Archivo de septiembre de 2010

El ministre de Foment anuncia una inversió del Ministeri per a l’any que ve a Catalunya superior al 19% del total i el traspàs de la xarxa de Regionals

El diputat del PSC i portaveu adjunt del Grup Socialista, Daniel Fernández, ha valorat molt positivament l’anunci del ministre de Foment, José Blanco, que ha dit al Congrés que la inversió del Ministeri per a l’any que ve a Catalunya serà de més de 2.000 milions d’euros, dels quals 1.500 aniran destinats a infraestructures ferroviàries. Això suposarà més del 19% del total de la inversió de l’Estat en infraestructures del Ministeri de Foment, en compliment del que estipula la Disposició Addicional Tercera de l’Estatut.

Fernández ha constatat que amb el seu anunciat ‘no’ als Pressupostos Generals de l’Estat per a l’any que ve, “CiU i el PP ens podrien fer perdre 2.000 milions d’euros en infraestructures necessàries per a Catalunya”, en una actitud que ha qualificat d’ “irresponsable i en contra dels interessos de Catalunya, fruit de l’afany de poder i de la visió partidista de la política” que tenen aquests dues formacions.

El diputat del PSC ha recordat que des del 2004 el Ministeri ha invertit més de 1.000 milions d’euros en la xarxa de Rodalies a Catalunya, “el triple del que va invertir-hi el PP durant els vuit anys que va governar amb CiU”, i que actualment s’estan duent a terme actuacions per valor de 900 milions d’euros. Blanco ha anunciat també durant la seva intervenció el proper traspàs de la xarxa de Regionals, un anunci, ha explicat Fernández, “que mostra la clara voluntat del Govern de complir amb l’Estatut”.

El espejismo de la identidad

Centro y periferia deberían asumir como potencialmente provechosa la existencia de sensibilidades distintas

LA VANGUARDIA, 27.09.2010

La apoteosis del identitarismo es uno de los más acuciantes síntomas de la crisis general que vivimos, cuyo alcance rebasa con creces la esfera económica y empapa todos los ámbitos del Occidente posmoderno, globalizado a matacaballo. El declinante ascendiente normativo de cierto cristianismo dogmático, unido al ocaso de las grandes ideologías modernas – con el redentorismo marxista al frente-,ha propiciado un escenario social paradójico e incierto, aquejado por muy distintas y aun contrarias derivas. El espíritu de nuestro tiempo ha sido descrito como desacralizador e irónico, desencantado y desmitificador, relativista y secularizado. Y sin embargo, al mismo tiempo, se perciben en él inercias de signo opuesto, tendentes a procurar por cualesquiera vías – incluso las más crédulas y compulsivas-la orientación y el sentido perdidos. De ahí la simultánea pujanza de cultos y latrías de muy varia índole – al mercado, a la tecnología, al cuerpo, al consumo, a las identidades-,todas ellas orientadas a suturar los vértigos y los vacíos que abre la presente sociedad del riesgo y, en suma, a contrarrestar el desencantamiento del mundo que Max Weber atribuía a la modernidad por medio de un reencantamiento correlativo.

Así las cosas, la nostalgia de absoluto que el actual desconcierto azuza encuentra en la veneración por la llamada identidad uno de sus tótems más dilectos. Vaya por delante, de entrada, que tal noción es vidriosa y resbaladiza amén de compleja, y que ni su origen filosófico ni su muy posterior acuñación psicológica auspician los usos y abusos que por doquier cunden. Y además – contra lo que el romanticismo populista y la mercadotecnia política proclaman-que carece de fundamento postular identidades colectivas pre-dadas, ahistóricas y homogéneas, sea por la vía del telúrico y germánico Volk,sea por la del tradicionalista y británico folk,sea por la del aparentemente más amable aunque mixtificador peuple franco-jacobino. Hablando con rigor, no existen las identidades a priori, sino sólo los procesos de identificación que los muy diversos sujetos – todos y cada uno de ellos-generan, a posteriori, en relación con ciertos referentes construidos y sancionados por la memoria colectiva. “Francia”, “Estados Unidos”, “Israel”, “España” o “Catalunya” son vocablos que no designan realidades pétreas – indubitables y anteriores a su designación-,sino imaginarios más o menos compartidos con los que cabe establecer identificaciones;inevitablemente subjetivas comunidades imaginadas,en palabras de Benedict Anderson. No poseen entidad física ni metafísica alguna per se, sólo – y nada menos-una existencia histórica que los sucesivos procesos de identificación recrean.

