Archivo de marzo de 2011

Tenía una deuda pendiente con Don Eduardo Dato después de haberlo retratado en este blog a través de una no muy amable descripción de Amadeu Hurtado. Y al comprobar ayer en la sesión de control cómo el  PP volvía  a utilizar la lucha antiterrorista contra el Gobierno me ha parecido que era el momento adecuado para hacerlo. 

Eduardo Dato representa lo mejor de la tradición conservadora española. Su compromiso social (¡Llegó a ser acusado de socialista!) le convirtió en un pionero de nuestra legislación social –Ley de Accidentes de Trabajo, Ley de Descanso Dominical…- y le originó no pocos quebraderos de cabeza en el seno de su propio partido. En el por entonces denominado “problema catalán” tuvo una posición constructiva en las antípodas de sus actuales herederos políticos. De hecho, un Decreto-Ley de 1913 y un simple Real Decreto de 2 de Agosto de 1920, ambos de Gobiernos presididos por Dato, fueron la base legal de la exitosa experiencia de la Mancomunitat de Catalunya.

Brillante abogado, equilibrado en todos los ámbitos de su vida, sereno, moderado y respetado por correligionarios y adversarios, lo fue todo en la España de la Restauración.  El 8 de marzo de 1921, cuando siendo presidente del Consejo de Ministros se trasladaba del Senado hacia su domicilio, fue asesinado a la altura de la Puerta de Alcalá. Un final trágico que había compartido como premonición con sus colaboradores más íntimos y que había asumido con entereza. 

Desde los mismos escaños que ocupó Eduardo Dato, el señor Gil Lázaro dio ayer un paso que no tiene vuelta atrás. Utilizó la propaganda de ETA para atacar al Gobierno de España que más cerca está de acabar con esta banda criminal. Con Eduardo Dato al frente, una oposición conservadora en la Cámara estaría al lado del Gobierno frente a ETA. Con Mariano Rajoy, que a duras penas alcanza el nivel de Romero Robledo, el PP ha pasado de creerse y utilizar las mentiras de Bush a creerse y utilizar las mentiras de ETA. Siempre en contra de los españoles.

Tres ideas distintas de España

Se debería cumplir el derecho a relacionarse por escrito en catalán con la Administración

EL PERIÓDICO, 23.03.2011

La proposición de reforma lingüística del Congreso de los Diputados presentada por CiU, PNV, ERC e IU-ICV reabrió ayer el debate sobre cuál debe ser el uso del catalán, el vasco y el gallego en las Cortes Generales. Contra lo que pueda parecer, no es una polémica antigua, ya que hasta la octava legislatura, la que se inició con la victoria del PSOE en el 2004, ningún grupo parlamentario pretendió cambiar el régimen lingüístico del Congreso.

Hoy sorprender saber que durante 26 años no se produjo ningún debate sobre la cooficialidad de las lenguas, y que en ninguno de los cuatros intentos de reforma del reglamento del Congreso se incluyó esta cuestión. Las dos fuerzas políticas nacionalistas que siempre han contado con un grupo parlamentario propio en Madrid y, por tanto, con mayor capacidad de iniciativa, CiU y PNV, no parecían hasta entonces sentirse incómodas.

Desde el lamentable incidente que enfrentó al entonces presidente del Congreso, Manuel Marín, con el republicano Joan Tardà y que dio al traste con una fórmula que permitía el uso breve de las otras lenguas en los plenos, esta cuestión se encuentra en un punto muerto. Porque más allá del argumento populista sobre su coste económico, el debate enfrenta tres concepciones diferentes de España.

Por un lado, el grueso del PP y un sector minoritario del PSOE piensan que España es una realidad uninacional, y que no tiene sentido dar cabida a las otras lenguas en las instituciones comunes del Estado.

Por otro, las fuerzas nacionalistas periféricas que afirman que España es únicamente un Estado plurinacional y niegan al castellano la posibilidad de encarnar de algún modo el proyecto común. Por ello defienden que se han de poder hablar todas las lenguas oficiales en todos los niveles de las instituciones del Estado, no solo en el Senado sino también en el Congreso.

Y, finalmente, se sitúan aquellos que creen que la lectura más acorde con la Constitución es interpretar que España es una nación de naciones. Esta es la posición que defiende el PSOE y sobre todo el PSC. Dicha postura sostiene que todas las lenguas oficiales han de poder utilizarse con absoluta normalidad en el Senado, tal como ya está ocurriendo desde la entrada en vigor de la reforma del reglamento aprobada en febrero del 2010, y que ha dado lugar a algunos comentarios burlescos sobre el uso del pinganillo por parte de la derecha lenguaraz. Dicha fórmula parte de la base de que el Senado es la cámara de representación territorial, un espacio de expresión de la diversidad cultural y lingüística. En cambio, considera que en el Congreso únicamente hay que dar una entrada simbólica a las otras lenguas, ya que el castellano desarrolla aquí un papel de lengua común. Ayer por la tarde la referida proposición presentada por los nacionalistas fue rechazada, pero urge salir de este punto muerto, empezando por hacer efectivo en el reglamento del Congreso el derecho que ha reconocido el Tribunal Constitucional de que los ciudadanos puedan relacionarse por escrito, en catalán, con todos los órganos de ámbito estatal.

