embargo, ahora hemos colisionado con un párrafo olvidado: “En este sentido, la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad no se contraponen de manera absoluta , sino que ambas se complementan y sólo juntas hacen al hombre auténtico, a ese hombre que puede tener “Beruf para la política”. (Beruf en su sentido de vocación, más que en el de trabajo que también posee desde Lutero). Tal vez en la superación de esta no-contradicción esté una de las actitudes que necesita hoy la socialdemocracia.
Donde Weber si afirma que existe una contradicción es en el viejo dilema entre liderazgo carismático o dominación burocrática (Beantenherrschaft) en el seno de los partidos políticos. “Pero sólo hay una disyuntiva: o democracia de líderes con partido o democracia sin líderes, es decir, la dominación de los políticos profesionales.” Nos resistimos a aceptar esta disyuntiva. En primer lugar porque no se contempla un espacio para la democracia intrapartidaria ¿Es posible una democracia sin partidos que funcionen democráticamente? Creemos que no. Y en segundo lugar porque no aceptamos la imposibilidad de que existan proyectos políticos en los que el liderazgo no implique necesariamente “la proletarización intelectual de sus seguidores”. Proyectos, en definitiva, en el que convivan liderazgo, dirigentes políticos con personalidad propia y afiliados que no tengan que despojarse de su condición de ciudadanos en la entrada de los locales partidarios.
La lectura de la “La lengua absuelta” –el primer tomo de la autobiografía de Elías Canetti- es un viaje privilegiado a través del Canetti niño y adolescente por aquella patria Europea truncada por la Primera Guerra Mundial. Nos paseamos por Manchester, Zúrich, Viena (las ciudades son siempre menos amenazantes que las naciones o los estados) y, especialmente, por Rustschk, la ciudad portuaria del Bajo Danubio en la que el autor vino al mundo y en la que “en un mismo día se podían escuchar siete u ocho idiomas diferentes: turco, búlgaro, safardí –el materno- griego, armenio, gitano y, ocasionalmente, ruso.”
La relación entre Canetti y su madre (el padre murió joven en Manchester) es la espina dorsal de la obra, y se intuye que de la vida del autor: “Mucho más tarde comprendí que, en el ámbito más amplio de las relaciones humanas, yo soy exactamente como ella (…). He investigado y analizado el poder tan despiadadamente como mi madre los procesos en los que se metía mi familia. Existen pocas cosas tan negativas que yo no haya dicho del hombre y la humanidad. Y, a pesar de todo me siento tan orgulloso de ambos que sólo odio una cosa: su enemigo la muerte.”
La muerte es el enemigo al que hay que combatir con el objeto no de vencerla, sino de retrasar su victoria, de restarle valor, de esquivarla con todas las tretas a nuestro alcance. Sin embargo existen otros enemigos que es necesario combatir y –éstos sí- derrotar. En Viena, Elías Canetti volvía del colegio hacia su casa acompañado por su amigo Paul Kornfeld cuando un compañero les gritó despectivamente “Judelach” (judiazo). El antisemitismo (una de las expresiones más europeas del odio al diferente) hizo aparición por primera vez en su vida. Las expulsiones colectivas de gitanos rumanos que Sarkozy está practicando en Francia nos demuestran que el odio al diferente, la xenofobia, sigue conviviendo con nosotros. Creíamos que la Unión Europea era la respuesta a nuestra posición en el mundo y, tal vez, tenga que jugar un papel más relevante en el combate contra nuestros propios demonios interiores. Evidentemente Sarkozy no es Petain, pero es más evidente todavía que no se parece en nada a Clemenceau.
Nuestro conflictivo siglo XX
Santos Juliá acaba de publicar un libro inteligente, polémico y de gran valor cívico. Se comprende que haya recibido tantos y tan iracundos ataques de los maniqueos que no aceptan la complejidad del pasado
José Álvarez Junco, catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.
