Archivo de diciembre de 2010

Siguiendo una recomendación de LLuís Bassets en un reciente artículo en El País (por cierto, sus conversaciones con Javier Solana en “Reivindicación de la política” son más que recomendables) releemos “La política como profesión” de Max Weber. Nos asalta una duda: releer, al cabo de diez años, un libro y que dicha lectura sea vivida como algo nuevo ha de ser considerado una trágica falta de memoria o un regalo de los dioses. Y se nos reafirma una convicción: es posible escribir sobre ciencia política y sociología a través de una prosa elegante, sugerente e inteligible.

Por una disposición personal que no tiene vuelta de hoja siempre nos hemos sentidos más apegados a la ética de la responsabilidad que a la de las convicciones en el quehacer político. Una predisposición íntima que habíamos fundamentado, con el paso del tiempo, en la lectura de Max Weber. Sin embargo, ahora hemos colisionado con un párrafo olvidado: “En este sentido, la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad no se contraponen de manera absoluta , sino que ambas se complementan y sólo juntas hacen al hombre auténtico, a ese hombre que puede tener “Beruf para la política”. (Beruf en su sentido de vocación, más que en el de trabajo que también posee desde Lutero). Tal vez en la superación de esta no-contradicción esté una de las actitudes que necesita hoy la socialdemocracia.

Donde Weber si afirma que existe una contradicción es en el viejo dilema entre liderazgo carismático o dominación burocrática (Beantenherrschaft) en el seno de los partidos políticos. “Pero sólo hay una disyuntiva: o democracia de líderes con partido o democracia sin líderes, es decir, la dominación de los políticos profesionales.” Nos resistimos a aceptar esta disyuntiva. En primer lugar porque no se contempla un espacio para la democracia intrapartidaria ¿Es posible una democracia sin partidos que funcionen democráticamente? Creemos que no. Y en segundo lugar porque no aceptamos la imposibilidad de que existan proyectos políticos en los que el liderazgo no implique necesariamente “la proletarización intelectual de sus seguidores”. Proyectos, en definitiva, en el que convivan liderazgo, dirigentes políticos con personalidad propia y afiliados que no tengan que despojarse de su condición de ciudadanos en la entrada de los locales partidarios.

Tarde o temprano en la Carrera de San Jerónimo se adquiere la intuición de saber cuándo se está produciendo un debate relevante, de altura, que tendrá una mínima expresión en la opinión pública. Sucedió ayer. El Presidente del Gobierno realizó una de sus mejores intervenciones de los últimos años en materia económica. Y el líder de la oposición, por una vez, no desentonó. (Coincidirán conmigo que esperar compromisos concretos de Mariano Rajoy hubiese sido injusto, además de temerario).

Lo cierto es que el análisis del Presidente Zapatero fue sintético y certero: El problema de España no se reduce a la crisis económica o a la especulación de los mercados. Es más profundo: perdemos competitividad desde 1996. Éste es el verdadero origen de nuestro endeudamiento.

También lo fue su propuesta/compromiso. El problema es de tal envergadura que no distingue ni gobiernos ni colores políticos. El Presidente del Gobierno hizo un llamamiento a todos los grupos políticos para “renovar los fundamentos de la economía española” entorno al objetivo común del proyecto europeo. Y concretó este esfuerzo renovador en cinco reformas estructurales: garantizar la estabilidad fiscal a largo plazo, modernizar las instituciones laborales, aumentar la competencia y reducir el corporativismo en la prestación de servicios, pacto energético y reducción de cargas administrativas fortaleciendo la cooperación entre Comunidades Autónomas.

 “Probablemente, -todo parece indicarlo-, el único momento en que todos hemos pensado de la misma manera fue cuando todos teníamos la gripe” afirma un Josep Pla atormentado por la epidemia  en “Polèmica, Cròniques parlamentàries”. Ante la pandemia de la crisis económica que nos afecta a todos, no es necesario –incluso pudiera ser perjudicial- que todos pensáramos lo mismo;  pero sí que deberíamos tener la voluntad de compartir el esfuerzo de aplicarnos la única vacuna posible: el incremento de nuestra competitividad. El pasado martes salió del Puerto de Barcelona el primer convoy de mercancías que nos une ferroviariamente con Lyon, Milán y Centroeuropa por vías de ancho europeo. Un primer paso del estratégico e imprescindible corredor mediterráneo ferroviario. Este es el camino…

 

Bajo el gélido azul de diciembre Madrid es imbatible y eléctrica. Sólo al atardecer, y de forma fugaz, se nos presenta engañosamente cálida y vulnerable. Acompañados por un buen amigo nos encaminamos hacia el Teatro Español donde Flotats acaba de estrenar Beaumarchais de Sacha Guitry.

