Archivo de abril de 2010

Sant Jordi es la aportación cívica más universal –y con más futuro- que los catalanes ofrecemos, hoy por hoy, a nuestros congéneres. Sant Jordi, que ni siquiera es festivo en nuestro calendario laboral, no conmemora ni una derrota, ni una victoria. El martirio y la muerte de soldado romano Jorge de Capadocia a manos de Diocleciano, después de haber hecho pública su fe cristiana no parece ocupar ninguna de las mentes de los cientos de miles de ciudadanos que transitan festivamente entre rosas, libros y una brisa primaveral por el centro de Barcelona. Tres constataciones: empieza a haber tantos vendedores de rosas como compradores; en la generación de nuestros hijos las acciones del dragón cotizan ya a la par que las de Sant Jordi; los libros en catalán y castellano siguen conviviendo cordialmente y totalmente ajenos a polémicas interesadas, artificiales o, simplemente malintencionadas, protagonizadas por los nacionalistas lingüísticos catalanes y castellanos.

La condición de coautor, junto con Joaquim Coll del ensayo “A favor d’Espanya i del catalanisme” nos ha proporcionado la experiencia de un Sant Jordi diferente. Juntos firmamos libros a familiares amigos y compañeros (¡y hasta a algún amable desconocido!). Compartimos a primera hora, el café y la pasta en el Hotel Regina con otros autores con animus firmandi. En l’Ateneu acompañamos a su Presidente, Oriol Bohigas, y a Carles Martí, Primer Teniente de Alcalde de Barcelona, en el inicio de las tradicionales lecturas literarias del Jardín Romántico (tuvimos el honor de iniciar la de “Laia” de Salvador Espriu). Comemos, cortesía del editor -el verdadero Daniel Fernández-, en Casa Leopoldo. Y por si esto no fuera suficiente conocemos a otro catalán en Madrid: Juan Sardá, al que habíamos leído alguna crítica cinematográfica en El Cultural de El Mundo y que acaba de publicar “Dinámica de los cuerpos eléctricos”, su primera novela. El libro, créanme, promete.

A la llibreria Alibri de Barcelona dimecres passat va tenir lloc la presentació en societat del llibre “A favor d’Espanya i del catalanisme. Un assaig contra la regressió política.” Els autors (Joaquim Coll i Daniel Fernández) vam estar acompanyats per l’editor (Daniel Fernández, director general d’Edhasa), Miquel Roca i el President Montilla.

Sovint es critica, amb raó, la incapacitat de les noves generacions per a aprofitar l’experiència, les idees, les aportacions i l’energia d’aquells que han tingut, o encara tenen, altes responsabilitats. Però no és menys cert que, en el sentit contrari, no sempre aquells que han passat, o encara hi són, al cim de les seves responsabilitats –polítiques, professionals, económiques…- practiquen la generositat en relacionar-se amb les altres generacions, més o menys noves. Dimecres passat, el President Montilla i Miquel Roca van compartir amb els autors, l’editor, i els amics, familiars i companys una generositat sincera i remarcable.

“A favor d’Espanya i el catalanisme” és un assaig contra l’actual procés de regressió política protagonitzat pel neocentralisme i el sobiranisme a partir de la tesi, compartida per tots dos, del fracàs de l’Estat de les Autonomies i la suposada inviabilitat del seu perfeccionament federal. Constitueix, alhora, un balanç favorable del camí que la nostra societat ha recorregut durant els últims trenta anys i una crida a enfortir, tant el projecte hispanista del catalanisme, com el projecte compartit de l’Espanya plural.

A las 11 de la mañana del lunes, 4 de abril del 1910, una piqueta de plata en manos de Alfonso XIII golpeó el muro de la casa rectoral de la Iglesia de San José, bajo la mirada de un nutrido grupo de autoridades encabezadas por el Presidente del Consejo, José Canalejas, y el Alcalde de Madrid, José Francos Rodríguez. Se iniciaba así la construcción de la Gran Vía madrileña, casi cincuenta años después de que en 1862 se realizara un primer proyecto, posteriormente actualizado en 1882 . Tal y como pasó en el Eixample barcelonés, resultó determinante para hacer realidad la Gran Vía la repatriación de los capitales españoles después de la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898. Y es que el 98 -una crisis psicológica y cultural más que política- tuvo, en cambio, positivas consecuencias económicás.

Nuestra Gran Vía es la de Antonio López, eso sí, despierta, atiborrada de vida, ruidosa y caótica. Desde la terraza del Círculo de Bellas Artes –apunto de ser colonizada por los ventiladores de agua- la presencia no discutible del edificio Metrópolis y de la Joyería Grassy contrasta con la del gigante de la Telefónica que apenas se insinúa en el horizonte. Nuestra Gran Vía se atraviesa en taxi de Alcalá a la Plaza de España y de la Plaza de España a Alcalá en un tiempo que nada tiene que ver con el tráfico, sino con la conversación –o con el silencio- que entablemos taxista y cliente. Y se cruza, no por Callao, sino por Red de San Luis hacia Fuencarral o Hortaleza o por San Bernardo.

Nuestra Gran Vía es un estado de ánimo que atraviesa el corazón de Madrid.

¿El paso del tiempo nos ayuda a superar nuestras contradicciones o, simplemente, nos prepara para aceptarlas con deportividad? ¿Elimina alguna de ellas o acaba por acumular nuevas a las ya conocidas?

En la lectura de “Agonizar en Salamanca” hemos encontrado un potente foco de luz que ha iluminado una contradicción que nos acompaña desde la adolescencia: defensores como somos de divorciar el autor de su obra, hemos vivido alejados de la obra unamuniana como consecuencia de una reacción epidérmica alérgica a Don Miguel de Unamuno.

Los últimos días de Unamuno –de julio hasta diciembre de 1936- en una Salamanca convertida en capital de la sublevación fascista nos acercan –y nos reconcilian- con Unamuno, precisamente cuando éste deviene más Unamuno que nunca ante la tragedia que enfrenta españoles contra españoles. Destituido como rector vitalicio de la Universidad por la República, como consecuencia de su apoyo inicial a los militares facciosos, murió, prisionero en su propia casa, de esos mismos militares a los que el 12 de Octubre en el paraninfo de la Universidad les había espetado: “Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de inquisición.”

“Agonizar en Salamanca” ha supuesto, además, conocer la prosa poderosa, cargada de emoción e hipnotizante de Luciano G. Egido. Mientras exista la Salamanca intelectual y liberal, no tenemos razones para dejarnos arrastrar por los profesionales del pesimismo, el enfrentamiento y el rencor.




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