Archivo de noviembre de 2007

Una sociedad, un país, avanza si es capaz de concebir un proyecto de futuro atractivo, ambicioso: un horizonte capaz de sumar la voluntad y el esfuerzo de la mayoría de quienes lo componen. Pero, no es menos cierto que el presente y futuro de toda sociedad tiende a ser más despejado cuantas menos heridas del pasado se mantengan abiertas.

Desde 1979 la democracia había establecido numerosas medidas orientadas a dar respuesta a quienes sufrieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura: reconocimiento a militares y a militares no profesionales republicanos, indemnizaciones por estancia en prisión… Pero, todavía hoy, quedaban causas de justicia pendientes: compatriotas que tienen familiares en fosas comunes, víctimas del tardofranquismo. colectivos que sufrieron prisión en la postguerra, condenados en procesos sumarios y por tribunales especiales…

¿Por qué? Porque la generación de la transición dio respuesta a aquello que podía tenerla en aquella coyuntura histórica –los pueblos se plantean en cada momento aquello que están capacitados para resolver-, pero en no pocas ocasiones, el afán de construir el futuro sin las trabas que en aquel momento hubiera supuesto detenerse a compartir el pasado, acabó confundiendo perdón con olvido.

La transición fue un éxito colectivo del pueblo español. Pero dicho éxito no puede ser la excusa para negarse a dar respuesta a las causas justas todavía pendientes, (como pretenden algunos dirigentes e intelectuales orgánicos del PP para los que la historia de España empieza con la transición), ni (como afirma ERC) las causas justas pendientes pueden ser utilizadas para cuestionar la obra común de la transición.

¿Podía el año que viene la sociedad española conmemorar el 30º aniversario de la Constitución sin dar respuesta a un conjunto de causas justas hijas de la Guerra Civil y la Dictadura que no la habían tenido a lo largo del período más afortunado de nuestra historia? Rotundamente, no.
La conocida como Ley de la Memoria Histórica, que se encuentra actualmente tramitándose en el Senado, es una verdadera Ley de Víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura. De todas las víctimas que sufrieron persecución por motivos políticos, ideológicos o religiosos.
La Ley reconoce y declara la ilegitimidad de lo tribunales y jurados que practicaron la represión, así como sus condenas y sanciones, Establece una declaración personal de reparación y rehabilitación que constituye un derecho de los perjudicados. Mejora prestaciones, así como su tributación. Implica a las Administraciones en la localización e identificación de víctimas; Reconoce las asociaciones de víctimas. Crea un centro documental de la memoria histórica. Adopta medidas para la retirada de símbolos de exaltación de la Guerra Civil y la Dictadura. Despolitiza el Valle de los Caídos. Amplia la posibilidad de adquisición de la nacionalidad española a los nietos de quienes tuvieron qua abandonar España como consecuencia de la Guerra Civil y la Dictadura…

Lamentablemente, la ley no ha alcanzado la deseada unanimidad –PPy ERC la rechazan por razones diametralmente opuestas-. Pero, pese a los esfuerzos de algunos, la madura sociedad española la ha debatido con normalidad, sin artificiales dramatismos. Ciertamente, no hemos alcanzado una mirada común sobre nuestro pasado (un objetivo que algunos no estamos dispuestos a abandonar) Pero hemos hecho justicia rescatando del olvido a unos compatriotas con los que la sociedad española tenía una deuda pendiente. Treinta años después.

Article publicat avui al diari Expansión

El President Pujol ens ha informat, a través de la seva pàgina web, d’un incident sofert per uns amics seus a Madrid: un taxista els va obligar a sortir del taxi per parlar en català a través del seu telèfon mòbil. Evidentment, no posem en dubte la veracitat de l’anècdota. Fins i tot en coneixem alguna d’altra de similar que, sense arribar a aquest extrem, també ha estat relacionada amb el servei de taxí de la capital. Tanmateix, no podem abstenir-nos de donar a conèixer la nostra humil experiència com a usuaris del taxi a Madrid: hem parlat per mòbil en català desenes de vegades. Fins i tot hem parlat en català amb d’altres compatriotes, tot compartint un mateix taxi!. Cap problema. Mai una mala paraula. Com a molt, en identificar-nos com a catalans, algun intercanvi d’opinions, sempre correcte, sobre el Barça o –ara fa un any- sobre l’Estatut.

