Archivo de enero de 2011

A contracorriente

Si el Senado expresa nuestra diversidad territorial es natural que recoja nuestra diversidad lingüística

EL PAÍS, 31.01.2011

Siempre he mantenido que el uso en el Senado de las otras lenguas españolas -además del castellano- no solo es un asunto lingüístico, sino una cuestión clave en la concepción y vertebración de España. Estoy tan convencido de esta afirmación que sostengo que la solución de la cohesión territorial pasa por comprender su pluralidad lingüística. El día que los ciudadanos de una comunidad autónoma monolingüe comprendan que las otras lenguas son tan españolas como el castellano, que por ello deben implicarse en su protección y que la única protección real es el fomento de su uso, ese día habremos llegado a dar con la fórmula del entendimiento.

Comprendo que un ciudadano que solo hable castellano (pero ninguna otra lengua española) considere extravagante que en la Cámara alta necesitemos traductores para algunos debates. Pero deberíamos ser capaces de explicar que aunque tengamos una lengua común, como es el castellano, es natural y conveniente que una institución del Estado que, precisamente, representa la diversidad territorial como es el Senado recoja nuestra pluralidad lingüística para que aumente la identificación con las instituciones españolas de catalanes, vascos, gallegos, valencianos y baleares. Así expuesto, posiblemente ese ciudadano adoptaría una posición más comprensiva. Sobre todo si esa medida se limita a las mociones en el Pleno y a una comisión: la Comisión General de Comunidades Autónomas.

En España hay quien usa las lenguas como instrumento de confrontación y hay quienes estamos empeñados en que sea fundamento de convivencia. El 27 de octubre de 1992, junto a mi admirado presidente de la Real Academia Española, Lázaro Carreter, nos empeñamos en simbolizar esa convivencia lingüística mediante la celebración de un acto en el monasterio de San Millán de la Cogolla, en La Rioja, con la presencia de los reyes de España, los presidentes de las comunidades autónomas y el Gobierno de la nación.

De todos es sabido que en ese monasterio aparecieron las primeras palabras escritas en castellano, pero se conoce menos que también fueron encontradas las primeras en euskera. En este venerable recinto aparecen también los primeros testimonios que corroboraban que había empezado en España el diálogo entre dos de sus lenguas.

Allí se recordó cómo mientras el castellano se iba haciendo español al extenderse por América, la España plurilingüe había convergido idiomáticamente con la mayor naturalidad, sin que los ciudadanos perdieran las identidades de origen. Cómo esa naturalidad se quebró al imponer el poder político la idea francesa de la lengua única y central y cómo, a partir de entonces, el diálogo comenzó ya a sufrir contratiempos, rompiéndose la convivencia sin recelo idiomático que había sido normal en los reinos de España y que no habían supuesto obstáculo alguno en la unidad de la nación. Surgió entonces la desconfianza mutua, con tintes reivindicativos, al convertirse las lenguas en banderas de doctrinas y movimientos políticos. Y así hasta hoy.

En un discurso memorable, Lázaro Carreter afirmaba que “el azar de los siglos hizo plurilingüe a España, y esa realidad inamovible ha sufrido azares y zozobras, pero también ha producido venturas como Joanot Martorell, Maragall, Cervantes, san Juan de la Cruz, Martín Codax, Rosalía o Gabriel Aresti. Ellos y tantos más deberían estar orquestalmente unidos en el alma de los españoles, si nuestra patria ha de serlo de todos”. No puedo estar más de acuerdo con esta visión histórica.

Hay quien considera la defensa del uso en el Senado de todas las lenguas que son oficiales junto al castellano en alguna comunidad autónoma como una ingenuidad, otros como una concesión. Tal vez el fundamento de su crítica sea erróneo, porque el acercamiento no se formula hacia unos partidos políticos, sino hacia los ciudadanos, y con los ciudadanos no hay concesiones. La equivocación, si me lo permiten, es dejar que la defensa de una cultura, que la riqueza de un idioma, la patrimonialice un determinado movimiento político en vez de ser defensa de todos.

Hay quien alega la inoportunidad por la crisis. Sin discutirlo, no nos engañemos, el problema es el de siempre. Unos queremos construir una España que recoja su realidad y su diversidad y otros quieren cambiar esa realidad hacia una nueva identidad, que nunca existió pero se anheló: la España uniforme. No será necesario buscar elementos simbólicos tradicionales, cuyo gasto, en caso de discutirse, se consideraría una afrenta. Sin embargo, la única simbología considerada frívola es la más constitucional de todas. Llama la atención que en 1994, año donde se utilizaron por vez primera los traductores en el Senado, hubiera más sensibilidad en la defensa de las lenguas que en la actualidad, y duele que quien usó auriculares en la Cámara territorial en 1997 hoy los considere una broma pesada.

El magnífico Julián Marías nos dice que este es un país anómalo, donde nunca nadie convence a nadie. No le falta razón, pero algunos aquí estamos intentándolo. Los que buscamos representarles con la máxima dignidad posible no nos hemos alejado de la razón. Esta iniciativa está elaborada con los materiales que el ciudadano nos exige, con materiales de construcción.

 José Ignacio Pérez Sáenz, senador del PSOE por la Rioja y ex presidente de esa comunidad autónoma

La izquierda federal

Aplazar el proyecto federal perpetuaría las razones políticas de la pujanza nacionalista

El PSOE puede liderar un discurso federal para una izquierda renovada

EL PAÍS, 27.01.2011

Al escéptico le espantan las obsesiones colectivas, sobre todo las obsesiones colectivas ancladas en símbolos, patrimonios míticos y pasados melancólicamente perdidos. En la puerta de casa acabo de encontrar una ocasión más para mi propia melancolía, porque estos días los 200.000 habitantes de Terrassa están convocados a votar en un referéndum por la independencia, como ha sucedido ya en muchas ciudades y pueblos catalanes. Al pasar por delante de la mesa informativa -instalada delante del instituto, lógicamente- he pensado en la primera frase de este artículo. CiU ha coqueteado políticamente con esas convocatorias proindependentistas y el PSC ha estado más callado que locuaz ante ellas por incapacidad política de respuesta concertada en un sentido o en el contrario. La oportunidad de la convocatoria, además, ha aumentado sin querer gracias al regreso de don Pelayo disfrazado de un Aznar hirsuto y mecánico en defensa del centralismo frente al dispendio disoluto de las nacionalidades. La Vanguardia y el nuevo diario Ara en Cataluña han respondido de inmediato y con alarma justificadísima: era lo esperable. El PSOE ha titubeado, y ha seguido a rebufo y en voz baja esas llamadas a corregir la diabólica insaciabilidad de los nacionalismos periféricos.

