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Tristram Hunt es la garantía de que una determinada  tradición historiográfica inglesa –rigor, exhaustividad, elegancia rayana con la exquisitez, inteligibilidad-, tiene cuerda para rato. “El gentleman comunista” es una de esas biografías en las que el lector puede ver, con total claridad, el árbol, unos cuantos árboles y el bosque. Es más que una biografía: es un época que te atrapa y que nos interroga sobre la que nos ha tocado vivir. Léanlo. No se arrepentirán.

Friedrich Engels queda magistralmente retratado por Hunt. Cada contradicción que acumula lo hace más atractivo a nuestro ojos: burgués de la industria algodonera de día/revolucionario comunista de noche; materialista histórico convencido/ admirador de las grandes individualidades históricas; irremediablemente mujeriego/ autor del texto fundamental del feminismo socialista; hombre de acción apasionado por lo militar/intelectual y erudito capaz de beberse toda la creación filosófica, política, antropológica y científica de la prodigiosa segunda mitad del siglo XIX. 

“El gentleman comunista” es una penetrante y sugestiva visión del corazón de Europa –Alemania, Francia, Países Bajos y Gran Bretaña- desde el romanticismo y el liberalismo postnapoleónico hasta el capitalismo globalizado, el positivismo y el socialismo.

Engels, poco antes de morir le dijo al economista y político alemán, Werner Sombart, que “todo el pensamiento de Marx, más que una doctrina, es un método. Más que dogmas prefabricados, ofrece ayudas para proseguir la investigación y el método para llevarlas a cabo.” Lástima que Plejánov y Lenin no lo entendieran así. Nosotros, que formamos parte de una tradición socialdemócrata que nunca aceptó dogmas que pusieran en peligro el valor de la libertad, deberíamos, en cambio, reconocer que hemos sido demasiado indulgentes frente al capitalismo financiero sin freno ni regulación, y demasiado débiles frente al fundamentalismo del libre mercado. Lamentablemente, la Manchester de Engels ocupa un espacio central en nuestro globalizado mundo.

Asistimos el pasado jueves en el Círculo de Bellas Artes de Madrid a la presentación del libro: “La mirada del otro” de Rafael Jorba. Fue un acto sobrio y cálido a la vez, que contó con Máximo Cajal como elegante e incisivo maestro de ceremonias.

En muchas presentaciones de libros, como en no pocas corridas de toros, lo más interesante acontece antes y después. Esta vez no hubo un después, ya que el AVE nos esperaba, puntual, en Atocha. En ese AVE y en el que ahora escribimos de vuelta a Madrid hemos leído los ensayos hilvanados por la mirada de Rafael Jorba y hemos llegado a una conclusión: ¡Léanlos!

 Léanlos porque están escritos para ser entendidos, se comparta o no su contenido. Léanlos porque la mirada positiva o negativa sobre el pluralismo -y la manera de actuar sobre el mismo- es una de las claves del presente y futuro de nuestra sociedad europea, española, y también catalana. Léanlos porque necesitamos más respeto mutuo y menos tolerancia coloreada de superioridad. Léanlos porque conocer la evolución del debate social y político en nuestra vecina Francia sigue siendo útil para un ibérico, e incluso para un anglosajón. Léanlos porque es necesario distinguir entre laicidad, “como terreno de juego compartido y el laicismo doctrinario cargado de anticlericalismo trasnochado”. Léanlos porque “la espectacularización de la información y el culto a la emoción” no es un problema de los medios de comunicación, sino de nuestra sociedad. Léanlos porque “el catalanismo ha sido y debe seguir siendo más que un nacionalismo.”

Y sobre todo, léanlos, porque la civilización es una creación humana tan hermosa como frágil. Y hoy, tal y como defiende Jorba: “Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera.”

Formen part d’una societat instantània en la qual aturar-se és sinònim de “perdre el temps” i mirar enrere, en la majoria dels casos, és una manera d’evadir-se. Vivim temps en els què l’experiència dels més grans pot arribar a ser escoltada amb respecte, però difícilment ho és per a ser aprofitada en l’acció present i futura.

La veu d’Isidre Molas, Vicepresident del Senat i President del PSC, és una veu que escoltem amb respecte, però també amb la consciència de que es tracta, en paraules de Bertolt Brecht, d’un “pensament participant”, de reflexions, orientades a la construcció d’una acció col·lectiva.