Joaquim Coll, historiador

Con sólo tres votos en contra hemos aprobado hoy en la Carrera de San Jerónimo nuestra participación  en la Operación  Internacional  en Libia. En palabras del Presidente del Gobierno: “…España asumirá su responsabilidad como miembro activo de la Comunidad internacional; como miembro activo de una Comunidad de derecho que, con esta decisión, ha dado un paso de relevancia histórica: fijarse con toda claridad la tarea de proteger a un pueblo, en este caso, el pueblo libio, de la amenaza que representan sus actuales gobernantes, y facilitarle la realización de sus aspiraciones de autogobierno.” Lo hacemos en aplicación de la Resolución 1973 de la ONU que establece un uso de la fuerza limitado con condiciones y sin invasión del país. 

Toda intervención militar en un conflicto armado supone un mayor o menor riesgo. Un riesgo que, en este caso, es inferior al que padecía la población civil que era atacada por carros de combate y bombarderos. Un riesgo y un mensaje mucho menos negativo que el que hubiéramos enviado con nuestra pasividad a los pueblos que en el Norte de África se han puesto en marcha para conquistar la democracia y la libertad. ¿Es posible vivir en la sociedad del riesgo sin asumir riesgos? Tal vez. Pero lo que es imposible es comprometerse pretendiendo permanecer inmaculado.

 “N’hi ha que per menys de redimir  tota la humanitat no s’hi posen” escribió Joan Sales en sus “Cartes a Màrius Torres”. Con nuestra participación en la Operación Internacional en Libia no vamos a redimir a la humanidad, pero vamos a impedir, en la medida de nuestras posibilidades, que Gadafi haga la guerra a su pueblo. Lo que no supieron o pudieron impedir en España las amilanadas democracias europeas hace más de 70 años.

José Blanco, Ministro de Fomento, presentó ayer en Barcelona el proyecto de corredor ferroviario mediterráneo. Lo hizo en el lugar adecuado -el Saló de Cònsols de la Llotja de Mar- acompañado por representantes de las Comunidades Autónomas por la que discurrirá su trazado. El compromiso presupuestario alcanza los 51.300 millones de euros, de los cuales 25.400 están destinados a ejecutar el tramo Portbou-Almería antes del 2020.

Las crisis económicas (y la que estamos padeciendo es de envergadura) nos obliga a todos a fijar prioridades, a repensar lo que hacemos y cómo lo hacemos. También a las Administraciones Públicas. En este contexto, que el Ministro anunciara ayer que se adelanta al 2013 el tramo de velocidad entre Valencia y Tarragona es, en sí mismo, la confirmación de que estamos ante una apuesta de fondo. (Somos conscientes que en nuestro país hay profesionales de la desconfianza y el recelo que, casualmente, son unos virtuosos en el arte de mirar hacia otro lado cuando la realidad no les da la razón).

 “Esta es la España que queremos: una España sin kilómetro cero” afirmó el Ministro Blanco ayer en Barcelona. Y dijo más: “Tenemos la herencia de un Estado hipercentralizado. Son 500 años contra 30 de estructura democrática descentralizada”. La España sin kilómetro cero es la España capaz de aprovechar al máximo las potencialidades de un territorio –desde Portbou a Algeciras- en el que vive el 40% de la población española y donde se genera el 48% del PIB. Una España, por cierto, que constituye un proyecto atractivo para la sociedad catalana y que no impide que algunos sigan deambulando -entretenidos, apasionados o simplemente diletantes- por el laberinto conceptual “dels Països Catalans”.

Debate de la moción de CIU sobre la actual orientación de la política de transporte público

Los tiempos de crisis son tiempos, o al menos deberían serlo, en los que todos tenemos la obligación de analizar sin prejuicios lo que hacemos, su sentido y la posibilidad de hacerlo de otra manera. El Grupo Socialista se congratula de que el debate sobre el transporte público impulsado por don Pere Macias con su interpelación del pasado miércoles sea un debate que, con el concurso de todos, contribuya a analizar la orientación que debe tener la política de transporte en España en el contexto de la crisis económica que todos estamos padeciendo. No un debate, por cierto, en el que la crisis económica es utilizada como flagelo partidario, relegando el tema a una cuestión de segundo plano. Ustedes ya me entienden, señorías.

