Archivo de 2009

Si a menudo se hace difícil entender –y, todavía más, opinar- sobre aquello que sucede a nuestro alrededor ¿es prudente hacerlo sobre otras realidades, otro país, del que nos separan miles de kilómetros y un océano? No lo es. Y, sin embargo, nuestro afecto por Bolivia nos obliga a hacerlo.

La Corte Nacional Electoral de Bolivia hizo público el pasado martes los resultados oficiales de la elección nacional y los referendos sobre autonomías realizados el pasado 6 de diciembre. Con una participación del 94,5% (sí, no es un error,¡94,5%!) Evo Morales consiguió la reelección con un 64,22% del total de votos. Manfred Reyes alcanzó el 26,46%, mientras que Samuel Doria no superó el 5,65%. El partido del Presidente Morales obtuvo, además,
26 de los 36 miembros de la Cámara de Senadores y 88 de los 130 de la Cámara de Representantes. La victoria de la alianza gubernamental ha sido inapelable e incuestionable: venció en seis de los nueve departamentos –en el de La Paz alcanzó el 80%- y en los tres que perdió no bajó del 37% -Beni-.

Un resultado tan abultado no se consigue sin una oposición incapaz de presentar una alternativa creíble afirmarán algunos. Y es cierto. Pero tampoco se alcanza sin una valoración positiva del trabajo realizado y una identificación mayoritaria con el proyecto que encarna Evo Morales. Por cierto, un trabajo realizado que ofrece un saldo económico nada despreciable: en los últimos seis años el PIB de Bolivia se ha duplicado; este año su crecimiento será el mayor de América, y el ingreso per capita, que era inferior a 1.000 dólares en el 2003, se sitúa hoy por encima de los 1.400 dólares.

El amplísimo respaldo obtenido supone también un aumento de la responsabilidad del Presidente Morales. Queda mucho por hacer y muchas contradicciones que superar: la lucha contra la pobreza sigue siendo el primer objetivo nacional, y la capacidad de integrar institucional y políticamente a todos los bolivianos y a todos los territorios requerirá capacidad de diálogo y una generosa visión de Estado.

El Presidente Morales se merece el respeto que no siempre ha tenido desde determinadas tribunas ideológico-comunicativas. Y el pueblo boliviano se merece que sus responsables políticos sepan aprovechar esta oportunidad para progresar sumando, para unir por encima de las legítimas diferencias.

En abril del 2006, Wen Jiabao, primer ministro chino, anunció en Nueva Delhi que “India y China son la clave para que sea posible un siglo asiático”. No estamos en condiciones de afirmar si el siglo XXI será un siglo asiático. Pero arriesgamos muy poco si nos aventuramos a decir que será más asiático que el siglo XX.

En la Cumbre de Copenhague sobre el Cambio Climático, China, apoyada por países amigos, como India, Brasil y Sudáfrica, ha jugado un papel central para que la misma haya acabado con un acuerdo político de mínimos, jurídicamente no vinculante. Su negativa a aceptar el control sobre los recortes de emisiones en su territorio ha sido, sin duda alguna, determinante. Frente a quienes no desaprovechan ninguna ocasión para cuestionar a Obama, el Presidente de los Estados Unidos tuvo la voluntad y la habilidad de que Copenhague no supusiera dar “dos pasos atrás”¿Y Europa? Debemos sentirnos razonablemente satisfechos: aportamos una posición homogénea y ambiciosa. Y al mismo tiempo, preocupados: hemos de ser más fuertes para que nuestras posiciones, cuando son acertadas y cosmopolitas, sean más tenidas en cuenta.

Si la memoria no nos falla, Diógenes fue la primera persona que se consideró a sí mismo ciudadano del mundo,“kosmou polites”. El cosmopolitismo y su variante proletaria, el internacionalismo, cotizan a la baja en la era de la globalización. Conocedores como somos de esta paradójica realidad, a la que no nos resignamos, el decepcionante resultado de la Cumbre de Copenhague, finalizada ayer, no debería causarnos ni exagerada sorpresa ni excesiva decepción. Y sin embargo, nos las ha causado. El fracaso de Copenhague es una mala noticia para Diógenes. Porque para que se multipliquen los ciudadanos del mundo, se requiere inexcusablemente la existencia del mundo, condición necesaria a la que hasta ahora, tal vez no habíamos prestado la suficiente atención.

