Archivo de junio de 2008

En el fondo, lo que más nos duele es la firma de Vargas Llosa. El Manifiesto por la Lengua Común, por lo demás, no deja de ser otro ejemplo de cómo pueden reunirse en un mismo empeño el desconocimiento/rechazo de una realidad concreta (en este caso, la realidad social, educativa y lingüística catalana) y los intereses/ventas de un diario, todo ello aderezado con las ambiciones/irresponsabilidades de una derecha que ha cambiado cortinajes y algunas caras, pero que no se ha movido ni un ápice en sus políticas.

Lo que nos duele es ver la firma de alguien al que respetamos, hemos leído y releído y consideramos el mayor novelista y el mayor articulista vivo en lengua castellana. Desde La ciudad y los perros hasta Travesuras de una niña mala lo hemos seguido ciegamente. Y nunca nos ha defraudado. Desde las carcajadas que nos producían algunos pasajes de La tía julia y el escribidor hasta la degustación lenta de unas novelas mayúsculas como La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo, o atravesando la puerta de La casa verde tal vez demasiado adolescentes. En fin… eso, que nos duele. La firma de Mario Vargas Llosa se merece causas más justas y, como mínimo, verdaderas.

Escribimos estas desordenadas líneas unas horas antes de la final en la que nos jugamos el Campeonato Europeo de Fútbol con Alemania. Acérrimos partidarios de la moderación deportiva y nacional, no queremos ocultar que el juego de nuestra selección en este torneo nos ha entusiasmado (la segunda parte contra Rusia es la máxima expresión de hegemonía balompédica en alta competición que recordamos) y que, por primera vez, tenemos el derecho a aspirar a una merecida victoria. Y a celebrarla en castellano, catalán, gallego o euskera. Nuestra España es ésta y no otra. Y también nuestra Cataluña.

“Madrid tiene nueve meses de invierno y otros tres meses de infierno”. Eso dice el “dicho”. Pero el “dicho” no se ha convertido en hecho, al menos este año.

El pasado viernes abandonamos Madrid con la convicción de que el verano prevalecía, al fin, sobre una prolongada primavera que había tenido muy poco de infierno. De buena mañana, desayunando (zumo de naranja + pan con aceite + manchao) en una terraza de la plaza Santa Ana, habíamos sido involuntarios testigos de una singular escena. En una mesa continua, una animada y jubilosa (por la edad) agrupación de madrileñas nos hacían partícipes, entre tremendas carcajadas, de lo que creímos entender que era una inminente excursión al Sitio Real de Aranjuez, mientras daban cuenta de un considerable desayuno (chocolate + porras + churros + agua). Ciertamente, la vitalidad y la energía de estas venerables ancianas era contagiosa. De improviso, se abren los ventanales de un apartamento que queda justo sobre nuestras cabezas y aparecen dos jóvenes, prácticamente adolescentes, con el pelo y los ojos revueltos. La chica nos regala un semblante mezcla de ira y sueño. El chico se dirige a nosotros : “Podrían hacer el favor de bajar la voz. Queremos dormir y estas no son horas, señoras!”. Ambos cierran los ventanales con un golpe seco. Primero el silencio. Después una risa nerviosa, un cuchicheo, y al cabo de un minuto el alborozo ha triunfado sobre la sorpresa. Volvemos a la lectura de nuestro diario con alguna mirada de soslayo hacia una ventana que intuimos puede volverse a abrir en cualquier momento. Se mantiene cerrada. Los trasnochadores adolescentes se han rendido ante nuestro ejército de ancianas que no respetan el sueño de los vecinos. Ya lo ven: cuestión de perspectiva.

Sin duda alguna, ustedes lo tienen claro: en este aceleradamente globalizado siglo XXI, o somos europeos o, simplemente, no somos.

Para nosotros, Irlanda es James Joyce –al que adolescentes leímos íntegro y, por tanto, parcialmente-, y el Innesfree del “Hombre tranquilo” de John Ford. No les sorprenderá, en consecuencia, que nos duela íntimamente que el pueblo irlandés haya rechazado el Tratado de Lisboa. Hoy, Europa es más pequeña y, con ella, todos nosotros hemos empequeñecido.

