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Crónicas de guerra (1)

Agustí Calvet cuenta con tanta verdad lo que ve que confiere a lo que escribe un valor universal y permanente

LA VANGUARDIA, 21.01.2012

Hace un par de años me regalaron En las trincheras, libro de Agustí Calvet que recoge una selección de las crónicas escritas por Gaziel desde diversos escenarios de la Guerra Europea, casi todas publicadas antes en cuatro libros. No lo leí entonces, pero cuando lo cogí –una tarde vacía cualquiera de las últimas Navidades– no pude dejarlo. Está indudablemente bien escrito: prosa lenta, descriptiva y precisa hasta la morosidad, con aquella punta de rigidez formal propia de algunos buenos escritores cuando escriben en una lengua que no es la suya. Pero lo sugestivo no es el estilo, sino el espíritu y el tono con el que están escritas las crónicas, que hace posible que puedan leerse hoy, casi cien años después, con tanto –aunque distinto– interés como cuando fueron escritas.

Calvet procedía de una familia de Sant Feliu de Guíxols enriquecida con el suro y que, liquidado el negocio, se trasladó a Barcelona. Bachillerato en los jesuitas; vocación literaria temprana, que le hace dejar los estudios de Derecho y seguir los de Filosofía; doctorado en Madrid, con una tesis sobre Anselm Turmeda, fraile de armas tomar; y opositor sin éxito a una cátedra de Historia de la Filosofía. El verano de 1914 estaba en París, ampliando estudios en la Sorbona. Allí le sorprendió la guerra con Alemania. Lletraferit como era, redactó aquellos días un diario personal que, a su regreso a Barcelona y gracias al impulso de Miquel dels Sants Oliver –director de La Vanguardia–, tradujo al castellano y publicó en este periódico. El éxito fue enorme y la consecuencia inevitable: corresponsal en París. A partir de ahí, redactor jefe en 1918, codirector –a la muerte de Oliver– en 1920, y director único en 1933, hasta que, en 1936, “tot va anar aigua avall”. De 1918 a 1936, Calvet ejerció desde La Vanguardia, sobre parte significativa de la sociedad catalana, una influencia sólo equiparable a la ejercida desde el Brusi, en su día, por Mañé i Flaquer. Tras la Guerra Civil, su mundo se desvaneció. Entró entonces “de manera franca” –en palabras de Pla– en la literatura catalana, “con una copiosa producción (…) extremadamente positiva y claramente remarcable”.

En su trayectoria se halla –a mi juicio– la explicación profunda del espíritu y el tono que informan las crónicas de Gaziel. Era un hombre con una formación extensa y rigurosa –lo que le permitía relativizar casi todo– y sin ninguna asignatura vital pendiente –lo que le inclinaba más a la comprensión crítica que a la descalificación interesada–. Calvet no fue ni un sectario ni un profeta. Se limitó a contar lo que veía, por supuesto que desde sus coordenadas ideológicas y sentimentales, sin que transpire en ningún momento una aversión cerril al adversario, y, por encima de todo, intentando mostrar la realidad en su conjunto con aquella piedad –sí, piedad– que inspira siempre lo humano, cuando se observa en sus manifestaciones extremas de confrontación por cualquier causa.

Es evidente que Calvet era francófilo. Es más: era un catalán afrancesado. Pero resulta curioso que –a veces– entrecomilla en sus crónicas la palabra “enemigo”, seguramente porque –por tantas razones– no podía ver a los alemanes como enemigos desde siempre y para siempre. Relativiza, relativiza en todo momento. Así, cuando escribe que “un exceso de ideología y una falta de fraternidad nos impulsan a considerar la tierra como un mapa aparcelado, y a poner en cada uno de sus compartimentos sendos letreros orgullosos o simplemente sonoros: Alemania, Francia, Inglaterra, Serbia, Bulgaria, Rusia, Turquía, etcétera”. La misma tierra que acoge a todos sin hacer distinciones: “Los campos oscuros se extendían –escribe– a ambos lados del camino, espaciosos y tristes, cubiertos de árboles negros. Innumerables túmulos de tierra fangosa indicaban las sepulturas anónimas de los soldados muertos en aquellos parajes”. Y añade: “Lo más conmovedor de este desapacible lugar, es que en él se encuentran amontonados en las tumbas, hombre contra hombre, confundiéndose en la misma podredumbre, los que se mataron mutuamente porque creyeron que nada podría juntarles jamás. (…) Y aquí están todos debajo de tierra, sin gorras, ni cascos, ni armas, ni capotes, ni rastro de las mil nimiedades que añadían a su común personalidad de hombres, engañosos emblemas de los fantasmas cambiantes que gobiernan el mundo”.