 Beaumarchais es un canto al teatro y a la vida: al teatro que es vida, y a la vida a través de uno de los más vitales de nuestros congéneres. Flotats está mayúsculo como el rey sol al que Beaumarchais no llegó a conocer, rodeado por 34 actores transmutados en 68 personajes. De todos ellos nos quedamos, sin lugar a dudas, con el caballero d’Éon de Raúl Arévalo. 

En el contraste entre una escenografía virtual y un hermoso  vestuario de época reside, a nuestro juicio, el éxito de la puesta en escena. Acabada la función, y bajo las luces de la noche, nos dirigimos hacia Huertas. Compartimos comentarios y escenas desde la satisfacción –nada usual en los tiempos que corren- de que la representación ha cumplido plenamente nuestras expectativas. También nuestros espíritus coinciden al señalar el momento más mágico de la obra: el compromiso de Beaumarchais/Flotats con la revolución norteamericana después de reivindicar el derecho a la búsqueda de la felicidad que recoge su Constitución y que la revolución francesa no ha sido capaz de incorporar. Porque de lo que precisamente nos habla Beaumarchais es de ésto: de cómo recorrer felizmente el camino individual e intransferible de cada uno de nosotros hacia la felicidad, de su búsqueda, aun intuyendo que todo se reduce al camino y que el final nunca es feliz. (Menos para Beaumarchais que entra en la gloria de la mano de Molière).

El socialismo debe practicar un reformismo fuerte y creíble y ocuparse de la reivindicación de derechos

EL PERIÓDICO, 18.12.10

«Mientras los alemanes se atormentan con la resolución de problemas filosóficos, los ingleses, con su pragmatismo, se están riendo de nosotros, al mismo tiempo que conquistan el mundo». Este comentario de Goethe a Eckermann no pretende restar valor al imprescindible debate que se ha abierto en el socialismo catalán tras la derrota sufrida en las elecciones al Parlament. Me ayuda, en cambio, a apuntalar una convicción: la vida continúa y, en consecuencia, una parte sustancial del proceso de renovación que ha impulsado el president Montilla se irá construyendo a través de la tarea de oposición responsable al futuro Gobierno de CiU, de nuestra manera de afrontar las próximas elecciones municipales, y del desempeño de nuestras responsabilidades en la política española.

El 28 de noviembre supone el final de una etapa y el inicio de otra en el socialismo catalán. El PSC no necesita ser refundado ni redimido. No necesita ni un Alfortville ni un Épinay: no es una moribunda SFIO a la espera de un seductor François Mitterrand. Necesita, eso sí, un congreso que impulse una profunda renovación -no será la primera ni la última- a través del protagonismo principal de los afiliados, que son ciudadanos comprometidos con el proyecto socialista y no meros activistas electorales. Necesita un congreso que realice un balance sereno de la etapa concluida y coloque las vigas maestras del contenido, acentos, estilo, estrategia y liderazgo del proyecto para esta nueva etapa. Necesita, en definitiva, poner al día, abriéndose a la sociedad, su proyecto socialista, catalanista y federalista.

No deja de sorprender, vaya por delante, que las mismas opiniones publicadas que ensalzan la capacidad de CiU de aglutinar un espacio en el que cabe desde el independentista radical hasta el votante que suspira volver a gobernar con el PP aconsejen al PSC un esfuerzo de concreción -y reducción, añado yo- de su proyecto que incluya un viraje, bien hacia una radicalización de nuestro catalanismo, alejándonos del PSOE, bien en la dirección contraria. No cuela. El futuro del PSC pasa por continuar siendo, en palabras de Isidre Molas, «un partido de amplias fronteras». No es el momento de virajes que alegrarían el semblante de nuestros adversarios políticos, sino el de reforzar la vocación catalanista y federalista de nuestro proyecto en torno al pleno desarrollo del Estatut, del nuevo modelo de financiación y al avance de la España plural. Y también es el momento de hacernos algunas preguntas. Por ejemplo: ¿el lamento por la debilidad del PSOE para hacer frente al nacionalismo del PP ha ido acompañado, por nuestra parte, de una actitud valiente y clara desde el federalismo frente al nacionalismo de CiU? Me temo que no.