La pregunta que estamos obligados a hacernos es: ¿en qué medida la crisis económica influye sobre nuestra política de transporte? Y la respuesta, a juicio de este diputado, no ofreced dudas, la crisis económica confirma y nos obliga a acelerar en la medida de lo posible la apuesta por la movilidad sostenible y concretamente por el transporte público en la medida de lo posible,  porque intentar obviar las limitaciones presupuestarias a las cuales nos obliga la imprescindible consolidación fiscal sería una forma de hipocresía ciertamente grosera. La crisis económica confirma en definitiva que la apuesta por el ferrocarril, el transporte más eficiente desde el punto de vista energético, es una apuesta estratégica acertada para un país como el nuestro. Desde 2004 se han invertido en España 50.000 millones de euros en transporte ferroviario. España ha apostado inteligentemente por el liderazgo en la alta velocidad ferroviaria y por las múltiples rentabilidades que este liderazgo conlleva en términos de la mejora de la competitividad, de preservación ambiental, de calidad de vida y de reequilibrio territorial. Lo que resulta chocante es que, al hablar de la rentabilidad del AVE, a nadie se le haya ocurrido preguntar, por ejemplo, a los 17 millones de viajeros que han visto reducir en más de un 40 por ciento el precio medio de transporte entre Barcelona, Zaragoza y Madrid. Por no hablar de las dificultades que algunos tienen para contabilizar los 141 millones de euros de ahorro energético anual que ha supuesto esta línea de AVE. Esta apuesta por la alta velocidad está acompañada, en primer lugar, por la que se está realizando en el transporte de mercancías a través de un plan para conectar mediante este tipo de transporte nuestros puertos y principales nudos logísticos y, en segundo lugar, por el impulso de los servicios de cercanías a través de planes específicos para las principales áreas metropolitanas de nuestro país.

Hemos hecho mucho y queda mucho por hacer y en ese sentido está orientado el contenido de la enmienda que mi grupo ha acordado con el grupo proponente. El Gobierno socialista es un gobierno firmemente comprometido con la sostenibilidad, y especialmente con la movilidad sostenible. Sin ir más lejos, mañana mismo el ministro de Fomento presenta en Barcelona el estudio del corredor ferroviario mediterráneo. Dicho compromiso resiste sin dificultad la comparación con gobiernos anteriores, pero no es el momento de hacer comparaciones, no es el momento de mirar hacia atrás, es el momento de mirar hacia el presente y hacia el futuro, la propuesta que hoy hacemos es una apuesta positiva, es una apuesta constructiva, es una apuesta que va en mejora del transporte público.

Muchas gracias.

La conciencia perdida del peligro

“Cualquier desastre supone una buena ocasión para criticar la confianza en la técnica y en el progreso”

EL MUNDO, 15.03.2011

En estos momentos, a menudo uno tiene la impresión de estar asistiendo al fin del mundo en directo. Llegan hasta nuestras casas las imágenes del terremoto, del maremoto y de los incendios desbocados que están acabando con tantas vidas humanas en Japón. De pronto, ante la naturaleza -tan domesticada, atacada y explotada- nos sentimos como los liliputienses ante Gulliver. El cielo se incendia y las olas derriban enormes edificios como juguetes, mientras automóviles y trenes desaparecen como cohetes. Pero así es esta naturaleza a la que, a menudo, se enfrentan los hombres -unas veces con la arrogancia del dominador, otras con la angustia y la humildad del culpable despilfarrador-, como si ellos mismos no formasen parte de ella, como si no fuesen también ellos naturaleza. Junto a los animales, a las plantas y a las aguas.

Las catástrofes naturales inducen también a menudo a cavilaciones y, a veces, a inconscientes y complacientes jeremiadas sobre la castigada soberbia del hombre que pretende dominar la naturaleza y sobre la técnica que acaba con la vida. Cualquier desastre supone una buena ocasión para criticar la confianza en la técnica y en el progreso. El apocalipsis -imaginado, en la tradición como fuego o agua y, ahora, con ambas cosas juntas en el terremoto- provoca un escalofrío de terror en los que, como nosotros, lo contemplan en directo pero desde lejos y a buen recaudo, o al menos pensando estarlo.

Y como suele suceder con el terror, con él se mezcla una ambigua atracción y la acostumbrada advertencia acerca de la debilidad del hombre y de su falta de humildad ante la naturaleza. Todo esto se intensifica aún más ante catástrofes directamente debidas a la responsabilidad humana, a diferencia de carácter más abiertamente natural del terremoto y del tsunami que han asolado Japón y que no parece puedan ponerse en el debe de la insensatez o de la falta de honestidad humanas, como sucede, en cambio, en los efectos desencadenados por la deforestación o por el inframe afán constructor que, en muchas ocasiones -no parece que éste sea el caso en el Japón ahora golpeado- no se preocupa, por incompetencia o por avidez, de las medidas antisísmicas.