Isidre Molas ha publicat recentment “El meu temps de presó” a Edicions 62. Es tracta d’un relat autobiogràfic de la seva experiència com a presidiari entre 1962 i 1963 en forma de trencadís de records. El recomanem vivament –amb violència que diria Camilo José Cela-. L’autor, amb un estil transparent ens aproxima, sense més adjectius que els precisos, a una altra violència: a la de la dictadura contra els ciutadans –alguns gairebé adolescents com el propi Molas- que no l’acceptaven resignadament. La comissaria de la Via Laietana i la Model de Barcelona, Carabanchel i Sòria, però també, la universitat, la seva família, l’antifranquisme i, per damunt de tot, la serena reflexió, amb un punt de saludable distància,  de l’autor conformen aquest trencadís.

Em permetran dos exemples de reflexions orientades a l’acció que compartim radicalment, el primer sobre la memòria històrica; el segon sobre el catalanisme:

“ No necessito que em rehabilitin, no necessito saber que jutjaven sense proves, que es venjaven i s’hi rebejaven, que els drets humans no eren respectats, que l’arbitrarietat era la tònica normal. En tinc prou de mirar als ulls als que queden i de recordar amb dolor i orgull Companys, Besteiro, Miguel Hernández o Peiró, per exemple, per saber que sóc com he de ser. Per anar bé ells també haurien de sentir dolor per l’odi caïnita que practicaren; no parlo només de la guerra, parlo sobretot dels trenta-cinc anys posteriors a la seva victòria . Jo ni els odio, ni desitjo cap revisió  personal , només voldria que algú hagués  expressat amb claredat un moment de dolor  i de contrició  per les bestieses que feren durant diverses dècades.”

“El nacionalisme que traspuaven partia del supòsit que la lluita o el conflicte fonamental (en la història, com en dèiem aleshores) es produïa entre pobles, entre tribus; era allí on residia la lògica de tota la vida política. Jo, en canvi, d’una manera més aviat instintiva partia del supòsit que el conflicte entrellaçat entre classes, interessos i valors era el centre de la vida política. (…) Vivia el meu catalanisme espontani sobretot com la fidelitat a una llengua comuna, a una cultura comuna i a una pàtria comuna des de l’ànsia de plenitud de les llibertats  i de la societat plural, que forjava la seva expressió nacional en el federalisme.”

“Suite francesa” debe leerse inmediatamente antes o después de “La agonía de Francia” de Manuel Chaves Nogales.  El ocaso de la civilización francesa ante el avance de las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial visto a través de una lupa de aumento sobre el alma de unos inolvidables personajes y a través de la mirada del cirujano que disecciona –bisturí en ristre- una sociedad en descomposición.  En “Suite francesa” las miserias y cobardías de la huida de Paris, en la que sólo los Michaud mantienen la dignidad, se convierten en la segunda parte del libro en infelicidades compartidas en un pueblo en el que conviven soldados alemanes y civiles franceses.

Retenemos una conversación entre Bruno von Falk y un joven francés:

“- Nosotros –afirma el joven- lo olvidamos todos muy rápidamente. Es nuestra debilidad y, al mismo tiempo,  nuestra fuerza. Después de 1918 olvidamos que éramos los vencedores, y eso nos perdió; después de 1940 olvidaremos que nos derrotaron, lo que quizá nos salve.”

- Para nosotros, los alemanes –responde von Falk- lo que es a la vez nuestro peor defecto y nuestra mejor virtud es la falta de tacto o, dicho de otro modo, la falta de imaginación. Somos incapaces de ponernos en el lugar del otro, lo ofendemos gratuitamente y nos hacemos odiar; pero eso nos permite actuar de un modo inflexible y sin desfallecer.”

Irène Némirovsky, como otros millones de judíos europeos, fue asesinada en un campo de concentración. Producen escalofríos la correspondencia en la que primero ella y después su marido, Michel Epstein –asesinado en Auschwitz- luchan por su supervivencia y la de sus hijas Denise y Elisabeth. En una de esas cartas Epstein escribe al embajador de Alemania, Otto Abetz: “y si bien mi mujer es judía, habla en ellos (sus libros) sin el menor afecto.” En efecto, una de las virtudes de la prosa de Némirovsky es el retrato sin edulcorantes de la sociedad a la que pertenecía: la burguesía judía de entreguerras. ¿Es reprochable que Epstein utilizara este argumento para intentar salvarle la vida? Para nada. Lo único que lamentamos (en estos tiempos en lo que lo que se lleva es criticar a la sociedad de al lado, pero nunca a la propia) es que no lo consiguiera.

