Archivo de abril de 2011

¿Evitar la guerra lingüística?

La solución es apostar por alumnos trilingües, en catalán, castellano e inglés

EL PAÍS, 30.04.2011

El pasado 22 de diciembre el Tribunal Supremo (TS) dio a conocer tres sentencias que, más allá de resolver sendas reclamaciones particulares, suponen una desautorización del modelo lingüístico-escolar de Cataluña. Se trata del llamado “sistema de inmersión”, que se caracteriza por tener el catalán como lengua vehicular y el castellano como asignatura obligatoria. Según el TS, que interpreta a su manera la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el castellano debe ser “reintroducido” como lengua vehicular en todos los cursos de enseñanza obligatoria, en una proporción que corresponde fijar a las autoridades educativas catalanas. El entonces consejero de Educación de la Generalitat, Ernest Maragall, quitó hierro a este revés judicial, con el argumento de que el Supremo “no anula ni obliga a modificar ningún precepto ni artículo de la normativa vigente”. El argumento es débil, porque tanto Maragall como su sucesora, Irene Rigau, saben que la Ley de Educación de Cataluña (LEC), que pretendía “blindar” la inmersión, está sobre la mesa del Tribunal Constitucional (TC), y después de la sentencia sobre el Estatuto es poco probable que la LEC supere incólume el escrutinio constitucional.

Pregunta: ¿qué pasará si el TC obliga a modificar algún precepto lingüístico de la LEC? El presidente de la Generalitat, Artur Mas, no se anduvo con rodeos: si le obligaran a alterar el sistema de inmersión, “tendríamos un conflicto político de primerísimo orden”. En esta línea, el pasado 7 de abril la Comisión de Educación del Parlamento de Cataluña aprobó una insólita resolución en que manifiesta su “discrepancia” con el TS y llama a la “extensión” de la inmersión. El asunto es lo suficientemente grave como para que intentemos reconstruir un terreno de encuentro.

Además de constituir un tosco ejercicio de extralimitación, suplantar al legislador catalán e ignorar la autonomía de la Generalitat, las sentencias del TS parten de una grave impostura, que consiste en dar por sentado un vínculo necesario entre el deber de conocer el castellano y la consideración del castellano como lengua vehicular, un asunto en el que la Constitución guarda silencio. Esta posición del Supremo choca con la realidad empírica: está perfectamente acreditado que el alumnado catalán alcanza una competencia completa en castellano, aunque en su vida escolar la lengua vehicular sea el catalán. No es necesario ser especialmente sutil para darse cuenta de que detrás de la argumentación del Supremo no hay argumentos estrictamente pedagógicos sino políticos: en España todo el mundo debe recibir (al menos una parte) de la enseñanza en castellano… porque estamos en España.

El carácter vehicular del castellano no es necesario para asegurar su conocimiento entre el alumnado, pero tampoco debería ser dañino para el catalán. En este punto es donde determinadas reacciones catalanas a las sentencias del TS incurren en la sobreactuación. Organizaciones tan respetables como el Centre Unesco, el Pen Club o la Associació de Mestres Rosa Sensat emitieron un comunicado en el que protestan contra las sentencias del TS y llaman a la sociedad catalana a organizarse para responder “a este intento de genocidio lingüístico”. El Supremo considera “inobjetable” la política de normalización del catalán que emana del Estatuto y de las leyes de normalización y solo reclama que el castellano sea también lengua vehicular de un sistema educativo organizado en una sola red escolar que no segrega a los alumnos por razones lingüísticas. Si esto es genocidio ya podemos deshacernos de nuestros diccionarios.