Es menester agregar, por otra parte, dos precisiones relevantes. La primera es que esas identidades presuntamente homogéneas ocultan la pluralidad social que de facto existe, justo en una época señalada por la creciente mezcolanza cultural, étnica, cultual e idiomática que en todos los órdenes se observa. Y la segunda, que cada ciudadano es en sí mismo plural, ya que tiende a identificarse con muy  distintos imaginarios – religiosos, deportivos, tribales, sexuales, nacionales-ya acuñados, y no con uno en exclusiva. Seres insoslayablemente imaginativos como somos, todos necesitamos hacerlo – sin posible excepción-,de lo cual no se infiere que una identificación baste para definirnos. Cada prójimo tiene pleno derecho a reconocerse en cualesquiera referentes – contrastables o supuestos-,y además está por fuerza abocado a hacerlo porque ello inviste su vida de plausibles sentidos.

Y, no obstante, conviene que proceda con la mayor lucidez de que sea capaz, a sabiendas de que tales reconocimientos no nacen de identidades esenciales, sino que contribuyen a construir – de consuno con otros sujetos-identificaciones en curso. La filosofía, la psicología y la literatura nos han enseñado a advertir cuán diversa y aun fragmentada es la interioridad de cada quien. Y la historiografía, la antropología y la sociología, cuán plurales y contradictorias las sociedades modernas. Harina de otro costal son los intereses que los distintos populismos persiguen, unidos todos por el afán de alentar fantasías de unanimidad sin fuste.

Los seres humanos somos inveteradamente relacionales, como lo son nuestras obras y frutos. Obligados a buscar siempre inestables equilibrios entre cada centro y sus respectivas periferias, corremos el riesgo de arrostrar conflictos sin cuento si articulamos deficientemente nuestros vínculos. Esta premisa resulta crucial para entender, más allá de la palabrería al uso, la actual crisis de relaciones España-Catalunya: a partir de una comprensión esencialista y ahistórica de las llamadas raíces,desde el centro se pretende que todo sea centro, y desde la periferia, que todo sea periferia asimismo. Durante los últimos siglos, el centro ha intentado invadir la periferia, y la respuesta de esta ha consistido en reconvertir metafísicamente la propia historia. De ahí las trabas que impiden una relativa armonía entre ambos polos, los cuales deberían asumir no sólo como inevitable, sino como potencialmente provechosa, la existencia – y la convivencia-de sensibilidades e identificaciones distintas.

Lluís Duch, antropólogo y monje de Montserrat

Albert Chillón, profesor titular de la Universitat Autònoma de Barcelona y escritor

El pasado lunes, el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, aprovechó su intervención en la cumbre organizada por Naciones Unidas sobre el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) para propugnar la creación de una tasa sobre las transacciones financieras internacionales orientada a la lucha contra el hambre y la miseria. Se comprometió, además, a defenderla en todos los foros internacionales, desde la UE hasta el G20.

La crisis económica internacional se ha convertido en una temible adversaria de dichos objetivos: erradicación de la pobreza, educación primaria universal, igualdad entre géneros, reducción de la mortalidad infantil, mejora de la salud materna, combate contra el SIDA, sostenibilidad medioambiental y fomento de una alianza mundial para el desarrollo. A cinco años del plazo fijado, el balance está cargado de claroscuros. Es cierto que, según el Banco Mundial, la tasa de pobreza global caerá desde el 27% del año 2000 al 15% en el 2015 . Pero no lo es menos que el objetivo de la educación primaria universal parece difícilmente alcanzable: 70 millones de niños están hoy sin escolarizar. Ante esta realidad, tal y como afirmó el Presidente Zapatero, es “bastante sensato, justo y lógico” que los países que han salido al rescate del sistema financiero pidan ahora “un mínimo esfuerzo” de colaboración a ese sistema para sacar de la miseria y la pobreza extrema a millones de seres humanos.

Nicolás Castellanos –al que tuvimos la inolvidable oportunidad de conocer en Santa Cruz de la Sierra- afirmaba hace unos días en una contraportada del diario El País que no tenía desperdicio: “En el Norte sobran medios para vivir, pero faltan razones para existir, mientras que en el Sur carecemos de medios para vivir y sobran razones para existir.” El misionero agustino, que dejó atrás el obispado de Palencia para  escolarizar a 200.000 niños bolivianos, pone el dedo en la llaga. Los objetivos de desarrollo del milenio sólo se alcanzarán el día en que las razones para existir y los medios para vivir se encuentren homogéneamente distribuidos en los cuatro puntos cardinales de nuestro planeta.

Zaragoza se ha despertado bajo un cielo gris y dulzón que no hace justicia a José Antonio Labordeta. A nosotros se nos antoja que durante estos días en los que Aragón y España toda dicen adiós a Labordeta debía presidirnos un cielo rotundo, sin ambigüedades: un cielo brillante con un sol cegador e intratable; o un cielo tempestuosamente revolucionario, azabache, apunto-de-estallar-hasta que-estalla. Un cielo, en definitiva,  el que no tienen cabida los tonos grises ni las medias palabras. No. Decididamente hoy el cielo no está a la altura de José Antonio Labordeta pensamos mientras nos acercamos a la entrada del Palacio de la Aljafería entre cientos y cientos de aragoneses que han venido a darle un cariñoso hasta siempre.