El enfoque de un ciudadano muy dañado por sus propias obsesiones pero calamitosamente insensible a las colectivas, tiene otro tono. Como contaba Javier Cercas hace unos días, el PSC ha sido cautivo del nacionalismo catalán desde los primeros Gobiernos democráticos: el catalanismo fue bandera redentora y promesa de futuro en los años del franquismo y en la primerísima democracia. Después, ya no supieron salir de esa encerrona. Llevarían indefinidamente las de perder si seguían pugnando en el terreno nacionalista, y todo se complicó con lo que casi nadie podía esperar: el descrédito o la pura disolución ideológica de la socialdemocracia tras la caída del Muro y en plena fase de capitalismo salvaje, expansivo, triunfador. Para higiénica irritación de Tony Judt, la socialdemocracia hay que volver a mimarla: ha acabado culturalmente asociada a una suerte de papilla de enfermo, de dieta blanda, que a nadie daña ni contra nadie va. Carece de capacidad de arrastre, ha perdido fuerza de persuasión y convicción, no es vanguardia de nada porque parece de generación espontánea.

Sin embargo, esa misma socialdemocracia encarnada en el PSOE y el PSC rehabilitó hace siete u ocho años una noción política, junto con el republicanismo de Philip Pettit, que pareció cobrar la entidad que otros argumentos ya no tenían: el federalismo apareció como proyecto renovado y fresco, casi como la lógica maduración plena en el siglo XXI de un clásico amortizado ya en el siglo XX.

El Estado de las autonomías podía ser ese clásico joven, dar un paso más y dejar de ser un sistema de tira y afloja condenado al abuso intermitente del centro o las periferias, en un crónico juego de movimientos retadores o chantajistas, para convertirse en una decisión compacta, de Estado, en torno a la evidentísima diversidad social, cultural, industrial y sentimental de la ciudadanía. La España plural empezó muy pronto a ser el sintagma fetiche, vino después la condenada trampa del Estatuto a instancias de la demanda del PP ante el Tribunal Constitucional y se disolvió esa noción difusa de lo federal como si careciese de sentido -o fuese un error- concebir un federalismo seguro de sí mismo, desacomplejado e imaginativo.

Me pregunto desde la izquierda no nacionalista si la rehabilitación de ese federalismo como eje ideológico de un proyecto político de futuro no sería una salida estimulante para una izquierda (no solo socialista) desdibujada, errante o maniatada. La expectativa federal ha estado intermitente y tímidamente en boca de la izquierda desde hace muchos años, pero nunca se ha presentado con firmeza y convicción como cumplimiento final del largo despliegue del Estado autonómico. Me pregunto si las ventajas del federalismo, como idea motor y eje político cohesionador, no serían mucho mayores que el espanto que todavía pudiera despertar en los sectores peor educados civil y políticamente de la sociedad española. El coraje federalista de Zapatero se desdibujó muy temprano para quedar a merced de la galopante renacionalización españolista que encarnan el triunvirato don Pelayo, Aznar y Aguirre. El potencial vitamínico del federalismo quizá recobraría para el proyecto socialista a un amplio sector de la izquierda en Cataluña, desmotivado y ajeno al discurso monocordemente nacionalista (a izquierda y derecha). Pero podría ayudar también a la izquierda española a entender mejor, de una vez, esa pluralidad demasiadas veces sofocada con torpeza o invocada demasiadas veces solo retóricamente. El PSOE es el partido que desde cualquier punto de vista debería liderar un proyecto de España federal, por mucho que nadie tenga hoy la fórmula técnica y específica que adoptaría esa culminación federal de lo que es ya una forma atípica de federalismo. Pero presumiblemente podría neutralizar las tiranteces calculadas y a menudo magnificadas entre Estado y autonomías, que nacen en gran medida de esa falta de concreción federal (lo advirtió hace más de medio siglo Josep Ferrater Mora, cuando no había ni siquiera democracia).

Desde la perspectiva catalana, además, el empuje federalista con matriz PSOE podría desatascar eficazmente el cortocircuito insoluble que Cercas describía en su artículo. El PSC reencontraría un aliado seguro con un PSOE indisimuladamente federalista, y esa clave permitiría redirigir la propuesta ideológica del PSC lejos del debate nacionalista o identitario, con voluntad de fortalecer un proyecto político sin el cepo de la identidad nacional y sin invertir energías en un terreno de discusión que solo fortalece y carga de razón al nacionalismo vindicativo. El PSC ya está fuera del poder; el PSOE todavía no: el año y pico que falta para las elecciones generales es muy poco tiempo para dotar de convicción a lo que ha sido demasiadas veces un expediente retórico de urgencia. Pero arruinar (o aplazar indefinidamente) el proyecto federal quizá sea también perpetuar las razones políticas de la pujanza nacionalista. O peor aún, renunciar al horizonte federal puede seguir restando capital político a una socialdemocracia ya muy debilitada ideológicamente. Frente a la derecha más rancia y siempre tan popular, el contradiscurso federal contiene combustible para movilizar a una izquierda renovada, no solo socialista, y de paso haría inoperantes buena parte de los argumentos de los partidos nacionalistas.

 Jordi Gracia, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona

 

Debate de la proposición de ley de IU relativa a mejorar la eficacia de incompatibilidades de Diputados y Senadores y otros cargos de órganos públicos

Gracias, señora Presidenta.