En su discurso de investidura, Mas dijo que su apuesta sería por una escuela catalana y unos alumnos trilingües, perfectamente competentes en catalán, castellano e inglés. En Cataluña se sabe que para garantizar la competencia en inglés no bastará con una asignatura, sino que habrá que introducir el inglés como lengua vehicular. En este punto es donde la solidez de ciertas posiciones catalanas se tambalea: ¿introducir el inglés como lengua vehicular no va a arruinar el sistema de inmersión pero (re)introducir el castellano sí? ¿Dar matemáticas en castellano puede resultar letal pero hacerlo en inglés no? En Cataluña el debate tampoco es estrictamente pedagógico sino que adquiere tintes políticos: independientemente de si existen maneras alternativas de asegurar la competencia en catalán, en Cataluña todo el mundo debe recibir (toda) la enseñanza en catalán… porque estamos en Cataluña.

Como se puede ver, lo que se plantea es un enfrentamiento entre dos postulados mutuamente contradictorios que beben del nacionalismo lingüístico. Si queremos evitar “un conflicto político de primerísimo orden”, solo cabe una solución, que es apostar por alumnos trilingües en una escuela catalana trilingüe, en la que el catalán, en atención al legítimo objetivo de la normalización lingüística, sea el “centro de gravedad” (en la bella expresión del Constitucional), el castellano no quede excluido como lengua docente, y el inglés tenga la presencia necesaria para resolver el gran problema lingüístico que tiene planteado el sistema educativo catalán (y español), que no es precisamente el conocimiento del castellano sino el de la lengua global. A menos, claro está, que deseemosese conflicto político de primerísimo orden.

Abracadabra, pata de cabra

EL PAÍS, 27.04.2011

Duele. Duele que las Cortes catalanas, de ilustre aunque desigual pasado, se frivolicen, que aquella primera Cámara medieval fundada por Jaume I en el siglo XI a la que los historiadores idolatran, se convierta en un escenario de Walt Disney. Se trata de la más importante institución de Cataluña, el Parlament. Su prestigio es el nuestro. Y cuesta, a muchos les saca de sus casillas, transformarse, gracias a la varita mágica de su actual presidenta, Núria de Gispert, en un pueblo de celestiales hadas. Le dieron a elegir y no escogió ser la reina Ermessenda, tampoco salir en la contraportada de este diario disfrazada de pubilla con su redecilla y sus alpargatas. Ella quiso concedernos un deseo y convertir la Cataluña del déficit y los recortes sanitarios en una bella carroza de cristal. Y con dos pares, se vistió de hada madrina.

Su abracadabra no ha acabado de entenderse. Las quejas, los aullidos de miedo al ridículo nacional, se oyen en las panaderías y llegan hasta los más altos despachos. No tienen género. Ni siquiera las señoras se apiadan de su ingenuo deseo. “Que la primera mujer que preside el Parlament nos haga esto…”, suspiran muertas de vergüenza. Los hombres, sin distinción ideológica, toman distancias y aprovechan para recordar a Josep Tarradellas, aquel presidente de imponente presencia a quien nunca vimos sin corbata y que consideraba propio de excursionistas salir a la calle en mangas de camisa.

Entiendo que duela, aunque tampoco es para tanto, que esa jurista tan seria y, como ella misma reconoce, tirando a muy sosa se atreva a aparecer cubierta con una capa de sintéticos brillos y blandiendo una estrella de purpurina. Me admira esa falta absoluta de sentido del ridículo, porque al pueblo catalán, que solo se disfraza en carnaval, exponerse a la risa le da pavor. Los anglosajones son famosos por su extravagancia congénita. Son capaces de vestir faldas de cuadros (ellos) y de colocarse un nido entero de pájaros en la cabeza para ir a las carreras (ellas). Y su príncipe se disfraza de esnob en cada boda real. Sin embargo, en estas tierras el disfraz hay que rodearlo, para ser aceptado, de un aura intelectual o encuadrarlo, como hicimos con los bigotes de Salvador Dalí, en alguna corriente artística. Surrealista. ¡Ah!, vale.