El orgullo del hombre que con su técnica somete a la naturaleza parte de un disparate: la contraposición entre el hombre y la naturaleza y la contraposición, igualmente falaz, entre lo natural y lo artificial. Como dice un gran himno a la naturaleza escrito por Goethe -y transcrito por uno de sus seguidores- todo es naturaleza, incluso aquello que, a nuestros ojos,  parece negarla y es, sin embargo, una de sus puestas en escena. Late aquí el mito de una naturaleza pura e incorrupta, cual virgen a la que corrompería cualquier intervención humana. Pero ni siquiera el más puro y sano vino existe en la naturaleza sin la acción del que cultiva las viñas y la vendimia las uvas. Ni los nidos existen sin la acción de los pájaros que los construyen. Los que, como Goethe, tienen un sentimiento profundo de pertenencia a la especie humana, a la naturaleza, saben que el deseo del hombre de construirse una tienda o una balsa no es menos natural que el que impulsa a los castores a construir sus diques para frenar el ímpetu, también natural, de las aguas.

El hombre no está devastando la naturaleza pero, a menudo, comete otro pecado más autodestructivo: está amenazando no a la naturaleza, sino a sí mismo, a su propia especie. Las setas venenosas no son menos naturales que las comestibles. Las llanuras heladas de Plutón no son menos naturaleza que las colinas floridas de la Toscana. Los gases que salen de los tubos de escape de los automóviles no son menos naturales que el perfume de las flores, dado que están compuestos de elementos químicos que forman parte de la naturaleza, de lo creado.  En definitiva, setas venenosas, planetas gélidos y gases tóxicos son letales para nuestra especie. Una especie que a la naturaleza seguro que le importa tan poco como la de los extintos dinosaurios. En cambio, a nuestra especie sí que le interesa. En cualquier caso, todo pertenece a la naturaleza de las cosas. De rerum natura.

La técnica no puede ser, pues, demonizada como un pecado contra la naturaleza. Es su desmesura, su abuso, a menudo insensato y demente, el que hay que denunciar. No con los tonos de la apocalíptica condena de las miserias del hombre, sino con la claridad de la razón, que no tiene por qué inclinarse ante la naturaleza -de la que y de cuya evolución forma parte-, sino darse cuenta de sus propios límites, perseguir el progreso sin pensar con arrogancia que es ilimitado, y enfrentándose a todos los problemas que, a menudo, esa actitud crea e intentando comprender, una y otra vez, cuándo es necesario proseguir y cúando detenerse o incluso dar algún paso atrás siempre que sea posible.

Advertir los posibles peligros es lo que nos falta. Incluso viendo las imágenes de la tragedia japonesa nos quedamos tranquilos, estúpidamente convencidos de que algo similar no nos puede acontecer, por muchos horrores antinaturales que podamos cometer. De la misma forma, cuando muere alguien, de cáncer o de infarto, pensamos que a nosotros no nos va a pasar. Esta protección inconsciente ante el peligro caracteriza no sólo a los individuos, sino también a las culturas y las sociedades, seguras de ser inmortales. Incluso las civilizaciones tienen en sus endorfinas, las drogas que las protegen de la ansiedad que provoca el saber que, un día u otro, hay que morir.

No sé-y no tengo competencia alguna para saberlo o entenderlo- si el peligro representado por la rotura del circuito de enfriamiento del reactor nuclear japonés y por la explosión radioactiva es la prueba de la equivocación de construir centrales nucleares en general o si, en cambio, indica, como creo -pero sin certeza alguna dado mi ignorancia en la materia-, el peligro siempre presente en cualquier actividad humana.

En su artículo, tan vigoroso como convincente, publicado en el Corriere, Massimo Gaggi puso en evidencia la racional y férrea voluntad demostrada por Japón en la búsqueda del crecimiento, sin desafiar a la suerte, consciente de los riesgos y preparado para afrontarlos. En general, la actitud y el comportamiento de los japoneses en estas circunstancias ofrecen una evidente prueba de valentía, de la firmeza y de la calma con las que el hombre sabe, a veces, hacer frente al desastre.

Esta dignidad y esta fuerza moral no tienen nada que ver con la soberbia prometeica de los que piensan, con alegre inconsciencia, poder desafiar impunemente el equilibrio necesario para la especie, pensando que esa forma de la naturaleza que llamamos técnica puede separarse de su antigua madre, es decir, de la totalidad que la ha generado y la engloba, como una rama que pretendiese renegar del árbol del que ha crecido e instalarse por cuenta propia.