En contadas ocasiones se produce una contradicción radical entre la preocupación o el sentido último que tiene  una determinada iniciativa legislativa y el texto en que se plasma. Pues bien, la Proposición de Ley que hoy nos ocupa es, a juicio del diputado que les habla, una de estas ocasiones.

Dicho en otras palabras, el voto contrario (que ya les anuncio) del Grupo Parlamentario Socialista a la toma en consideración de esta Proposición de Ley para mejorar la eficacia del régimen de incompatibilidades de los Diputados y Senadores y otros cargos de órganos públicos se fundamenta en la convicción de que su texto, simple y llanamente, no mejora dicha eficacia.

La propia Exposición de Motivos nos da una pista al aceptar textualmente que “nuestra actual legislación en materia de incompatibilidades debería haber bastado para garantizar una adecuada separación entre lo público y lo privado”.  Pues bien, mi Grupo sostiene que –sin descartar innovaciones que estamos dispuestos a impulsar- aplicar con rigor y determinación la legislación existente es imprescindible para asegurar una nítida separación entre el interés general y el interés particular en el desempeño, evidentemente de las responsabilidades públicas.

Empecemos por las incompatibilidades parlamentarias. La Proposición no de Ley pretende sustituir la dedicación absoluta por la dedicación exclusiva que la ley establece respecto a los miembros del Gobierno y altos cargos de la Administración general del Estado.

Lo hace refiriéndose a un Informe de la Comisión del Estatuto del Diputado, según el cual sólo el 12% de los miembros de esta Cámara no desempeña ningún tipo de actividad privada.

Quiero detenerme en este dato, ya que difícilmente podemos exigir precisión y veracidad a aquellos que nos enjuician si nosotros mismos utilizamos datos que provocan equívocos o falsas imágenes.

Lo ha dicho antes el Señor Esteban, un Diputado o Diputada que declare la posibilidad de participar en una tertulia en un medio de comunicación privado, que prevea impartir una conferencia o participar en una mesa redonda en una Universidad,  o que tenga previsto escribir un libro, publicarlo y hasta vender algún ejemplar ya no forma parte de ese 12% que no desempeña ningún tipo de actividad privada.  ¿Y no son estas tareas, en muchos casos inherentes y complementarias a la condición de diputado?  Lo plantearé con otra pregunta: ¿Es equiparable declarar que se forma parte del Patronato de una Fundación y contribuir a su sustento con el legítimo desarrollo de una responsabilidad empresarial que no tiene ninguna relación con el sector público? Nosotros creemos que no, pero estamos dispuestos a discutirlo a fondo, con serenidad y sin ningún tipo de prejuicios.

Lo cierto es que las modificaciones que pretende introducir esta iniciativa en la Ley Orgánica de Régimen General Electoral van en una dirección que mi Grupo considera errónea y perjudicial para la buena salud del Parlamento, ya que formalizarían la profesionalización de quienes hemos sido elegidos para realizar el mandato representativo.

Cuando cualquier actividad, oficio o profesión es incompatible con la condición de diputado o senador, lo que se está propiciando es convertir dicha condición precisamente en eso: en una actividad, profesión u oficio.

Este no es el camino para separar lo público de lo privado, en todo caso para separar la política de la ciudadanía.

Si nos parece un error pretender avanzar en la profesionalización de la función parlamentaria no lo es menos la opción de mezclar y confundir la regulación de las incompatibilidades de los miembros del poder ejecutivo (altos cargos y miembros del Gobierno) con los correspondientes  a los miembros del poder legislativo (diputados y senadores).

La división de poderes no es un muelle que se pueda estirar o encoger según intereses o circunstancias. Hacerlo, además, para que un órgano de la Administración General del Estado –la Oficina de Conflictos de Intereses- pueda llegar a administrar temporalmente el patrimonio de un parlamentario nos parece, francamente, fuera de lugar. Pero la división de poderes también funciona en el sentido contrario. Y así, tampoco parece aconsejable que un órgano que se encarga de gestionar los conflictos de intereses de los altos cargos de la Administración General del Estado y de los miembros del Gobierno, sea elegido –tal y como se propone en el artículo segundo de esta proposición de ley- por el poder legislativo.

Por otro lado, no están los tiempos para crear un nuevo órgano colegiado compuesto por diez miembros para una  Oficina de Conflictos de Intereses que informa semestralmente al Congreso de los Diputados acerca del cumplimiento de la normativa, todo ello evidentemente, sin perjuicio de la actividad de control de los grupos parlamentarios.

El artículo segundo de la proposición de ley insta al Gobierno a modificar la Ley 5/2006, de regulación de los conflictos de intereses de los miembros del Gobierno y de los altos cargos de la Administración General del Estado, en particular, estableciendo limitaciones patrimoniales en participaciones societarias y regulando las asignaciones indemnizatorias posteriores al cese de los ex miembros del Gobierno y otros altos cargos de la Administración General del Estado. Vaya por delante que, aunque resultase conveniente una ordenación armónica de los derechos de los altos cargos cuando cesan en el ejercicio de su función, tanto para acceder al derecho a la indemnización, como para su cuantificación, período de percepción y régimen de incompatibilidades (en la actualidad, dispersa en una pluralidad de leyes), la modificación de la Ley 5/2006 no es  el cauce adecuado para llevar a cabo esta indicada regulación. También en este ámbito el texto no resulta el más idóneo para los fines que persigue. Y no me refiero a que en el mismo aparezca un Ministerio de Relaciones con las Cortes que no existe en el organigrama ministerial desde 1993, una Secretaría General para la Administración Pública que ha sido suprimida por una Secretaría de Estado para la Función Pública  o unos Gobernadores y Subgobernadores Civiles que desaparecieron en 1997. Por la innecesaria inseguridad jurídica que genera, reviste una mayor relevancia el hecho de que el grupo proponente se refiere indistintamente a estas asignaciones o indemnizaciones con los términos “haber”, “haber pasivo” o “haber vitalicio”, lo cual induce a confusión, dado el carácter transitorio de las mismas, cuyo período máximo de percepción no puede superar –como ustedes saben- las veinticuatro mensualidades.