En un acto sobrio, intenso y cálido, el Presidente del Gobierno de Aragón, Marcelino Iglesias, acompañado por las Ministras de Defensa, Carme Chacón, y la de Cultura, Ángeles González-Sinde, han colocado la Medalla de Aragón sobre la bandera aragonesa que cubre el ataúd donde reposa el maestro, el escritor, el cantautor, el activista cultural, el periodista, el político, el ciudadano, el hombre.

Labordeta fue un hombre libre que cantó a la libertad porque no se resignó jamás a vivir en una sociedad de hombres y mujeres que no pudieran vivir libremente. Su magnetismo entre los diputados que tuvimos la suerte de convivir con él en el Congreso de los Diputados nacía de su autenticidad, dignidad y coherencia. Y como todo Maestro de verdad, ejercía su magisterio sin un ápice de soberbia, con un señorío natural y cercano, ajeno a las verdades de las mayorías o a los dogmas de las minorías. Bajo el cielo de Labordeta todos hemos podido ser un poco más libres.

El portaveu adjunt del Grup Socialista retreu a CiU la seva negativa a donar suport als Pressupostos Generals de l’Estat per a l’any que ve “sense ni tan sols haver-los vist”

El diputat del PSC i portaveu adjunt del grup Socialista al Congrés, Daniel Fernández, ha constatat avui que “CiU prefereix aplanar el camí al PP que contribuir per tal que el país surti de la crisi”, després que el seu portaveu al Congrés, Josep Antoni Duran i Lleida, hagi anunciat avui el ‘no’ de la formació als Pressupostos Generals de l’Estat per a l’any que ve. “Uns pressupostos”, ha recordat Fernández, “que ni tan sols han estat presentats pel Govern i que, per tant, CiU no ha vist”.

El diputat ha qualificat d’“inexplicable i irresponsable” l’actitud de CiU, a qui ha recomanat que aprengui de l’actitud intel•ligent i constructiva del PNB. “Mentre l’actitud dels nacionalistes bascos és responsable i útil tant per al País Basc com per al conjunt d’Espanya”, ha constatat, “l’actitud que manté CiU davant la crisi és irresponsable, i útil només per a les aspiracions de Mariano Rajoy”. “De totes maneres”, ha conclòs Fernández, “no ens sorprèn aquesta decisió de CiU, que, cal recordar-ho, és la mateixa que ha tingut des que Zapatero és el president del Govern: no ha votat cap dels Pressupostos que han presentat els socialistes, i en canvi va donar suport a tots els del PP, fins i tot durant els quatre anys de majoria absoluta de José María Aznar”.

La lectura de la “La lengua absuelta” –el primer tomo de la autobiografía de Elías Canetti- es un viaje privilegiado a través del Canetti niño y adolescente por aquella patria Europea truncada por la Primera Guerra Mundial. Nos paseamos por Manchester, Zúrich, Viena (las ciudades son siempre menos amenazantes que las naciones o los estados) y, especialmente, por Rustschk, la ciudad portuaria del Bajo Danubio en la que el autor vino al mundo y en la que “en un mismo día se podían escuchar siete u ocho idiomas diferentes: turco, búlgaro, safardí –el materno- griego, armenio, gitano y, ocasionalmente, ruso.”

 La relación entre Canetti y su madre (el padre murió joven en  Manchester) es la espina dorsal de la obra, y se intuye que de la vida del autor: “Mucho más tarde comprendí que, en el ámbito más amplio de las relaciones humanas, yo soy exactamente como ella (…). He investigado y analizado el poder tan despiadadamente como mi madre los procesos en los que se metía mi familia. Existen pocas cosas tan negativas que yo no haya dicho del hombre y la humanidad. Y, a pesar de todo me siento tan orgulloso de ambos que sólo odio una cosa: su enemigo la muerte.” 

La muerte es el enemigo al que hay que combatir con el objeto no de vencerla, sino de retrasar su victoria, de restarle valor, de esquivarla con todas las tretas a nuestro alcance. Sin embargo existen otros enemigos que es necesario combatir y –éstos sí- derrotar. En Viena, Elías Canetti volvía del colegio hacia su casa acompañado por su amigo Paul Kornfeld cuando un compañero les gritó despectivamente “Judelach” (judiazo). El antisemitismo (una de las  expresiones más europeas del odio al diferente) hizo aparición por primera vez en su vida. Las expulsiones colectivas de gitanos rumanos que Sarkozy está practicando en Francia nos demuestran que el odio al diferente, la xenofobia, sigue conviviendo con nosotros. Creíamos que la Unión Europea era la respuesta a nuestra posición en el mundo y, tal vez, tenga que jugar un papel más relevante en el combate contra  nuestros propios demonios interiores. Evidentemente Sarkozy no es Petain, pero es más evidente todavía que no se parece en nada a Clemenceau. 