Así he visto –y admirado– estas crónicas de Gaziel. Hay en ellas más descripción que juicios y más comprensión que crítica, sin que ello le impida afirmar sus ideas y mostrar sus querencias. Cuenta con tanta verdad lo que ve que confiere a lo que escribe un valor universal y permanente, inmune al paso del tiempo. Gaziel no se presenta como un protagonista sino que se limita a dar testimonio de la vida ordinaria que contempla, con especial preferencia por la del ciudadano anónimo. Por eso es tan buen cronista. Por eso es tan difícil escribir una buena crónica.

Cósimo, Leonor y Agnolo

Su belleza cautivó a Cósimo. O, al menos, eso es lo que dijeron los agentes florentinos que negociaron el enlace. Estaba previsto que él se casara con la mayor de las hijas del virrey de Nápoles, don Pedro de Toledo. Pero exigió a la segunda, Leonor. Cuando hizo su entrada solemne en Florencia, el 20 de junio de 1639, tenía diecisiete años. En los veintitrés siguientes proporcionó uno de los bienes más preciados por la familia Médici: once hijos que garantizarían la continuidad de un linaje siempre ayuno de descendencia y abrirían múltiples posibilidades de negociación en el mercado matrimonial. Pero, más aún, se convirtió en la piedra angular del soft power diseñado por los cerebros de la Academia florentina para consolidar el dominio de una dinastía que gozaba de tantos admiradores como detractores.

El matrimonio de Cósimo de Médici y Leonor Álvarez de Toledo fue una sociedad política que funcionó con precisión. Aunque nada de esto hubiera sido posible sin Agnolo Bronzino. La magnífica exposición en el Palazzo Strozzi permite revisar algunos tópicos sobre un pintor que con perezosa simplicidad ha sido presentado como un simple manierista.  Ciertamente, se había formado en el taller de Jacopo Pontormo, donde adquirió el gusto por las formas extravagantes y los colores pastelosos. Pero empezó pronto a buscar su camino. En 1530, durante el asedio de Florencia por las tropas de Carlos V, se trasladó Pesaro. Allí trabajó para la familia Della Rovere. Cuando regresó dos años más tarde era un pintor nuevo. Había encontrado lo que Tiziano buscaba: el modo de persuadir al espectador a través de unas imágenes que, tras la engañosa apariencia de simplicidad, escondían poderosos mecanismos de persuasión al servicio de la dignidad de los retratados.

Sin duda, el epítome de este lenguaje fue el retrato de Leonor que pintó durante el verano de 1545 y que constituye el eje de la exposición.  Se trata ante todo de un retrato de Estado destinado a transmitir los valores ejemplares del poder y exaltar su funcióncomo genetrix.  A pesar de sus 23 años, Leonor era ya madre de cuatro hijos, aunque aquel sobre el que posa su brazo en este retrato no es el heredero, Francesco, sino Giovanni, el tercero. La elección no era caprichosa.  En los planos familiares, el niño estaba destinado al solio pontificio. A los cinco años recibió las órdenes sacerdotales y a los quince fue creado cardenal. Pero a los diecisiete murió.

Rango y dignidad

Bronzino no dudó en sacrificar la personalidad de Leonor en aras del rango y la dignidad. Su posición erecta, la supresión del brazo del asiento, la inclusión de la parte inferior del vestido por debajo de las rodillas y el abajamiento del punto de vista del espectador producen el doble efecto de inmediata proximidad y de inaccesible monumentalidad. Por supuesto, había contemplado la Gioconda y aprendido a crear iconos. Como en el retrato de Leonardo, la duquesa muestra el rostro ligeramente vuelto hacia la izquierda, está sentada sobre un cojín, en un espacio abierto sólo segmentado por un pequeño murete y un paisaje en lontananza. La diferencia principal entre ambas pinturas radica en la atención obsesiva que Bronzino prestó al vestido, concebido como símbolo del poder. No se pierdan la experiencia de verlo en alta definición. wwww.haltadefinizione.com/magnifier.jsp?idopera=13&lingua=it.