Finalmente, la proposición de ley es incapaz de superar una contradicción que el Grupo proponente viene arrastrando como mínimo desde un debate similar que tuvo lugar en este Pleno en septiembre del 1999 al plantear la incompatibilidad de las asignaciones indemnizatorias por el cese en el desempeño de determinadas responsabilidades públicas con cualquier retribución pública y, en cambio,  limitar esta incompatibilidad en el terreno privado a las retribuciones que pudieran obtenerse por el desempeño de cargos directivos o de gestión en empresas privatizadas. Es decir, dichas indemnizaciones son incompatibles por ejemplo con volver a ocupar una plaza de auxiliar administrativo en cualquier administración pública, pero no lo son en el caso de volver a ocupar un empleo en un despacho profesional, en una empresa no privatizada o en una multinacional. Simplemente, no se entiende.

Señorías, el Gobierno ha demostrado en este ámbito su compromiso con hechos y no solamente con promesas como lo atestiguan  la Ley  de regulación de los intereses de los miembros del Gobierno y de los Altos Cargos de la Administración General del Estado, así como el Reglamento que la desarrolla. Avanzar hacia una democracia de más calidad, con más transparencia, en la que los intereses públicos no estén al servicio de ningún interés privado es un objetivo de país, que no puede formar parte de ninguna contienda  cortoplacista.

No dar apoyo a esta iniciativa no significa no reconocer su buena intención. Y sobre todo no significa que no estemos abiertos a construir nuevos consensos, también en esta materia. En este sentido, el Grupo Parlamentario Socialista, tal y como ya avanzado nuestro Portavoz, José Antonio Alonso, impulsará propuestas concretas que aseguren máxima transparencia y publicidad respecto a las declaraciones de bienes, ingresos, renta, patrimonio y actividades de los parlamentarios y de todo lo que afecta a la economía de su unidad familiar.

Entre el privilegio y el populismo hay un espacio más que suficiente para la decencia y el buen hacer en un ámbito que afecta directamente a la credibilidad de nuestra democracia.

Porque estamos hablando de salud democrática, de vigor de las instituciones, de vocación y servicio público, estamos hablando de responsabilidades. Y las alternativas a estos conceptos todos sabemos los resultados que han dado en el pasado y que siguen dando en el presente.

Max Weber escribió que el político tenía que tener tres cualidades: la pasión, la responsabilidad y el distanciamiento, que podríamos equiparar a realismo. Y un pecado del que debemos huir a toda costa: la vanidad.

En aras a mejorar la transparencia, la eficacia y la pulcritud de nuestra democracia, tal vez sea todos debamos empezar por aplicarnos esta sencilla fórmula weberiana a nuestro trabajo cotidiano. Y en todo caso, apliquemos las las leyes vigentes hasta sus últimas consecuencias y impulsemos los cambios necesarios con serenidad y rigor.

Muchas Gracias.

Es tal la violencia del azul de Madrid en una mañana soleada de enero que su recuerdo, instalado en nuestra memoria, extermina de nuestra conciencia la niebla de contaminación en la que vivimos atrapados.

A lo largo de estos últimos años Madrid ha superado en más de un 30% los valores límites de contaminación fijados por la Unión Europea. Pero ha sido este año cuando, por primera vez,  Ana Botella ha reconocido este incumplimiento. ¿Por qué? Porque este año el límite de contaminación admitido -40 microgramos de dióxido de nitrógeno por metro cúbico- ha dejado de ser una recomendación para convertirse en una obligación legal. Una obligación que afecta a la salud pública e individual y que el Ayuntamiento matritense incumple. Pero seamos positivos: aceptar la realidad es un paso imprescindible para poderla  cambiar. Piensen ustedes que hasta ahora el tándem Gallardón-Botella no sólo negaban la realidad, sino que pretendían engañarla desmantelando las estaciones de control con índices más altos de contaminación –Luca de Tena, Doctor Marañón- y colocándolas en El Pardo o el Parque de Juan Carlos I…Sin complejos.

Pero la neblina tóxica que no rodea no puede evitar que recordemos a  Enrique Tierno Galván, primer alcalde democrático de Madrid tras la Guerra Civil. Hoy se cumplen 25 años de su muerte. Su entierro se convirtió en una de las manifestaciones más multitudinarias que se recuerdan en la Villa y Corte. La imagen de Tierno Galván que perdura entre nosotros es la de un distinguido caballero republicano en medio de la  movida.  Pero el Viejo Profesor –poliédrico y controvertido- fue mucho más. Tras sus siete años como alcalde socialista, Madrid, además de Villa y Corte, se convirtió en orgullosa ciudad con alma propia. Y por encima de todo, tal y como recuerda Raúl Morodo, Tierno fue “un gran intelectual comprometido en busca de una convivencia pacífica”. Sus Obras Completas, hechas realidad gracias al empeño de Antoni Rovira, así lo atestiguan. “Dios no olvida nunca a un buen marxista” es una de las inolvidables afirmaciones de Tierno Galván. Nosotros tampoco lo olvidamos. Aunque al no tener la condición de buenos marxistas, intuimos que Dios no se acordará de nosotros cuando el  incontrolado dióxido de nitrógeno de Ana Botella nos lleve para el otro barrio de Madrid.

Vivimos en un país en el que conciudadanos nuestros pueden ser asesinados, secuestrados, amenazados o extorsionados por defender sus ideas. Que otros conciudadanos  tengan la capacidad de deslizarse por la vida sin reparar, al menos por algunos instantes, en esta trágica e inaudita realidad es algo que no deja de sorprendernos y, en determinadas circunstancias, indignarnos.