Según el historiador Ian Gibson, “Dalí era como una cebolla escondiéndose detrás de muchos disfraces, siempre aparentando lo que no era”. Dalí, además de esconderse, también se divertía. Espero que Núria de Gispert, inmersa en esa transformación a destiempo, al menos se lo pasara bien. La imagino agarrada a la varita mágica de la hija del fotógrafo, mirando fijamente a cámara. Una mujer sin miedo. Pero sus asesores de comunicación (si los tiene) deben de estar escondiéndose debajo de la carroza de cristal, esperando que pase la tormenta para ir a recogerla al baile. Las críticas caen sobre mojado, después de varios y reiterados errores de comunicación por parte de este Gobierno de los mejores.

Por otra parte, De Gispert no ha sido la primera. Hace algunos años, en La Vanguardia, el presidente Artur Mas se vistió de Sant Jordi. Malla corta y lanza en mano, su recia bota pisaba una araña de mentirijillas. Lo recuerdo con la frente altiva, protegiéndose con su escudo de lo que estaba por llegar, ese largo y duro recorrido por el desierto del tripartito. Mírenlo hoy: presidente de la Generalitat. Y José María Aznar, en aquel momento presidente de la Junta de Castilla y León, apareció vestido de Cid Campeador; al poco, gobernaba España.

Muchos han hecho esta gracia, la de transformarse en lo que siempre quisieron ser. Lo que son en el fondo de su corazón. Chesterton, el escritor británico, lo dijo bien dicho: “Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro. A algunos hombres no les disfrazan, los revelan”. La mayoría de nuestros líderes se revelan triunfando, matando al dragón, expulsando a los moriscos o metiéndonos en guerras que no son nuestras. La presidenta del Parlament quiere ser hada madrina. Pues si he de escoger, y aun admitiendo una primera y mordaz carcajada, prefiero su varita mágica. Lástima que no tenga poderes.

“Suite francesa” debe leerse inmediatamente antes o después de “La agonía de Francia” de Manuel Chaves Nogales.  El ocaso de la civilización francesa ante el avance de las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial visto a través de una lupa de aumento sobre el alma de unos inolvidables personajes y a través de la mirada del cirujano que disecciona –bisturí en ristre- una sociedad en descomposición.  En “Suite francesa” las miserias y cobardías de la huida de Paris, en la que sólo los Michaud mantienen la dignidad, se convierten en la segunda parte del libro en infelicidades compartidas en un pueblo en el que conviven soldados alemanes y civiles franceses.

Retenemos una conversación entre Bruno von Falk y un joven francés:

“- Nosotros –afirma el joven- lo olvidamos todos muy rápidamente. Es nuestra debilidad y, al mismo tiempo,  nuestra fuerza. Después de 1918 olvidamos que éramos los vencedores, y eso nos perdió; después de 1940 olvidaremos que nos derrotaron, lo que quizá nos salve.”

- Para nosotros, los alemanes –responde von Falk- lo que es a la vez nuestro peor defecto y nuestra mejor virtud es la falta de tacto o, dicho de otro modo, la falta de imaginación. Somos incapaces de ponernos en el lugar del otro, lo ofendemos gratuitamente y nos hacemos odiar; pero eso nos permite actuar de un modo inflexible y sin desfallecer.”

Irène Némirovsky, como otros millones de judíos europeos, fue asesinada en un campo de concentración. Producen escalofríos la correspondencia en la que primero ella y después su marido, Michel Epstein –asesinado en Auschwitz- luchan por su supervivencia y la de sus hijas Denise y Elisabeth. En una de esas cartas Epstein escribe al embajador de Alemania, Otto Abetz: “y si bien mi mujer es judía, habla en ellos (sus libros) sin el menor afecto.” En efecto, una de las virtudes de la prosa de Némirovsky es el retrato sin edulcorantes de la sociedad a la que pertenecía: la burguesía judía de entreguerras. ¿Es reprochable que Epstein utilizara este argumento para intentar salvarle la vida? Para nada. Lo único que lamentamos (en estos tiempos en lo que lo que se lleva es criticar a la sociedad de al lado, pero nunca a la propia) es que no lo consiguiera.