El tejido es un verdadero mensaje publicitario de la recuperación de la industria florentina de la seda promovida por el duque. Sobre un fondo de raso blanco destaca la decoración a base granadas cosidas en brocado de oro. Una de ellas, engastada en el centro del corpiño, se erige como un emblema de la fertilidad de Leonor y la unión de pareja ducal, empleado también en España para representar la unión de los reinos. No es la única alusión al origen de la duquesa. Ahí están los arabescos de terciopelo negro que evocan tradiciones españolas de prodecencia musulmana, el escote cuadrado adornado con una redecilla de perlas, la cofia que le recoge el cabello o la camisa de seda blanca asomando por las mangas. Y sus joyas preferidas: los pendientes de gota, dos grandes collares de perlas de uno de los cuales pende un espectacular diamante y la cinta de oro con engastes tallada probablemente por Cellini.

Cuando murió en 1562, abatida por una tuberculosis pulmonar, nadie dudó en considerarla como la matriarca del linaje que regiría los destinos de Florencia y la Toscana durante los siglos siguientes. Algunos fueron más lejos. Con ella, pensaron, había nacido un lenguaje visual que en el futuro prestaría impagables servicios a príncipes y monarcas de toda Europa, cada vez más conscientes de que el uso de la fuerza era insuficiente para hacer respetar su autoridad. Bronzino había adelantado algunos de los descubrimientos que Tiziano realizaría años después.

Joan-Lluís Palos

La Vanguardia 12.01.2011

Asistimos, bajo el Arco de Triunfo, a un sencillo homenaje a los doce jóvenes que perdieron su vida el pasado jueves, arrollados por un tren en el apeadero de la estación de la playa de Castelldefels. Mientras suena el himno del Ecuador –siete de las doce víctimas tenían allí sus raíces- una suave brisa sube por el Passeig de Sant Joan. El Alcalde Jordi Hereu expresa “el pesar y el dolor de todas las instituciones de Barcelona, de todos los municipios del área metropolitana y de toda Catalunya”. El embajador de Ecuador, Galo Chiriboga agradece “el apoyo y solidaridad de la Casa Real y de los gobiernos español y catalán.” Conversamos con dirigentes de las entidades ecuatorianas convocantes del acto. Inexorablemente, las miradas y los gestos acaban substituyendo a las palabras.

Ante tragedias como ésta la sociedad debe estar al lado de las víctimas, de sus familias y seres queridos, y las administraciones al lado de la verdad: del esclarecimiento de lo que realmente ha acontecido. Evidentemente, también caben las construcciones sociológicas, pedagógicas o filosóficas sobre lo ocurrido. Pero éstas han de desplegarse con una cierta mesura, sin avasallar. De lo contrario, pueden acabar ocultando bajo cientos de páginas de papel lo que, a nuestro juicio, es fundamental: el dolor producido por una desgracia forma parte de la condición humana.

“Sea como fuere, lo cierto es que toda evolución es un destino” sostiene Thomas Mann en “La Muerte en Venecia”. Nosotros tendemos a creer justamente lo contrario. El destino nos asalta, sin avisar, al doblar una esquina. Evolucionar –en una u otra dirección- no es más que un esfuerzo prolongado para zafarnos de nuestro destino, para no darnos de bruces con él al doblar una esquina o al cruzar una vía de tren en una noche de verano.

La consolidación de un cierta cultura del “no” en amplias franjas de nuestra sociedad frente a iniciativas o propuestas que tienen sentido desde el punto de vista del interés general, y que merecerían –como mínimo-, un debate sosegado y no secuestrado por pulsiones egoístas, es un fenómeno ampliamente estudiado. Lo es mucho menos –y aquí lo apuntamos por si alguien se anima a- la extensión de la cultura del “sí” entre algunos representantes políticos, especialmente cuando se encuentran en la oposición (pero también en labores de gobierno cuando la decisión corresponde a otra administración) a apoyar cualquier iniciativa por imposible, ilegal, desaconsejable, innecesaria, contraproducente o frívola que sea. Basta con que ésta cuenta con un mínimo -a veces, inapreciable-, apoyo social.