Las palabras sí importan. Ellas tienen que sustituir a las bombas y pistolas. El alto el fuego de ETA  “permanente y de carácter general, que puede ser verificado por la comunidad internacional” va en la buena dirección pero es manifiestamente insuficiente. El líder de Aralar, Patxi Zabaleta (la demostración que el independentismo abertzale no violento puede estar en las instituciones) fue claro y conciso: “Para que lo anunciado –el comunicado de ETA- tenga eficacia plena, queda pendiente la aceptación de la unilateralidad”. Unilateralidad es otra de las palabras relevantes. El tiempo de las negociaciones y las condiciones es tiempo pasado. Para que ETA desaparezca, lo que ha de hacer es desaparecer.

Refugiémonos, una vez más, en Vasili Grossman: “La historia del hombre es la batalla del gran mal que trata de aplastar  la semilla de la humanidad. Pero si ni siquiera ahora lo humano ha sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá.” ETA es nuestro gran mal. Pero si el mal no acabó con lo humano entre las ruinas y las nieves de Stalingrado. Si el mal del nazismo y del estalinismo no acabó con lo humano, tampoco el terrorismo de ETA –hoy más débil que nunca- vencerá. 

 

 

“A las familias de los caídos; a todos sus amigos; a los estudiantes de esta universidad; los funcionarios públicos congregados aquí, y los residentes de Tucsón y los residentes de Arizona: he venido esta noche como estadounidense que, como todos los estadounidenses, se arrodilla a rezar con ustedes hoy, y estará de su lado mañana.

No hay palabras para llenar el vacío repentino en su corazón. Pero sepan lo siguiente: las esperanzas de una nación están aquí presentes esta noche. Estamos de luto con ustedes por los caídos. Sentimos su pena. Sumamos a la suya nuestra fe en que la congresista Gabrielle Giffords y las otras víctimas sobrevivientes de esta tragedia se recuperarán.

Las Escrituras nos dicen:

Un río cuyos brazos alegran la ciudad de Dios,

la más santa morada del Altísimo.

Dios está en ella, nunca caerá;

Él la socorrerá al despuntar la aurora.

La mañana del sábado, Gabby, su personal y muchos de sus electores se reunieron afuera de un supermercado para ejercer su derecho de asamblea pacífica y libre expresión.

Estaban poniendo en práctica un principio fundamental de la democracia vislumbrado por nuestros fundadores: representantes del pueblo que responden a sus electores, para así llevar sus inquietudes a la capital de nuestro país. Gabby lo llamaba “El Congreso en su esquina” (“Congress on Your Corner”), simplemente una versión moderna del gobierno del pueblo, por y para el pueblo. 

Y esa escena típicamente estadounidense, esa fue la escena que las balas del asesino hicieron añicos. Y las personas que perdieron la vida el sábado también representaban lo mejor de nosotros y lo mejor de Estados Unidos. 

El juez John Roll estuvo al servicio de nuestro sistema legal durante casi 40 años. El juez Roll, egresado de esta universidad y su facultad de derecho, fue recomendado para el tribunal federal por John McCain hace 20 años, nombrado por el presidente George H.W. Bush y llegó a ser el presidente del tribunal federal de Arizona.

Sus colegas lo describieron como el más dedicado juez del Noveno Distrito. Acababa de ir a misa, como hacía todos los días, cuando decidió pasar a saludar a su congresista. John deja a su querida esposa, Maureen, sus tres hijos y sus cinco nietos hermosos.

George y Dorothy Morris –a quien sus amigos llamaban “Dot”– se hicieron novios en la secundaria, se casaron y tuvieron dos hijas. Hacían todo juntos, recorrían las carreteras en su vehículo de recreo, disfrutando lo que sus amigos describían como una luna de miel que había durado 50 años. La mañana del sábado pasaron por Safeway para escuchar hablar a su congresista. Cuando comenzó la balacera, George, ex infante de Marina, trató instintivamente de proteger a su esposa. Ambos fueron heridos de bala. Dot falleció.

Phyllis Schneck, oriunda de Nueva Jersey, se jubiló en Tucsón para escapar de la nieve. Pero en el verano regresaba al este, donde su vida giraba en torno de sus tres hijos, siete nietos y una bisnieta de dos años.

Era una talentosa costurera de mantas y a menudo trabajaba bajo su árbol favorito o a veces cosía mandiles con los logotipos de los Jets y Giants, para donar en la iglesia en la que trabajaba como voluntaria. A pesar de ser republicana, simpatizaba con Gabby y quería llegar a conocerla mejor.

Dorwan y Mavy Stoddard crecieron juntos en Tucsón hace aproximadamente 70 años. Se mudaron lejos y cada uno tuvo su propia familia, pero después de que ambos enviudaron, terminaron nuevamente aquí, “para volver a ser novios”, como lo expresó una de las hijas de Mavy.

Cuando no estaban viajando en su casa rodante, se les podía encontrar aquí cerca, ayudando a la gente necesitada en la Mountain Avenue Church of Christ. Dorwan, albañil jubilado, pasaba su tiempo libre haciendo arreglos en la iglesia con su perro, Tux. Su acto final de altruismo fue arrojarse sobre su esposa y sacrificar la vida por la de ella.

Todo lo que Gabe Zimmerman hacía, lo hacía con fervor. Pero su verdadera pasión era ayudar a la gente. Como director de extensión de Gabby, se tomaba a pecho la atención de miles de sus electores, asegurándose de que las personas mayores recibieran los beneficios de Medicare a los que tenían derecho, que los veteranos recibieran las medallas y atención que merecían, y que el gobierno atendiera las necesidades de la gente común y corriente. Falleció haciendo lo que le encantaba hacer: hablar con la gente y ver la manera de ayudar. Gabe deja a sus padres, Ross y Emily, su hermano, Ben, y su novia, Kelly, con quien se planeaba casar el próximo año.

Y también estaba Christina Taylor Green, de nueve años. Christina era una estudiante sobresaliente, bailarina, gimnasta y nadadora. Decidió que quería ser la primera pelotera de las Ligas Mayores y ya que era la única niña en su equipo de las Pequeñas Ligas, nadie lo dudaba.

Demostraba un amor por la vida poco común entre las niñas de su edad. Le recordaba a su madre, “Estamos colmados de bendiciones. Nuestra vida es estupenda”. Y compartía recíprocamente esas bendiciones participando en una obra benéfica que ayudaba a niños menos afortunados.