Recogida de firmas altamente sofisticada y mediática, sin duda alguna, pero recogida de firmas, al fin y al cabo. Responder a esta pregunta nos llevaría a una reflexión extensa y serena sobre el valor -y la banalización- de las palabras y los conceptos en nuestra sociedad. Lo apuntamos como tarea pendiente y, mientras tanto, aceptamos consulta. Para que nos entendamos…

Se están celebrando hoy consultas en 166 municipios de Catalunya. Son consultas independentistas convocadas por organizaciones y asociaciones independentistas a las que acudirán a votar ciudadanos independentistas. Son, en consecuencia, una iniciativa legítima que recogerá la opinión de una parte de los catalanes. Se realizan respetando la ley y en un clima de normalidad. Respetarlas y respetar a quienes las organizan y participan en las mismas es la única actitud democráticamente aceptable. Es el mismo actitud que tienen –no nos cabe la menor duda- los activistas independentistas hacia quienes, no siendo independentistas, como es nuestro caso, no se nos pasaría por la cabeza participar en una iniciativa pensada para recontar independentistas.

Nos parece más discutible que esta iniciativa cuente con el apoyo entusiasta de la CiU de Artur Mas y Felip Puig. No cuestionamos su decisión de practicar la gimnasia independentista este fin de semana. Están en su derecho y deben pensar que les será muy beneficioso para su salud electoral. Pero cuando defender el Estatut del 2006 es el objetivo que compartimos la mayoría de la sociedad catalana, es una mala noticia que uno de los partidos protagonistas del mismo se apunte a una iniciativa que alimenta a los enemigos de nuestro autogobierno. Con su actitud de irresponsable frivolidad, Artur Mas genera desconfianza y debilita la cohesión de la mayoría política y social que apoya el Estatut. Al paso que vamos, dentro de poco habrá en Catalunya más independentismos que independentistas…

No es cierto que siempre se mueran los mejores. También los peores pasan, tarde o temprano, por ese trance; sin duda alguna, el más radicalmente igualitario. Lo que ocurre es que cuando nos abandona uno de los mejores, la muerte se nos antoja radicalmente injusta. Igualdad no es sinónimo de justicia, ni siquiera para quienes concebimos la igualdad como el valor determinante de nuestro compromiso político.

Jordi Solé Tura es uno de los mejores. Hay que vencer un cierto pudor para escribir sobre uno de los grandes, tan sólo unas horas después de su fallecimiento. Hay que hacerlo con modestia, pero no podemos dejar de hacerlo. Tuve la inmensa suerte de conocerlo como Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. ¡Cuanta inteligencia y paciencia derrochada con un representante estudiantil militante en el oficialismo socialdemócrata! Pero fue algunos años después, acompañándolo como candidato a diputado a Cortes por el PSC, cuando fui definitivamente cautivado por su humanidad, su sentido del humor, su firmeza dialogante, su natural modestia. Unas cualidades que le servían para desmenuzar con cirugía láser una determinada controversia, para evocar sus jóvenes paseos y sueños por los alrededores de Mollet del Vallés o para comentar con su joven acompañante la lectura que éste acababa de realizar de “Catalanisme i revolució burguesa”.

“Nobleza es la primera palabra que me viene a la cabeza cuando pienso en la persona y la figura política de Jordi Solé Tura” ha escrito el President Montilla en La Vanguardia. Y generosidad, nos añade un amigo. Coincidimos. ¡Nobleza y generosidad en los tiempos que corren!. Ciertamente, Jordi Solé Tura nos ha dicho definitivamente adiós cuando más lo necesitábamos. Lean “Una historia optimista”. Sus nobles y generosas memorias.