 

Nuestro conflictivo siglo XX

Santos Juliá acaba de publicar un libro inteligente, polémico y de gran valor cívico. Se comprende que haya recibido tantos y tan iracundos ataques de los maniqueos que no aceptan la complejidad del pasado

EL PAÍS, 16.09.2010
Para describir el mundo académico no hay metáfora más engañosa que la de la torre de marfil. Porque debates aparentemente teóricos entrañan con frecuencia riesgos muy reales. Esto lo han sabido de sobra, por ejemplo, en la España de los últimos 30 años, quienes intentaban plantear en términos racionales el tema del nacionalismo ante ambientes nacionalistas; sus palabras podían terminar en amenazas físicas, rupturas de viejas amistades u ostracismo. La tensión, últimamente, se concentra alrededor de la llamada “memoria histórica”. Escribir sobre la República, la Guerra Civil, el franquismo o la Transición, es algo que uno no debe hacer sin palparse antes la ropa. Porque puede muy bien ocurrir que termine siendo declarado traidor a alguna causa sagrada.
Viene todo esto al caso del libro recién publicado Hoy no es ayer, firmado por Santos Juliá. Como dice su subtítulo, es un conjunto de ensayos sobre la España del siglo XX. Pero no es, como uno sospecharía de una recopilación de este tipo, una amalgama de escritos dispersos, escasamente relacionados entre sí. Por el contrario, lo que destaca en el volumen es su coherencia.
Hay una tesis central, compleja, que recorre todas sus páginas y que cada uno de los artículos reformula y desarrolla con notable concordancia con el anterior.
Intentaré resumir la interpretación que Juliá ofrece sobre la España del siglo XX, aun sabiendo que sintetizarla en unas líneas es traicionarla. Sobre sus tres primeras décadas, la tesis inicial —poco novedosa para quienes hayan seguido a los historiadores económicos recientes, pero sí para quienes sigan alimentándose de lo que escribieron los cultivadores del género “problema de España”— es que entre el 98 y la República el país experimentó un fuerte crecimiento económico y enormes cambios sociales y culturales. Los datos sobre demografía, industrialización, alfabetización, urbanización, secularización o incorporación de la mujer al mundo laboral son espectaculares; un solo ejemplo: la población activa en el sector primario pasó de un 70% en 1900 a un 45% en 1930 (pese a lo cual, el producto agrario casi se duplicó); en una generación, la economía española dejó de ser abrumadoramente agraria.
Este dinamismo económico y cultural contrastó con la rigidez de las estructuras políticas, pues el parlamentarismo restrictivo y falseado heredado del XIX se resistió a evolucionar. De ahí los conflictos, agravados por la desgraciada intervención de Primo de Rivera —y Alfonso XIII— en 1923 y culminados en la Guerra Civil. Conflictos que no se debieron a la miseria, el atraso, la ignorancia y la opresión propios de una sociedad arcaica, como tantas veces hemos oído, sino al desfase entre una España urbana, laica y moderna y un sistema político pensado para un mundo rural regido por caciques y párrocos. La República, pues, no llegó antes de tiempo, o a un país “inmaduro”, tópico que Juliá desmiente. Se adecuaba perfectamente a esa España urbana y vanguardista (la de Lorca, Dalí y Buñuel, para entendernos) que puede, eso sí, que despreciara más de la cuenta la fuerza que aún tenía el mundo provinciano ajeno a los cambios y temeroso ante ellos.
Si, para el autor, la República no fue prematura, se entiende que tampoco esté de acuerdo con que su fracaso estaba escrito y que la Guerra Civil era inevitable. Ni aquella España era tan subdesarrollada e inculta como se nos ha dicho ni es necesariamente imposible la convivencia democrática en una sociedad de ese tipo; creerlo así es un determinismo socioeconómico tan insostenible como su paralelo, el de los desarrollistas, para quienes, a partir de un determinado nivel de renta y cierto grosor de las clases medias, la democracia emerge de forma automática. No. Juliá arguye que el triste final de la República se debió a problemas institucionales (la Ley Electoral, por ejemplo, que fomentó la fragmentación —peor que la polarización—) y a rivalidades y errores políticos cuyos autores tienen nombres y apellidos. Como los tienen los responsables directos de la Guerra Civil, que fueron quienes planearon y ejecutaron el golpe militar de 1936, fracasado en principio y convertido en larga guerra tras el paso del Estrecho por las tropas coloniales y el funesto reparto de armas a los radicalizados sindicatos —al “pueblo”— por parte del Gobierno.
