Archivo de septiembre de 2008

El 13 de octubre de 1909 Francesc Ferrer i Guàrdia fue fusilado en el castillo de Montjuïc de Barcelona. Había sido condenado a muerte por un Consejo de Guerra, convertido en el chivo expiatorio de una semana trágica –la de Barcelona de 1909- que no dirigió y sobre la cual no tuvo ninguna ascendencia. Pagó con su vida un pasado comprometido con las ideas anarquistas y revolucionarias. Un pasado en el que existían y persisten claroscuros que, en ningún caso pueden justificar tan trágico final.

Ferrer i Guàrdia encarna en su persona la versión laica –a menudo anticlerical- y progresista que la izquierda adoptó en buena parte de la Europa latina a principios del siglo XX. Librepensador, y masón, evolucionó desde el republicanismo de Ruiz Zorrilla hasta el anarquismo, aunque en todo momento fue un defensor de la solución revolucionaria. En cierta manera, la revolución para Ferrer tenía mucho de fin en si mismo. Pero Ferrer no se habría convertido en un verdadero mártir laico de dimensión internacional, si no se hubiera comprometido con una concepción emancipatoria de la educación. Entendámonos: Ferrer no fue gran pedagogo. Juan Avilés lo ha expresado con acierto: “No aportó ideas originales al pensamiento educativo, pero la Escuela Moderna que fundó, con todas sus contradicciones y limitaciones, representaba algo nuevo en la España de la época.”

Rescatar la figura de Ferrer i Guàrdia, 150 años después de su nacimiento y 100 después de su fusilamiento, ha de servirnos -por encima de fronteras ideológicas o partidarias- para perseverar en la tarea común de desterrar de nuestra sociedad la persecución de las ideas, por muy alejadas que estén de nuestro pensamiento, y la injusticia que se ceba sobre un inocente.

El brigada del ejército, Luis Conde de la Cruz, fue asesinado ayer en Santoña por la banda terrorista ETA.

Esta tarde, en el inicio de la sesión plenaria del Congreso, el Presidente, José Bono, ha leído la siguiente declaración institucional:

“El pasado fin de semana la banda terrorista ETA ha vuelto a atentar en Vitoria, Ondarroa y Santoña. En esta última ciudad ETA ha asesinado a un honrado suboficial del Ejército de Tierra, el brigada don Luis Conde de la Cruz. El Congreso de los Diputados de España, de forma unánime, traslada su afecto y su pesar a la familia de don Luis Conde, especialmente a su viuda, doña Lourdes Rodao y a su hijo Iván, perteneciente, como su padre, a las Fuerzas Armadas; a todos ellos nuestro sincero pésame. La Cámara se solidariza con las Fuerzas Armadas, con los policías vascos heridos y con todas las personas que ahora o en el pasado han sufrido más de cerca la sinrazón terrorista. El Congreso de los Diputados expresa de forma firme y solemne su unidad contra el terrorismo. Esta Cámara pondrá todo su empeño para derrotar y acabar con ETA. A los terroristas sólo les queda el sometimiento a la ley, la acción de la policía y la cárcel.”

Puestos en pie, mostramos nuestra conformidad con un largo aplauso lleno de dolor, pero también de determinación.

Borja de Riquer defendía el pasado miércoles en el suplemento “Cultura/s” de La Vanguardia el carácter plenamente noucentista de la acción política y cultural de Francesc Cambó. Como ejemplo indiscutible de “declaración de principos noucentista”, De Riquer recogía el artículo “De la política” que Cambó publicó en L’almanach dels noucentistes de mayo de 1911: “Política es
intervención y la intervención es fe. Sólo el hombre que tiene fe puede ser político. Y no basta con tener fe en sí mismo, debe tener fe en el pueblo sobre el que actúa.”

Ciertamente política es intervención –y no nos referimos aquí a la dimensión orsiana del concepto- sino al hecho de participar, hacer, decir o simplemente preocuparse por el mundo que nos rodea. Y, evidentemente, propugnar la no intervención –en un conflicto internacional, por ejemplo- es una manera principalísima de intervenir.