Com a clients habituals del servei de taxi –a Madrid i Barcelona- ens veiem en l’obligació de demanar que els taxistes (que treballen entre 10 i 12 hores diàries, sis dies a la setmana per a guanyar-se la vida) siguin tractats amb un mínim de ponderació i respecte, més enllà d’incidents concrets protagonitzats per algun energumen que serveixen per alimentar tòpics. Nosaltres en fem una valoració francament positiva del funcionament del servei de taxi a Barcelona i a Madrid. I considerem injust magnificar un incident determinat per a elevar-lo a la categoria de reflexió política. Els responsables del clima anticatalà –i no únicament anticatalanista- que hem respirat durant aquests anys tenen noms, cognoms, sigles partidàries i d’emissores radiofòniques, així com a capçaleres periodístiques. Uns responsables que, de vegades, han contat amb la inestimable ajuda d’errors indígenes.

Dimecres passat l’Audiència Nacional va dictar sentència sobre els atemptats de l’11-M de Madrid. Va condemnar a penes màximes els principals acusats Jamai Zougam, Otman El Gnacui i José Emilio Suárez Trashorras, absolent Rabel Osman El Sayed, “Mohamed El Egipcio” i a d’altres set encausats. La sentència que ha castigat els assassins i els seus còmplices no pot omplir l’absència que pateixen els familiars i amics de les víctimes, però fixa la veritat dels fets i la responsabilitat dels autors, el que contribueix a alleugerir el seu sofriment.

Tenim el dret a sentir un cert –i sempre moderat- orgull de formar part d’una societat que, més enllà dels seus problemes, les seves injustícies i els seus estèrils enfrontaments, és capaç d’afrontar un judici de la magnitud del de l’11-M amb el rigor, el respecta a la llei, a la seguretat jurídica i a la preservació dels drets de tots, sense exclusions. El comportament de les forces i cossos de seguretat, jutges, fiscals i del personal de l’Administració de Justícia ha estat exemplar, reforçant la confiança dels ciutadans en la llei i, en definitiva, en l’Estat de Dret, una de les fites civilitzadores més importants –i fràgils- que hem assolit els éssers humans.

La sentència confirma que la matança de l’11-M va ser obra d’una cèl·lula islamista, que mai es va trencar la custodia de les proves, que la dinamita procedia de la mina Conchita i que ETA no va tenir res a veure amb els atemptats. Durant els darrers quatre anys no ha estat aquesta la tesi defensada per un rellevant diari madrileny, per una emissora radiofònica que practica l’evangeli de l’odi i per un partit polític que aspira a tornar al Govern per a convertir la seva mentida en veritat oficial. Massa tard.

“Sólo cuando se ha perdido toda curiosidad hacia el futuro se ha alcanzado la edad de escribir una autobiografía”. Al hilo del debate entorno a la denominada memoria histórica, uno tiene el atrevimiento de matizar esta afortunada afirmación de Evelyn Waugh. El momento autobiográfico requiere, además, una cierto sosiego al asumir un pasado siempre contradictorio. Y, a diferencia de las personas, en el caso de los colectivos humanos la mirada tranquila, pero completa, sobre su pasado no sólo no tiene nada que ver con la falta de curiosidad hacia el futuro, sino que constituye un elemento clave para asegurar el éxito en el porvenir.

La sociedad española no podía permitirse conmemorar el 30º aniversario de la Constitución sin dar respuesta a un conjunto de causas justas hijas de la Guerra Civil y la Dictadura que no la habían tenido a lo largo del período más afortunado de nuestra historia.

La Ley que aprobó el Congreso el pasado miércoles es una verdadera Ley de Víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura. De todas las víctimas que sufrieron persecución por motivos políticos, ideológicos o religiosos. Tal y como se establece en su exposición de motivos –que algunos se obstinan en no leer-: “no es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva”. La ley no lo hace. Pero, sin excluir a nadie, tiene como objetivo principal reconocer y recuperar la memoria de quienes padecieron persecución, violencia –y en no pocos casos perdieron la vida- defendiendo la legalidad republicana durante la Guerra Civil y la “larga noche de piedra” de la Dictadura. La ley contribuye a diluir la trágica línea divisoria entre los muertos de unos y los muertos de los otros, en la medida en que todos los muertos y todas las injusticias seamos capaces de sentirlas como nuestras. Ésta es la mirada compartida sobre nuestro pasado con la que estamos comprometidos los socialistas. Pero esta mirada compartida, que transforma la memoria en porvenir es algo que no le podemos exigir a la ley. Depende, única y exclusivamente, de cada uno de nosotros.

Article publicat a La Vanguardia el 4 de novembre de 2007




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