Archivo de noviembre de 2009

El editorial conjunto de la prensa catalana en defensa del Estatut del 2006, así como el amplio apoyo cívico y político que ha cosechado en Cataluña ha supuesto un aldabonazo en el debate público sobre la esperada sentencia del Tribunal Constitucional. El editorial -un ejercicio del derecho y de la responsabilidad de expresar su opinión que tienen los medios de comunicación-, contiene una clara afirmación de la constitucionalidad del texto estatutario, así como una sincera advertencia de las consecuencias que se derivarían de un rechazo al mismo. Compartimos tanto su fondo como su forma.

Las reacciones más críticas han aparecido desde dos espacios político-ideológicos supuestamente antagónicos: la derecha centralista que ha recurrido el Estatut ante el Tribunal Constitucional –reacción disimulada desde sus altavoces políticos y airada desde sus altavoces mediáticos-; y el independentismo y el radical-soberanismo catalán que, aunque lo intentan, no puede ocultar su desasosiego ante una defensa amplia, transversal y contundente de un Estatut que rechazaron y que, aunque ahora dicen respaldar, menosprecian en la intimidad. En definitiva, la editorial conjunta de la prensa catalana ha puesto de los nervios a los mismos que serían felices con una sentencia del Tribunal Constitucional que destruyera el laborioso acuerdo que hizo posible el Estatut del 2006: a los macizos de la raza de allá, y a los de aquí, que también existen. Reflexionen sobre ello.

Hay encrucijadas en los que aparece –o debiera aparecer- el político capaz de plantear nuevos horizontes, sueños hacia donde dirigir las energías de un pueblo. Existen otras en las que se hace imprescindible la figura del político capaz de anticipar y evitar que las peores pesadillas, los presagios más funestos, se hagan realidad. En ninguna de ellas tiene cabida el político que ha llevado a CiU del nacionalismo pragmático al soberanismo de la frustración. Nos referimos, evidentemente, al señor Mas, que en una entrevista publicada ayer en El País se muestra contrario a un referéndum independentista en Cataluña porque ganaría el no. Y él –según nos confiesa cada vez que puede- desea que gane el sí. (Aunque con mayor fervor desea volver a gobernar Cataluña con la ayuda del PP). Quienes votaríamos que no en un referéndum independentista -y ganaríamos según nos anticipa Artur Mas- también somos contrarios a este tipo de referéndums. No queremos una Cataluña frustrada y dividida. Algo que al señor Mas parece que le trae al pairo.

Ya están aquí. Después de 47 días de secuestro. “Venimos de una situación extrema y queremos paz” ha comentado un marinero gallego a los periodistas que les esperaban a su llegada a Vigo.

Nosotros, en un ataque de ingenuidad, creíamos que durante estas primeras horas viviríamos unos momentos de paz y de celebración compartida por haber devuelto a sus familias, sanos y salvos, a todos los tripulantes del Alakrana. Evidentemente, no ha sido así. El PP no pudo esperar, ni siquiera a que el atunero llegara a las Seychelles para volver a las andadas. Sí, a las andadas, porque a lo largo de todo el secuestro las energías de la derecha española han estado volcadas en intentar sacar tajada política de este complicado secuestro y no apoyar al Gobierno de su país en su resolución.

El oportunismo es una patología política cuyo único tratamiento conocido consiste en suministrar algunas dosis de responsabilidad. Constituye, además, una tentación especialmente atrayente cuando uno se encuentra en la oposición. Una tentación, admitámoslo, que nadie puede ufanarse de tener totalmente domeñada. Pero hasta el oportunismo tiene una frontera que le separa de la desfachatez. Proclamar durante la duración del secuestro que la liberación de los tripulantes era un objetivo que el Gobierno no podía poner en peligro por zarandajas legales, para segundos después de su liberación, defender con el mismo énfasis lo radicalmente contrario supera ampliamente esta frontera. Exigir responsabilidades políticas anticipándose a las explicaciones, comparecencias y debates que el propio Gobierno ha pedido, también.