No intervenir y desregular los mercados financieros ha sido la política de la derecha norteamericana, que tan distinguidos amigos tiene en nuestro país, durante las últimas décadas. Una política convertida en cadáver después de que la Administración Bush haya anunciado la mayor intervención de un Gobierno –superará el billón de dólares-para salvar la economía.
Gerardo Díaz Ferrán, Presidente de la CEOE ha propugnado “poner entre paréntesis la economía de mercado”. Nosotros no nos atrevemos a tanto. Nos conformamos con que esta crisis, de consecuencias todavía imprevisibles, implique la vuelta de la normas, el retorno de la ley –la pecaminosa regulación según los profetas de la fe neocon- a los mercados financieros y, especialmente, al norteamericano. Porque nuestra fe en el Estado que todo lo puede o en el Mercado que todo lo decide siempre ha sido francamente limitada.

El día después pudimos leer que las bolas de granizo habían alcanzado hasta los tres centímetros de diámetro. Pero al dato –de conocerlo-, no le habríamos prestado la más mínima atención cuando, tan sólo unas horas antes, nos apresurábamos a cerrar las contraventanas de la habitación del hotel, convencidos de que los cristales iban a saltar por los aires en cualquier momento, ametrallados por el granizo.

Durante las primeras horas del pasado miércoles dos oleadas de lluvia y granizo habían colapsado el centro de Madrid. 300 rayos iluminaron la noche madrileña. Y 56 litros por metro cuadrado acabaron por inundar por completo los túneles de la M-30 (es el séptimo colapso de la misma en la nueva versión gallardoniana), la parada de metro del Barco de España, la estación de Atocha y el túnel de la Glorieta de Carlos V. Numerosas tiendas, bares, garajes y algunas viviendas amanecieron anegados.

También sobre la economía mundial –y sobre la nuestra en particular- llueven piedras. La comparecencia del Presidente del Gobierno el pasado miércoles en el Congreso nos ha convencido, definitivamente, de que para el PP la crisis económica no es percibida como un problema para los españoles, sino como una oportunidad para desgastar al Gobierno y mejorar sus expectativas electorales. ¿Arrimar el hombro? Ni por asomo. De lo que se trata es de generar más desconfianza, de añadir más incertidumbre, de enredar todo lo posible, de complicar más las cosas. ¿Alguna propuesta? Tan sólo una: bajar los impuestos a los que más tienen y reducir la cobertura social a quienes más la necesitan. Para que las piedras (los sacrificios) sólo caigan sobre las cabezas y las espaldas de los más débiles. Créanme: no tienen remedio…

Incorporar noves obres a la limitada llista de les que passen a formar part de nosaltres mateixos, i que ja no ens han d’abandonar mentre trepitgem amb un bocí de lucidesa aquest món, és un miracle que en la joventut pot arribar a repetir-se rutinàriament, però que en l’edat adulta esdevé insòlit i, fins tot, hom arriba a sospitar que irrepetible.

Per això, quan de la mà d’un bon amic descobrim que, al costat de Josep Pla i de les “Memòries” de Josep Maria de Segarra, has d’afegir-hi la prosa transparent, alhora elegant i cantelluda, però sempre plena de tendre ironia que atresoren les 185 cartes d’un jove Joan Sales a la Mercè i al poeta Màrius Torres -quan la seva mirada sobre la Barcelona republicana, la Guerra Civil i l’exili passa a formar part de la nostra-, no cal donar-li més voltes: torna el miracle.

El barber i cirurgià Vidal –defensor, al costat de les seves tres dones, de la liberal Mequinensa atacada per un inexistent exèrcit carlí- pronunciava el mot “Història” sempre amb majúscula. Nosaltres, després de gaudir serenament de les “Cartes a Màrius Torres”, hem de parlar, sense embuts, de “Literatura” amb majúscules.




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