(En el AVE, camino de Madrid, para celebrar en el Congreso de los Diputados el aniversario del Referéndum constitucional. Uno de los días más felices de la vida de Jordi Solé Tura y del pueblo español que él supo representar como pocos)

El editorial conjunto de la prensa catalana en defensa del Estatut del 2006, así como el amplio apoyo cívico y político que ha cosechado en Cataluña ha supuesto un aldabonazo en el debate público sobre la esperada sentencia del Tribunal Constitucional. El editorial -un ejercicio del derecho y de la responsabilidad de expresar su opinión que tienen los medios de comunicación-, contiene una clara afirmación de la constitucionalidad del texto estatutario, así como una sincera advertencia de las consecuencias que se derivarían de un rechazo al mismo. Compartimos tanto su fondo como su forma.

Las reacciones más críticas han aparecido desde dos espacios político-ideológicos supuestamente antagónicos: la derecha centralista que ha recurrido el Estatut ante el Tribunal Constitucional –reacción disimulada desde sus altavoces políticos y airada desde sus altavoces mediáticos-; y el independentismo y el radical-soberanismo catalán que, aunque lo intentan, no puede ocultar su desasosiego ante una defensa amplia, transversal y contundente de un Estatut que rechazaron y que, aunque ahora dicen respaldar, menosprecian en la intimidad. En definitiva, la editorial conjunta de la prensa catalana ha puesto de los nervios a los mismos que serían felices con una sentencia del Tribunal Constitucional que destruyera el laborioso acuerdo que hizo posible el Estatut del 2006: a los macizos de la raza de allá, y a los de aquí, que también existen. Reflexionen sobre ello.

Hay encrucijadas en los que aparece –o debiera aparecer- el político capaz de plantear nuevos horizontes, sueños hacia donde dirigir las energías de un pueblo. Existen otras en las que se hace imprescindible la figura del político capaz de anticipar y evitar que las peores pesadillas, los presagios más funestos, se hagan realidad. En ninguna de ellas tiene cabida el político que ha llevado a CiU del nacionalismo pragmático al soberanismo de la frustración. Nos referimos, evidentemente, al señor Mas, que en una entrevista publicada ayer en El País se muestra contrario a un referéndum independentista en Cataluña porque ganaría el no. Y él –según nos confiesa cada vez que puede- desea que gane el sí. (Aunque con mayor fervor desea volver a gobernar Cataluña con la ayuda del PP). Quienes votaríamos que no en un referéndum independentista -y ganaríamos según nos anticipa Artur Mas- también somos contrarios a este tipo de referéndums. No queremos una Cataluña frustrada y dividida. Algo que al señor Mas parece que le trae al pairo.

Ya están aquí. Después de 47 días de secuestro. “Venimos de una situación extrema y queremos paz” ha comentado un marinero gallego a los periodistas que les esperaban a su llegada a Vigo.

Nosotros, en un ataque de ingenuidad, creíamos que durante estas primeras horas viviríamos unos momentos de paz y de celebración compartida por haber devuelto a sus familias, sanos y salvos, a todos los tripulantes del Alakrana. Evidentemente, no ha sido así. El PP no pudo esperar, ni siquiera a que el atunero llegara a las Seychelles para volver a las andadas. Sí, a las andadas, porque a lo largo de todo el secuestro las energías de la derecha española han estado volcadas en intentar sacar tajada política de este complicado secuestro y no apoyar al Gobierno de su país en su resolución.

El oportunismo es una patología política cuyo único tratamiento conocido consiste en suministrar algunas dosis de responsabilidad. Constituye, además, una tentación especialmente atrayente cuando uno se encuentra en la oposición. Una tentación, admitámoslo, que nadie puede ufanarse de tener totalmente domeñada. Pero hasta el oportunismo tiene una frontera que le separa de la desfachatez. Proclamar durante la duración del secuestro que la liberación de los tripulantes era un objetivo que el Gobierno no podía poner en peligro por zarandajas legales, para segundos después de su liberación, defender con el mismo énfasis lo radicalmente contrario supera ampliamente esta frontera. Exigir responsabilidades políticas anticipándose a las explicaciones, comparecencias y debates que el propio Gobierno ha pedido, también.