La obra se detiene en cada uno de estos problemas con detalle, como discute a continuación otros temas de similar interés y complejidad, que aquí solo cabe enunciar telegráficamente: la naturaleza de la Guerra Civil (lucha de clases, guerra de religión, choque de nacionalismos); su presentación propagandística, por uno y otro lado, como guerra nacional contra la invasión extranjera; la definición del régimen resultante (¿fascismo o simple dictadura clerical-militar?); y la represión de posguerra, acompañada de recatolización, autarquía económica y aislamiento del exterior.
El interés no decae, sino que aumenta, a medida que el relato se acerca a nuestros días. Porque pasa a los cambios de los años cincuenta (no sólo los sesenta) y la aparición de una nueva generación que no había vivido la Guerra y decidió superarla, para lo que empezó por redefinirla como lucha fratricida. Surgieron así los primeros conflictos políticos con los que se enfrentó el régimen, desde el 56 al 62, y los movimientos estudiantiles o vecinales de los sesenta, producto también del desarrollo más que de la miseria. Juliá discute a partir de ahí los proyectos de apertura o reforma del
régimen, manteniendo que su intención última era perpetuar el sistema y no, como han pretendido luego sus protagonistas, establecer una democracia. Analiza las propuestas de los grupos de la oposición, del exilio e interior, y su evolución desde una inicial exigencia de restablecimiento de la legalidad republicana hasta una transición (término cuyo origen remonta a la Guerra) basada en un restablecimiento de libertades democráticas y una convocatoria electoral con fines constituyentes.
El análisis de la Transición cubre tanto los pactos entre élites políticas como las movilizaciones que hicieron imparable el proceso. Pues no era una sociedad despolitizada, sino muy viva, como demuestran grupos, cenas, reuniones, asambleas, juntas, huelgas, protestas universitarias, acciónnvecinal, juicios ante el TOP, manifiestos, atentados, cargas policiales o crisis de Gobierno. A todo ello, el régimen respondió con las tímidas promesas y el fracaso final de Arias Navarro, que unió a la oposición. Llegó entonces la oportunidad para aquel ex secretario general del Movimiento con quien nadie contaba y que resultó más listo de lo esperado. Este negoció, primero entre los bastidores del régimen, donde consiguió vender su Ley de Reforma Política, y luego con la oposición. Al ver el proceso imparable, el búnker respondió con las muertes de los primeros meses del 77. Y solo logró acelerarlo, pues el entierro de los laboralistas de Atocha llevó a la audaz legalización del PCE, que hizo posibles las elecciones. Tras ellas, los pactos se sucedieron: una amnistía, propuesta y defendida por la izquierda; unos Pactos de la Moncloa que permitieron embridar la economía; unas autonomías; y una Constitución.
Pactos, muchos, pero no “de silencio”, otro tópico que Juliá rebate. Hubo amnistía, pero precisamente porque se recordaba demasiado bien aquel pasado sucio y se decidió “echarlo al olvido”, no utilizarlo políticamente,
aceptando la responsabilidad de todos. Sobre Guerra Civil y franquismo hubo, a lo largo de aquellos años, libros académicos y de divulgación, memorias, artículos, coloquios, películas, novelas, exposiciones; hubo exhumaciones de fosas, difundidas en revistas de gran tirada. Y ahora, sin embargo, hay autores que proclaman ser los primeros en hablar de estos temas, que eran desconocidos para los españoles porque estaba prohibido investigar o publicar sobre ellos. Al revés. Todos los recordaban, se referían a ellos sin parar. Pero como modelo negativo.
En fin, un libro inteligente y polémico, a cargo del mejor conocedor del siglo XX español. Y una propuesta, además, sensata y constructiva, que puede ayudar a dar legitimidad y consolidar la democracia actual. Se comprende que haya recibido tantos y tan iracundos ataques, por parte de unos y otros; de todos los que no aceptan la complejidad del pasado y siguen empeñados en relatos maniqueos, en películas de buenos y malos. Santos Juliá demuestra tener no solo profesionalidad, inteligencia y capacidad de matización, sino también un gran valor cívico.

