Archivo de enero de 2008

La Conferencia Política del PSOE ha aprobado hoy el Programa Electoral con el que los socialistas nos presentaremos a las elecciones del próximo 9 de marzo. El programa –como es habitual en el caso de partidos que aspiran a revalidar su responsabilidad gubernamental- es serio, riguroso, coherente y detallado. Un programa concebido para ser hecho realidad.

Todo programa electoral aspira a desarrollar en propuestas concretas los valores y objetivos del partido político que lo defiende. Un ejemplo de actualidad: La propuesta realizada por Zapatero de aplicar una deducción de 400 euros a las rentas del trabajo y de las pensiones es la concreción –en lo pequeño- de la concepción socialdemócrata de la política fiscal –lo grande- según la cual ésta ha de ser capaz de generar ahorro, superávit, durante las etapas de alto crecimiento económico; ahorro que debe utilizarse para mejorar la situación económica de las familias y su demanda en las coyunturas económicas menos boyantes.

Hilvano estas palabras en el avión que me trae de vuelta a Barcelona, junto a la mayoría de la delegación del PSC que ha asistido a la Conferencia. En la ida, mucho más despierto, tuve la oportunidad de entablar una interesante y cordial conversación con la Alcaldesa de Barberà del Vallès. Ana del Frago me hizo una descripción precisa y comprometida de la realidad, las ambiciones y los problemas de su ciudad. Una descripción sensata, pero al mismo tiempo, apasionada y cargada de optimismo.

Txiqui Benegas publicó ya hace unos años un ameno y útil ensayo municipalista titulado “El socialismo de lo pequeño”. Escuchando a la Alcaldesa de Barberà del Vallès era inevitable pensar que el socialismo de lo pequeño siempre acaba siendo el más grande.

Cuando el anarquista Manuel Pardiñas abatió a tiros al Presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas, el 12 de noviembre de 1912 ante el escaparate de una librería de la Puerta del Sol, cercenaba una de las últimas oportunidades de convertir la monarquía liberal nacida de la Restauración en una monarquía plenamente democrática. Durante prácticamente tres años el político liberal había desarrollado un programa de gobierno orientado a un fortalecimiento del Estado en todas sus dimensiones, con una solidez y coherencia considerables.

Eran tiempos de candente cuestión religiosa. Frente a los que defendían la subordinación del Estado –por ejemplo, del derecho civil- al dogma católico y los que, en la posición radicalmente contraria, propugnaban la completa separación Iglesia-Estado, Canalejas planteó un programa secularizador templado, que sólo en parte pudo desarrollar desde el Gobierno. Pero dicha templanza –apertura de las escuelas laicas cerradas por Maura, permiso para que las confesiones no católicas exhibieran libremente sus símbolos, la denominada ley del candado, que frenaba la expansión de las congregaciones…- no impidieron que se viera convertido en un virulento anticlerical por parte de la jerarquía eclesiástica y la prensa de orientación católica.

Canalejas practicaba con fervor su fe católica – a propuesta de su primera mujer, se hizo construir un oratorio privado en su palacio de la calle Huertas-. Pero su sincero catolicismo era radicalmente compatible con su convicción, expresada ya en 1884, sobre la necesaria independencia del Estado ante el poder eclesiástico. El mayor estadista que aportó el partido liberal a la política española sostenía unas posiciones razonables y sensatas – eliminación de cualquier tipo de dogmatismo del sistema educativo, ejercicio de una completa libertad de cultos e incorporación de los institutos monásticos a una ley común de Asociaciones- que trazaban un fértil camino en el desarrollo de las relaciones Estado-Iglesia. “La única fórmula racional, la única posible en España – defendía Canalejas- es la de la regulación jurídica que distingue la esfera propia del Estado y la esfera propia de la Iglesia.”