Dos preguntas nos asaltan sin pedir permiso: ¿Qué estaría diciendo el PP si el secuestro hubiera acabado mal y no se hubiera solucionado satisfactoriamente? ¿Por qué los semblantes de los dirigentes del PP destilan estos días tanta crispación, tanta rabia contenida, si comparten –como es obvio- con todos los españoles la alegría y el gozo por el final feliz que todos anhelábamos?

“Las ideas son veneno para la gran narrativa” nos dejó escrito Francisco Casavella en un ensayo sobre Juan Marsé. El propio Marsé –nos informa Javier Rodríguez Marcos- comparte esta afirmación: “Las ideas deben quedar reflejadas orgánicamente en la acción sin que se note el engranaje”.

En el debate político y social sucede todo lo contrario. La ausencia de ideas convierte el ágora en un terreno abonado para la aparición y proliferación de venenos letales para la salud democrática: la mentira, el insulto, la demagogia, el cinismo…Pero de la misma manera, que Marsé defiende que en la narrativa, las ideas deben aprehenderse a través de la acción, nosotros sostenemos que éstas, en el ágora, nos tienen que llegar a través de propuestas y proyectos políticos debatibles y discutibles. Las ideas desnudas únicamente tienen sentido en el debate filosófico.

Sin embargo, ocurre en ocasiones que para evitar que una determinada propuesta o posición política quede al descubierto, se echa mano de una demagógica mentira. Sin ir más lejos, esto es lo que ocurrió el pasado jueves en el Congreso de los Diputados. El señor Sánchez Llibre se nos desmelenó en la tribuna atribuyendo a los diputados que apoyamos con nuestro voto la reforma del modelo de financiación autonómica la comisión de un “asesinato político del Estatut”. ¿Por qué? Pues, simple y llanamente, para intentar ocultar que CiU en una sola semana –y votando, codo con codo, con el PP y Rosa Díez contra los Presupuestos Generales del Estado y contra la LOFCA- pretendía hacer desaparecer de Cataluña más de 9.000 millones de euros. Como ustedes comprenderán, la magnitud de la cifra obligaba a colocar el listón de la demagogia a un nivel muy zafio. Y evidentemente, volviendo a Casavella, sin ninguna pretensión de realizar una gran política. Ni tan siquiera una política de tamaño mediano…

Defiende Timothy Garton Ash en un sugerente artículo publicado en la Cuarta Página de El País de ayer que “el año 1989 fue el más importante en la historia mundial desde 1945”, así como “el mejor año de la historia europea.” La primera afirmación no nos ofrece dudas. La segunda tampoco, aunque nos escueza que no se nos haya ocurrido a nosotros. La caída del muro de Berlín significa el fin de una fría guerra civil europea que había durado más de cuatro décadas.

Garton Ash finaliza su artículo con una pregunta: “¿Podemos recuperar algo de la audacia estratégica y la imaginación histórica de 1989? ¿O vamos a dejar que sean otros quienes den forma al mundo, mientras nosotros nos acurrucamos como hobbits en nuestras guaridas nacionales y pretendemos que no hay gigantes dando pisotones sobre nuestras cabezas?”

Ciertamente, todos podemos caer en la tentación hobbitiana, pero quienes profesan la fe nacionalista tienen más probabilidades. El nacionalismo español del PP que mira Europa de reojo, o el nacionalismo catalán de CDC para el que Europa se ha reducido a una manera -bastante ridícula, por cierto-, de no mirar al conjunto de España-, son los ejemplos más próximos y notorios.

Artur Mas, que está alcanzado la excelencia en la práctica de un “independentismo de la señorita Pepis”, nos informa en una entrevista publicada en el Diari de Girona que. “a título personal”, votaría que sí si se planteara un referéndum sobre la independencia de Catalunya. Nosotros -también a título personal, para no ser menos-, votaríamos que no. Pero, sobre todo, creemos que la pregunta que realmente vale la pena, la que debe responder nuestra generación, aquella cuya respuesta medirá realmente la dimensión de nuestra ambición es la que nos hace Garton Ash.

