Archivo de 2008

Los del periodista Al Zaidi lanzados durante una rueda de prensa en Bagdad contra George W. Bush. Aunque el todavía Presidente de los Estados Unidos consiguió esquivar los ofensivos proyectiles, la imagen ocupará un lugar destacado en las síntesis audiovisuales con las que nos despedirán el 2008.

El derecho de Nikita Sergéyevich Kruschev. El mismo con el que aporreó sin piedad su pupitre en la Asamblea General de las Naciones Unidas el 12 de Octubre de 1960, como respuesta de indudable efecto ante las acusaciones de imperialismo dirigidas a la Unión Soviética por parte del representante de Filipinas.

El de Don Juan Negrín (desconocemos si fue el derecho o el izquierdo) médico, socialista y Presidente del Gobierno. Gabriel Jackson, en su recientemente publicada biografía sobre Juan Negrín nos demuestra que el recurso al zapato tiene antecedentes autóctonos: el 4 de septiembre de 1936, Manuel Azaña nombra a Francisco Largo Caballero como Presidente del Gobierno. “Juan Simeón Vidarte y Ramón Lamoneda fueron a ver a Negrín para informarle de que había sido nombrado ministro de Hacienda. Según Vidarte, el doctor, que estaba fatigado y trataba de dormir un poco tras una jornada en el frente de Talavera, manifestó que no sabía nada de finanzas, les lanzó un zapato, que erró en la trayectoria, y luego dijo en voz baja lo que ellos sabían que acabaría diciendo, es decir, que estaba a disposición inmediata de Largo Caballero y de Indalecio Prieto.”

Evidentemente, todo zapato es él y su circunstancia. Aún así, nos aventuramos a sostener que el episodio autóctono, siendo el menos relevante –por razones obvias- desde el punto de vista audiovisual, es el más útil y edificante. Al fin y al cabo, concluye con una asunción de responsabilidad y compromiso con nuestro país que acompañaron a Don Juan Negrín hasta el último de sus días.

A lo largo de este mes de diciembre, que parece haber recobrado su condición invernal -y coincidiendo con la conmemoración del trigésimo aniversario de nuestra Constitución-, se cumple un año de la aprobación por el Congreso de los Diputados de la conocida como Ley de la Memoria Histórica. ¿Podíamos celebrar el recorrido por los 30 años más afortunados de nuestra historia sin comenzar a dar respuesta a unas causas justas y legítimas nacidas en la Guerra Civil y la Dictadura? Rotundamente, no.

La generación de la transición dio respuesta a aquello que podía tenerla en aquella coyuntura histórica. Acertaron plenamente al empeñarse en comenzar a compartir un futuro común, sin detenerse a pretender compartir un pasado todavía demasiado presente. Pero el éxito colectivo que supuso la transición no podía usarse, treinta años después, como excusa para negarse a dar respuesta a las causas justas todavía pendientes, (como si la historia de España se iniciara con la Constitución de 1978), ni –en el extremo opuesto- dichas causas podían ser utilizadas para cuestionar la obra común de la transición. (En este sentido, y por mucho que se empeñen algunos especialistas en convertir éxitos en derrotas, conviene recordar que la Ley de Amnistía supuso una gran victoria de la oposición al franquismo y un peldaño fundamental en la consolidación de la democracia).

Hoy, el compromiso que tenemos los socialistas no puede ser otro que el de desarrollar íntegra y plenamente la Ley de la Memoria Histórica, sin aceptar ningún tipo de limitación, distracción o cortapisa que nos aleje de este objetivo. Un desarrollo que deberá contar con un alto grado de diálogo y acuerdo institucional, más allá de espacios políticos e ideológicos, ya que las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos tienen un papel relevante que jugar.

El Gobierno ha desarrollado a lo largo de estos meses diferentes elementos de la ley: la Declaración de reparación y reconocimiento personal de las personas que padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas o de creencia religiosa; la concesión de la nacionalidad española a los voluntarios integrantes de las Brigadas Internacionales; las indemnizaciones reconocidas en favor de personas fallecidas o con lesiones incapacitantes por su actividad en defensa de la Democracia durante la Transición; la fijación de criterios para la retirada de símbolos franquistas en los bienes de la Administración General del Estado y sus Organismos Públicos Dependientes; la facilitación del acceso a los libros de actas de defunciones de los Registros Civiles o la opción a la nacionalidad española de los hijos de aquellas personas que fueron originariamente españoles y de los nietos que, a causa del exilio, no pudieron obtenerla.