La batalla por la identidad

En Cataluña, la mayoría se considera, a la vez y con la misma intensidad, catalán y español

EL PAÍS, 20.04.2011

Que ante una determinada propuesta, un partido político se abstenga en el Parlamento (donde tiene mayoría), mientras vota sí en un referéndum celebrado en la calle, resulta por lo menos insólito. Y sin embargo, es lo que han hecho estos días, frente a la propuesta de secesión de Cataluña, Convergència y su líder, Artur Mas. Y Mas ha explicado que como persona está a favor de la independencia, pero como presidente de la Generalitat, no la puede apoyar. Por un lado el corazón, por otro la cabeza… Y es que en eso, los españoles tenemos un viejo problema: no es fácil entregar nuestro corazón a España.

El franquismo, que en tantas cosas ha desaparecido sin dejar rastro, sigue condicionándonos en cuanto a la identidad nacional. Pues en ese terreno consiguió algo tan provechoso para sí mismo como fatal para el país: monopolizarla. Todavía hoy, la mera palabra “España” o la bandera nos evocan cosas tan siniestras como las arengas de Franco o tan ridículas como la frase de José Antonio “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”. Lo malo es que si ser español no es ser franquista, ¿qué es? La historia, los himnos, las fiestas… todo aquello en lo que podríamos fundamentar un sentimiento de pertenencia nacional, a la hora de la verdad, no nos sirve. El régimen político ha sufrido demasiados bandazos como para representar un santo y seña, al modo en que lo es la monarquía para los británicos o la República para los franceses. El himno es una musiquilla militar sin gracia, sin historia y sin letra. Contrariamente alThanksgiving estadounidense o al 14 de julio francés, nuestras fiestas nacionales son movedizas (18 de julio, 12 de octubre…) o polémicas (los toros). ¿Y los grandes artistas, pedestales del orgullo patriótico en tantos países? También aquí, todo está demasiado políticamente connotado. Santa Teresa fue esgrimida por el franquismo como “Santa de la Raza”; Goya no nos deja olvidar nuestros disparates y desastres; Dalí era embarazosamente franquista; Picasso se hizo francés… Suerte que nos queda Cervantes.

El ahínco con que se le reivindica estos últimos años se debe seguramente a que es uno de los pocos iconos inofensivos de españolidad que quedan.

¿Entonces..? Un libro de la historiadora francesa Mona Ozouf, Composition française,nos hace una propuesta interesante. Nacida en Bretaña en 1931, hija de militantes de la lengua y la identidad bretonas, Ozouf ha vivido toda su vida bajo un dilema a la vez similar y distinto del nuestro. Distinto, porque en Francia la identidad nacional no ofrece duda: se encarna en el 14 de julio, La Marsellesa, el lema “libertad, igualdad, fraternidad”… Pero ¿cómo conjugar esa Francia si bien se mira tan abstracta, más idea que país, con las vivencias concretas? En tanto que bretona y consciente de serlo, Ozouf vive su condición en unos términos excepcionales en Francia (donde los nacionalismos periféricos son casi inexistentes) pero muy representativos, en cambio, de la mayoría de nosotros, que a la vez que españoles nos sentimos catalanes, o asturianos o andaluces.

La alternativa que sugiere Ozouf parece muy sencilla, pero es el resultado de toda una vida elaborando sus dos identidades. Lo que ella propone es vivirlas no como contradictorias, ni tampoco como complementarias: sino que la una -la bretona, hecha de lluvia, de topónimos, de sidra…- sea el contenido concreto que convierta en real, en sentida, a la otra, la francesa, que sin ello resulta excesivamente seca. No se trata, pues, de ser o francesa o bretona, ni francesa pero bretona, ni siquiera exactamente francesa y bretona, sino francesa en tanto que bretona.