Javier Moreno Luzón ha definido a José Canalejas como un anticlerical católico. Su anticlericalismo, siempre moderado, respondía a una realidad económica, social y cultural –la de la España de principios del siglo XX- en la que la izquierda enarboló la bandera secularizadora con el fin de desarrollar un proyecto moderno y democrático de España, homologable a los de los países más avanzados de Europa. Este proyecto tenía enfrente a un poderoso movimiento clerical (Canalejas siempre diferenció clericalismo de religión católica o de Iglesia) que, básicamente a través de las congregaciones, iba ocupando cada vez más terreno en la vida económica y educativa del país, con un discurso profundamente antiliberal que ponía en cuestión las funciones y, en cierta medida, la propia viabilidad del Estado.

Afortunadamente, en la España de hoy vivimos en un marco constitucional que nos garantiza la libertad religiosa y que impide que ninguna confesión tenga carácter estatal. Algunos de los “impíos” objetivos secularizadores de los liberales encabezados por Canalejas (por ejemplo, la regulación del matrimonio civil para que los contrayentes no tuvieran que abjurar de la fe católica) son hoy aceptados incluso por los cardenales de Madrid o Valencia. Pero convertir una concentración a favor de la familia cristiana en la plaza de Colón de Madrid en un míting político en el que los purpurados Antonio María Rouco Varela y Agustín García-Gasco afirman que la democracia y los derechos humanos están en retroceso en España no es –solamente- un ataque al Gobierno socialista y a su Presidente, José Luis Rodríguez Zapatero. Implica poner en tela de juicio el principio democrático de que es la sociedad la que tiene, a través de sus representantes, la potestad de ordenar los principios de libertad individual y de convivencia. No es sólo una demostración de fuerza contra el Gobierno, como lo fue el Congreso Eucarístico Internacional de 1911 en Madrid contra Canalejas. Es también una demostración de que existen –y en algunos casos se han acentuado durante los últimos años- posiciones neoclericales relevantes en la jerarquía católica de nuestro país. Una demostración de que algunos de sus miembros no se resignan a que no se legisle desde una fe –la suya, evidentemente- o que, como mínimo esa fe no tenga un papel determinante en la legislación.

José Canalejas afirmaba en la España de principios del siglo pasado: “no hay un problema religioso, hay un problema clerical…” Un siglo después podemos aventurarnos a firmar que en esta España donde conviven avances y oportunidades con nuevos desafíos y problemas, no existe ni un problema religioso ni un problema clerical. Pero si algunos se empeñan en crearlo, la respuesta ha de ser de sosegada firmeza en el objetivo de separación real entre Iglesia y el Estado. Una separación que no sólo responde a un mandato constitucional, sino que también lo hace a una sociedad cada vez más plural en todos los terrenos. También en el religioso.

Artículo publicado en El País el lunes 21 de enero del 2008

El próximo 9 de marzo los ciudadanos tomaremos una decisión relevante sobre el rumbo que queremos para nuestro país durante los próximos años. Una decisión que, en nuestra opinión, se condensa en la alternativa entre consolidar y desarrollar la etapa de progreso que ha encabezado José Luis Rodríguez Zapatero o retroceder a un pasado de la mano de un Rajoy titeretado por Aznar, Acebes y Esperanza Aguirre… y por el señor Pizarro.

Sí, sí, nos referimos a ese Pizarro. El de “Endesa, antes alemana que catalana”. El que vivió el apagón de Barcelona del verano pasado cómodamente en su casa, sin duda convenientemente iluminada. El que tiene la cara dura de afiliarse ahora al PP, cuando es el militante más poderoso del PP desde su fundación. El que tiene la desfachatez de insultarnos con topicazos como el de los “catalanes valoran la pela”. Él, que se llevó de Endesa 2.000 millones de “pelas” a su casa!!!. Claro, que él, como no es catalán, seguro que no le da valor a estas “pelas”. Lo lleva con resignación. Incluso seguro que le molesta haberse visto obligado a aceptar esta astronómica cantidad de “pelas”. Vamos, que todavía tendremos que agradecerle los catalanes y todos los españoles que se haya enriquecido! Pero es que hay más. Tiene Pizarro la jeta de decir que “se ha preocupado” de mejorar la vida de los catalanes durante su mandato al frente de Endesa.