José Álvarez Junco, catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

Debate de la moción sobre el reconocimiento de la nulidad de la sentencia del Tribunal Militar que condenó a muerte al President Lluís Companys

El núcleo de la moción que ha defendido el señor Tardà no está ocupado por la figura y la memoria del President Lluís Companys, del que conmemoraremos el próximo 15 de octubre el 70º aniversario de su fusilamiento en el castillo de Montjuïc, sino que el núcleo de la misma es la propuesta de reforma de la conocida como Ley de la Memoria Histórica.

Evidentemente plantear la moción de esta manera tiene su lógica, pero además responde, creo yo, a una dificultad objetiva. No es fácil, y no digo que sea imposible, plantear a este Gobierno y a la mayoría que le da apoyo mociones sobre el President de la Generalitat, Lluís Companys, y les diré porqué.

Porque en una sesión como la de hoy, el 28 de septiembre del 2004, esta mayoría fue la que hizo posible con sus votos iniciar la rehabilitación pública de la figura del President Companys en sede parlamentaria y porque, dando cumplimiento a dicho acuerdo, el 15 de octubre de aquel mismo año, la vicepresidenta primera del Gobierno participó en el acto institucional de homenaje al President Companys, que tuvo lugar en el Castillo de Montjuïc. Fue un acto cargado de simbolismo y de sentimientos en el que la Vicepresidenta afirmó: “Con emoción asumo el papel de representar al Gobierno en un acto que queremos que abrace en su significado a todos los españoles y especialmente a todos los catalanes que sufrieron las consecuencias de una guerra civil que marcó con su terrible huella a varias generaciones.”

Porque han sido este Gobierno y este grupo parlamentario, a través del diálogo y el acuerdo con otros grupos de la Cámara, los que han hecho posible que hoy esté vigente la ley 52/2007, la conocida como Ley de la Memoria Histórica.

Es una ley que declara el carácter radicalmente injusto de todas las condenas y sanciones y cualesquiera formas de violencia personal por razones políticas o ideológicas sufridas durante la guerra civil y la dictadura y la ilegitimidad de los tribunales, jurados y cualesquiera otras instituciones represivas, así como la de sus condenas y todas sus sanciones.

Porque en aplicación de dicha ley, la familia del presidente Companys ejerció el derecho a obtener una declaración de reparación y reconocimiento personal. Una declaración que el actual ministro de Justicia le entregó a la familia en un acto de hondo significado que tuvo lugar en la embajada de España en México.

Y finalmente, porque la Fiscalía General del Estado, en el caso del President de la Generalitat de Catalunya, Lluís Companys, y basándose en lo que establece precisamente la Ley de la Memoria Histórica, ha declarado que las sentencias dictadas por el Tribunal de Responsabilidades Políticas de Barcelona con fecha 13 de diciembre de 1939 y por el Consejo de Guerra de Oficiales Generales con fecha 14 de octubre de 1940 “son inexistentes y nulas de pleno derecho sin que subsista actualmente apariencia alguna de legalidad o validez de las mismas.”

Señorías, la respuesta de ERC frente a esta sucesión de hechos, de realidades, que tienen como único fin la recuperación y desagravio de la figura del President Companys es volver a plantear –hoy lo ha hecho el señor Tardá- la reforma de la Ley de la Memoria Histórica con la intención de hacer posible lo que nosotros consideramos que es un imposible jurídico.

Ante ello, volvemos a plantear nuestra posición, la misma que defendimos en el debate de la ley.
Como soy incapaz de mejorar las palabras del Ministro Caamaño en esta tribuna, me permitirán que las reitere: “En un sistema democrático no hay mayor sanción que la ilegitimidad. La nulidad es la privación de los efectos jurídicos de un acto o de una decisión, pero un acto ilegítimo es aquel que, además de ser nulo, confronta con los valores y principios generales que informan el Estado de derecho y en consecuencia, debe ser especialmente rechazado.”

En definitiva, el Grupo Parlamentario Socialista no va a votar a favor de que se prive de efectos jurídicos a aquello que el legislador, es decir, nosotros mismos, hemos declarado que carece de ellos.

Señorías, acepto que haya quienes no sepan valorar o ignoren el camino recorrido en este terreno durante estos años -un camino en el que, por cierto, el señor Tardà ha tenido un papel relevante-, pero también ellos deberán aceptar que en nombre del Grupo Parlamentario mayoritario de la izquierda española, que incluye además la representación mayoritaria del catalanismo político, exprese nuestra satisfacción y –por qué no decirlo- nuestro orgullo por haber iniciado un camino que no tiene retorno: el de la recuperación y la dignificación de todos aquellos que padecieron injusticias, se sacrificaron y en muchos casos dieron su vida para que nosotros hoy podamos vivir en democracia y respirar una atmósfera de libertad.

El President Companys fue un protagonista de nuestra trágica guerra civil. Hoy lo es, con todos los honores, de su superación a través de la memoria y no del olvido.

Conseguir que todos los demócratas españoles se sumen a esta tarea colectiva de construir nuestro futuro a partir de un pasado más completo y compartido es el mejor homenaje que podemos rendir al president Lluís Companys. Créanme señorías, merece la pena.
Muchas gracias.