Lo cual nos devuelve a la pregunta: ¿cómo podemos ser españoles? Hace algunos años se puso de moda un concepto acuñado por Habermas: “patriotismo constitucional”. Pero si ser español no es nada más que adherirse a la Constitución de 1978, el problema sigue intacto. Entre una fórmula abstracta, por un lado, y las vivencias personales por otro, entre una opción política y el amor a un paisaje… la batalla es desigual y la elección imposible. La Constitución es incolora, inodora e insípida. Las sardanas, el sabor del pan con tomate y anchoas, la gracia intraducible de palabras como bufanúvols… no tienen nada que ver y es imposible que lo tengan con el texto de una ley, por mucha que sea la convicción con que lo suscribimos.

De ese diálogo de sordos entre dos maneras de entender la patria nace un gran malentendido: el de creer que unas vivencias solo pueden tener una determinada traducción política. El monopolio que los nacionalismos periféricos pretenden ejercer sobre sentimientos, paisajes o hitos históricos es el mismo que ejerció el franquismo, secuestrando lo que nos pertenecía a todos. No nos dejemos engañar: podemos elegir ser españoles sin ser por ello menos catalanes; ser catalanes puede ser el contenido concreto, vivencial, que damos a nuestra identidad española. Algo que, por lo demás, la mayoría de los catalanes ya saben, pues el grupo más numeroso de entre ellos, según todas las encuestas, es el formado por quienes nos consideramos, a la vez y con la misma intensidad, catalanes y españoles.

Laura Freixas, escritora

Ante las tragedias –y el tsunami que arrasó el noroeste de Japón lo es en toda su dimensión- no es fácil encontrar el estrecho camino que separa la indiferencia del comentario huero. ¿Hay algo que añadir ante una catástrofe natural que, sin avisar, nos ha dejado 14.000 muertos, una cifra similar de desaparecidos y 5.000 heridos?

En la escuela de Okawa fallecieron 77 de sus 108 alumnos y 10 de sus 13 profesores. La imagen de 19 de ellos con dos de sus profesoras –todos ellos haciendo la “V” de la victoria ante un cerezo en flor- es una de las que con más fuerza nos ha golpeado. La promesa de vida futura que sabemos truncada es siempre más dolorosa que la muerte. La escuela está reducida a escombros y los niños que sobrevivieron a la gigantesca ola que engulló a sus compañeros y profesores han sido trasladados provisionalmente a un nuevo centro. Una mirada seria y concentrada y un apasionado abrazo nos confirman que la vida nunca se rinde.

Las consecuencias de la crisis de Fukushima sobre el futuro de la energía nuclear serán profundas. De entrada, los estándares de seguridad de este tipo de energía deberán incrementarse, así como el control público de los mismos. La energía nuclear será más cara. Y tendremos que acelerar nuestro cambio de modelo energético y –lo que sin duda es más difícil- nuestro cotidiano estilo de vida. “Son las personas corrientes las que llevan sen sus corazones el amor por todo cuanto vive: aman y cuidan la vida de modo natural y espontáneo.” escribió Vasili Grossman en “Vida y destino”. Al final, las personas corrientes de Okawa y las del resto del planeta son las que dan sentido a la vida sucumbiendo, venciendo, jugando o pactando con el destino.

