Archivo de julio de 2010

 

Seguimos con Manuel Chaves Nogales. El feliz encuentro del genial periodista  sevillano con el sevillano que revolucionó el arte de torear está en el origen de una de las mejores biografías escritas en castellano: “Juan Belmonte, matador de toros”.En sus páginas, rebosantes de verdad y plasticidad, la vitalidad de Belmonte aparece con todo el tractivo que tiene quien es capaz de cambiar un canon desde la fidelidad a sí mismo, a sus ambiciones, a sus miedos, a su ser original e intransferible. Belmonte, en el coso, fue un intelectual en el sentido camusiano del término: “un hombre que se opone al espíritu de una época”. 

Si hemos de elegir, nosotros nos quedamos con las noches de luna llena en la finca de la Tablada en la que Juan Belmonte y su pandilla adolescente perseguían y toreaban –si la suerte les era propicia- al toro campero. Y con una reflexión: “El estilo es también el torero. Es la versión que el espectáculo de la lucha del hombre con la bestia, viejo como el mundo, toma a través de un temperamento, de su manera de ser, de su espíritu. Se torea como se es”

 Se torea como se es.  Y se vive como se es. Los aficionados catalanes a la lidia somos unos ciudadanos con un alto nivel de resignación. Esperábamos desaparecer sin hacer ruido ni molestar a nadie. No lo hemos conseguido. Ni siquiera hemos sucumbido ante una opinión pública sincera y mayoritariamente preocupada por los derechos de los animales. Sincerémonos. No existiría mayoría parlamentaria en Catalunya a favor de la prohibición de las corridas de toros si a los diputados comprometidos con los derechos de los animales no se sumaran –encabezados por Artur Mas – los que han convertido el fin de la lidia en Catalunya en una más de las batallas nacional-identitarias. Y para rematar la faena  ahora tenemos que aguantar estoicamente la embestida, también nacional-identitaria- del PP. ¿No merecíamos, al menos, morir de una estocada limpia y certera? Pues ni eso. Entre unos y otros nos van a coser a descabellos durante los próximos años. Un destino igual de trágico que el del toro bravo, pero sin asomo de respeto o comprensión por parte del respetable.

Nota: Volvemos en septiembre

La recuperación –y, en nuestro caso, el descubrimiento- de la obra periodística y literaria de Manuel Chaves Nogales es una de las mejores noticias de la vida intelectual española de los últimos años. A quienes se empeñan en reducir las Españas a una sola España –en el fondo, los mismos que no aceptan la pluralidad de Catalunya- les sería de gran utilidad su elegante prosa, capaz de convertir el reportaje periodístico en gran literatura desde una óptica liberal, democrática, progresista y republicana.

En “La agonía de Francia”, Chaves Nogales ejerce de forense y nos demuestra en apenas 173 páginas que la Francia que sucumbió dócilmente ante Hitler era “un pueblo en franca descomposición que hubiera sido vencido y humillado mucho tiempo antes de no haber estado  protegido por esa armadura de su régimen liberal y democrático”. No es que la democracia fuera un sistema débil frente al comunismo o al fascismo (al fin y al cabo, ambos acabarán sucumbiendo en 1945 y 1989). El problema es que en 1940 el pueblo francés había abandonado la democracia y el liberalismo y “no tenían curso legal más que las ideas de la dictadura, fascismo, nazismo, corporativismo, antisemitismo…”.

Como demócrata Chaves Nogales vivió la caída de Francia como una tragedia personal. Francia se había traicionado a sí misma y “al mundo que creía en ella”, un mundo del que formaba parte el gran periodista sevillano. Con todo, Chaves Nogales, que falleció en Londres en 1947, necesita finalizar  su obra con una afirmación que no admite réplica. Y lo hace: “Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de seleccionar mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia. En el mundo no hay más.” Y nosotros que hemos vivido una semana parlamentaria en la que algunos han pretendido anteponer la escaramuza y la treta partidaria de corto alcance a un ejercicio responsable y útil de nuestra condición de diputados lo confirmamos. En el mundo no hay más. Concentrémonos en mejorar lo que tenemos.

Para un diputado gubernamental, como es nuestro caso, opinar respecto al debate sobre el estado de la nación implica un ejercicio en parte condenado al fracaso. La razón salta a la vista: la sombra de la parcialidad envuelve, inevitablemente, nuestras opiniones. Nos sentimos atenazados por aquella terrible afirmación de Larra: “opinión es, moralmente, sinónimo de situación”. (La sombra también envuelve las opiniones de quienes practican la tenaz oposición, aunque no nos sirva de consuelo).