Escribimos estas líneas recién llegados de la Fiesta Socialista de Cerdanyola. Para los que venimos de la militancia juvenil socialista Cerdanyola es una de nuestras capitales sentimentales. Bajo unos colosos en forma de pinos hemos disfrutado de un transparente y refrescante día de primavera acompañados de cientos de compañeros y amigos que tienen a bien escucharnos amablemente durante unos minutos. Intervenimos al lado de David Muñoz, flamante Primer Secretario de la Joventut Socialista de Catalunya en Cerdanyola, la diputada Montse Capdevila, la alcaldesa Carme Carmona y Víctor Francos, Primer Secretario del PSC en la ciudad. Hablamos de la crisis económica: de la necesidad de seguir afrontándola desde la coherencia con nuestros valores y utilizando las luces largas para no quedar atrapados por lo inmediato. Hablamos de exigencias personales e intransferibles: de sacrificio, de esfuerzo, de rigor, de austeridad, de afán de superación, de trabajar más y mejor y de seguir siendo solidarios con aquellos que no tienen trabajo. Hablamos, en fin, con otras palabras, de combatir la cultura del no en la ciudadanía y la del sí entre aquellos que los representamos.

El 25 de junio del 1910, la voz de Pablo Iglesias se alzó por primera vez en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Han pasado 100 años. Y el Grupo Parlamentario Socialista –con Eduardo Madina como padre de la criatura- lo conmemoró el pasado jueves en una jornada a la que asistieron diputados y senadores de todas las legislaturas constitucionales. La Sala Ernest Lluch se convirtió en un espacio de encuentros, de emoción y afectos en la que diferentes generaciones de socialistas nos reconocíamos formando parte de un empeño común.

Por la tarde, José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González compartieron mesa con José Antonio Alonso. La expectación –justificada- era máxima. Y no quedó defraudada. Rodríguez Zapatero expuso con convicción y claridad la hoja de ruta que tiene el Gobierno para afrontar con responsabilidad la grave crisis económica en la que estamos inmersos. Felipe González no fue menos claro: “Por lo tanto, que nadie se engañe, mientras más dificultad haya, más proximidad sentiré. Cuando interpretan que hay una distancia crítica, no distancia crítica cuando las cosas van bien; cuando las cosas van mal, militancia pura y dura. Sin dejar…sin renunciar porque no puedo o no sé, sin renunciar a decir lo que pienso.” Atronadores aplausos. Porque la militancia pura y dura –que se expresa a través de la lealtad, de la franqueza, y no de la devoción- es lo que requiere no sólo el Partido Socialista, sino el conjunto del país en estos difíciles momentos.

También con motivo de este centenario de los socialistas en el Parlamento –una buena parte del cual transcurrió bajo regímenes antiparlamentarios- ha sido editado un libro cuyo título hemos extraído de unas palabras de Antonio Machado: “En cuanto a la voz de Pablo Iglesias, del compañero Iglesias, o si queréis, del Abuelo, yo prefiero escucharla en mi recuerdo, o mejor todavía, en labios de otros hombres no menos auténticos, no menos verdaderos, que aún hablan al corazón y a la inteligencia.” Convendrán con nosotros que hablar al corazón y a la inteligencia desde la verdad y la autenticidad constituye todo un programa revolucionario –y necesario- en la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

“La verdad por encima de todo. La causa de la verdad es más importante que la causa de la patria”. Esta afirmación la hizo Kurt Eisner, tras la Primera Guerra Mundial, en una dolorida y derrotada Alemania. Ciertamente, la figura de Kurt Eisner no encaja en unos moldes comunes. Nació en Berlín (1867) en el seno de una familia de industriales judíos –su apellido era Kamonowsky-. Estudió literatura y filosofía en Marburgo. Republicano y socialdemócrata, trabajó como crítico teatral y periodista, llegando a dirigir de forma fugaz Vorwärts, el diario oficial del SPD, después de la muerte de Wilhelm Liebknecht. Eisner fue un socialdemócrata enfrentado con el materialismo histórico de Marx y un gran especialista en Nietzsche. En 1914 figuró entre los socialistas adversarios de la guerra. Y en 1917 se unió a Kautsky, Bernstein y Hilferding para crear el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania. Un año más tarde, participó activamente en la huelga de las fábricas de municiones en Múnich, por lo que acabó en prisión. Puesto en libertad en octubre de 1918, lideró una revolución que derribó la monarquía bávara. Fue el primer Presidente de una Baviera convertida en un estado libre y republicano. El 21 de febrero de 1919, al dirigirse a la primera sesión de la Asamblea bávara –había sido derrotado en las elecciones- fue asesinado por el conde Anton Graf von Arcon auf Valley, un contrarrevolucionario miembro del ejército.