Dar respuesta a aquellos españoles que ignoran, todavía hoy, el paradero de sus familiares, o que no les han podido dar sepultara con la dignidad que se merecen, es una deuda pendiente que nuestra sociedad tiene con muchos compatriotas y, en definitiva, consigo misma. Por ello es imprescindible comenzar a cerrar esta herida aprovechando los instrumentos que la ley nos ofrece. En este sentido, el Ministerio de la Presidencia ha elaborado un Protocolo para la realización de las exhumaciones que se pondrá en común con las Comunidades Autónomas, Federación Española de Municipios y Provincias, así como con Asociaciones interesadas.

El camino que nos queda por recorrer lo hemos de transitar desde la confianza en una sociedad española plenamente madura para afrontar el debate sobre nuestro trágico pasado, con normalidad y serenidad, sin más miedos o crispaciones que las que unos pocos se empeñan en sembrar. Con todo, tal vez sea necesario recordar el magisterio y el testimonio que dejaron antifranquistas de la talla de Ramón Rubial o Curro López del Real, cuando enseñaban a los jóvenes diputados socialistas de las Cortes Constituyentes (que no habían sufrido, como ellos, las cárceles franquistas de la postguerra y el exilio) a mirar hacia atrás sin ira ni rencor.

Reconozcámoslo: el debate sobre la memoria histórica, 30 años después, no nos ha permitido alcanzar una mirada más compartida sobre nuestro pasado. Una mirada que para ser común, tendría que ser también más autocrítica, menos complaciente con cada uno de nuestros pasados. Una mirada en la que dejen de existir los muertos de unos y los muertos de los otros porque todas las víctimas las sintamos como propias. Pero, más allá de este objetivo -al que algunos no estamos dispuestos a renunciar-, la sociedad española ha empezado a hacer justicia rescatando del olvido a unos compatriotas que, incorporados a nuestra memoria, la completan y nos reconcilian con nuestro pasado. La mejor manera de conmemorar la Constitución de todos.

Daniel Fernández
Diputado a Cortes por Barcelona. Secretario Adjunto del Grupo Parlamentario Socialista

Artículo publicado hoy en El País

Concluyó el pasado jueves el período de sesiones parlamentarias en el Congreso de los Diputados con la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Unos presupuestos imprescindibles para no sumar inestabilidad política a la económica y para dar respuesta a la crisis, especialmente en lo que hace referencia al apoyo a los sectores sociales más expuestos a sus consecuencias: parados, pensionistas…Las cuentas aprobadas garantizan un aumento de la inversión en infraestructuras del 4,5% para el conjunto de España, que en el caso de Cataluña alcanza el 6% (4.626 millones de euros) en estricta aplicación del Estatut. En un momento del debate, un diputado de CiU sube a la tribuna y habla de traición a Cataluña.

Unos días antes habíamos asistido el Teatro Pavón a la representación de una comedia palatina de Calderón de la Barca: “Las manos blancas no ofenden”. Una amable enredo sustentado en el travestismo, recurso teatral frecuente en nuestro Siglo de Oro que, con un acertado acompañamiento musical, nos ilumina una faceta de Calderón desconocida para nosotros. ¿Lo mejor? Sin duda alguna, el nivel de la interpretación de un reparto en el que sobresalen tres magníficos actores de verso: Toni Misó, Pepa Pedroche y Joaquín Notario.

Las manos blancas no ofenden, al menos en el teatro. Como tampoco ofenden, en la vida pública, las lindezas de un diputado que apoyó todos los presupuestos de Aznar y cuyo partido pactó con el PP, en el 2001, un modelo de financiación de-fi-ni-ti-vo –y lesivo- para Cataluña. El que ahora vamos a cambiar.

El pasado sábado, 15 de noviembre, fallecía Álvaro Ussía, un joven de 18 años, tras una paliza a manos de tres porteros de la discoteca Balcón de Rosales. El proceso judicial entorno a su muerte está abierto en el Juzgado de Instrucción número 43 de Madrid. No es el momento procesal de adelantar conclusiones, pero la existencia de una violencia desproporcionada por parte de los porteros parece suficientemente contrastada.