Señor Pizarro, lo que nos preocupa a los catalanes es que usted pretenda seguir mejorándonos la vida. No discutimos su solvencia y capacidad para mejorar su vida y la de aquellos que le rodean. Hemos padecido y padecemos, en cambio, su ineptitud para mejorar la vida –o, al menos, el suministro eléctrico- de nuestros domicilios, empresas y negocios.

El viernes pasado, tras el Consejo de Ministros, la Vicepresidenta Fernández de la Vega anunció que las obras del túnel que permitirá el paso de la línea ferroviaria del AVE por Barcelona se adjudicarán el próximo viernes. Se trata de una buena noticia para la ciudad de Barcelona y para su entorno metropolitano. La conexión de la estación de Sants con la futura estación intermodal de la Sagrera supondrá doblar la capacidad de servicio de la red de cercanías y hará posible un gran salto adelante de los distritos del norte de la ciudad –Sant Andreu, Nou Barris, Sant Martí-.

Pero dicho anuncio también es una buena noticia para la política. Por dos razones. En primer lugar, porque el trazado del túnel es fruto de un pacto subscrito en su momento entre un Gobierno de España (PP), un Gobierno de Cataluña (CiU) y un Ayuntamiento de Barcelona, gobernado por el PSC, ERC y ICV. Y los pactos están para cumplirse, más allá de los vaivenes posteriores de algunos de sus firmantes. Y en segundo lugar, porque postergar la adjudicación del túnel en estas fechas hubiera tenido una lectura electoralista, siempre perjudicial para la política entendida como servicio público.

Como ciudadanos de Barcelona, le agradecemos a nuestro Alcalde que haya mantenido con firmeza su convicción sobre la necesaria adjudicación e inicio de las obras del túnel del AVE. Ha sabido defender los intereses de la ciudad frente a las incoherencias de otros. El tesón del señor Hereu es especialmente necesario en un momento en el que arrecian los cantos de sirena tendentes a transformar Barcelona en una ciudad apocada y pusilánime; una especie de Barcelona en miniatura limitada a desenvolverse en un sano ambiente comarcal-provincial. Por suerte, estamos en buenas manos.

Don José Canalejas afirmaba en la España de principios del siglo pasado: “no hay un problema religioso, hay un problema clerical…” Afortunadamente, en la de hoy, la Constitución de 1978 nos garantiza la libertad religiosa. Algunos de los “impíos” objetivos secularizadores de los liberales encabezados por Canalejas (por ejemplo, la regulación del matrimonio civil para que los contrayentes no tuvieran que abjurar de la fe católica) son hoy aceptados incluso por los cardenales de Madrid o Valencia. Pero convertir una concentración a favor de la familia cristiana en un míting en el que los purpurados Antonio María Rouco Varela y Agustín García-Gasco afirman que la democracia y los derechos humanos están en retroceso en España no es –solamente- un ataque al Gobierno. Supone poner en tela de juicio el principio de que es la sociedad la que tiene, a través de sus representantes, la potestad de ordenar los principios de libertad individual y de convivencia. No es sólo una demostración de fuerza contra el Gobierno, como lo fue el Congreso Eucarístico Internacional de 1911 en Madrid contra Canalejas. Es también una demostración de que perviven posiciones neoclericales relevantes en la jerarquía católica de nuestro país. Una demostración de que algunos de sus miembros no se resignan a que no se legisle desde una fe –la suya, evidentemente- o que, como mínimo esa fe no tenga un papel determinante en la legislación.

En la España de hoy no existe ni un problema religioso ni un problema clerical. Pero si algunos se empeñan en crearlo, la respuesta ha de ser de sosegada firmeza en el objetivo de la separación real entre Iglesia y el Estado. Una separación que no sólo responde a un mandato constitucional, sino que también lo hace a una sociedad cada vez más plural en todos los terrenos. También en el religioso.




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