Pero el debate ha de ser fecundo en dos temas, a mi juicio, de mayor relevancia. No podemos limitarnos a proteger simplemente los avances sociales consolidados en el pasado, sino que debemos asegurar los cimientos de una sociedad mejor, sin desigualdades que excluyan o limiten. Esta actitud implica desarrollar un reformismo fuerte y creíble desde la escala local hasta la planetaria capaz de combatir tanto el conservadurismo de izquierdas como el neoliberalismo que, por cierto, en Catalunya, se ha disfrazado con los ropajes del soberanismo. Los andamios dogmáticos todavía existentes ya no sirven. De la crisis iniciada en el 2008 y que todavía padecemos se extraen dos conclusiones difícilmente discutibles: la globalización sin reglas, sin gobierno democrático, es una fuente de desestabilización y de injusticias; y no existe futuro para nosotros y nuestros hijos al margen de una Europa federal.

El segundo no es menos crucial. En una sociedad en la que el individuo ha ganado autonomía y centralidad, la socialdemocracia debe ser la opción que representa una apuesta clara por los valores posmateriales: ampliación de derechos -y responsabilidades-, igualdad entre mujeres y hombres, sostenibilidad, laicismo, progreso cultural y creatividad, diálogo entre generaciones, fortalecimiento de la legalidad internacional, tolerancia cero contra cualquier tipo de discriminación… La incorporación de esta agenda liberal y radical-demócrata al proyecto socialista es uno de los aciertos históricos del presidente Zapatero. Esta agenda, que conecta con las raíces de nuestro catalanismo de izquierdas y, muy especialmente, con la realidad social catalana de hoy, debe ocupar un espacio más medular y vital en el PSC del futuro del que ha tenido hasta ahora.

Evidentemente, los socialistas catalanes, a diferencia de los ingleses que admiraba el genio alemán, ni estamos para risas ni pretendemos conquistar el mundo. Pero si aspiramos a conquistar, desde la autonomía de nuestro proyecto, nuevos horizontes para nuestra sociedad deberemos hacerlo huyendo de atormentadas disquisiciones o melancolías a las que tan propensa es la izquierda y sin caer en un cinismo en el que la derecha, reconozcámoslo, no tiene rival.

De Barcelona a Madrid (con apenas viceversa)

Constato en Madrid que el teatro catalán tiene espíritu viajero: estoy como en casa

EL PERÍODICO, 11.12.10

Estoy en Madrid. No de vacaciones sino por obligaciones laborales. El lunes, todavía en Barcelona, me armé de valor y, con el miedo en el cuerpo, me presenté en el aeropuerto. (El estado de alarma me tiene alarmado: vivo sin vivir en mi). Tuve suerte y volé al primer intento. Martes y miércoles, trabajo a destajo. El jueves, cumplida la jornada, me tomo la tarde libre y decido ir al teatro (lo mío es puro vicio). Cojo un periódico al azar, consulto la cartelera y estudio posibilidades.

Puedo ir, entre otros muchos, a tres teatros, el Español, el del Canal y la Latina, que dirigen respectivamente Mario Gas, Albert Boadella y quien esto firma. También puedo ir al Circo Price que dirige Pere Pinyol. O a un concierto de la Orquesta Nacional que dirige Josep Pons. Puedo escoger entre un texto  de Josep M. Benet i Jornet u otro de Piti Español. O entre dos funciones que dirige Esteve Ferrer y una tercera que he dirigido yo mismo (disculpen si me repito). Y puedo elegir entre las risas que provoca Tricicle o los sobresaltos de la Fura dels Baus.

Más alternativas: en el listado de intérpretes no dudo entre Núria Espert y Josep Maria Flotats; los dos son imprescindibles y de obligado cumplimiento. Estudio acudir a funciones en cuyo reparto figuran Carmen Conesa, Constantino Romero, Ricard Borrás y Marta Calvó, entre otros. Me apetecen por igual el buen hacer -el buen humor- de Juanra Bonet y de Llum Barrera. O en materia de musicales, los nuevos Miserables, donde Ignasi Vidal se marca un Javert de campeonato, o repetir con Mamma Mía!, donde Nina  y Alex Casademunt apuran las últimas representaciones.

Sigo leyendo y compruebo que de haber llegado unos días antes hubiera alcanzado a ver el De Filippo de Oriol Broggi con Marta Domingo y Manuel Dueso; pero veo tambien que si prorrogo mi estancia unos días más puedo acudir a dos estrenos: el Prometeo de Carme Portaceli, con Carme Elías y Lluisa Castells, o el del Tranvía de Mario Gas con Vicky Peña, Ariadna Gil y Àlex Casanovas.