La repentina muerte de todos ellos nos parte el alma. Tenemos el alma hecha pedazos; sin embargo también tenemos motivo para sentir consuelo.

Se nos llena el corazón de esperanza y agradecimiento por los 13 estadounidenses que sobrevivieron el tiroteo, entre ellos la congresista a la que muchos de ellos acudieron a ver el sábado. Acabo de regresar del University Medical Center, apenas a una milla de aquí, donde nuestra amiga Gabby lucha valientemente para recuperarse en este preciso momento. Y les quiero decir -su esposo Mark está presente y me ha permitido compartir esto con ustedes- justo después de que fuimos a visitarla, pocos minutos luego de que dejamos su sala de recuperación, y algunos de sus colegas del Congreso estaban con ella en esa sala, Gabby abrió los ojos por primera vez.

Gabby abrió los ojos por primera vez.

Gabby abrió sus ojos. Gabby abrió sus ojos, así que les puedo decir que sabe que estamos aquí. Sabe que la amamos. Y  sabe que la apoyaremos en el transcurso de lo que sin duda será una travesía difícil. La estamos apoyando. 

Tenemos el corazón lleno de gratitud por esa buena noticia, y tenemos el corazón lleno de gratitud por quienes salvaron a otros. Le agradecemos a Daniel Hernández, voluntario en la oficina de Gabby.

Y Daniel, lo siento, lo puedes negar, pero hemos decidido que eres un héroe porque en medio del caos acudiste corriendo a socorrer a tu jefa, para ocuparte de sus heridas a fin de ayudar a mantenerla viva.

Estamos agradecidos con los hombres que derrumbaron al asesino cuando este se detuvo a recargar su arma.

Ahí mismo están.

Estamos agradecidos con una mujer menuda, Patricia Maisch, quien le arrebató las municiones al asesino, e indudablemente salvó algunas vidas.

Y estamos agradecidos con los médicos y enfermeros y socorristas que hicieron maravillas para atender a los heridos. Estamos agradecidos con ellos.

Estos hombres y mujeres nos recuerdan que el heroísmo no sólo se encuentra en los campos de batalla. Nos recuerdan que el heroísmo no requiere capacitación especial ni fuerza. El heroísmo está aquí, a todo nuestro alrededor, en el corazón de muchísimos de nuestros conciudadanos, a todo nuestro alrededor, listos para responder, como sucedió la mañana del sábado.

Sus actos y su altruismo también representan un desafío para cada uno de nosotros. Hacen que nos preguntemos lo que se requiere de nosotros en el futuro, aparte de oraciones y manifestaciones de interés.

¿Cómo podemos rendirles homenaje a los caídos? ¿Cómo podemos ser fieles a su memoria?

¿Ven? Cuando sucede una tragedia como esta, es natural exigir explicaciones, tratar de imponer cierto orden en medio del caos y encontrarle sentido a lo que parece carecerlo. Ya hemos visto el inicio de un diálogo nacional, no solo sobre las motivaciones de esta matanza, sino todo tipo de tema, desde los aspectos positivos de las leyes sobre la seguridad de las armas hasta la calidad de nuestro sistema de salud mental. Y gran parte de este proceso, del debate sobre lo que se podría hacer para evitar tragedias tales en el futuro, es un ingrediente esencial del ejercicio de nuestra autonomía.

Pero en tiempos en que nuestro discurso ha pasado a ser tan polarizado, tiempos en que estamos demasiado deseosos de echarles la culpa por todos los problemas del mundo a quienes discrepan con nosotros, es importante que hagamos una pausa por un momento y nos aseguremos de estar hablando unos con los otros de una manera conciliadora, mas no hiriente.

La Biblia nos dice que hay maldad en el mundo y que suceden cosas terribles por motivos que no logramos comprender. En las palabras de Job, “cuando esperaba la luz, vino la oscuridad”. Suceden cosas malas, y debemos evitar explicaciones simplistas posteriormente.

Pero lo cierto es que ninguno de nosotros puede saber exactamente qué provocó este ataque despiadado. Ninguno de nosotros puede saber con certeza alguna lo que podría haber evitado que se dispararan esos tiros ni qué merodeaba en lo más recóndito de la mente de un hombre violento.

Entonces, sí, debemos examinar todos los hechos detrás de esta tragedia. No podemos ni seremos pasivos ante tal violencia. Debemos estar dispuestos a impugnar lo que dábamos por supuesto para disminuir la posibilidad de semejante violencia en el futuro.

Pero lo que no podemos hacer es usar esta tragedia como otra ocasión más para atacarnos el uno al otro. Eso no lo podemos hacer. Eso no lo podemos hacer.

 Cada uno de nosotros debe tratar estos asuntos con una buena dosis de humildad. En vez de acusar o culpar, aprovechemos esta ocasión para ampliar nuestra imaginación moral, escucharnos unos a los otros más detenidamente, agudizar nuestro instinto de empatía y acordarnos de todas las nuestras esperanzas y sueños que tenemos en común. 

Al fin y al cabo, eso es lo que hacemos, en la mayoría de los casos, cuando perdemos a un familiar, especialmente si sucede inesperadamente. Conmocionados, ponemos de lado la rutina y nos vemos forzados a la introspección. Reflexionamos sobre el pasado. ¿Pasamos suficiente tiempo con un padre anciano?, nos preguntamos. ¿Expresamos nuestra gratitud por todos los sacrificios que hicieron por nosotros? ¿Le dijimos a nuestro cónyuge cuánto lo queríamos, no solo de vez en cuando, sino todos los días?

Entonces, las pérdidas repentinas nos llevan a la introspección, a reflexionar sobre el presente y el futuro, sobre cómo llevamos nuestra vida y alimentamos nuestra relación con aquellos que aún nos acompañan.  

Posiblemente nos preguntemos si les hemos mostrado suficiente bondad, generosidad y compasión a quienes nos rodean. Quizá cuestionemos si estamos haciendo lo correcto con nuestros hijos o nuestra comunidad, si nuestras prioridades están en orden.