Siguiendo una recomendación de LLuís Bassets en un reciente artículo en El País (por cierto, sus conversaciones con Javier Solana en “Reivindicación de la política” son más que recomendables) releemos “La política como profesión” de Max Weber. Nos asalta una duda: releer, al cabo de diez años, un libro y que dicha lectura sea vivida como algo nuevo ha de ser considerado una trágica falta de memoria o un regalo de los dioses. Y se nos reafirma una convicción: es posible escribir sobre ciencia política y sociología a través de una prosa elegante, sugerente e inteligible.

Por una disposición personal que no tiene vuelta de hoja siempre nos hemos sentidos más apegados a la ética de la responsabilidad que a la de las convicciones en el quehacer político. Una predisposición íntima que habíamos fundamentado, con el paso del tiempo, en la lectura de Max Weber. Sin embargo, ahora hemos colisionado con un párrafo olvidado: “En este sentido, la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad no se contraponen de manera absoluta , sino que ambas se complementan y sólo juntas hacen al hombre auténtico, a ese hombre que puede tener “Beruf para la política”. (Beruf en su sentido de vocación, más que en el de trabajo que también posee desde Lutero). Tal vez en la superación de esta no-contradicción esté una de las actitudes que necesita hoy la socialdemocracia.

Donde Weber si afirma que existe una contradicción es en el viejo dilema entre liderazgo carismático o dominación burocrática (Beantenherrschaft) en el seno de los partidos políticos. “Pero sólo hay una disyuntiva: o democracia de líderes con partido o democracia sin líderes, es decir, la dominación de los políticos profesionales.” Nos resistimos a aceptar esta disyuntiva. En primer lugar porque no se contempla un espacio para la democracia intrapartidaria ¿Es posible una democracia sin partidos que funcionen democráticamente? Creemos que no. Y en segundo lugar porque no aceptamos la imposibilidad de que existan proyectos políticos en los que el liderazgo no implique necesariamente “la proletarización intelectual de sus seguidores”. Proyectos, en definitiva, en el que convivan liderazgo, dirigentes políticos con personalidad propia y afiliados que no tengan que despojarse de su condición de ciudadanos en la entrada de los locales partidarios.

La lectura de la “La lengua absuelta” –el primer tomo de la autobiografía de Elías Canetti- es un viaje privilegiado a través del Canetti niño y adolescente por aquella patria Europea truncada por la Primera Guerra Mundial. Nos paseamos por Manchester, Zúrich, Viena (las ciudades son siempre menos amenazantes que las naciones o los estados) y, especialmente, por Rustschk, la ciudad portuaria del Bajo Danubio en la que el autor vino al mundo y en la que “en un mismo día se podían escuchar siete u ocho idiomas diferentes: turco, búlgaro, safardí –el materno- griego, armenio, gitano y, ocasionalmente, ruso.”

 La relación entre Canetti y su madre (el padre murió joven en  Manchester) es la espina dorsal de la obra, y se intuye que de la vida del autor: “Mucho más tarde comprendí que, en el ámbito más amplio de las relaciones humanas, yo soy exactamente como ella (…). He investigado y analizado el poder tan despiadadamente como mi madre los procesos en los que se metía mi familia. Existen pocas cosas tan negativas que yo no haya dicho del hombre y la humanidad. Y, a pesar de todo me siento tan orgulloso de ambos que sólo odio una cosa: su enemigo la muerte.” 

La muerte es el enemigo al que hay que combatir con el objeto no de vencerla, sino de retrasar su victoria, de restarle valor, de esquivarla con todas las tretas a nuestro alcance. Sin embargo existen otros enemigos que es necesario combatir y –éstos sí- derrotar. En Viena, Elías Canetti volvía del colegio hacia su casa acompañado por su amigo Paul Kornfeld cuando un compañero les gritó despectivamente “Judelach” (judiazo). El antisemitismo (una de las  expresiones más europeas del odio al diferente) hizo aparición por primera vez en su vida. Las expulsiones colectivas de gitanos rumanos que Sarkozy está practicando en Francia nos demuestran que el odio al diferente, la xenofobia, sigue conviviendo con nosotros. Creíamos que la Unión Europea era la respuesta a nuestra posición en el mundo y, tal vez, tenga que jugar un papel más relevante en el combate contra  nuestros propios demonios interiores. Evidentemente Sarkozy no es Petain, pero es más evidente todavía que no se parece en nada a Clemenceau. 