Dos señoras y una foto

Metido en el estudio de la cartelera se me acercan dos señoras muy amables: “Senyor Pou, ens podem fer una foto amb vostè?” . De repente, me asalta la duda. Por un momento creo estar en el Paralelo y que lo que tengo entre las manos es un periódico de Barcelona. Compruebo portada, fecha y lugar: no hay duda, estoy en Madrid. Constato que el teatro catalán tiene espíritu viajero, me siento, pido una caña y me encuentro como en casa.

Josep Maria Pou, actor y director de teatro

La legalidad está llamada a ser uno de los conceptos más revolucionarios de este siglo. ¡Qué lejanas quedan aquellas justísimas críticas de la izquierda contra la legalidad burguesa! Hoy, en cambio, el fortalecimiento  y preservación de la legalidad es el último –o el primer-  baluarte de los más desfavorecidos y de las opciones políticas que los  representan. Legalidad, responsabilidad  y pluralidad son nuevas banderas de progreso. Algún día hablaremos más extensamente sobre ellas…

De legalidad habló ayer –y habló bien- el Presidente del Gobierno en la Carrera de San Jerónimo. Porque el “abandono súbito, masivo y simultáneo de sus puestos de trabajo” que los controladores aéreos realizaron el pasado viernes no es una cuestión laboral, sino un inadmisible pulso al Estado de Derecho y al principio de legalidad sobre el que se sustenta. El Gobierno hizo lo que tenía que hacer: tomar una medida de excepción, prevista en nuestra Constitución, para acabar con una situación de excepción.

¿Y la oposición?  Mariano Rajoy ejerció de equidistante.  ¿Qué tiene que pasar en España para que el PP esté leal y sinceramente al lado de su legítimo Gobierno? Con todo, debemos reconocer que la intervención parlamentaria del señor Rajoy nos ha iluminado en una cuestión. Cuando la Secretaria General del PP, María Dolores de Cospedal definió hace unos días al PP como partido de los trabajadores reaccionamos -lo reconocemos- entre la incredulidad y la carcajada. Ahora sabemos que estábamos equivocados. De Cospedal no mentía. El PP es el partido de los trabajadores, el partido, para ser exactos,  de un determinado tipo  de trabajadores:  el partido de “estos” trabajadores.

El invierno ha desplegado un manto blanco desde Atocha hasta Calatayud. Bajamos del tren en Lleida para compartir comida y charla en Fraga con amigos y compañeros socialistas de Huesca. Hablamos de todo. También de las recientes elecciones catalanas.

A lo largo de esta semana hemos asistido a una paradójica coincidencia. Mientras que la derrota del PSC es explicada por algunos compañeros –fundamentalmente de Duero hacia abajo- por una excesiva deriva nacionalista de nuestro catalanismo; otros compañeros –éstos del PSC- opinan que el problema es que nuestro partido todavía no es –o no se le ve- suficientemente catalanista.  Aunque sus opiniones sean aparentemente contradictorias, convendrán conmigo que, en el fondo, comparten una misma perspectiva sobre lo ocurrido el pasado domingo.

 Nosotros, en cambio, creemos que –dejando de lado las consecuencias de la crisis económica-,  entre las diferentes causas que explican nuestro mal resultado destacan dos: 

  • La desaparición del eje izquierda/derecha. Catalunya ha tenido durante siete años un gobierno de izquierdas que ha hecho una buena gestión de izquierdas; pero en ningún momento el debate político –la política- ha girado entorno a este eje.  
  • La victoria de CiU se ha cimentado, a nuestro juicio, sobre los votos de miles y miles de catalanes que ante la grave crisis económica que estamos padeciendo querían un gobierno sólido, fuerte y cohesionado que ofreciera seguridad. Y nosotros no estábamos en condiciones de competir con CiU en este terreno.

 Evidentemente, también tendremos que debatir sobre el proceso de l’Estatut y el catalanismo de un partido –el PSC- que es catalanista desde su fundación. Aquellos que quieran seguir dando vueltas a la cursilada de las dos almas del PSC podrán seguir haciéndolo hasta la extenuación. La realidad es que los siete años en los que el PSC más ha subrayado su condición catalanista se han saldado con el peor resultado electoral de su historia.