Si tantas reacciones antitecnológicas -incluidos ciertos tonos del pathos antinuclear- parecen irracionales, mucho más irracional es todavía la complacencia con la que, en nombre de un progreso que así deja de ser tal y de una autosuficiencia cientista convencida de que la ciencia es Dios, se destruyen bosques, se despilfarran energías, se acaba con los recursos, sin pensar en cómo va a nutrir la Tierra a un número cada vez más insostenible de hambrientos y  cómo vamos a poder vivir en un planeta cada vez más diferente de aquel al que esté acostumbrado nuestra especie.

Existe en la raza humana una presunción de eternidad que la convierte en irresponsablemente derrochadora de la vida y que atenta contra una posible transformación de sí misma. Estudios serios hablan de un próximo futuro cyborg,  de hombres híbridos de cuerpos humanos y chips electrónicos. Es teóricamente posible un mundo sólo de mujeres, capaces de reproducirse sin la intervención de un hombre. La ingeniería genética promete -o amenaza- seres humanos radicalmente diferentes de nosotros, tanto que puede que sean difícilmente definibles como nosotros.

Quizás esté en marcha una radical transformación de nuestra especie, destinada a cambiar nuestra forma de ser y de sentir. En un mundo en el que naciesen solo mujeres de mujeres, sería, por ejemplo, difícil de entender un Héctor que juega con Astianacte esperando que sea mayor que él o la pasión de Pablo y Francisco, cosas sin las cuales no seríamos lo que somos.

Es cierto que las especies siempre se transformaron y siguen haciéndolo. Pero, a diferencia del proceso que llevó de los organismos unicelulares (o de los fragmentos del Big Bang) a Marilyn Monroe,  la transformación de nuestra especie se realiza en períodos de miles de millones de años.

Esta eventual transformación -irracionalmente temida o vilipendiada- nos dolería más que nuestra muerte individual, porque nos conforta creer que , después de nosotros, habrá niños como nuestros hijos, mujeres y hombres amables como las personas a las que hemos amado. La fuerza, la calma, la dignidad con la que hoy los japoneses afrontan la gravísima catástrofe que les ha azotado demuestran que el hombre clásico, tal y como lo conocemos desde hace milenios,  no ha sido todavía superado -como proclamaba Nietzche, esperándolo y al mismo tiempo, temiéndolo- y sigue dignamente en su puesto.

Claudio Magris, escritor

El relevo de Occidente

El fondo de la cuestión es que Occidente ya no puede, como antaño, explotar los recursos del resto del mundo

LA VANGUARDIA, 12.02.11

Durante cinco siglos -desde el Renacimiento a nuestros días- Occidente (es decir, Europa y más tarde EE.UU., la “Europa sin catedrales”) ha venido ejerciendo su hegemonía sobre el mundo de forma creciente, hasta que en los últimos tiempos, ha visto progresivamente erosionada su posición de privilegio. Su cultura antropocéntrica (fundada en la filosofía griega, el derecho romano y la teología cristiana), unida a las condiciones mínimas de seguridad jurídica que se dieron en el Viejo Continente a partir del siglo XV, hicieron posible el despegue económico europeo por delante de las demás potencias coetáneas pertenecientes a otras áreas culturales. Este desarrollo alcanzó su clímax con la explotación colonial de buena parte del mundo y la Revolución Industrial. Paralelamente, en el siglo XVIII, se produjo en Occidente la revolución cultural conocida como Ilustración,  a resultas de la cual -según Todorov- “por primera vez en la historia los seres humanos deciden tomar las riendas de su destino y convertir el bienestar de la humanidad en objetivo último de sus actos”. En la base de este proyecto ilustrado confluyen tres ideas de incalculables consecuencias: 1. La autonomía de la voluntad, por la que la persona se emancipa de antiguas tutelas -la tradición-, de modo que lo que debe guiar la vida de la gente ya no es la autoridad del pasado, sino un proyecto de futuro. 2. La finalidad humana de nuestros actos, por lo que este proyecto de futuro ha de dar sentido a nuestra existencia terrenal: la búsqueda de la felicidad sustituye a la búsqueda de la redención. 3. La universalidad de los derechos, pues todos los seres humanos, por el mero hecho de serlo, poseen derechos inalienables, de lo que se desprende que, si todos poseen idénticos derechos, todos son iguales: la igualdad de la persona deriva de la universalidad de sus derechos.