El debate sobre el vínculo entre la libertad y la seguridad es tan antiguo como el que relaciona la libertad con la igualdad. No aspiramos a hacer aportaciones relevantes al mismo. Pero el trágico y absurdo final que ha tenido la vida de este joven que sobresalía en los estudios, en el deporte y en la amistad nos ha vuelto a reafirmar en la convicción –contraria a la contraposición entre libertad y seguridad- de que el aumento de los espacios de libertad requiere un proporcional incremento de las herramientas de la seguridad. Desde hace años, la noche se ha convertido en un nuevo espacio de libertad para la juventud –Álvaro estaba celebrando que acababa de terminar sus exámenes hacía un par de días-. Un nuevo espacio que comporta un uso y disfrute de la ciudad en el que conviven oportunidades con riesgos y problemas. La solución no es bajar las persianas de la noche. Ni criminalizar a todos los porteros –existen magníficos profesionales con décadas de experiencia a sus espaldas-. De lo que se trata es de evitar que permanezcan abiertos locales como el Balcón de Rosales que acumulaban decenas de denuncias policiales y solicitudes de cierre. De lo que se trata es de imposibilitar que pueda ser contratado para tareas de seguridad el último descerebrado que aparece por el local. De lo que se trata es de impedir que la seguridad convierta en insegura nuestra libertad. De alcanzar una seguridad que fortalezca nuestra libertad desde la legalidad.

A lo largo de estos días, los compañeros del colegio Monte Tabor de Pozuelo, donde estudiaba Álvaro, nos han dado una lección de entereza, amor y dignidad, obligando a las administraciones a asumir sus responsabilidades para conseguir mayor seguridad en el ocio nocturno madrileño. El Ayuntamiento nos ha anunciado que el Balcón de Rosales pasará a ser una Biblioteca que llevará el nombre de Álvaro Ussía. Lo aplaudimos, pero hubiésemos preferido que hubieran aplicado la ley con anterioridad a la noche del pasado sábado, 15 de noviembre.

Asistimos ayer a la conmemoración del trigésimo aniversario de la Constitución en el Congreso de los Diputados. El acto tuvo la sencillez de cada año, aunque la presencia de los Reyes y de los Príncipes de Asturias y la ausencia, sentida y compartida, de Ignacio Uría Mendizabal singularizaron este aniversario. Tanto las palabras del Rey, como las del Presidente del Congreso, José Bono, tuvieron un recuerdo para el empresario vasco asesinado por el terrorismo etarra.

Del franquismo, lo único verdaderamente peligroso que, todavía hoy, sobrevive en nuestra sociedad es ETA. Extirpar este epígono fascista es la gran tarea pendiente de nuestra democracia. Francisco Rubio Llorente publicaba hace unos días en El País un artículo: “Los retos de los hijos de la Constitución” en el que afirmaba que aquellos que no habíamos cumplido los 18 años el 6 de diciembre de 1978 tenemos la obligación de defenderla frente a sus enemigos e impulsar las reformas de la misma que sean necesarias. Coincidimos. El primer reto que tenemos los hijos de la Constitución es que ésta no permanezca ausente de la vida de miles y miles de compatriotras amenazados por la barbarie terrorista. Nuestro primer desafío es que todos los españoles, sin excepción, puedan ejercer sus derechos constitucionales. Por negarse a renunciar a los suyos asesinaron en Azpeitia el pasado jueves a Ignacio Uría Mendizabal. Un empresario vaco de 71 años dedicado a crear riqueza en su pueblo y a su familia. Quienes acabaron con su vida, quienes les apoyan y quienes prefieren mirar hacia otro lado lo que verdaderamente aborrecen es la libertad y la vida de los demás. Nuestro reto es seguir combatiéndolos y vencerlos. La mejor manera de recoger el testigo y honrar la memoria de Ignacio Uría.

La verdad es que salimos del Centro de Arte Reina Sofía con la voluntad, casi con la necesidad, de volver. Subimos por Atocha. El invierno de Madrid nos acaricia la cara, mientras las fotografías de Alberto García-Alix nos golpean por la espalda.