Las ciudades, como las personas, nunca están acabadas. Y cuando lo están, es señal inequívoca de su transformación en cadáveres.

En el Madrid que pisamos, la finalización de las obras en la Puerta del Sol ha coincidido con el cierre de la Carrera de San Jerónimo para ampliar el parking del Congreso de los Diputados. A nosotros, las obras en plena calle, más allá de las inevitables molestias, nos parecen un síntoma de vida saludable. Los legisladores sorteamos zanjas con la alegría de quien forma parte de un escenario transformador en el que la ley la dictan los trabajadores y la maquinaria que, con destreza, manejan. Pura y contagiosa energía.

En el mundo –entendido también como escenario- Ortega y Gasset concibe la vida como tragedia o drama, aquello que el hombre hace y le pasa con las cosas.

En Madrid, el duelo entre Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy por el control de Caja Madrid está a medio camino entre la tragedia griega y la comedia de Arniches. El espectáculo sería de primera, si no fuera por dos razones. En primer lugar, su carácter desigual: se enfrenta el descaro aristocrático de la maja madrileña con la renuncia melancólica del de Santiago de Compostela. Dos formas radicalmente distintas de entender la vida. En segundo lugar, porque los nivele de irresponsabilidad y obscenidad que ha alcanzado esta trifulca entre estos dos próceres de la derecha española –furibundos defensores de la despolitización de las Cajas de Ahorro y de un mercado sin interferencias partidarias- está poniendo en peligro la estabilidad de la cuarta institución financiera española en plena crisis económica global. ¿Es necesario añadir algo más?

Si las encuestas no se equivocan, el Frente Amplio será el claro ganador de las elecciones que se han celebrado hoy en Uruguay. La única incógnita que a estas horas no tiene respuesta es si su candidato a la Presidencia de la República, Pepe Mújica, superará el 50% de los sufragios, lo que le evitaría competir en una segunda vuelta.

El éxito de las experiencias de gobierno socialdemócratas en Uruguay (Tabaré Vázquez), Chile (Lagos y Bachelet) y, especialmente, Brasil (Lula de Silva) o la esperanza que supone la Administración Obama contribuyen a dejar en evidencia las limitaciones de la socialdemocracia europea en la que, más allá de algunas excepciones meridionales, resplandecen los agujeros negros de Francia, Alemania, Italia y, previsiblemente, Gran Bretraña.

No se trata sólo de ganar elecciones y gobernar. Se trata, en primer lugar, de presentar ante la sociedad europea un proyecto nítidamente reformista, solvente y capaz de generar seguridad ante el desastre económico y social al que nos han llevado el mercado sin control y el liberalismo salvaje. Sostiene hoy Paolo Flores d’Arcais en El País que este proyecto reformista ha de tener “como estrella polar el incremento conjunto de libertad y justicia (libertades civiles y justicia social). Lo compartimos. Como compartimos que “el haber olvidado la brújula del valor de la “igualdad” sin el que la izquierda pierde todo su sentido, está pasando ahora factura.” Lo que diferencia a la socialdemocracia de las opciones conservadoras democráticas es que para nosotros sin igualdad, la libertad acaba irremediablemente convertida en la coartada de un sistema de privilegios. Libertad para ser libres defendió Fernando de los Ríos ante Lenin. Y también igualdad para ser libres. Porque el miedo a la igualdad nos hace a todos menos libres.

Nota: El PSOE, en un acto celebrado ayer, devolvió el carné a Juan Negrín, Presidente del Gobierno durante la II República, y a otros 35 militantes (Julio Álvarez del Vayo, Ramón Lamoneda o Max Aub, entre ellos) expulsados en 1946. “El PSOE se equivocó” afirmó Alfonso Guerra . La justa rectificación llega tarde, pero llega felizmente, porque también el miedo a la verdad nos hace menos libres. “Resistir es vencer” clamaba Negrín . Y los hechos le han dado la razón, tanto en lo referente a su amada España, como a su persona: “el mejor estadista de la República”, en palabras de Alfonso Guerra, que nosotros compartimos sin titubear.

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