La primera grieta en esta hegemonía de Occidente fue consecuencia de las dos mal llamadas guerras mundiales, que asolaron Europa durante la primera mitad del siglo XX y que fueron, en realidad, unas guerras civiles europeas, fruto de la exaltación romántica del concepto nación (una auténtica involución desde una perspectiva racional) unida al imperialismo económico en que mutó el capitalismo. Tras ellas, el cetro imperial pasó a manos de Estados Unidos. Mediado el siglo XX, Europa había perdido su hegemonía militar: el canto del cisne del uso de la fuerza en defensa de sus intereses fue el derrocamiento en Irán del dr. Mosaqed, el año 1953, con el regreso del sha y la recuperación por la Anglo-Iranian Oil Company -luego British Petroleum- de los yacimientos petrolíferos iraníes. Pero, aquel mismo año, el ejército regular francés sitiado en Dien Bien Phu había caído derrotado por los guerrilleros vietnamitas mandados por el general Giáp. Y tres años más tarde -en 1956-, la fuerza franco-británica que, con la ayuda de Israel, había ocupado el canal de Suez tras su nacionalización por el coronel Naser, tuvo que retirarse por imposición de la ONU.

Medio siglo después -en 2008-, se ha abierto la segunda grieta en la hegemonía occidental, esta vez en el campo de la economía. En efecto, la crisis que padecemos no es -en su origen y en sus consecuencias directas- una crisis mundial, sino una crisis de Occidente: de EE.UU. y de Europa. En el bien entendido de que esta crisis va mucho más allá de su estallido financiero, pues tiene sus raíces más hondas en la subida de los precios de las materias primas, la energía y los alimentos, a consecuencia de la irrupción -en un mundo globalizado- de los países emergentes. Occidente ya no puede, como antaño, explotar los recursos del resto del mundo, al que luego vendía sus productos manufacturados. Este es el auténtico fondo de la cuestión, y no la debacle financiera, que ha sido sólo la consecuencia inmediata de la pérdida de valores (credibilidad, sentido del trabajo y compromiso) que experimentan en las comunidades decadentes, en las que no falla el mercado sino los mercaderes.

Occidente será muy pronto relevado en su secular hegemonía. ¿Es esto una derrota? No; es, en realidad, el triunfo de una idea que alumbró la Ilustración europea: que todas las personas tienen los mismos derechos, razón por la que todas las personas son iguales. Y, si son iguales, también tienen idéntico derecho a buscar su felicidad aquí en la tierra. El mundo globalizado es el escenario en el que se hace efectiva esta igualdad, y ya no valen privilegios: estaos son sustituidos por la competencia.

Jean Daniel escribía hace poco que “estamos abordando una era posoccidental”, y añadía que Occidente está a punto de verse privado de su superioridad “en nombre de valores que no son los suyos”.  Estoy de acuerdo con su primer aserto, pero no con el segundo: algunos de los valores que dan sentido a la globalización -como la universalidad de los derechos y la igualdad de las personas- son aportación de Occidente, aunque otras civilizaciones los compartan.

Juan-José López Burniol

La cuarta ola democratizadora

¿Es la influencia otomana la que predomina en las luchas democráticas de Túnez, Egipto y Libia?

EL PAÍS, 11.03.2011

El derrumbe del régimen de Gadafi reafirma la percepción, inaugurada con las caídas previas de las dictaduras tunecina y egipcia, de que estaríamos asistiendo al ascenso de la cuarta ola democratizadora, difundida esta vez por efecto dominó entre los sistemas coloniales surgidos de la disolución del antiguo Imperio Otomano.

El concepto de ola democratizadora fue acuñado por el politólogo Samuel Huntington, cuyas posiciones ultraconservadoras no le impidieron ejercer considerable influencia por el efectista impacto de sus metáforas retóricas, de entre las que el famoso choque de civilizaciones es sin duda la más polémica. En cambio, su libro La tercera ola (Paidós, 1994) fue bien recibido, pues en él periodizaba en tres grandes ciclos el proceso histórico de institucionalización de la democracia representativa. Cada ciclo se compone de una ola prodemocrática seguida de otra contraola antidemocrática, y su cronología es la siguiente.