 

Nuestro conflictivo siglo XX

Santos Juliá acaba de publicar un libro inteligente, polémico y de gran valor cívico. Se comprende que haya recibido tantos y tan iracundos ataques de los maniqueos que no aceptan la complejidad del pasado

EL PAÍS, 16.09.2010
Para describir el mundo académico no hay metáfora más engañosa que la de la torre de marfil. Porque debates aparentemente teóricos entrañan con frecuencia riesgos muy reales. Esto lo han sabido de sobra, por ejemplo, en la España de los últimos 30 años, quienes intentaban plantear en términos racionales el tema del nacionalismo ante ambientes nacionalistas; sus palabras podían terminar en amenazas físicas, rupturas de viejas amistades u ostracismo. La tensión, últimamente, se concentra alrededor de la llamada “memoria histórica”. Escribir sobre la República, la Guerra Civil, el franquismo o la Transición, es algo que uno no debe hacer sin palparse antes la ropa. Porque puede muy bien ocurrir que termine siendo declarado traidor a alguna causa sagrada.
Viene todo esto al caso del libro recién publicado Hoy no es ayer, firmado por Santos Juliá. Como dice su subtítulo, es un conjunto de ensayos sobre la España del siglo XX. Pero no es, como uno sospecharía de una recopilación de este tipo, una amalgama de escritos dispersos, escasamente relacionados entre sí. Por el contrario, lo que destaca en el volumen es su coherencia.
Hay una tesis central, compleja, que recorre todas sus páginas y que cada uno de los artículos reformula y desarrolla con notable concordancia con el anterior.
Intentaré resumir la interpretación que Juliá ofrece sobre la España del siglo XX, aun sabiendo que sintetizarla en unas líneas es traicionarla. Sobre sus tres primeras décadas, la tesis inicial —poco novedosa para quienes hayan seguido a los historiadores económicos recientes, pero sí para quienes sigan alimentándose de lo que escribieron los cultivadores del género “problema de España”— es que entre el 98 y la República el país experimentó un fuerte crecimiento económico y enormes cambios sociales y culturales. Los datos sobre demografía, industrialización, alfabetización, urbanización, secularización o incorporación de la mujer al mundo laboral son espectaculares; un solo ejemplo: la población activa en el sector primario pasó de un 70% en 1900 a un 45% en 1930 (pese a lo cual, el producto agrario casi se duplicó); en una generación, la economía española dejó de ser abrumadoramente agraria.
Este dinamismo económico y cultural contrastó con la rigidez de las estructuras políticas, pues el parlamentarismo restrictivo y falseado heredado del XIX se resistió a evolucionar. De ahí los conflictos, agravados por la desgraciada intervención de Primo de Rivera —y Alfonso XIII— en 1923 y culminados en la Guerra Civil. Conflictos que no se debieron a la miseria, el atraso, la ignorancia y la opresión propios de una sociedad arcaica, como tantas veces hemos oído, sino al desfase entre una España urbana, laica y moderna y un sistema político pensado para un mundo rural regido por caciques y párrocos. La República, pues, no llegó antes de tiempo, o a un país “inmaduro”, tópico que Juliá desmiente. Se adecuaba perfectamente a esa España urbana y vanguardista (la de Lorca, Dalí y Buñuel, para entendernos) que puede, eso sí, que despreciara más de la cuenta la fuerza que aún tenía el mundo provinciano ajeno a los cambios y temeroso ante ellos.
Si, para el autor, la República no fue prematura, se entiende que tampoco esté de acuerdo con que su fracaso estaba escrito y que la Guerra Civil era inevitable. Ni aquella España era tan subdesarrollada e inculta como se nos ha dicho ni es necesariamente imposible la convivencia democrática en una sociedad de ese tipo; creerlo así es un determinismo socioeconómico tan insostenible como su paralelo, el de los desarrollistas, para quienes, a partir de un determinado nivel de renta y cierto grosor de las clases medias, la democracia emerge de forma automática. No. Juliá arguye que el triste final de la República se debió a problemas institucionales (la Ley Electoral, por ejemplo, que fomentó la fragmentación —peor que la polarización—) y a rivalidades y errores políticos cuyos autores tienen nombres y apellidos. Como los tienen los responsables directos de la Guerra Civil, que fueron quienes planearon y ejecutaron el golpe militar de 1936, fracasado en principio y convertido en larga guerra tras el paso del Estrecho por las tropas coloniales y el funesto reparto de armas a los radicalizados sindicatos —al “pueblo”— por parte del Gobierno.