No les vamos a pedir a Aznar o a Rajoy que alcancen la estatura política e intelectual de alguien como Eisner. Ni se nos ocurriría. Pero también es cierto que lo tienen más fácil. En la actual crisis económica y financiera no es necesario elegir entre la causa de la verdad y la de nuestra patria. Coinciden plenamente. La verdad es que España no es ni Gracia, ni Hungría. La verdad es que somos un país solvente que paga sus deudas y cumple sus compromisos. La verdad es que el PP, con sus irresponsables declaraciones, cree atacar al Gobierno, pero lo que hace es perjudicar a los españoles. Perjudican la causa de la verdad y la de la patria.

“Este jueves pasado TV3 nos obsequió con un programa especial de casi una hora y media, titulado Adéu, Espanya?, que constituye a nuestros ojos un sofisticado ejercicio televisivo al servicio de una tesis política predeterminada: la viabilidad económica y jurídica de la secesión. En definitiva, vimos un alegato a favor de la independencia que, aunque pretendía simular ser un trabajo periodístico neutral, ofrecía un relato construido con la clara intención de que el telespectador respondiera afirmativamente al titulo del programa. Así pues, Adéu, Espanya? no pasaba de ser una pregunta puramente retórica. Y el esfuerzo comparativo entre Cataluña con el Québec, Escocia y Groenlandia no pasaba de ser una coartada siempre favorable a la tesis que defendía el programa. Los argumentos políticos de fondo contrarios a la independencia quebequesa o escocesa no se escucharon y solamente aparecieron académicos que han escrito trabajos a favor de la separación de dichos territorios.

El tratamiento del “caso catalán” fue para nota. Visto desde fuera parece que exista en Cataluña un clamor independentista al que solo se opone el marco jurídico español. Nos sorprendió que en un programa con un acento tan económico no dedicara, por ejemplo, ni un solo segundo a discutir sobre la nueva financiación autonómica de 2009 y hasta qué punto ésta ha introducido una metodología federal en el reparto territorial de los recursos.

Por otro lado, el documental nos pareció expositivamente cansino y de contenido no demasiado sustancioso. Eso sí, las imágenes de los verdes valles y los glaciares nórdicos eran realmente bellas y la intervención animada de los playmobils estaba muy lograda. Pero no es nuestra intención polemizar con un programa televiso, aunque nos preocupa una utilización tan parcial de recursos públicos por parte de una televisión también pública.

Lo relevante es que el programa daba a entender que los catalanes no tenemos otra opción en 2010 que no sea elegir entre aceptar resignadamente una supuesta involución autonómica o sumarnos civilizadamente y con tesón casteller a la secesión territorial. A nuestro juicio, lo interesante a discutir son los argumentos economicistas de este nuevo soberanismo neoliberal que ha irrumpido con fuerza desde hace unos años y que el programa difundía acríticamente. Vaya por delante que no perderemos ni un minuto en negar que una Cataluña independiente sea factible económicamente. Pero no por ello dejamos de ser federalistas. Ramon Trias Fargas fue el primero en argumentar académicamente que un Estado catalán era viable sin por ello dejar de ser partidario del federalismo para España como solución definitiva. Pues bien, nosotros seguimos pensando que la sociedad catalana se siente parte de España, aun cuando el proyecto sociopolítico español a veces no es vivido plenamente como propio porque no incorpora positiva y suficientemente la dimensión catalana y la catalanidad. No hemos alcanzado, claro está, la plenitud de la España plural y federal pero no vemos tampoco ninguna razón definitiva para desistir en dicho empeño.