Primera ola de instauración de las democracias liberales primitivas, entre 1828 y 1926, interrumpida por la primera contraola del fascismo de entreguerras, de 1922 a 1942. Segunda ola de democratizaciones impulsadas por el triunfo de los aliados en la II Guerra Mundial, entre 1943 y 1962, a la que siguió la segunda contraola de revoluciones tercermundistas y contrarrevoluciones golpistas de 1958 a 1975. Y tercera ola democratizadora propagada por las transiciones que se produjeron sucesivamente en el sur de Europa, en América Latina y en el este de Europa entre 1974 y 1989, que se quebró por la tercera contraola iniciada en la plaza de Tiananmen y proseguida por las guerras balcánicas, momento en el que Huntington publica su libro. Pues bien, un tiempo después, cuando los anglosajones optaron por invadir Afganistán e Irak para recuperar su hegemonía imperial, tras el golpe simbólico sufrido con los graves atentados de septiembre de 2001, decidieron legitimar su aventura mediante la retórica justificadora de la exportación de la democracia. Y para ello contaron con el concurso de ideólogos como Huntington, que no dudaron en defender la democratización manu militari de Irak como el inicio de una posible cuarta ola democratizadora, esta vez a extender por el Medio Próximo musulmán. Al fin y al cabo, la segunda olademocratizadora también fue impuesta manu militari a Italia, Alemania y Japón, y a pesar de eso la operación tuvo bastante éxito institucional. Por tanto, ¿por qué no habría de salir bien una operación análoga en Oriente Próximo? No obstante, la invasión de Afganistán e Irak no fue el paseo militar esperado, y su resultado ha sido que las democracias allí impuestas por la fuerza son de momento meras fachadas fallidas, que no consiguen ocultar una realidad hobbesiana-en absoluto democrática. De modo que la idea de una cuarta ola pronto fue abandonada. Pero todo ha cambiado ahora, cuando primero Túnez, después Egipto y ahora Libia están experimentando sendos procesos revolucionarios claramente prodemocráticos, que están significando la caída de sus respectivos regímenes dictatoriales. Por lo tanto, ahora parece que esta vez va en serio, pues por fin está naciendo y cobrando impulso la cuarta ola democratizadora.

¿Cuál es el principal motor del cambio que impulsa la propagación transnacional de una oleada democratizadora? ¿Por qué se difunde con preferencia a ciertos países vecinos más que a otros? Sin despreciar otros factores evidentes, como las transformaciones económicas y sociales, el efecto demostración transmitido por los medios masivos o la exigencia democratizadora del entorno internacional, que tan eficaces fueron para impulsar la tercera ola, Huntington optó por destacar la influencia prioritaria y para él decisiva del factor religioso. Por eso llamó ola católica a la que democratizó a partir de 1975 primero la península Ibérica, después el continente sudamericano y por fin Polonia. Y de ser acertada esta interpretación idealista, deberíamos pensar que ahora es el islam, tras el catolicismo, el que se estaría democratizando.

Ahora bien, ¿no le estaremos dando una importancia excesiva a la religión? ¿Seguro que acertó Huntington al hacer del factor religioso el más decisivo de todos? ¿Y si la religión no hace más que manifestar ritualmente la influencia de otros factores, como son las divisorias culturales y geográficas heredadas de la historia? ¿Cómo explicar que esta cuarta ola se propague sobre ciertas áreas musulmanas con preferencia sobre otras que se resisten a dejarse contagiar? ¿Cuáles son los factores epidemiológicos que favorecen la difusión del virus democratizador?

Hasta ahora, la rebelión ha prendido con rapidez en una zona muy delimitada (Túnez, Libia, Egipto) cuyas características comunes son las siguientes: religión musulmana suní, cultura árabe dominante, pertenencia al Imperio Otomano durante siglos y experiencia colonial reciente bajo dominio europeo. En cambio, en los países en que la rebelión no ha logrado cobrar el mismo vigor, aunque también sean árabes y musulmanes, faltan sin embargo el tercer y cuarto factor: la dominación otomana y la experiencia colonial europea. ¿No serán, por tanto, estas dos últimas características las que canalicen en mayor medida la propagación de la epidemia democratizadora? Y de entre ambas, ¿no será la influencia otomana la que predomine sobre la europea?

De ser esto así, cabría plantear la hipótesis de que, una vez fracasado el modelo iraní, el éxito actual del modelo turco es el más determinante para explicar el contagio de estacuarta ola, que por tanto no sería tanto una ola islámica o una ola árabe como una ola otomana. Con ello me refiero al área cultural delimitada por las posesiones históricas del Imperio Otomano, con capital en Estambul desde 1453 hasta 1923. Un espacio geográfico institucional que por el este alcanzó el actual Irak sin penetrar en Irán, mientras por el oeste magrebí solo llegó hasta Túnez, sin dominar Argelia ni menos Marruecos. Y de ser cierta esta interpretación, Siria, Líbano, Jordania, Palestina, Yemen, Omán e incluso Arabia Saudí serían más susceptibles de contagio, pero no tanto el resto del área arábigo-musulmana. De todas formas, lo que sí explica bien esta hipótesis de continuidad histórica del factor otomano es la creciente influencia política que el actual régimen turco (una democracia de tercera ola hoy plenamente homologable y consolidada, con liderazgo del islamismo moderado) ejerce sobre todos los países dominados en el pasado por la hegemonía cultural y política de Estambul.