Desde que vimos sus primeros trabajos hasta su actual exposición “De donde no se vuelve” en el Reina Sofía, nuestra relación con el mundo de García-Alix ha ganado en conocimiento, pero no ha perdido ni un ápice de emoción. Cada uno de sus retratos tiene algo que decirnos. Aunque hemos de reconocer que seguimos fieles a los de siempre: Tres hembras, Tarde de San Isidro, Esperando al dealer, Willy y Carlos en la puerta del Bobia…

Calvo Serraller ha escrito de su obra fotográfica: “Su forma de narrar consiste en centrar la historia en una imagen, es concentrarse en ella. En cierta manera, es como si rescatase el meollo de lo que pasa entremedias de la sucesión. En este sentido, las imágenes se yuxtaponen, no crean un orden jerarquizado de sucesión: son unidades autosuficientes, absolutas.” En efecto, las exposiciones de García-Alix deberían contener un único retrato. Como máximo, un retrato por espacio. El autor no tiene obra, sino obras. No hilvana un relato; cada retrato contiene uno, independiente y completo

El video que culmina la exposición –éste sí, una íntima y sincera propuesta de relato- es imprescindible. La voz, poderosamente rota de García-Alix, inunda las imágenes: “La fotografía es iconografía de muerte. Está en su naturaleza. En ella ya no somos como somos. Somos como éramos.” Giramos por Matute entre imágenes y voces. “Una colección de retratos es una colección de futuros cadáveres.”

Dentro de dos semanas celebraremos el 30º aniversario de la Constitución Española. Celebraremos que juntos hemos recorrido los mejores 30 años de nuestra historia. Con sus aciertos y errores. Evidentemente, con sus asignaturas pendientes –la reforma de la justicia-, con nuevos retos –la crisis económica y sus efectos sobre los más débiles- y con la obligación moral de derrotar definitivamente al terrorismo asesino de ETA.

Durante estos 30 años, cada 20 de noviembre los nostálgicos del régimen franquista, cada vez más residuales, se concentraban en el Valle de los Caídos para rendir homenaje al dictador. El pasado jueves, por primera vez, no fue así. ¿Por qué? Porque hace un año el Congreso de los Diputados aprobó una ley, conocida como de La Memoria Histórica, cuyo artículo 16 reza: “En ningún lugar del recinto (el Valle de los Caídos) podrán llevarse a cabo actos de naturaleza política ni exaltadores de la Guerra Civil, de sus protagonistas o del franquismo”.

Mientras la Guardia Civil hacía cumplir la ley en el Valle de los Caídos, nosotros participábamos en la Dotzena Escola de Tardor dels Socialistas de Mallorca con una ponencia sobre la memoria histórica. Escuchar las experiencias vitales de Josep Canaves y Antoni Trobat –históricos militantes socialistas- en su lucha contra la dictadura fue mucho más revelador y cautivante que la mejor de las ponencias. Y conmovedoras fueron las palabras de Emilio Alonso -diputado en la Legislatura Constituyente y primer Secretario General de la Federación Socialista Balear- al recordar cómo Ramón Rubial o Curro López del Real enseñaban a los jóvenes diputados socialistas que no habían sufrido -como ellos- las cárceles franquistas de la postguerra y el exilio, a mirar hacia atrás sin ira ni rencor. Emilio Alonso derramó lágrimas al recordar a su padre, militar republicano, y afirmar que hubiera estado muy orgulloso de la Ley de la Memoria Histórica.

Desarrollar y aplicar plenamente la ley: éste es el compromiso de los socialistas con la memoria histórica. Para que el orgullo del padre de Emilio Alonso esté totalmente justificado.

“¡Tú esto lo vas a pagar!”. Esta amenaza, que está a caballo entre el lenguaje del hampa y el de los niños de primaria, se la espetó el gallardonista vicealcalde de Madrid, Manuel Cobo, al aguirrista concejal de la misma ciudad, Angel Garrido, en la reciente Asamblea Extraordinaria de Caja Madrid. Una nueva y edificante escena del enfrentamiento Gallardón-Aguirre trasladado ahora al escenario de la renovación, o no, de Miguel Blesa como Presidente de la matritense Caja de Ahorros. Por lo que se cuenta en los mentideros la escenita no acabó como el rosario de la aurora por la intermediación de Doña Cristina Cifuentes, diputada del PP, que amenazó a ambos con “darles un pellizco si no lo dejaban”. Una amenza –“el pellizco cifuentino”- por lo que se ve, mucho más intimidatoria e eficaz que el desfasado “¡Tú esto la vas a pagar!”.