Dos preguntas nos asaltan sin pedir permiso: ¿Qué estaría diciendo el PP si el secuestro hubiera acabado mal y no se hubiera solucionado satisfactoriamente? ¿Por qué los semblantes de los dirigentes del PP destilan estos días tanta crispación, tanta rabia contenida, si comparten –como es obvio- con todos los españoles la alegría y el gozo por el final feliz que todos anhelábamos?

“Las ideas son veneno para la gran narrativa” nos dejó escrito Francisco Casavella en un ensayo sobre Juan Marsé. El propio Marsé –nos informa Javier Rodríguez Marcos- comparte esta afirmación: “Las ideas deben quedar reflejadas orgánicamente en la acción sin que se note el engranaje”.

En el debate político y social sucede todo lo contrario. La ausencia de ideas convierte el ágora en un terreno abonado para la aparición y proliferación de venenos letales para la salud democrática: la mentira, el insulto, la demagogia, el cinismo…Pero de la misma manera, que Marsé defiende que en la narrativa, las ideas deben aprehenderse a través de la acción, nosotros sostenemos que éstas, en el ágora, nos tienen que llegar a través de propuestas y proyectos políticos debatibles y discutibles. Las ideas desnudas únicamente tienen sentido en el debate filosófico.

Sin embargo, ocurre en ocasiones que para evitar que una determinada propuesta o posición política quede al descubierto, se echa mano de una demagógica mentira. Sin ir más lejos, esto es lo que ocurrió el pasado jueves en el Congreso de los Diputados. El señor Sánchez Llibre se nos desmelenó en la tribuna atribuyendo a los diputados que apoyamos con nuestro voto la reforma del modelo de financiación autonómica la comisión de un “asesinato político del Estatut”. ¿Por qué? Pues, simple y llanamente, para intentar ocultar que CiU en una sola semana –y votando, codo con codo, con el PP y Rosa Díez contra los Presupuestos Generales del Estado y contra la LOFCA- pretendía hacer desaparecer de Cataluña más de 9.000 millones de euros. Como ustedes comprenderán, la magnitud de la cifra obligaba a colocar el listón de la demagogia a un nivel muy zafio. Y evidentemente, volviendo a Casavella, sin ninguna pretensión de realizar una gran política. Ni tan siquiera una política de tamaño mediano…

Defiende Timothy Garton Ash en un sugerente artículo publicado en la Cuarta Página de El País de ayer que “el año 1989 fue el más importante en la historia mundial desde 1945”, así como “el mejor año de la historia europea.” La primera afirmación no nos ofrece dudas. La segunda tampoco, aunque nos escueza que no se nos haya ocurrido a nosotros. La caída del muro de Berlín significa el fin de una fría guerra civil europea que había durado más de cuatro décadas.

Garton Ash finaliza su artículo con una pregunta: “¿Podemos recuperar algo de la audacia estratégica y la imaginación histórica de 1989? ¿O vamos a dejar que sean otros quienes den forma al mundo, mientras nosotros nos acurrucamos como hobbits en nuestras guaridas nacionales y pretendemos que no hay gigantes dando pisotones sobre nuestras cabezas?”

Ciertamente, todos podemos caer en la tentación hobbitiana, pero quienes profesan la fe nacionalista tienen más probabilidades. El nacionalismo español del PP que mira Europa de reojo, o el nacionalismo catalán de CDC para el que Europa se ha reducido a una manera -bastante ridícula, por cierto-, de no mirar al conjunto de España-, son los ejemplos más próximos y notorios.

Artur Mas, que está alcanzado la excelencia en la práctica de un “independentismo de la señorita Pepis”, nos informa en una entrevista publicada en el Diari de Girona que. “a título personal”, votaría que sí si se planteara un referéndum sobre la independencia de Catalunya. Nosotros -también a título personal, para no ser menos-, votaríamos que no. Pero, sobre todo, creemos que la pregunta que realmente vale la pena, la que debe responder nuestra generación, aquella cuya respuesta medirá realmente la dimensión de nuestra ambición es la que nos hace Garton Ash.




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