EL PERIÓDICO, 16.04.11
Sin duda, el mayor éxito del soberanismo es que ha conseguido extender la idea de que España es un mal negocio para los catalanes. Lo ha logrado mediante la repetición sistemática de la tesis del expolio fiscal y la instrumentalización de cualquier elemento real, exagerado o imaginario de agravio comparativo con Madrid capital. Si hace solo unos años la desnuda afirmación de que «España nos roba» se circunscribía a sectores políticos minoritarios, ahora incluso los que ocupan, supuestamente, una posición central en el catalanismo han acabado suscribiendo afirmaciones radicales. Meses atrás, Felip Puig nos regalaba esa brillante rima sonora de «independencia o decadencia». Y hace unas semanas Jordi Pujol se sumaba a la disyuntiva «independencia o extinción», afirmando que somos víctimas de un insufrible expolio que durante 23 años él nunca vio. Recordemos que expoliar significa «robar con violencia o maldad». Pues bien, Pujol hizo de esa expresión uno de sus principales argumentos en la conferencia donde, para asombro de Duran Lleida, consumó el paso al independentismo.
La tesis del expolio se acompaña de otra idea en la que también el soberanismo insiste un día y otro: que por culpa del drenaje económico al que nos somete el Estado español la economía catalana está perdiendo peso en España y en el conjunto de Europa. Tanto la primera como la segunda afirmación son empíricamente falsas. Pero desde los medios públicos catalanes de comunicación, así como también desde algunos grupos privados, se difunde este tipo de planteamientos mientras se esconden otras evidencias. Así, por ejemplo, un velado silencio ha caído sobre el último número de la Revista Econòmica de Catalunya donde diversos investigadores, entre ellos el profesor Joan Trullén, demuestran en un interesante artículo que: 1) la economía comercial catalana sigue siendo con mucho la primera en España; 2) el peso industrial de Catalunya dobla al de la segunda comunidad autónoma, que es Madrid; 3) la economía catalana ha ganado peso absoluto y relativo en términos de PIB respecto a la media europea; y 4) la expansión turística de la marca Barcelona es un fenómeno internacional, con más de 16 millones de viajeros, pero de los cuales casi un tercio son españoles.
Con todo, la parte más relevante es la confirmación de lo que hace años ya destacaron los economistas Joan Sardà y Ernest Lluch: la importancia del superávit comercial catalán con el resto de España. Ahora disponemos de un análisis a fondo de datos que se remontan a 1995 gracias a la red C-intereg (www.c-intereg.es), impulsada por los institutos de estadística de ocho comunidades autónomas. De entrada, sobresale el papel de la economía catalana como potencia exportadora internacional, muy por delante de Madrid. Con todo, el gran peso de las importaciones hace que la balanza comercial con el exterior siga siendo deficitaria; concretamente en el 2009 fue de 17.400 millones de euros, lo que representa el 9% del PIB catalán. Pero al lado del intercambio con el exterior, mucho más importantes son los flujos comerciales con el resto de España. Aquí la goleada de Catalunya es espectacular. Vendemos por valor de 51.000 millones y, en el 2009, el saldo neto supuso el 12% de nuestro PIB, siendo las comunidades de Madrid, Valencia, Aragón y Andalucía nuestros principales clientes. El incremento del superávit comercial ha sido del 60% desde 1995. De todo lo cual se constata que la economía catalana sigue estrechamente vinculada con el resto de España. Pese al necesario esfuerzo de internacionalización, España sigue siendo nuestro mercado. Es absurdo, pues, renunciar al histórico papel de ser la puerta de entrada y de conexión con Europa. Contra lo que afirma el president Artur Mas, España no se nos ha quedado pequeña. Qué sentido tiene entonces estar constantemente amenazando con irnos. ¿Por qué Mas da aliento con sus gestos y declaraciones a un escenario de ruptura?
En otro orden de cosas, comparto la crítica a un modelo de inversiones que en infraestructuras ha confundido demasiadas veces Madrid con España o a una gestión del aeropuerto ineficazmente centralizada. Pero me irrita que se convierta todo ello en una verdad absoluta, frente a la cual los creadores de opinión en Catalunya son incapaces de poner en valor otros elementos, como, por ejemplo, que desde el 2004 hasta hoy, o sea, bajo el Gobierno del tan denostado Rodríguez Zapatero, Catalunya ha sido la primera comunidad en inversión ejecutada por el Ministerio de Fomento. O la importancia de la línea ferroviaria de mercancías que une el puerto de Barcelona con Lyón, recién inaugurada. O el compromiso real del Gobierno con el corredor mediterráneo. Frente a esto, la repetición de las tesis del expolio y de la decadencia catalana dentro de España responde a una estrategia orientada a saltar el muro de la doble identidad (catalana y española) de la mayoría de los ciudadanos de Catalunya. Una estrategia política que se propone empujar a los catalanes, aunque sea por un camino ruinoso, hacia la independencia.

