Archivo de noviembre de 2008

La verdad es que salimos del Centro de Arte Reina Sofía con la voluntad, casi con la necesidad, de volver. Subimos por Atocha. El invierno de Madrid nos acaricia la cara, mientras las fotografías de Alberto García-Alix nos golpean por la espalda.

Desde que vimos sus primeros trabajos hasta su actual exposición “De donde no se vuelve” en el Reina Sofía, nuestra relación con el mundo de García-Alix ha ganado en conocimiento, pero no ha perdido ni un ápice de emoción. Cada uno de sus retratos tiene algo que decirnos. Aunque hemos de reconocer que seguimos fieles a los de siempre: Tres hembras, Tarde de San Isidro, Esperando al dealer, Willy y Carlos en la puerta del Bobia…

Calvo Serraller ha escrito de su obra fotográfica: “Su forma de narrar consiste en centrar la historia en una imagen, es concentrarse en ella. En cierta manera, es como si rescatase el meollo de lo que pasa entremedias de la sucesión. En este sentido, las imágenes se yuxtaponen, no crean un orden jerarquizado de sucesión: son unidades autosuficientes, absolutas.” En efecto, las exposiciones de García-Alix deberían contener un único retrato. Como máximo, un retrato por espacio. El autor no tiene obra, sino obras. No hilvana un relato; cada retrato contiene uno, independiente y completo

El video que culmina la exposición –éste sí, una íntima y sincera propuesta de relato- es imprescindible. La voz, poderosamente rota de García-Alix, inunda las imágenes: “La fotografía es iconografía de muerte. Está en su naturaleza. En ella ya no somos como somos. Somos como éramos.” Giramos por Matute entre imágenes y voces. “Una colección de retratos es una colección de futuros cadáveres.”

Dentro de dos semanas celebraremos el 30º aniversario de la Constitución Española. Celebraremos que juntos hemos recorrido los mejores 30 años de nuestra historia. Con sus aciertos y errores. Evidentemente, con sus asignaturas pendientes –la reforma de la justicia-, con nuevos retos –la crisis económica y sus efectos sobre los más débiles- y con la obligación moral de derrotar definitivamente al terrorismo asesino de ETA.

Durante estos 30 años, cada 20 de noviembre los nostálgicos del régimen franquista, cada vez más residuales, se concentraban en el Valle de los Caídos para rendir homenaje al dictador. El pasado jueves, por primera vez, no fue así. ¿Por qué? Porque hace un año el Congreso de los Diputados aprobó una ley, conocida como de La Memoria Histórica, cuyo artículo 16 reza: “En ningún lugar del recinto (el Valle de los Caídos) podrán llevarse a cabo actos de naturaleza política ni exaltadores de la Guerra Civil, de sus protagonistas o del franquismo”.

Mientras la Guardia Civil hacía cumplir la ley en el Valle de los Caídos, nosotros participábamos en la Dotzena Escola de Tardor dels Socialistas de Mallorca con una ponencia sobre la memoria histórica. Escuchar las experiencias vitales de Josep Canaves y Antoni Trobat –históricos militantes socialistas- en su lucha contra la dictadura fue mucho más revelador y cautivante que la mejor de las ponencias. Y conmovedoras fueron las palabras de Emilio Alonso -diputado en la Legislatura Constituyente y primer Secretario General de la Federación Socialista Balear- al recordar cómo Ramón Rubial o Curro López del Real enseñaban a los jóvenes diputados socialistas que no habían sufrido -como ellos- las cárceles franquistas de la postguerra y el exilio, a mirar hacia atrás sin ira ni rencor. Emilio Alonso derramó lágrimas al recordar a su padre, militar republicano, y afirmar que hubiera estado muy orgulloso de la Ley de la Memoria Histórica.

Desarrollar y aplicar plenamente la ley: éste es el compromiso de los socialistas con la memoria histórica. Para que el orgullo del padre de Emilio Alonso esté totalmente justificado.

“¡Tú esto lo vas a pagar!”. Esta amenaza, que está a caballo entre el lenguaje del hampa y el de los niños de primaria, se la espetó el gallardonista vicealcalde de Madrid, Manuel Cobo, al aguirrista concejal de la misma ciudad, Angel Garrido, en la reciente Asamblea Extraordinaria de Caja Madrid. Una nueva y edificante escena del enfrentamiento Gallardón-Aguirre trasladado ahora al escenario de la renovación, o no, de Miguel Blesa como Presidente de la matritense Caja de Ahorros. Por lo que se cuenta en los mentideros la escenita no acabó como el rosario de la aurora por la intermediación de Doña Cristina Cifuentes, diputada del PP, que amenazó a ambos con “darles un pellizco si no lo dejaban”. Una amenza –“el pellizco cifuentino”- por lo que se ve, mucho más intimidatoria e eficaz que el desfasado “¡Tú esto la vas a pagar!”.

