Archivo de junio de 2010

Asistimos, bajo el Arco de Triunfo, a un sencillo homenaje a los doce jóvenes que perdieron su vida el pasado jueves, arrollados por un tren en el apeadero de la estación de la playa de Castelldefels. Mientras suena el himno del Ecuador –siete de las doce víctimas tenían allí sus raíces- una suave brisa sube por el Passeig de Sant Joan. El Alcalde Jordi Hereu expresa “el pesar y el dolor de todas las instituciones de Barcelona, de todos los municipios del área metropolitana y de toda Catalunya”. El embajador de Ecuador, Galo Chiriboga agradece “el apoyo y solidaridad de la Casa Real y de los gobiernos español y catalán.” Conversamos con dirigentes de las entidades ecuatorianas convocantes del acto. Inexorablemente, las miradas y los gestos acaban substituyendo a las palabras.

Ante tragedias como ésta la sociedad debe estar al lado de las víctimas, de sus familias y seres queridos, y las administraciones al lado de la verdad: del esclarecimiento de lo que realmente ha acontecido. Evidentemente, también caben las construcciones sociológicas, pedagógicas o filosóficas sobre lo ocurrido. Pero éstas han de desplegarse con una cierta mesura, sin avasallar. De lo contrario, pueden acabar ocultando bajo cientos de páginas de papel lo que, a nuestro juicio, es fundamental: el dolor producido por una desgracia forma parte de la condición humana.

“Sea como fuere, lo cierto es que toda evolución es un destino” sostiene Thomas Mann en “La Muerte en Venecia”. Nosotros tendemos a creer justamente lo contrario. El destino nos asalta, sin avisar, al doblar una esquina. Evolucionar –en una u otra dirección- no es más que un esfuerzo prolongado para zafarnos de nuestro destino, para no darnos de bruces con él al doblar una esquina o al cruzar una vía de tren en una noche de verano.

La consolidación de un cierta cultura del “no” en amplias franjas de nuestra sociedad frente a iniciativas o propuestas que tienen sentido desde el punto de vista del interés general, y que merecerían –como mínimo-, un debate sosegado y no secuestrado por pulsiones egoístas, es un fenómeno ampliamente estudiado. Lo es mucho menos –y aquí lo apuntamos por si alguien se anima a- la extensión de la cultura del “sí” entre algunos representantes políticos, especialmente cuando se encuentran en la oposición (pero también en labores de gobierno cuando la decisión corresponde a otra administración) a apoyar cualquier iniciativa por imposible, ilegal, desaconsejable, innecesaria, contraproducente o frívola que sea. Basta con que ésta cuenta con un mínimo -a veces, inapreciable-, apoyo social.

Escribimos estas líneas recién llegados de la Fiesta Socialista de Cerdanyola. Para los que venimos de la militancia juvenil socialista Cerdanyola es una de nuestras capitales sentimentales. Bajo unos colosos en forma de pinos hemos disfrutado de un transparente y refrescante día de primavera acompañados de cientos de compañeros y amigos que tienen a bien escucharnos amablemente durante unos minutos. Intervenimos al lado de David Muñoz, flamante Primer Secretario de la Joventut Socialista de Catalunya en Cerdanyola, la diputada Montse Capdevila, la alcaldesa Carme Carmona y Víctor Francos, Primer Secretario del PSC en la ciudad. Hablamos de la crisis económica: de la necesidad de seguir afrontándola desde la coherencia con nuestros valores y utilizando las luces largas para no quedar atrapados por lo inmediato. Hablamos de exigencias personales e intransferibles: de sacrificio, de esfuerzo, de rigor, de austeridad, de afán de superación, de trabajar más y mejor y de seguir siendo solidarios con aquellos que no tienen trabajo. Hablamos, en fin, con otras palabras, de combatir la cultura del no en la ciudadanía y la del sí entre aquellos que los representamos.