Reconocemos nuestra propia mortalidad y recordamos que en el corto transcurso de nuestra vida, lo que importa no es la riqueza, el estatus, el poder ni la fama, sino más bien cuánto hemos amado, y el granito de arena que pusimos para mejorar la vida de otros.

Y ese proceso, ese proceso de reflexión, para asegurarnos de que nuestros actos vayan a la par de nuestros valores, creo que eso es lo que requiere una tragedia como esta.

Porque quienes resultaron heridos y quienes murieron son parte de nuestra familia, la gran familia de 300 millones de estadounidenses.  

Tal vez no los conocíamos personalmente, pero con toda certeza nos vemos reflejados en ellos: en George y Dot, en Dorwan y Mavy, sentimos el amor absoluto que tenemos por nuestro esposo, esposa o nuestra pareja de toda la vida.

Phyllis es nuestra madre o abuela; Gabe es nuestro hermano o hijo.

En el juez Roll reconocemos no solo al hombre que valoraba a su familia y hacía bien su trabajo, sino al hombre que encarnaba la lealtad estadounidense por la ley. 

Y en Gabby… En Gabby vemos el reflejo de nuestro espíritu cívico, ese deseo de participar en el proceso muchas veces frustrante, muchas veces contencioso pero siempre necesario e interminable para forjar un país mejor.

Y en Christina… En Christina vemos a todos nuestros hijos, tan llenos de curiosidad, confianza, energía y encanto, tan merecedores de nuestro amor.

 Y tan merecedores de nuestro buen ejemplo.

 Si esta tragedia inspira reflexión y debate, como debería, asegurémonos de que sea merecedor de quienes hemos perdido.

Asegurémonos de que no esté en el plano usual de la politiquería por ganar puntos, por pequeñeces, que se olvida en el siguiente noticiero.

La pérdida de esta gente maravillosa debería hacer que cada uno de nosotros procure ser mejor en nuestra vida privada; ser mejores amigos y vecinos, colegas y padres. Y si, como se dijo en días recientes, estas muertes ayudan a llevar más moderación al debate político, recordemos que no es porque la simple falta de moderación fue causa de esta tragedia, no fue así, sino porque solo un debate público más honesto y moderado puede ayudarnos a enfrentar nuestros desafíos como nación de la manera en que ellos se sentirían orgullosos.

Y debemos ser respetuosos porque queremos estar a la altura del ejemplo de funcionarios públicos como John Roll y Gabby Giffords, que supieron que primero y por encima de todo, todos somos estadounidenses y que podemos cuestionar las ideas de otros sin cuestionar su patriotismo, y que nuestro deber, al trabajar juntos, es agrandar constantemente el círculo que protegemos para que les leguemos el Sueño Americano a generaciones futuras.

Ellos creían, creían, y yo creo que podemos ser mejores.

Quienes murieron aquí, quienes salvaron vidas aquí han ayudado a convencerme de esto. Puede que no podamos detener la maldad en el mundo, pero sé que la manera en que nos tratamos unos a los otros depende de nosotros mismos.

Creo que aun con todas nuestras imperfecciones, estamos llenos de bondad y decencia, y que las fuerzas que nos dividen no son tan poderosas como las que nos unen.

Estoy convencido de ello, en parte, porque una niña como Christina Taylor Green estaba convencida de eso.

Imaginen un momento: era una niña que apenas empezaba a conocer nuestra democracia, apenas empezaba a comprender las obligaciones de la ciudadanía, apenas empezaba a vislumbrar el hecho de que algún día ella también podría desempeñar un papel en forjar el futuro de su país.

La habían elegido para el consejo estudiantil, pensaba que el servicio público era algo emocionante, algo que la llenaba de esperanza.

Había ido a conocer a su congresista, alguien que tenía la certeza que era buena e importante, y tal vez un modelo a seguir.

Vio todo esto con sus ojos de niña, sin el velo de cinismo o animosidad que los adultos con demasiada frecuencia simplemente damos por sentado.

Quiero que nos pongamos a la altura de sus expectativas.

Quiero que nuestra democracia sea tan buena como Christina se la imaginó.

Quiero que Estados Unidos sea tan bueno como ella se lo imaginó.

Todos nosotros, todos debemos hacer todo lo posible para asegurar que este país esté a la altura de las expectativas de nuestros hijos.

Como ya se mencionó, Christina nos llegó el 11 de septiembre del 2001, una de los 50 bebés que nacieron ese día y que figuraron en un libro llamado “Las caras de la esperanza” (Faces of Hope).

A ambos lados de su foto en ese libro había simples deseos para la vida de un niño. “Espero que ayudes a los necesitados”, decía uno. “Espero que sepas toda la letra del Himno Nacional y que lo cantes con la mano en el corazón. Espero que saltes en los charcos de lluvia”.

 Si hay charcos de lluvia en el cielo, Christina está saltando en ellos hoy.

Y aquí en esta Tierra, aquí en esta Tierra, ponemos la mano sobre el corazón y prometemos, como estadounidenses, que forjaremos un país que siempre sea merecedor de su alma alegre y gentil.

Que Dios bendiga a quienes perdimos y les dé paz y descanso eterno. Que Su amor y cuidados recaigan sobre los sobrevivientes. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América”.

Cósimo, Leonor y Agnolo

Su belleza cautivó a Cósimo. O, al menos, eso es lo que dijeron los agentes florentinos que negociaron el enlace. Estaba previsto que él se casara con la mayor de las hijas del virrey de Nápoles, don Pedro de Toledo. Pero exigió a la segunda, Leonor. Cuando hizo su entrada solemne en Florencia, el 20 de junio de 1639, tenía diecisiete años. En los veintitrés siguientes proporcionó uno de los bienes más preciados por la familia Médici: once hijos que garantizarían la continuidad de un linaje siempre ayuno de descendencia y abrirían múltiples posibilidades de negociación en el mercado matrimonial. Pero, más aún, se convirtió en la piedra angular del soft power diseñado por los cerebros de la Academia florentina para consolidar el dominio de una dinastía que gozaba de tantos admiradores como detractores.