Daniel Fernández, diputado

La trampa del derecho a decidir

El giro soberanista es una argucia de CiU, que en el fondo quiere volver a la época del ‘peix al cove’

EL PERIÓDICO, 11.09.2010

Hay expresiones que de forma imprevisible hacen fortuna, a menudo no tienen un significado muy preciso y se prestan, por tanto, a interpretaciones diversas. Desde hace unos años el derecho genérico a decidir sobre lo que sea se ha transformado en una reinvención bastante descafeinada de la vieja consigna favorable a la autodeterminación de Catalunya, exigencia que, recordemos, cayó progresivamente en desuso cuando se culminó la transición. La normalidad democrática convertía esta demanda en un tanto absurda porque los catalanes pasamos a elegir periódicamente entre partidos y coaliciones más o menos autonomistas, nacionalistas o federalistas.
El panorama político catalán empezó a cambiar en 1999 y, sobre todo, lo hizo en el 2003, cuando ERC se alzó con 23 diputados autonómicos y el PSC ganó por segunda vez las elecciones en número de votos, pudiendo en esta ocasión formar Gobierno mediante un acuerdo tripartito de izquierdas. La nueva ERC liderada por Carod-Rovira no escondía su independentismo aunque sabía que su deseo no se iba a materializar pasado mañana ni al otro. CiU se fue a la oposición, desacreditada entre su electorado más nacionalista por ocho años de pactos con un PP rabiosamente españolista. El resultado fue, por un lado, que los socialistas catalanes, durante muchos años vilipendiados por su vínculo con el PSOE, pasaron a ocupar una parte sustancial de la centralidad catalanista, y, por otro, que ERC se convirtió en una opción electoral útil que combinaba radicalidad independentista y pragmatismo político.

De esta manera, el famoso pal de paller que Jordi Pujol había construido hábilmente durante dos décadas sufrió un duro revés. El partido mayor de la federación nacionalista, CDC, tuvo que encontrar nuevos argumentos y, a partir del 2006, pensó ni más ni menos que en refundar el catalanismo. Al año siguiente, Artur Mas convocó la casa gran y mediante un juego de palabras decidió que había llegado el momento de «sustituir la defensa de la autonomía o del autogobierno por el derecho a decidir en todo aquello que nos es propio», solemnizó. Se trataba de una fórmula copiada del nacionalismo vasco, que podía expresar una gran radicalidad política por la mañana pero que a nada comprometía por la noche. Con ello Mas daba por superado el autonomismo pero sin avalar un proyecto político independentista. De esta forma, los convergentes pretendían, agitando las aguas del catalanismo, desplazar de la centralidad al PSC y robar una parte del perfume rupturista a ERC. Aunque con ello favorecían, como así ha sido, el crecimiento sociológico del independentismo.

Visto en perspectiva, los dirigentes de CDC han demostrado ser hábiles ilusionistas. Las circunstancias les han sido favorables. La foto final que hoy nos queda de todo el proceso de reforma estatutaria es la de un sonoro fracaso, aunque es una imagen falsa, alimentada por los intereses políticos de unos y la miopía de otros. La manifestación multitudinaria del pasado 10-J fue el apogeo de esta nueva consigna sin duda atractiva pero radicalmente vacua llamada derecho a decidir. Porque en realidad esta fórmula por ella misma no conduce a ningún sitio. Reclamar la autodeterminación solo tiene sentido si se tiene verdadero interés en ejercer este derecho con el fin de romper, separarse, en este caso del resto de España. Pero si no se tiene un proyecto político independentista, como es el caso de CiU, solo sirve entonces a otros objetivos, puramente de márketing electoral. Imagino que los independentistas auténticos no esperan a que se cambie un día la Constitución para incluir tal derecho y entonces poder ejercerlo. Aquellos que en realidad desean la secesión, sean de derechas o de izquierdas, luchan por conseguir una mayoría social y política en el Parlament de Catalunya que un día les permita proclamar la separación de forma unilateral para luego ratificarla en referendo. Todo lo demás es marear la perdiz.

A mi modo de ver, el banderín de enganche del derecho a decidir que esgrime ahora CiU significa el paso del autonomismo siempre insatisfecho que durante 23 años practicó con gran maestría Pujol a la retórica soberanista pero impotente de Mas. Por eso este giro soberanista no es más que una argucia, una trampa, mediante la cual oponerse a la propuesta federal de los socialistas. Pese a la firmeza política de José Montilla, es cierto que al socialismo catalán le ha faltado potencia discursiva. Además, las voces que dentro del PSC proponen romper con el PSOE reflejan desorientación y cierto complejo de inferioridad frente al nacionalismo. Mientras tanto, la oferta electoral del independentismo se ha fragmentado a causa de rivalidades personales, y es por la derecha donde a ERC le aparece ahora un serio competidor: el secesionismo populista de Joan Laporta. Todo apunta a que el principal beneficiario de esta división será CiU. Los convergentes tendrán que seguir pescando en las aguas del radicalismo, con propuestas como la del concierto económico, aunque en el fondo no desean otra cosa que volver a los buenos tiempos del «peix al cove». Tendremos tiempo para irlo comprobando.