Desde mediados de los años noventa el razonamiento funcional se ha convertido en el recurso más habitual para justificar la secesión, la reivindicación de una soberanía “completa” o el confuso ejercicio del derecho a decidir. ¿A qué responde la irrupción de este “independentismo del bolsillo”?. A nuestro entender a la imposibilidad de saltar el muro de la doble identidad mayoritaria de los catalanes. Hoy cerca del 75% de los ciudadanos comparten en grados diversos catalanidad y españolidad. Frente a ello el discurso funcional, que enfatiza la pura lógica coste/beneficio entre Cataluña y España, es la moneda corriente de todo el magma soberanista. Al no poder derrumbar esta dualidad identitaria el independentismo realiza una pirueta que persigue sencillamente obviar esta realidad recurriendo a un argumento de “lesa humanidad”: el expolio económico y el trato colonial.

Hoy el independentismo no puede ser histórico porque le resulta imposible reivindicar el proyecto político del catalanismo decididamente hispanista. Tampoco puede ser sociológico porque choca contra la sólida identidad dual de los catalanes, ni tampoco se atreve a recurrir a argumentos puramente culturales o lingüísticos. En definitiva, se presenta solo como una opción funcional mediante la dramatización de una tesis económica. Nos encontramos, pues, ante una clara inflexión neoliberal del nacionalismo catalán. En realidad, este giro persigue un objetivo claro: forzar el paso de muchos catalanistas hacia el independentismo, para lo cual hace falta proclamar como inviable la apuesta por la España plural, desacreditar a cada paso el modelo autonómico y afirmar la inutilidad de su perfeccionamiento federal. Pues bien, en esencia esto es lo que nos ofreció el Adéu, Espanya? de TV3. Le sobró el interrogante.”

Joaquim Coll, historiador, y Daniel Fernández, diputado a Cortes del PSC, son autores de “A favor de España y del catalanismo. Un ensayo contra la regresión política” (Edhasa, 2010).

Artículo de opinión publicado hoy en El Periódico

“Hace unos días el Presidente catalán, José Montilla, volvió a advertir en el Senado que una sentencia contraria dictada por el actual Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, particularmente negativa en sus aspectos nucleares, generaría una gran frustración en la sociedad catalana. El Presidente de la Generalitat insistía en algo que salta a la vista, por lo menos desde la óptica catalana: aquí no se está resolviendo una cuestión meramente jurídica en la que se enfrentan miradas y sensibilidades políticas diferentes, sino un auténtico problema de Estado. En términos históricos, el recurso de inconstitucionalidad del PP y la manifiesta falta de autoridad para dictar sentencia del actual TC por razones de sobras conocidas puede acabar abriendo un boquete en el proyecto común español. Evidentemente, la sentencia, cuando finalmente se produzca, condicionará el debate territorial e identitario en España, pero no lo concluirá. Si se nos permite el símil futbolístico, lo único que definitivamente decidirá la sentencia es si los que apostamos por la evolución plural y federal de la España autonómica seguimos jugando el partido en casa, o si bien pasamos a hacerlo en campo contrario.

Hasta que tal cuestión no se resuelva permanecerá abierta la pregunta sobre el éxito o el fracaso, no tan sólo de la reforma estatutaria catalana, sino sobre hasta qué punto ha fructificado el discurso de la España plural, que se propició desde las filas socialistas a partir del XXXV Congreso del PSOE (2000). “La esencia de la unidad de España es el reconocimiento de su pluralidad”, tal vez sea la frase de José Luis Rodríguez Zapatero que mejor lo sintetiza. Y para ello es necesario explicar en qué contexto sociopolítico se ha desarrollado todo este proceso. Porque el éxito o fracaso de cualquier proyecto debe evaluarse, tanto en función de las expectativas suscitadas, como de la oposición de las fuerzas contrarias con las que ha tenido que lidiar: en este caso, frente al doble fenómeno regresivo al que nos enfrentamos de manera creciente desde hace más de una década, el neocentralismo y el soberanismo.

El consenso catalanista a favor de la reforma ocultaba posiciones sustancialmente diferentes: el magma soberanista apostaba por un escenario de tensión que pusiera de manifiesto los límites de la vía autonomista y alimentara un ambiente de frustración. Recordemos que Jordi Pujol, desde su intocable tribuna de sancionador de las esencias patrias, no se cansó de alentar un análisis según el cual “haya o no Estatuto Cataluña saldría perdiendo”.