El 25 de junio del 1910, la voz de Pablo Iglesias se alzó por primera vez en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Han pasado 100 años. Y el Grupo Parlamentario Socialista –con Eduardo Madina como padre de la criatura- lo conmemoró el pasado jueves en una jornada a la que asistieron diputados y senadores de todas las legislaturas constitucionales. La Sala Ernest Lluch se convirtió en un espacio de encuentros, de emoción y afectos en la que diferentes generaciones de socialistas nos reconocíamos formando parte de un empeño común.

Por la tarde, José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González compartieron mesa con José Antonio Alonso. La expectación –justificada- era máxima. Y no quedó defraudada. Rodríguez Zapatero expuso con convicción y claridad la hoja de ruta que tiene el Gobierno para afrontar con responsabilidad la grave crisis económica en la que estamos inmersos. Felipe González no fue menos claro: “Por lo tanto, que nadie se engañe, mientras más dificultad haya, más proximidad sentiré. Cuando interpretan que hay una distancia crítica, no distancia crítica cuando las cosas van bien; cuando las cosas van mal, militancia pura y dura. Sin dejar…sin renunciar porque no puedo o no sé, sin renunciar a decir lo que pienso.” Atronadores aplausos. Porque la militancia pura y dura –que se expresa a través de la lealtad, de la franqueza, y no de la devoción- es lo que requiere no sólo el Partido Socialista, sino el conjunto del país en estos difíciles momentos.

También con motivo de este centenario de los socialistas en el Parlamento –una buena parte del cual transcurrió bajo regímenes antiparlamentarios- ha sido editado un libro cuyo título hemos extraído de unas palabras de Antonio Machado: “En cuanto a la voz de Pablo Iglesias, del compañero Iglesias, o si queréis, del Abuelo, yo prefiero escucharla en mi recuerdo, o mejor todavía, en labios de otros hombres no menos auténticos, no menos verdaderos, que aún hablan al corazón y a la inteligencia.” Convendrán con nosotros que hablar al corazón y a la inteligencia desde la verdad y la autenticidad constituye todo un programa revolucionario –y necesario- en la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

“La verdad por encima de todo. La causa de la verdad es más importante que la causa de la patria”. Esta afirmación la hizo Kurt Eisner, tras la Primera Guerra Mundial, en una dolorida y derrotada Alemania. Ciertamente, la figura de Kurt Eisner no encaja en unos moldes comunes. Nació en Berlín (1867) en el seno de una familia de industriales judíos –su apellido era Kamonowsky-. Estudió literatura y filosofía en Marburgo. Republicano y socialdemócrata, trabajó como crítico teatral y periodista, llegando a dirigir de forma fugaz Vorwärts, el diario oficial del SPD, después de la muerte de Wilhelm Liebknecht. Eisner fue un socialdemócrata enfrentado con el materialismo histórico de Marx y un gran especialista en Nietzsche. En 1914 figuró entre los socialistas adversarios de la guerra. Y en 1917 se unió a Kautsky, Bernstein y Hilferding para crear el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania. Un año más tarde, participó activamente en la huelga de las fábricas de municiones en Múnich, por lo que acabó en prisión. Puesto en libertad en octubre de 1918, lideró una revolución que derribó la monarquía bávara. Fue el primer Presidente de una Baviera convertida en un estado libre y republicano. El 21 de febrero de 1919, al dirigirse a la primera sesión de la Asamblea bávara –había sido derrotado en las elecciones- fue asesinado por el conde Anton Graf von Arcon auf Valley, un contrarrevolucionario miembro del ejército.

No les vamos a pedir a Aznar o a Rajoy que alcancen la estatura política e intelectual de alguien como Eisner. Ni se nos ocurriría. Pero también es cierto que lo tienen más fácil. En la actual crisis económica y financiera no es necesario elegir entre la causa de la verdad y la de nuestra patria. Coinciden plenamente. La verdad es que España no es ni Gracia, ni Hungría. La verdad es que somos un país solvente que paga sus deudas y cumple sus compromisos. La verdad es que el PP, con sus irresponsables declaraciones, cree atacar al Gobierno, pero lo que hace es perjudicar a los españoles. Perjudican la causa de la verdad y la de la patria.