Para todo aquel interesado en esta guerra mundial –y al mismo tiempo civil en España-, este libro sólido, competo y equilibrado de Joaquim Albareda será, por mucho tiempo, una referencia ineludible. A nosotros nos ha aportado tres reflexiones que nos atrevemos a sintetizar:
- La por algunos pretendida modernidad política y económica del absolutismo borbónico respecto al modelo austracista resulta francamente cuestionada; como mínimo en lo que hace referencia al reinado de Felipe V respecto al de Carlos II.
- El proyecto austracista, mayoritario en la Corona de Aragón, era un proyecto concebido para toda la monarquía; una monarquía que se quería compuesta, como la vigente hasta entonces. El aumento del sentimiento anticastellano al final de la guerra no la convierte en una guerra de secesión. Así lo argumenta el escrito Crisol de fidelidad cuando la Junta de Brazos catalana decidió resistir a las tropas borbónicas: “No penséis que nuestra animosa resolución se reduce a nuestros límites; sino que aspira a la cabal libertad de nuestra península”. La derrota catalana fue la derrota de otra manera de entender España.
- Finalmente, es necesario señalar que el triunfo borbónico es uno de los ejemplos más logrados del “rol de la contingencia en el devenir histórico” en palabras de Albareda. En efecto, cuando el triunfo de la causa austracista parecía consumado, la costosa victoria de los aliados bajo el mando de Malborough –más de 20.000 bajas-, frente a los franceses encabezados por Villars en Malplaquet, ; la pérdida del poder de los whigs, partidarios de la guerra, en Inglaterra frente a unos tories ansiosos de firmar la paz con Francia y la muerte del emperador José I, que suponía el ascenso al trono imperial de Carlos III –futuro Carlos VI-, trastocaron radicalmente la situación, constituyendo los pilares de la victoria borbónica. Deberían tenerlo en cuenta quienes en Cataluña celebran futuras victorias y se reparten distinciones antes de ganar las batallas (afortunadamente electorales en estos nuestros tiempos).
La recuperación –y, en nuestro caso, el descubrimiento- de la obra periodística y literaria de Manuel Chaves Nogales es una de las mejores noticias de la vida intelectual española de los últimos años. A quienes se empeñan en reducir las Españas a una sola España –en el fondo, los mismos que no aceptan la pluralidad de Catalunya- les sería de gran utilidad su elegante prosa, capaz de convertir el reportaje periodístico en gran literatura desde una óptica liberal, democrática, progresista y republicana.
En “La agonía de Francia”, Chaves Nogales ejerce de forense y nos demuestra en apenas 173 páginas que la Francia que sucumbió dócilmente ante Hitler era “un pueblo en franca descomposición que hubiera sido vencido y humillado mucho tiempo antes de no haber estado protegido por esa armadura de su régimen liberal y democrático”. No es que la democracia fuera un sistema débil frente al comunismo o al fascismo (al fin y al cabo, ambos acabarán sucumbiendo en 1945 y 1989). El problema es que en 1940 el pueblo francés había abandonado la democracia y el liberalismo y “no tenían curso legal más que las ideas de la dictadura, fascismo, nazismo, corporativismo, antisemitismo…”.
Como demócrata Chaves Nogales vivió la caída de Francia como una tragedia personal. Francia se había traicionado a sí misma y “al mundo que creía en ella”, un mundo del que formaba parte el gran periodista sevillano. Con todo, Chaves Nogales, que falleció en Londres en 1947, necesita finalizar su obra con una afirmación que no admite réplica. Y lo hace: “Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de seleccionar mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia. En el mundo no hay más.” Y nosotros que hemos vivido una semana parlamentaria en la que algunos han pretendido anteponer la escaramuza y la treta partidaria de corto alcance a un ejercicio responsable y útil de nuestra condición de diputados lo confirmamos. En el mundo no hay más. Concentrémonos en mejorar lo que tenemos.