El expresidente Pujol es, hoy por hoy, el máximo agitador intelectual de la idea del desgarro sentimental entre Cataluña y España y de una sui generis teoría del engaño histórico en relación a la Transición. Sea como fuere, lo cierto es que los deseos ideológicos del independentismo, tanto del clásico de origen izquierdista como del ahora emergente de ideología inequívocamente neoliberal, así como los intereses políticos de CiU en la oposición, confluyeron en la reiteración de la tesis del fracaso del perfeccionamiento federal del modelo autonómico. Mientras tanto, en el resto de España, la derecha popular había conseguido desde el segundo mandato de José María Aznar vertebrar una clara hegemonía ideológica nacionalista en el terreno identitario, ante el cual el discurso de Zapatero a favor de la España plural aparecía como una concesión al catalanismo.

Así, la victoria del PSOE no fue capaz de impedir que el PP, aún derrotado, consiguiera imponer su visión de España entre amplios sectores, a derecha y a izquierda, ni que sobre ese discurso sustentara en adelante una sólida plataforma de fidelización electoral. En este sentido, las dificultades del PSOE para combatir al nacionalismo español del PP han sido similares a las que tiene el PSC para hacer frente al nacionalismo/soberanismo de CiU.

A nuestro juicio, el proceso de reforma del Estatuto catalán ha sido el catalizador de las dos corrientes regresivas en relación al pacto de 1978: el neocentralismo y el soberanismo. Ambas son la expresión de un proceso peligrosamente regresivo de polarización y centrifugación ideológica. Son una señal inequívoca de que el debate político vuelve a estar presidido por un claro fatalismo y por la radicalización de algunas posturas que lógicamente se retroalimentan y, además, logran un injustificado protagonismo mediático. Si el soberanismo pretendía que el nuevo Estatuto fuera una especie de constitución catalana al margen de la realidad española, el neocentralismo ha hecho de la catalanofobia, y de la defensa doctrinaria del carácter uninacional de España (negando siempre la inteligente formula de “nación de naciones”) su caballo de batalla en su desaforada campaña de descrédito personal contra el Presidente del Gobierno. En un contexto de enormes tensiones y dificultades es preciso subrayar hasta qué punto ha demostrado ser sólido el vínculo federal entre el socialismo catalán y el conjunto del socialismo español, cuya fractura, deseada por tantos, habría hecho saltar en pedazos tanto la reforma estatutaria como la globalidad del proyecto de la España plural.

Pese a todo, en nuestra opinión, el balance de este proceso, a veces extenuante, es objetivamente positivo. La segunda generación de estatutos supone un avance en la mejora sustancial del modelo autonómico, el cual, además, se ha visto acompañado de otras iniciativas de coordinación y cooperación interinstitucionales del todo imprescindibles. Respecto a Cataluña, el Estatuto de 2006 permite lograr el nivel de autogobierno más alto dentro del actual marco constitucional, acompañado como va de una nueva financiación autonómica y de unas imprescindibles inversiones en infraestructuras.

La oportunidad para la España plural sigue estando vigente hoy en día. Porque, fijémonos bien: lo que el catalanismo anhela para España cae más en el terreno de lo que denominaríamos cultural y político que en el campo estrictamente jurídico o competencial. El catalanismo desea que la aceptación de la diversidad lingüística, cultural, identitaria, no sea sólo una aportación que se realiza desde Cataluña, -por cierto, igualmente diversa- y desde otras Comunidades Autónomas, sino una idea aceptada y asumida por la centralidad de la cultura política española. Éste es el verdadero objetivo del relato en construcción sobre la España plural; objetivo previo a necesarias, aunque hoy por hoy imposibles, reformas constitucionales.

Para alcanzarlo es necesario trabajar en dos direcciones. Primero, ganando el debate cultural y político a las dos corrientes que articulan la regresión. Para ello, el catalanismo ha de jugar a fondo su dimensión hispánica, fuera de toda ambigüedad (Cataluña no es una nación desprovista de Estado como algunos insisten en formular). Y la cultura política española mayoritaria ha de aceptar con normalidad su dimensión catalana y la propia catalanidad. Pero esto no se producirá, o lo hará con muchísimas dificultades, si no somos capaces de provocar previamente una inflexión en el clima de pesimismo, insatisfacción y desconfianza que se ha instalado en buena parte de cuerpo social, político e intelectual, como un dato indiscutible de la realidad, a la hora de juzgar las relaciones de Cataluña con el resto de España.