El debate no aportó grandes novedades. Como es habitual, lo ganó el Presidente Zapatero y lo perdió el aspirante Rajoy. Con esta certeza salimos del hemiciclo los diputados gubernamentales, los que ejercen de bisagra y los más sinceros de la leal oposición. Las encuestas posteriores ofrecieron resultados contradictorios. Pero más relevante que la visión competitiva del debate es la conclusión que nosotros extraímos del mismo: frente a un Presidente del Gobierno dispuesto a  liderar las reformas que España necesita para salir con más fortaleza de la crisis, un líder de la oposición para el que la crisis no es más que una oportunidad para volver al poder; frente a un Presidente del Gobierno dispuesto a asumir las consecuencias electorales de estas decisiones, un líder dispuesto a asumir todos los réditos electorales que puedan desprenderse de no decidir nada y no comprometerse a nada.

En los debates parlamentarios, como en los toros, la suerte de matar tiene especial relevancia. La estocada de Rodríguez Zapatero en la recta final de su mano a mano con Rajoy fue inapelable: “Sé que es un maestro de la teoría de la confianza, que en democracia, se demuestra en las urnas. Según las encuestas, he perdido la confianza, pero ni que usted estuviera para echar cohetes…” A Rajoy se le puso cara mariana, mientras las bancadas de la mayoría aplaudíamos entre sanas carcajadas.

Fue una Manifestación con mayúsculas. No vale la pena perder ni un minuto en discusiones numéricas. Fue una de las grandes. 

Nosotros nos manifestamos a favor del Estatut que votamos en referéndum. Lo hicimos –no vamos a ocultarlo- molestos por el hecho de que a lo largo de toda la semana CiU  intentara evitar, con todos sus medios, que la manifestación estuviera encabezada por la bandera de Catalunya y el President de la Generalitat. Lo hicimos –no somos ingenuos- sabedores que la movilización soberanista e independentista iba a tener un especial protagonismo. Pero los federalistas (que, por cierto, no vamos a dejar de serlo por una ni por dos sentencias del Tribunal Constitucional) teníamos que mostrar públicamente nuestro rechazo a una sentencia que, más allá de su contenido, merecía ser dictada por un Tribunal Constitucional con sentido de estado.

Apenas pudimos recorrer una manzana del Passeig de Gràcia. Pero fue más que suficiente para constatar la dimensión política, social y generacionalmente transversal de la manifestación. El tono fue mayoritariamente cívico, crítico con lo acontecido y, al mismo tiempo, festivo. Pero tampoco seríamos sinceros si no apuntáramos que también aparecieron grupos de ciudadanos airados, con maneras a caballo entre la falta de educación y los comportamientos protofascistas, obsesionados por demostrar su odio a España y, todavía con más ímpetu, al PSC. La cosa no llegó a más, pero no creemos que pueda quedar reducida a una simple anécdota.  Madariaga dejó escrito. “Hay que tener cuidado con Azaña que es un escritor sin lectores y será capaz de hacer la revolución para que la gente lo lea.” También hay que tener cuidado con una tipología de independentistas que es capaz de producir una fractura interna en Catalunya para alcanzar su objetivo de vivir separados de España. No les dejaremos.

 (Escribimos estas líneas mientras nos preparamos para ver y celebrar el triunfo de España en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica)

El pasado lunes el Tribunal Constitucional hizo público el fallo de la sentencia que resuelve el recurso presentado por el PP contra el Estatut. Ha pasado una semana. Todavía no conocemos la totalidad de la sentencia. Y, sin embargo, no podemos esquivar la responsabilidad de dejar por escrito nuestra opinión:

1) El Tribunal Constitucional, en su actual composición, es el que ha alcanzado un nivel más bajo de autoridad, prestigio y legitimidad social y moral de la democracia. La mejor contribución que sus miembros podían haber hecho a la Institución, al Estatut, a Catalunya y España era haber dejado que un Tribunal Constitucional renovado hubiera dictado la que tal vez sea la sentencia más relevante de su historia. No ha sido así.

2) La mera existencia de la sentencia, más allá de su contenido, va a ser utilizada por algunos para certificar el fin de la vía autonomista, así como el entierro precipitado del federalismo. El PP intentará despedirse a la francesa del debate estatutario, mientras que los independentistas centrarán todas sus críticas en Rodríguez Zapatero. Es decir, en quien ha recibido unos ataques de la derecha española por el Estatut, únicamente comparables a los que recibieron Azaña y Canalejas por intentar separar la Iglesia del Estado en nuestro país.

3) Paradójicamente, el fallo es un varapalo para el PP. De sus 270 impugnaciones, 230 son rechazadas sin someter los preceptos a interpretación. 27 se seometen a una interpretación acorde en la mayoría de los casos con las propuetas por el Gobierno y las instituciones catalanas en sus argumentaciones ante el TC y tan sólo 13 incisos son anulados.

4) El Estatut ha sido declarado en su inmensa mayoría plenamente constitucional. Cuando tengamos la sentencia completa habrá que leerla con detenimiento. Hoy, lo único que podemos avanzar es que quienes querían eliminarlo y enterrarlo (la derecha española) sólo han sido capaces de causarle algunos rasguños más dolorosos que profundos.




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