La obra se detiene en cada uno de estos problemas con detalle, como discute a continuación otros temas de similar interés y complejidad, que aquí solo cabe enunciar telegráficamente: la naturaleza de la Guerra Civil (lucha de clases, guerra de religión, choque de nacionalismos); su presentación propagandística, por uno y otro lado, como guerra nacional contra la invasión extranjera; la definición del régimen resultante (¿fascismo o simple dictadura clerical-militar?); y la represión de posguerra, acompañada de recatolización, autarquía económica y aislamiento del exterior.
El interés no decae, sino que aumenta, a medida que el relato se acerca a nuestros días. Porque pasa a los cambios de los años cincuenta (no sólo los sesenta) y la aparición de una nueva generación que no había vivido la Guerra y decidió superarla, para lo que empezó por redefinirla como lucha fratricida. Surgieron así los primeros conflictos políticos con los que se enfrentó el régimen, desde el 56 al 62, y los movimientos estudiantiles o vecinales de los sesenta, producto también del desarrollo más que de la miseria. Juliá discute a partir de ahí los proyectos de apertura o reforma del
régimen, manteniendo que su intención última era perpetuar el sistema y no, como han pretendido luego sus protagonistas, establecer una democracia. Analiza las propuestas de los grupos de la oposición, del exilio e interior, y su evolución desde una inicial exigencia de restablecimiento de la legalidad republicana hasta una transición (término cuyo origen remonta a la Guerra) basada en un restablecimiento de libertades democráticas y una convocatoria electoral con fines constituyentes.
El análisis de la Transición cubre tanto los pactos entre élites políticas como las movilizaciones que hicieron imparable el proceso. Pues no era una sociedad despolitizada, sino muy viva, como demuestran grupos, cenas, reuniones, asambleas, juntas, huelgas, protestas universitarias, acciónnvecinal, juicios ante el TOP, manifiestos, atentados, cargas policiales o crisis de Gobierno. A todo ello, el régimen respondió con las tímidas promesas y el fracaso final de Arias Navarro, que unió a la oposición. Llegó entonces la oportunidad para aquel ex secretario general del Movimiento con quien nadie contaba y que resultó más listo de lo esperado. Este negoció, primero entre los bastidores del régimen, donde consiguió vender su Ley de Reforma Política, y luego con la oposición. Al ver el proceso imparable, el búnker respondió con las muertes de los primeros meses del 77. Y solo logró acelerarlo, pues el entierro de los laboralistas de Atocha llevó a la audaz legalización del PCE, que hizo posibles las elecciones. Tras ellas, los pactos se sucedieron: una amnistía, propuesta y defendida por la izquierda; unos Pactos de la Moncloa que permitieron embridar la economía; unas autonomías; y una Constitución.
Pactos, muchos, pero no “de silencio”, otro tópico que Juliá rebate. Hubo amnistía, pero precisamente porque se recordaba demasiado bien aquel pasado sucio y se decidió “echarlo al olvido”, no utilizarlo políticamente,
aceptando la responsabilidad de todos. Sobre Guerra Civil y franquismo hubo, a lo largo de aquellos años, libros académicos y de divulgación, memorias, artículos, coloquios, películas, novelas, exposiciones; hubo exhumaciones de fosas, difundidas en revistas de gran tirada. Y ahora, sin embargo, hay autores que proclaman ser los primeros en hablar de estos temas, que eran desconocidos para los españoles porque estaba prohibido investigar o publicar sobre ellos. Al revés. Todos los recordaban, se referían a ellos sin parar. Pero como modelo negativo.
En fin, un libro inteligente y polémico, a cargo del mejor conocedor del siglo XX español. Y una propuesta, además, sensata y constructiva, que puede ayudar a dar legitimidad y consolidar la democracia actual. Se comprende que haya recibido tantos y tan iracundos ataques, por parte de unos y otros; de todos los que no aceptan la complejidad del pasado y siguen empeñados en relatos maniqueos, en películas de buenos y malos. Santos Juliá demuestra tener no solo profesionalidad, inteligencia y capacidad de matización, sino también un gran valor cívico.