“Este jueves pasado TV3 nos obsequió con un programa especial de casi una hora y media, titulado Adéu, Espanya?, que constituye a nuestros ojos un sofisticado ejercicio televisivo al servicio de una tesis política predeterminada: la viabilidad económica y jurídica de la secesión. En definitiva, vimos un alegato a favor de la independencia que, aunque pretendía simular ser un trabajo periodístico neutral, ofrecía un relato construido con la clara intención de que el telespectador respondiera afirmativamente al titulo del programa. Así pues, Adéu, Espanya? no pasaba de ser una pregunta puramente retórica. Y el esfuerzo comparativo entre Cataluña con el Québec, Escocia y Groenlandia no pasaba de ser una coartada siempre favorable a la tesis que defendía el programa. Los argumentos políticos de fondo contrarios a la independencia quebequesa o escocesa no se escucharon y solamente aparecieron académicos que han escrito trabajos a favor de la separación de dichos territorios.

El tratamiento del “caso catalán” fue para nota. Visto desde fuera parece que exista en Cataluña un clamor independentista al que solo se opone el marco jurídico español. Nos sorprendió que en un programa con un acento tan económico no dedicara, por ejemplo, ni un solo segundo a discutir sobre la nueva financiación autonómica de 2009 y hasta qué punto ésta ha introducido una metodología federal en el reparto territorial de los recursos.

Por otro lado, el documental nos pareció expositivamente cansino y de contenido no demasiado sustancioso. Eso sí, las imágenes de los verdes valles y los glaciares nórdicos eran realmente bellas y la intervención animada de los playmobils estaba muy lograda. Pero no es nuestra intención polemizar con un programa televiso, aunque nos preocupa una utilización tan parcial de recursos públicos por parte de una televisión también pública.

Lo relevante es que el programa daba a entender que los catalanes no tenemos otra opción en 2010 que no sea elegir entre aceptar resignadamente una supuesta involución autonómica o sumarnos civilizadamente y con tesón casteller a la secesión territorial. A nuestro juicio, lo interesante a discutir son los argumentos economicistas de este nuevo soberanismo neoliberal que ha irrumpido con fuerza desde hace unos años y que el programa difundía acríticamente. Vaya por delante que no perderemos ni un minuto en negar que una Cataluña independiente sea factible económicamente. Pero no por ello dejamos de ser federalistas. Ramon Trias Fargas fue el primero en argumentar académicamente que un Estado catalán era viable sin por ello dejar de ser partidario del federalismo para España como solución definitiva. Pues bien, nosotros seguimos pensando que la sociedad catalana se siente parte de España, aun cuando el proyecto sociopolítico español a veces no es vivido plenamente como propio porque no incorpora positiva y suficientemente la dimensión catalana y la catalanidad. No hemos alcanzado, claro está, la plenitud de la España plural y federal pero no vemos tampoco ninguna razón definitiva para desistir en dicho empeño.

Desde mediados de los años noventa el razonamiento funcional se ha convertido en el recurso más habitual para justificar la secesión, la reivindicación de una soberanía “completa” o el confuso ejercicio del derecho a decidir. ¿A qué responde la irrupción de este “independentismo del bolsillo”?. A nuestro entender a la imposibilidad de saltar el muro de la doble identidad mayoritaria de los catalanes. Hoy cerca del 75% de los ciudadanos comparten en grados diversos catalanidad y españolidad. Frente a ello el discurso funcional, que enfatiza la pura lógica coste/beneficio entre Cataluña y España, es la moneda corriente de todo el magma soberanista. Al no poder derrumbar esta dualidad identitaria el independentismo realiza una pirueta que persigue sencillamente obviar esta realidad recurriendo a un argumento de “lesa humanidad”: el expolio económico y el trato colonial.

Hoy el independentismo no puede ser histórico porque le resulta imposible reivindicar el proyecto político del catalanismo decididamente hispanista. Tampoco puede ser sociológico porque choca contra la sólida identidad dual de los catalanes, ni tampoco se atreve a recurrir a argumentos puramente culturales o lingüísticos. En definitiva, se presenta solo como una opción funcional mediante la dramatización de una tesis económica. Nos encontramos, pues, ante una clara inflexión neoliberal del nacionalismo catalán. En realidad, este giro persigue un objetivo claro: forzar el paso de muchos catalanistas hacia el independentismo, para lo cual hace falta proclamar como inviable la apuesta por la España plural, desacreditar a cada paso el modelo autonómico y afirmar la inutilidad de su perfeccionamiento federal. Pues bien, en esencia esto es lo que nos ofreció el Adéu, Espanya? de TV3. Le sobró el interrogante.”