 Por todo ello, será, sin duda alguna, mucho más útil que orientemos nuestras energías, no hacía las legítimas diferencias sobre nuestro reciente pasado, sino sobre todo aquello que nos une para construir el futuro: nuestro catalanismo, nuestra propuesta federal, el Estatut del 2006, el acuerdo de financiación…

No deja de de producir cierta tristeza comprobar cómo, una vez mas, hay quienes necesitan medir la distancia del PSC con respecto del PSOE para estar seguros de que el PSC está en el lugar que le corresponde. Definir el proyecto del PSC a partir de su proximidad o lejanía con respecto del PSOE es la curiosa manera que tienen algunos de ejercer el concepto de la “autonomía del proyecto socialista” aplicado, en este caso, no al PSOE de la transición, sino al PSC del 2010. Nosotros -¡qué le vamos a hacer!- creemos, en cambio,  que los proyectos políticos se construyen con valores, propuestas y liderazgos, y no con cábalas geométricas. 

Rematamos la comida con un delicioso coc de Fraga. Camino de Lleida, comprobamos que –tal y como nos habían anunciado- se trata de un postre especialmente indicado contra ofuscaciones, protagonismos  y zozobras poselectorales.  

 

La C, la S y la P del socialismo catalán

El proceso que ha iniciado el PSC no será fecundo sin un verdadero debate abierto

EL PERIÓDICO, 3.12.10

Desde el pasado domingo en que el PSC obtuvo su peor y más dura derrota electoral, parece que los socialistas no van a poder contener el sempiterno debate sobre su esencia, que acaba siempre remitiendo a la supuesta existencia de dos almas en un solo cuerpo. Curiosamente, parece que estas dos almas únicamente tienen un elemento de diferenciación: su mayor o menor catalanismo, y particularmente el tipo de vínculo que defiende cada una de ellas con el resto del socialismo español. Visto así, parece como si las causas del tremendo cataclismo que sufrieron el 28-N se atribuyeran exclusivamente a esta cuestión. Pienso que, en realidad, estamos ante un debate que, según cómo se plantee, resulta manifiestamente incompleto y puede llegar a ser anecdótico si se reduce al tema del grupo parlamentario propio. Porque el debate sobre el porqué de la derrota no puede ni debiera centrarse únicamente en la letra final del PSC, la C de Catalunya (convirtámosla en C de catalanismo), sino también sobre la letra S y la propia P inicial de partido.

Ideas convencionales

La S porque ella constituye la razón de ser de una fuerza socialdemócrata. Y en torno a la S, a la crisis económica global, al papel de lo público en relación al mercado, a la E de Europa, sin la cual la S no tiene futuro, ha de desarrollarse una parte central del debate. Denis MacShane, exministro para Europa en el Gobierno de Tony Blair, ha escrito recientemente que «hay muchísimas ideas convencionales, demasiadas, en el consejo supremo de la socialdemocracia europea». Aquí reside, a mi juicio, una cuestión medular, mucho más sugerente que el retorno de cansinos debates que el socialismo catalán superó en la década de los 80: ¿Cómo afronta el PSC el debate en torno al binomio competitividad económica/Estado del bienestar? ¿Desde el conservadurismo cortoplacista, desde un liberalismo apenas maquillado, o desde un reformismo valiente y con sentido?

Y, finalmente, la P porque lo que ha fallado también durante estos últimos años han sido las personas que encarnan el proyecto socialista en Catalunya: José Montilla ha sido el primero en admitirlo -parece que les cuesta algo más asumir su responsabilidad a otros miembros del PSC que han gobernado Catalunya durante estos siete años-. Y ello, por tanto, nos remite a un debate sobre el cómo se han tomado determinadas decisiones y sobre todo cómo se designa a sus candidatos. La seudodemocracia que significa la cultura de la cooptación, que tiene grandes ventajas, pero que acaba dando seudolíderes. El proceso que ha iniciado el PSC no será fecundo sin un verdadero debate abierto, democrático y competitivo en el que todos sus miembros ejerzan plenamente sus derechos y deberes como ciudadanos comprometidos con un proyecto político. Un proceso en el que los afiliados que no tienen acceso al debate público a través de los medios de comunicación no acaben convertidos, a la hora de tomar decisiones, en espectadores o meros figurantes.

Habiendo obtenido menos del 19% de los votos, el socialismo catalán ha cruzado un peligroso rubicón que lo aleja de poder ser una alternativa de gobierno. Que sea capaz de culminar con éxito su proceso de renovación es algo en lo que no solo se juegan mucho los socialistas, sino el conjunto del país.

Joaquim Coll, historiador




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