José Álvarez Junco, catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

Para todo aquel interesado en esta guerra mundial –y al mismo tiempo civil en España-, este libro sólido, competo y equilibrado de Joaquim Albareda será, por mucho tiempo, una referencia ineludible. A nosotros nos ha aportado tres reflexiones que nos atrevemos a sintetizar: 

  • La por algunos pretendida modernidad política y económica del absolutismo borbónico respecto al modelo austracista resulta francamente cuestionada; como mínimo en lo que hace referencia al reinado de Felipe V respecto al de Carlos II.
  • El proyecto austracista, mayoritario en la Corona de Aragón, era un proyecto concebido para toda la monarquía; una monarquía que se quería compuesta, como la vigente hasta entonces. El aumento del sentimiento anticastellano al final de la guerra no la convierte en una guerra de secesión. Así lo argumenta el escrito Crisol de fidelidad cuando la Junta de Brazos catalana decidió resistir a las tropas borbónicas: “No penséis que nuestra animosa resolución se reduce a nuestros límites; sino que aspira a la cabal libertad de nuestra península”. La derrota catalana fue la derrota de otra manera de entender España.
  • Finalmente, es necesario señalar que el triunfo borbónico es uno de los ejemplos más logrados del “rol de la contingencia en el devenir histórico” en palabras de Albareda. En efecto, cuando el triunfo de la causa austracista parecía consumado, la costosa victoria de los aliados  bajo el mando de Malborough –más de 20.000 bajas-, frente a los franceses encabezados por Villars en Malplaquet, ; la pérdida del poder de los whigs, partidarios de la guerra, en Inglaterra frente a unos tories ansiosos de firmar la paz con Francia y la muerte del emperador José I, que suponía el ascenso al trono imperial de Carlos III –futuro Carlos VI-, trastocaron  radicalmente la situación, constituyendo los pilares de  la victoria borbónica. Deberían tenerlo en cuenta quienes en Cataluña celebran futuras victorias y se reparten distinciones antes de ganar las batallas (afortunadamente electorales en estos nuestros tiempos).

La recuperación –y, en nuestro caso, el descubrimiento- de la obra periodística y literaria de Manuel Chaves Nogales es una de las mejores noticias de la vida intelectual española de los últimos años. A quienes se empeñan en reducir las Españas a una sola España –en el fondo, los mismos que no aceptan la pluralidad de Catalunya- les sería de gran utilidad su elegante prosa, capaz de convertir el reportaje periodístico en gran literatura desde una óptica liberal, democrática, progresista y republicana.

En “La agonía de Francia”, Chaves Nogales ejerce de forense y nos demuestra en apenas 173 páginas que la Francia que sucumbió dócilmente ante Hitler era “un pueblo en franca descomposición que hubiera sido vencido y humillado mucho tiempo antes de no haber estado  protegido por esa armadura de su régimen liberal y democrático”. No es que la democracia fuera un sistema débil frente al comunismo o al fascismo (al fin y al cabo, ambos acabarán sucumbiendo en 1945 y 1989). El problema es que en 1940 el pueblo francés había abandonado la democracia y el liberalismo y “no tenían curso legal más que las ideas de la dictadura, fascismo, nazismo, corporativismo, antisemitismo…”.

Como demócrata Chaves Nogales vivió la caída de Francia como una tragedia personal. Francia se había traicionado a sí misma y “al mundo que creía en ella”, un mundo del que formaba parte el gran periodista sevillano. Con todo, Chaves Nogales, que falleció en Londres en 1947, necesita finalizar  su obra con una afirmación que no admite réplica. Y lo hace: “Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de seleccionar mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia. En el mundo no hay más.” Y nosotros que hemos vivido una semana parlamentaria en la que algunos han pretendido anteponer la escaramuza y la treta partidaria de corto alcance a un ejercicio responsable y útil de nuestra condición de diputados lo confirmamos. En el mundo no hay más. Concentrémonos en mejorar lo que tenemos.




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