Joaquim Coll, historiador, y Daniel Fernández, diputado a Cortes del PSC, son autores de “A favor de España y del catalanismo. Un ensayo contra la regresión política” (Edhasa, 2010).

Artículo de opinión publicado hoy en El Periódico

“Hace unos días el Presidente catalán, José Montilla, volvió a advertir en el Senado que una sentencia contraria dictada por el actual Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, particularmente negativa en sus aspectos nucleares, generaría una gran frustración en la sociedad catalana. El Presidente de la Generalitat insistía en algo que salta a la vista, por lo menos desde la óptica catalana: aquí no se está resolviendo una cuestión meramente jurídica en la que se enfrentan miradas y sensibilidades políticas diferentes, sino un auténtico problema de Estado. En términos históricos, el recurso de inconstitucionalidad del PP y la manifiesta falta de autoridad para dictar sentencia del actual TC por razones de sobras conocidas puede acabar abriendo un boquete en el proyecto común español. Evidentemente, la sentencia, cuando finalmente se produzca, condicionará el debate territorial e identitario en España, pero no lo concluirá. Si se nos permite el símil futbolístico, lo único que definitivamente decidirá la sentencia es si los que apostamos por la evolución plural y federal de la España autonómica seguimos jugando el partido en casa, o si bien pasamos a hacerlo en campo contrario.

Hasta que tal cuestión no se resuelva permanecerá abierta la pregunta sobre el éxito o el fracaso, no tan sólo de la reforma estatutaria catalana, sino sobre hasta qué punto ha fructificado el discurso de la España plural, que se propició desde las filas socialistas a partir del XXXV Congreso del PSOE (2000). “La esencia de la unidad de España es el reconocimiento de su pluralidad”, tal vez sea la frase de José Luis Rodríguez Zapatero que mejor lo sintetiza. Y para ello es necesario explicar en qué contexto sociopolítico se ha desarrollado todo este proceso. Porque el éxito o fracaso de cualquier proyecto debe evaluarse, tanto en función de las expectativas suscitadas, como de la oposición de las fuerzas contrarias con las que ha tenido que lidiar: en este caso, frente al doble fenómeno regresivo al que nos enfrentamos de manera creciente desde hace más de una década, el neocentralismo y el soberanismo.

El consenso catalanista a favor de la reforma ocultaba posiciones sustancialmente diferentes: el magma soberanista apostaba por un escenario de tensión que pusiera de manifiesto los límites de la vía autonomista y alimentara un ambiente de frustración. Recordemos que Jordi Pujol, desde su intocable tribuna de sancionador de las esencias patrias, no se cansó de alentar un análisis según el cual “haya o no Estatuto Cataluña saldría perdiendo”.

El expresidente Pujol es, hoy por hoy, el máximo agitador intelectual de la idea del desgarro sentimental entre Cataluña y España y de una sui generis teoría del engaño histórico en relación a la Transición. Sea como fuere, lo cierto es que los deseos ideológicos del independentismo, tanto del clásico de origen izquierdista como del ahora emergente de ideología inequívocamente neoliberal, así como los intereses políticos de CiU en la oposición, confluyeron en la reiteración de la tesis del fracaso del perfeccionamiento federal del modelo autonómico. Mientras tanto, en el resto de España, la derecha popular había conseguido desde el segundo mandato de José María Aznar vertebrar una clara hegemonía ideológica nacionalista en el terreno identitario, ante el cual el discurso de Zapatero a favor de la España plural aparecía como una concesión al catalanismo.