“Para subir cualquier escalón es bueno” le instruye Crispín a Leandro en la primera escena de Los intereses creados de Don Jacinto Benavente. También para bajar. El PP ha convertido una entidad financiera de la relevancia de Caja Madrid en un eslabón central de la descarnada batalla que libran Aguirre y Gallardón por la sucesión de Rajoy. Quién acabará subiendo o bajando por este escalón es el tema con mayúsculas de la Villa y Corte. Nosotros sólo nos atrevemos a sugerirles a ambos protagonistas que eviten autocalificarse como liberales, como mínimo mientras dure la contienda. Al final va a resultar que el único verdadero liberal del PP es Mariano Rajoy, (por aquello del laissez passez, laissez faire…ya me entienden).

Lluís Bassets, en un recomendable artículo –“Falso amanecer conservador”-, publicado en la cuarta página de la edición del pasado martes de El País, cita una definición atribuida al pope neocon Irving Kristol, según la cual los neoconservadores no dejarían de ser “unos liberales desengañados por la realidad”. La frase nos parece afortunada. El desengaño –y posterior alejamiento- de la realidad está en el origen de toda doctrina extrema y revolucionaria. Un origen que garantiza que su aplicación nos deja siempre una realidad infinitamente peor que aquella que les había defraudado.

A nuestro juicio, toda política que no es realista no merece el nombre de política. Si está construida desde la realidad, podrá ser reformista o conservadora, podrá producir aciertos o generar errores, podrá ser mayoritaria o minoritaria, atractiva o soporífera, inteligible o indescifrable, pero será política y no quimérica, irresposable –y, a menudo, trágica- elucubración.

En su discurso del Grant Park de Chicago Barack Obama, Presidente electo de los Estados Unidos de América afirmó: “Mientras disfrutamos de esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas: dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo”. Duras realidades. Nosotros que apoyábamos a Hilary Clinton porque creíamos que representaba el cambio más pegado a la realidad, estamos plenamente satisfechos por la victoria de un candidato, Obama, que ha sabido edificar emociones, esperanzas e ilusiones sin alejarse excesivamente de ella. Pocas veces hemos vivido, y viviremos, como durante estos días, la convicción de que valía la pena compartir unas expectativas tan descomunales –y tan opuestas al realismo con alguna dosis de escepticismo que practicamos- como las abiertas por la victoria de Obama.

Nota 1: El discurso de Mac Cain le honra y confirma nuestra tesis de que las derrotas, si se sabe estar a la altura, siempre tienen una carga más épica que las victorias.

Nota 2: La consecución de la sede de la Secretaría Permanente de la Unión por el Mediterráneo para Barcelona es otra realidad que permite que nuestra ciudad aspire a convertirse en la capital del Mare Nostrum. Una realidad construida sumando esfuerzos desde el Ayuntamiento de Barcelona, el Gobierno de Cataluña y el Gobierno de España. Como debe ser.

Thomas Buddenbrook, con todo el peso del negocio y del nombre de la familia a sus espaldas, se pregunta en un determinado momento de la novela de Thomas Mann: “¿Qué es el éxito? Una fuerza, una prudencia y una actitud enigmática, indefinible” se responde; “la conciencia de imprimir un impulso al movimiento de la vida con la propia personalidad.” Ciertamente, la concepción del éxito de Thomas Buddenbrook está muy alejada de la que señorea nuestra sociedad: una mezcla de triunfo sin esfuerzo, de recompensa sin merecimiento, acompañada, en no pocos casos, por altas dosis de banalidad y egolatría que no le hace ascos al ridículo.

Ayer enterramos a un amigo con el que hemos compartido más de veinte años de nuestra vida. A lo largo de la suya –injustamente mutilada por un enfermedad a la plantó cara con valentía y serenidad- supo imprimir desde su propia personalidad un impulso en el movimiento de nuestras vidas, en el movimiento de la vida. Lo ha hizo con su familia y con sus amigos. Lo hizo en todos y cada uno de los proyectos con los que se comprometió: en la Universidad, en el movimiento estudiantil, en la cooperación al desarrollo, en el Ayuntamiento de Barcelona, en la Diputación, en su generosa producción intelectual, y en su partido, el Partit dels Socialistas de Catalunya.

La vida nuestro amigo ha sido una vida vivida en plenitud, una vida cargada de sentido, un éxito en el sentido profundo y verdadero del término del que nos sentimos orgullosos. Lo despedimos con una íntima y dulce versión de La Internacional acariciada por un violín.

Lorenzo Albardías falleció el jueves, 30 de octubre, en Barcelona.




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