Y segundo, o mejor dicho, paralelamente, es necesario desarrollar todas las posibilidades que la segunda generación de estatutos, con el catalán al frente, y la propia Constitución hacen posible en la profundización del modelo autonómico y en el reconocimiento de la diversidad lingüística y cultura de España. Únicamente así podremos hacer frente al asedio de la regresión. “

Joaquim Coll, historiador, y Daniel Fernández, diputado a Cortes por el PSC, son autores del libro A favor de España y del catalanismo. Un ensayo contra la regresión política (
Edhasa, 2010)


Artículo publicado hoy en las páginas de Opinión del diario El País

Desde que en la madrugada del pasado domingo, 9 de mayo, la Unión Europea comprometió 750.000 millones de euros con el fin de estabilizar los mercados de deuda pública, y el Banco Central Europeo inició la compra de bonos de emisores públicos y privados de la zona euro, todos los países europeos han acelerado y adelantado sus medidas de ajuste presupuestario. España lo ha hecho con un plan responsable, exigente y doloroso.

Un Gobierno ha de pensar siempre en lo mejor para su país. Un Gobierno que hace frente a la mayor crisis económica mundial de los últimos 80 años ha de pensar únicamente en lo mejor para su país. Los socialistas asumimos íntegramente las medidas que únicamente nosotros votamos el pasado jueves en la Carrera de San Jerónimo. Es nuestra responsabilidad gubernamental, como lo es también asumir el coste electoral y político que puedan acarrear.
Lo que pedimos al resto de grupos políticos era su apoyo para compartir un mensaje de confianza hacia la sociedad española y hacia los mercados internacionales, así como un compromiso de austeridad y ahorro en aquellas Comunidades Autónomas y Ayuntamientos donde ejercen responsabilidades de gobierno.

Al comprobar desde nuestro escaño cómo Mariano Rajoy insistía, una vez más, en concebir la crisis económica como su oportunidad para volver el poder –al corroborar su irresponsabilidad y su blandengue patriotismo-, nos vino a la memoria aquel líder de Alianza Popular que se apuntó descaradamente al no a la OTAN con el fin de que la derrota de Felipe González le abriera las puertas de la Moncloa. Fraga Iribarne acabó refugiándose en Galicia. Mariano Rajoy al votar en contra de unas medidas imprescindible para salir de una crisis sin precedentes ha seguido la estela de Don Manuel. A diferencia de éste, ni siquiera tiene asegurado un papel principal en el fogar/nazón de Breogán.

El President de la Generalitat, José Montilla, defenderá mañana el Estatut de Catalunya en el Senado. Será la intervención institucional más relevante sobre el Estatut en Madrid desde que una delegación del Parlament lo presentó, en noviembre del 2005, para que iniciase su tramitación en el Congreso de los Diputados.

Artur Mas nos ha anunciado que no piensa asistir. Será el único líder político catalán ausente. ¿Qué compromiso de agenda puede justificar que alguien que aspira a presidir Catalunya no defienda, con su presencia al lado del President de la Generalitat, el autogobierno que encarna el Estatut? Lo desconocemos. Lo que es indiscutible es que Artur Mas no tiene problemas de agenda cuando se trata de defender sus ambiciones personales. No los tuvo, por ejemplo, cuando intentó conseguir en la Moncloa lo que únicamente podía obtener en el Parlament. Artur Mas debería repensárselo y estar mañana al lado del President Montilla en el Senado. De lo contrario se confirmará algo que intuíamos: que el coraje y las agallas que los soberanistas exhiben en Catalunya en la defensa del Estatut es inversamente proporcional al que se atreven a mostrar en Madrid.

Pero la “estrategia” de CiU respecto al Estatut ha tenido otro protagonista destacado este fin de semana. Duran Lleida nos ha dejado atónitos: le ha sugerido a Eugeni Gay, único magistrado catalán del Tribunal Constitucional, que debería dimitir. ¿No deberían hacerlo los magistrados que tienen el mandato caducado desde hace dos años y medio, y no Eugeni Gay cuyo mandato finaliza en noviembre? Pero vayamos a lo más relevante: ¿La dimisión de Eugeni Gay impide el fallo? ¡De ninguna de las maneras! Su dimisión debilitaría al sector que defiende la constitucionalidad del Estatut y fortalecería a aquellos que la cuestionan. Durán Lleida ha dicho en público lo que Federico Trillo sueña en privado.

¿En qué andan los dirigentes de CiU?

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