Así, la victoria del PSOE no fue capaz de impedir que el PP, aún derrotado, consiguiera imponer su visión de España entre amplios sectores, a derecha y a izquierda, ni que sobre ese discurso sustentara en adelante una sólida plataforma de fidelización electoral. En este sentido, las dificultades del PSOE para combatir al nacionalismo español del PP han sido similares a las que tiene el PSC para hacer frente al nacionalismo/soberanismo de CiU.

A nuestro juicio, el proceso de reforma del Estatuto catalán ha sido el catalizador de las dos corrientes regresivas en relación al pacto de 1978: el neocentralismo y el soberanismo. Ambas son la expresión de un proceso peligrosamente regresivo de polarización y centrifugación ideológica. Son una señal inequívoca de que el debate político vuelve a estar presidido por un claro fatalismo y por la radicalización de algunas posturas que lógicamente se retroalimentan y, además, logran un injustificado protagonismo mediático. Si el soberanismo pretendía que el nuevo Estatuto fuera una especie de constitución catalana al margen de la realidad española, el neocentralismo ha hecho de la catalanofobia, y de la defensa doctrinaria del carácter uninacional de España (negando siempre la inteligente formula de “nación de naciones”) su caballo de batalla en su desaforada campaña de descrédito personal contra el Presidente del Gobierno. En un contexto de enormes tensiones y dificultades es preciso subrayar hasta qué punto ha demostrado ser sólido el vínculo federal entre el socialismo catalán y el conjunto del socialismo español, cuya fractura, deseada por tantos, habría hecho saltar en pedazos tanto la reforma estatutaria como la globalidad del proyecto de la España plural.

Pese a todo, en nuestra opinión, el balance de este proceso, a veces extenuante, es objetivamente positivo. La segunda generación de estatutos supone un avance en la mejora sustancial del modelo autonómico, el cual, además, se ha visto acompañado de otras iniciativas de coordinación y cooperación interinstitucionales del todo imprescindibles. Respecto a Cataluña, el Estatuto de 2006 permite lograr el nivel de autogobierno más alto dentro del actual marco constitucional, acompañado como va de una nueva financiación autonómica y de unas imprescindibles inversiones en infraestructuras.

La oportunidad para la España plural sigue estando vigente hoy en día. Porque, fijémonos bien: lo que el catalanismo anhela para España cae más en el terreno de lo que denominaríamos cultural y político que en el campo estrictamente jurídico o competencial. El catalanismo desea que la aceptación de la diversidad lingüística, cultural, identitaria, no sea sólo una aportación que se realiza desde Cataluña, -por cierto, igualmente diversa- y desde otras Comunidades Autónomas, sino una idea aceptada y asumida por la centralidad de la cultura política española. Éste es el verdadero objetivo del relato en construcción sobre la España plural; objetivo previo a necesarias, aunque hoy por hoy imposibles, reformas constitucionales.

Para alcanzarlo es necesario trabajar en dos direcciones. Primero, ganando el debate cultural y político a las dos corrientes que articulan la regresión. Para ello, el catalanismo ha de jugar a fondo su dimensión hispánica, fuera de toda ambigüedad (Cataluña no es una nación desprovista de Estado como algunos insisten en formular). Y la cultura política española mayoritaria ha de aceptar con normalidad su dimensión catalana y la propia catalanidad. Pero esto no se producirá, o lo hará con muchísimas dificultades, si no somos capaces de provocar previamente una inflexión en el clima de pesimismo, insatisfacción y desconfianza que se ha instalado en buena parte de cuerpo social, político e intelectual, como un dato indiscutible de la realidad, a la hora de juzgar las relaciones de Cataluña con el resto de España.

Y segundo, o mejor dicho, paralelamente, es necesario desarrollar todas las posibilidades que la segunda generación de estatutos, con el catalán al frente, y la propia Constitución hacen posible en la profundización del modelo autonómico y en el reconocimiento de la diversidad lingüística y cultura de España. Únicamente así podremos hacer frente al asedio de la regresión. “

Joaquim Coll, historiador, y Daniel Fernández, diputado a Cortes por el PSC, son autores del libro A favor de España y del catalanismo. Un ensayo contra la regresión política (
Edhasa, 2010)


Artículo publicado hoy en las páginas de Opinión del diario El País




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