En cualquier caso, si es que llega a florecer y consolidarse, habrá que felicitarse de que por fin se produzca esta cuarta ola de democratización, ya sea islámica, panárabe u otomana. Con ello ascenderá otro peldaño la democratización de la democratización: un lujo hasta 1945 solo al alcance de la élite WASP del planeta, del que las demás poblaciones occidentales (las clases medias del globo terráqueo) no empezamos a disfrutar más que hace un tercio de siglo con la tercera ola. Ya es hora, pues, de que el resto de poblaciones, las clases bajas de la globalización, comiencen a participar también de la democracia, para culminar por fin el ideal de la igualdad política a escala global: hoy se incorporan las masas egipcias, y esperemos que también puedan hacerlo pronto las chinas. Pero esta democratización global también nos deja un punto de melancolía, pues cuando ahora los recién llegados se entusiasman con la celebración de su libertad, nosotros, los occidentales, cada vez más defraudados, nos lamentamos por la ínfima calidad de nuestras democracias defectivas. Por eso, en contraste, ¡qué envidiable nos parece su efervescencia cívica pendiente de estrenar!

Enrique Gil Calvo, catedrático de sociología de la Universidad Complutense de Madrid

Aprovechar la hora de comer para visitar un Museo o una Galería de Arte ofrece una doble ventaja: contribuye a la siempre necesaria –pero nunca urgente- contención calórica y permite disfrutar del espectáculo visual en cuestión en régimen de práctica exclusividad. Así lo hicimos ayer dejándonos caer en la exposición sobre Jean-Léon Gérôme que el Thyssen-Bornemisza acoge hasta el próximo  22 de mayo.

El conocimiento superficial que teníamos de Gérôme quedaba más que compensado por esa aureola de ser el último de una estirpe –el academicismo- frente a los nuevos vientos impresionistas que barrían el escenario de la pintura europea. No nos incomoda reconocer la especial atracción que tenemos hacia este tipo de personajes –a caballo entre lo trágico, lo épico y lo melancólico- que están destinados a poner un punto y final a una tradición, a un tiempo histórico, Siempre, claro está, que sean capaces de hacerlo –como en el caso de Gérôme- con elegancia y maestría.

Descubrimos el gusto del pintor por recrear los momentos posteriores al acontecimiento histórico en “El Gólgota”  “La muerte de César” o “La ejecución del Mariscal Ney” (este último alejado de un reduccionista  academicismo).   Nos paraliza la mirada de “El bardo negro”. Nos detenemos ante la íntima perfección de “El trabajo de mármol” o “Final de la sesión”. Y prácticamente en la salida, el busto de Sarah Bernhardt o el sobresalto que provoca el lienzo “La verdad saliendo del pozo armada con un azote para castigar a la humanidad” nos confirma que ni siquiera la obra de Gérôme está a salvo de la vida.

En un par de meses el  “gobierno de los mejores” que nos anunció Artur Mas aparece ante la opinión pública catalana como un gobierno “manifiestamente mejorable”. A estas alturas todos hemos aprendido que si hay algo más aventurado que un gobierno formado únicamente por políticos profesionales es un gobierno en el que abundan los profesionales sin ninguna experiencia política.

Coincide esta apreciación con la reaparición de la figura de Josep Puig i Cadafalch como consecuencia de la restitución en Montjuïc de las cuatro columnas que simbolizan las cuatro barras catalanas y que el dictador Primo de Rivera eliminó en 1928. Reconocemos que no tenemos una especial simpatía hacia Puig i Cadafalch desde que supimos que entre sus aficiones estaba la de quemar cualquier obra de Ildefons Cerdà que caía en sus manos, o la maneras humillantes que utilizó con Eugeni d’Ors antes y después de su dimisión y alejamiento de la Mancomunitat que él presidía. Gaziel lo definió como “un dels homes més malcarats i agressius del món, i no cal dir d’aquesta nostra terra, que en té com una mena de marca de fàbrica.” Pero, en cualquier caso, conviene no olvidar o esconder que entre los muchos que fueron, jubilosos, a despedir a Primo de Rivera camino del poder en Madrid estaba Puig i Cadafalch. Y es que, en palabras de Cambó, quien ostentaba entonces la máxima representación institucional de Catalunya era también  “qui més il·lusions s’havia fet amb el cop de Primo de Rivera.”

Al menos, Puig i Cadafalch fue un eminente arquitecto y arqueólogo. Durante sus seis años de President de la Mancomunitat desarrolló una positiva obra de gobierno y –lo que no es baladí- era consciente de sus limitaciones: “Sé ben bé que, potser el meu lloc estaria millor en els bancs de l’oposició o defensant ardidament quelcom a fer que presidint un Consell i portant el desequilibri de les forces diverses aquí congriades.” No se apuren. Los que ahora nos gobiernan en Catalunya no sufren ataques de humildad. Van de “sobraos” y alternan sin rubor la bisoñez con la arrogancia.




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