JOAQUIM COLL, Historiador

Manual dels tòpics falsaris

PÚBLIC, 28.08.10

Podríem fer un diccionari de tòpics falsos o llocs comuns nacionalistes que expressen un error involuntari o un simple engany. Entre el pujolisme i l’independentisme s’ha creat un cos de doctrina del bon nacionalista que s’ha difuminat en la societat fins al punt que els tòpics no semblen falsos, sectaris i ni tan sols nacionalistes. Es repeteixen com a cosa sabuda de sempre i no cal rectificar-los perquè són veritats immutables malgrat el seu caràcter falsari. Alguns són molt antics, però el seu èxit en el passat fa que els estrategs electorals els utilitzin encara més en tota convocatòria electoral pel que tenen de “veritat històrica” indiscutible.

El millor exemple d’aquest engany és, precisament, la norma electoral que regeix a Catalunya, que és una disposició transitòria (!) de l’Estatut del 1979, prevista només per a les primeres eleccions del 1980, i segons la qual, “mentre una llei de Catalunya no reguli el procediment”, s’aplicarà la normativa pactada entre Suárez i Pujol, que afavoreix el vot rural i dretà de manera no proporcional i, per tant, inconstitucional. Així fa trenta anys que hi ha una assignació d’escons a CiU superior als que hauria de rebre en justícia pel nombre de vots. És impossible canviar la fórmula sense l’acord dels conservadors (art. 56,2, EAC 2006).

Un gran tòpic fals és el de la famosa LOAPA. Aquesta llei no va existir mai, ja que el PSOE va presentar recurs previ al Constitucional. que va declarar nuls els aspectes contraris a l’autonomia. Tot i això, el PSC-PSOE ha sofert sempre l’estigma de voler loapitzar, una i altra vegada, Catalunya. Més pròxim és el tòpic d’un Zapatero mentider i incomplidor de la suposada promesa de donar suport a l’Estatut que aprovés el Parlament. És obvi, notori i oblidat que ell va exigir com a primera condició que fos un text constitucional. El tòpic que nega que el TC pot dir la darrera paraula sobre aquesta constitucionalitat és falsari. Mentre no es canviï la llei, aquest tribunal està plenament legitimat legalment.

Un tòpic més: els diputats socialistes podrien votar sobre qüestions que afecten directament Catalunya al marge del grup parlamentari del PSOE. El protocol federal PSC-PSOE estipula que el PSC és autònom a la Generalitat i no en la política general de l’Estat, tot i que aquesta política pugui afectar Catalunya. Aquí el PSC-PSOE fa de català. A Madrid fa d’espanyol. Es diferencia totalment de CiU. ¿De què fa CiU a Madrid? De grup de pressió, amb xantatge i mercadeig dels seus interessos polítics. CiU no té un projecte federal per a Espanya i el PSC sí. La ministra Chacón, quan defensa espanya, defensa Catalunya, però no defensa Catalunya abans que Espanya. Per cert, Duran i Lleida, que presumeix de no ser independentista, afirma que l’ideal del seu partit (UDC) seria crear una confederació entre Catalunya i l’Estat espanyol. Però això suposaria que el nostre país hauria arribat a ser un Estat independent que després d’aconseguir-ho pactaria amb Espanya per formar una confederació d’Estats. La Unió Europea, per exemple. Una altra falsedat per error més que per mala fe.

Un tòpic repetit ad nauseam és el sucursalisme del PSC respecte del PSOE. Els socialistes catalans serien la voz de su amo. Tanmateix, Jordi Pujol va pactar amb Felipe González el seu suport a Madrid a canvi que el PSOE immobilitzés el PSC. El mateix va fer amb Aznar a canvi de no millorar l’Estatut i que CiU pogués tenir suport del PP per seguir manant a casa. Artur Mas va pregar a Felipe i a Zapatero que retiressin Maragall com a candidat a la presidència de la Generalitat en dues ocasions i que Montilla no formés govern amb ERC i ICV, opció legítima en una democràcia parlamentària. Ara CiU torna a demanar el mateix a Zapatero. Qui és el veritable sucursalista: el PSC o CiU?

CiU comparteix amb ERC el tòpic que el federalisme no té futur a Espanya i que cal anar a un Estat propi o, de moment, al concert econòmic (¿el del Palau?). Fals. Perquè l’Estat espanyol sigui federal només cal que els partits nacionalistes formin amb el PSOE la majoria que superi el veto del PP a la reforma del Senat. No cal proclamar que l’Estat és plurinacional. Ho és de totes totes com a realitat social, però les nacions que volen viure juntes només obtenen poder estatal amb una federació. Els Estats Units d’Ibèria, com sona?

JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ CASANOVA, Catedràtic de Dret Constitucional

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