“Para subir cualquier escalón es bueno” le instruye Crispín a Leandro en la primera escena de Los intereses creados de Don Jacinto Benavente. También para bajar. El PP ha convertido una entidad financiera de la relevancia de Caja Madrid en un eslabón central de la descarnada batalla que libran Aguirre y Gallardón por la sucesión de Rajoy. Quién acabará subiendo o bajando por este escalón es el tema con mayúsculas de la Villa y Corte. Nosotros sólo nos atrevemos a sugerirles a ambos protagonistas que eviten autocalificarse como liberales, como mínimo mientras dure la contienda. Al final va a resultar que el único verdadero liberal del PP es Mariano Rajoy, (por aquello del laissez passez, laissez faire…ya me entienden).

Lluís Bassets, en un recomendable artículo –“Falso amanecer conservador”-, publicado en la cuarta página de la edición del pasado martes de El País, cita una definición atribuida al pope neocon Irving Kristol, según la cual los neoconservadores no dejarían de ser “unos liberales desengañados por la realidad”. La frase nos parece afortunada. El desengaño –y posterior alejamiento- de la realidad está en el origen de toda doctrina extrema y revolucionaria. Un origen que garantiza que su aplicación nos deja siempre una realidad infinitamente peor que aquella que les había defraudado.

A nuestro juicio, toda política que no es realista no merece el nombre de política. Si está construida desde la realidad, podrá ser reformista o conservadora, podrá producir aciertos o generar errores, podrá ser mayoritaria o minoritaria, atractiva o soporífera, inteligible o indescifrable, pero será política y no quimérica, irresposable –y, a menudo, trágica- elucubración.

En su discurso del Grant Park de Chicago Barack Obama, Presidente electo de los Estados Unidos de América afirmó: “Mientras disfrutamos de esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas: dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo”. Duras realidades. Nosotros que apoyábamos a Hilary Clinton porque creíamos que representaba el cambio más pegado a la realidad, estamos plenamente satisfechos por la victoria de un candidato, Obama, que ha sabido edificar emociones, esperanzas e ilusiones sin alejarse excesivamente de ella. Pocas veces hemos vivido, y viviremos, como durante estos días, la convicción de que valía la pena compartir unas expectativas tan descomunales –y tan opuestas al realismo con alguna dosis de escepticismo que practicamos- como las abiertas por la victoria de Obama.

Nota 1: El discurso de Mac Cain le honra y confirma nuestra tesis de que las derrotas, si se sabe estar a la altura, siempre tienen una carga más épica que las victorias.

Nota 2: La consecución de la sede de la Secretaría Permanente de la Unión por el Mediterráneo para Barcelona es otra realidad que permite que nuestra ciudad aspire a convertirse en la capital del Mare Nostrum. Una realidad construida sumando esfuerzos desde el Ayuntamiento de Barcelona, el Gobierno de Cataluña y el Gobierno de España. Como debe ser.

Thomas Buddenbrook, con todo el peso del negocio y del nombre de la familia a sus espaldas, se pregunta en un determinado momento de la novela de Thomas Mann: “¿Qué es el éxito? Una fuerza, una prudencia y una actitud enigmática, indefinible” se responde; “la conciencia de imprimir un impulso al movimiento de la vida con la propia personalidad.” Ciertamente, la concepción del éxito de Thomas Buddenbrook está muy alejada de la que señorea nuestra sociedad: una mezcla de triunfo sin esfuerzo, de recompensa sin merecimiento, acompañada, en no pocos casos, por altas dosis de banalidad y egolatría que no le hace ascos al ridículo.

Ayer enterramos a un amigo con el que hemos compartido más de veinte años de nuestra vida. A lo largo de la suya –injustamente mutilada por un enfermedad a la plantó cara con valentía y serenidad- supo imprimir desde su propia personalidad un impulso en el movimiento de nuestras vidas, en el movimiento de la vida. Lo ha hizo con su familia y con sus amigos. Lo hizo en todos y cada uno de los proyectos con los que se comprometió: en la Universidad, en el movimiento estudiantil, en la cooperación al desarrollo, en el Ayuntamiento de Barcelona, en la Diputación, en su generosa producción intelectual, y en su partido, el Partit dels Socialistas de Catalunya.

La vida nuestro amigo ha sido una vida vivida en plenitud, una vida cargada de sentido, un éxito en el sentido profundo y verdadero del término del que nos sentimos orgullosos. Lo despedimos con una íntima y dulce versión de La Internacional acariciada por un violín.

Lorenzo Albardías falleció el jueves, 30 de octubre, en Barcelona.

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