Un día antes del “no” irlandés recibimos en sesión solemne de las Cortes Generales al Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Felipe Calderón resumió su programa de gobierno en cuatro objetivos: hacer de México un país seguro donde se respeten las leyes –en dos años la guerra contra el narcotráfico ha causado 4.000 muertos-; desarrollar una economía competitiva y generadora de empleos; avanzar en la igualdad de oportunidades y, concretamente, hacia la cobertura universal de salud; y, finalmente, comprometerse con el desarrollo sostenible. Calderón nos confirmó su apuesta por la liberalización del negocio del crudo y nos adelantó unas previsiones de inversiones en infraestructuras de 30.000 millones de euros anuales durante el próximo quinquenio. Nuevas oportunidades para un país como el nuestro, que es el segundo inversor en México, y que confía en su futuro.

El Presidente del Congreso, José Bono, aprovechó su acertado discurso de bienvenida para recordar unas palabras de Carlos Fuertes: “Nos necesitamos. Pero también el mundo necesita a España y a la América española. No habrá concierto sin nosotros. Pero antes debe haber concierto entre nosotros”. También necesitamos a Irlanda. E Irlanda nos necesita a nosotros para construir la Europa que todos, también México, necesita.

Es una cuestión de carácter. No le den más vueltas, ni busquen otras explicaciones. Desde que tenemos uso de razón política, siempre hemos tendido a alejarnos de quienes generan expectativas desorbitadas y a aproximarnos a quienes nos las ofrecen razonables. Para que se nos entienda: nos hemos sentido mucho más próximos a Lyndon B. Johnson que a John F. Kennedy.

La Guerra de Vietnam ensombreció injustamente la presidencia de Johnson, que aupó a la sociedad americana a uno de los momentos de más prosperidad económica y progreso social de su historia pasada y futura: Ley de Derechos Civiles –firmada en el avión que trasladaba el féretro de J.F. Kennedy desde Dallas-; Ley de Derecho al Voto, que permitió a los negros americanos acudir a las urnas; Medicare –seguro de salud para los pobres y los ancianos; Medicaid –viviendas protegidas-; programas federales para la educación; programa Guerra contra la Pobreza, que impulsó la formación de los niños pobres, así como la inserción socio-profesional de los jóvenes de los barrios periféricos… Todos ellos, pasos certeros hacia una “gran sociedad” cimentada sobre la igualdad de oportunidades.

En coherencia con lo dicho, hemos seguido en la lejanía las extenuantes primarias del Partido Demócrata al lado de Hillary Clinton, y no de Barack Obama. Y ahora que ha llegado el momento de reconocer la derrota –dignísima, por otra parte- de nuestra candidata, le deseamos al señor Obama suerte y acierto para ganar las elecciones presidenciales y gobernar la gran nación americana. Ojalá que sepa sumar a las expectativas kennedyanas, una obra de gobierno sólidamente progresista similar a la realizada por Lyndon Baines Jonson, 36º Presidente de los Estados Unidos de América.

El catalán-en-Madrid es un espécimen que se ha adaptado –en muchos casos, con un cierto éxito- al hábitat de la jungla mesetaria de la villa y Corte. Desarrolla el catalán-en-Madrid sus funciones empresariales, culturales, sociales o políticas de forma más que razonable, si tenemos en cuenta ha de hacer frente a dos especies aparentemente enfrentadas, pero que en la realidad cultivan una sana simbiosis que dificulta su, ya de por sí, compleja existencia. Nos referimos –ustedes ya lo habrán intuido- a la versión menos evolucionada del nacionalista catalán, incapaz de entender el papel de Madrid como centro político, económico y cultural, si no es para combatirlo a través la conyeta, así como a su homóloga, la versión más primitiva del nacionalista español, para el cual el catalán-en-Madrid es, o bien un competidor que debería volver a su ecosistema cuanto antes, o, en el mejor de los casos, una especie exótica inofensiva y hasta resultona, pero que, en determinados momentos, puede llegar a ser molesta.

Me invaden estos inofensivos pensamientos después de asistir a una cena-coloquio de Punt de Trobada, un espacio de encuentro y debate de catalanes-en-Madrid impulsado por Ángel Boixadós, Francesc Fajula, Pedro Pascual y cuya alma-motor es la brillante emprendedora Núria Vilanova. David Vegara, -más que un Secretario de Estado de Economía- había realizado una intervención sobre las luces y sombras de nuestra economía que los asistentes valoramos unánimemente como lúcida, rigurosa y generadora de confianza en tiempos difíciles. Y como somos catalanes, aunque habitemos en la jungla mesetaria de Madrid, a las 11 de la noche el interesante coloquio había concluido.




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