El matrimonio de Cósimo de Médici y Leonor Álvarez de Toledo fue una sociedad política que funcionó con precisión. Aunque nada de esto hubiera sido posible sin Agnolo Bronzino. La magnífica exposición en el Palazzo Strozzi permite revisar algunos tópicos sobre un pintor que con perezosa simplicidad ha sido presentado como un simple manierista.  Ciertamente, se había formado en el taller de Jacopo Pontormo, donde adquirió el gusto por las formas extravagantes y los colores pastelosos. Pero empezó pronto a buscar su camino. En 1530, durante el asedio de Florencia por las tropas de Carlos V, se trasladó Pesaro. Allí trabajó para la familia Della Rovere. Cuando regresó dos años más tarde era un pintor nuevo. Había encontrado lo que Tiziano buscaba: el modo de persuadir al espectador a través de unas imágenes que, tras la engañosa apariencia de simplicidad, escondían poderosos mecanismos de persuasión al servicio de la dignidad de los retratados.

Sin duda, el epítome de este lenguaje fue el retrato de Leonor que pintó durante el verano de 1545 y que constituye el eje de la exposición.  Se trata ante todo de un retrato de Estado destinado a transmitir los valores ejemplares del poder y exaltar su funcióncomo genetrix.  A pesar de sus 23 años, Leonor era ya madre de cuatro hijos, aunque aquel sobre el que posa su brazo en este retrato no es el heredero, Francesco, sino Giovanni, el tercero. La elección no era caprichosa.  En los planos familiares, el niño estaba destinado al solio pontificio. A los cinco años recibió las órdenes sacerdotales y a los quince fue creado cardenal. Pero a los diecisiete murió.

Rango y dignidad

Bronzino no dudó en sacrificar la personalidad de Leonor en aras del rango y la dignidad. Su posición erecta, la supresión del brazo del asiento, la inclusión de la parte inferior del vestido por debajo de las rodillas y el abajamiento del punto de vista del espectador producen el doble efecto de inmediata proximidad y de inaccesible monumentalidad. Por supuesto, había contemplado la Gioconda y aprendido a crear iconos. Como en el retrato de Leonardo, la duquesa muestra el rostro ligeramente vuelto hacia la izquierda, está sentada sobre un cojín, en un espacio abierto sólo segmentado por un pequeño murete y un paisaje en lontananza. La diferencia principal entre ambas pinturas radica en la atención obsesiva que Bronzino prestó al vestido, concebido como símbolo del poder. No se pierdan la experiencia de verlo en alta definición. wwww.haltadefinizione.com/magnifier.jsp?idopera=13&lingua=it.

El tejido es un verdadero mensaje publicitario de la recuperación de la industria florentina de la seda promovida por el duque. Sobre un fondo de raso blanco destaca la decoración a base granadas cosidas en brocado de oro. Una de ellas, engastada en el centro del corpiño, se erige como un emblema de la fertilidad de Leonor y la unión de pareja ducal, empleado también en España para representar la unión de los reinos. No es la única alusión al origen de la duquesa. Ahí están los arabescos de terciopelo negro que evocan tradiciones españolas de prodecencia musulmana, el escote cuadrado adornado con una redecilla de perlas, la cofia que le recoge el cabello o la camisa de seda blanca asomando por las mangas. Y sus joyas preferidas: los pendientes de gota, dos grandes collares de perlas de uno de los cuales pende un espectacular diamante y la cinta de oro con engastes tallada probablemente por Cellini.

Cuando murió en 1562, abatida por una tuberculosis pulmonar, nadie dudó en considerarla como la matriarca del linaje que regiría los destinos de Florencia y la Toscana durante los siglos siguientes. Algunos fueron más lejos. Con ella, pensaron, había nacido un lenguaje visual que en el futuro prestaría impagables servicios a príncipes y monarcas de toda Europa, cada vez más conscientes de que el uso de la fuerza era insuficiente para hacer respetar su autoridad. Bronzino había adelantado algunos de los descubrimientos que Tiziano realizaría años después.

Joan-Lluís Palos

La Vanguardia 12.01.2011

La entrada en vigor de la nueva regulación que impide fumar en espacios de uso colectivo, sean públicos o privados, se ha desarrollado en un clima de normalidad. La convivencia -aliñada con inocentes puyas al parroquiano que lleva fumado treinta años en la misma barra de bar- ha sido la tónica general frente a unos irrelevantes incidentes.

“Las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial, a sentir y a vivir cada uno a su manera.” Compartimos hasta la médula esta afirmación de Vasili Grossman en  “Vida y destino”. Sin embargo, este principio que Grossman defiende frente a quienes lo ponen en peligro en nombre de una raza, un Dios, un Partido o un Estado, tiene hoy un nuevo y formidable enemigo: el individualismo egoísta convertido en una nueva religión-ideología en la que se mezclan el ultraliberalismo, la acracia postmoderna de derechas, la desfachatez y la hipocresía. Nos referimos a quienes reniegan de lo público porque implica esfuerzo fiscal, pero no aborrecen ninguno de sus servicios, prestaciones o subvenciones. A quienes desconfían de la ley cuando creen que puede perjudicarlos, pero exigen su rigurosa aplicación cuando intuyen que les favorece….Algunos de ellos han levantado su voz –eso sí, cautelosamente-, durante estos días.

A nosotros la entrada en vigor de la ley nos ha cogido en un Montblanc que está en camino de convertirse en la capital catalana de la Toscana. Disfrutamos en la Fonda dels Àngels de unas sublimes seques amb cansalada. Lo hacemos, sin humo, en un ambiente honesto y acogedor. Y como no podemos rematar la faena paladeando el aroma del tabaco, nos desquitamos fumando mientras atravesamos el Carrer Major hacia el Pont Vell. Porque la alternativa no es ocupar las terrazas, como defienden algunos, sino recuperar el paseo, monologado o dialogado según las circunstancias y el estado del espíritu.




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