Joaquim Coll, historiador

¿Qué hay detrás de la propuesta del Alcalde de Madrid de retirar obligatoriamente, a través de una reforma legal, a los indigentes de las calles y plazas de la villa y corte? Esta es la pregunta relevante. Porque, desengañémonos, no estamos ante una propuesta que nace para convertirse en realidad, sino de una idea para la agitación.  ¿Ruiz Gallardón la plantea a partir de una sincera preocupación por los 600 sin techo que duermen en las calles de Madrid o por una preocupación, no menos sincera, por el voto de algunos madrileños que preferirían vivir en una ciudad en la que la pobreza no tuviera el mal gusto de asaltarles  sin avisar al doblar una esquina? No estamos en condiciones de dar una respuesta. Pero tal vez puede ser útil recordar que Ruiz Gallardón se ha gastado 400 millones de euros para darse el gusto de trasladar su despacho a la plaza de Cibeles.

 A un paso de Cibeles,  el Reina Sofía acoge una novedosa y completa exposición sobre el movimiento de la fotografía obrera entre 1926 y 1939.  Jorge Ribalta  ha rescatado  en “Una luz dura, sin compasión”  una realidad –la de los explotados del primer tercio del siglo pasado- sobre la que se construyeron utopías que acabaron en tragedias, pero también biografías cargadas de valor y humanidad o modernos horizontes artísticos y científicos.

Nuestra mirada recorre con naturalidad un espacio común en el que conviven los épicos obreros soviéticos, las colas de parados alemanes en la época de Weimar o el pueblo de Madrid bajo las bombas fascistas. La miseria y la desdicha que Ruiz Gallardón pretende alejar de nuestros ojos cuando paseamos por la primavera matritense ha ocupado, digna y orgullosa, un palacio mucho menos pretencioso que el del actual –y esperamos que por poco tiempo- Alcalde de Madrid.

Una consulta con mucha trampa

Lo que es engañoso es que llamen a participar a federalistas y autonomistas

El PERIÓDICO, 8.02.2011

Mis razones para no participar son tanto de fondo como de forma. Por supuesto que Catalunya es una nación, pero, contra lo que afirman los soberanistas, es una nación que ya tiene Estado: la Generalitat, que es parte integrante del Estado español “social, democrático y de derecho”. Otra cosa es querer un Estado exclusivo. Es una opinión respetable pero no la creo económica ni socialmente buena para Catalunya. La convocatoria de este domingo es, pues, un acto de propaganda independentista, un acto político del mismo valor que una manifestación o una recogida de firmas. El objetivo que persigue es crear la sensación de que hay un movimiento secesionista en marcha que pronto será mayoritario. Lo engañoso es que nos llamen a participar en esta fiesta, apelando a la democracia, a todos los demás, también a los federalistas y a los autonomistas, que somos, recordémoslo, la mayoría sociológica, aunque el soberanismo mediático pretenda hacer ver que ya apenas existimos. En sus dípticos de propaganda, los convocantes afirman que la consulta es un acto “oficial, legal y vinculante”, cuando nada de eso es cierto. Juegan con las palabras haciendo todas las trampas que permite el lenguaje.

A la vista del escaso éxito de participación cosechado por las consultas en las ciudades medias y grandes, la convocatoria de Barcelona parecía condenada a pasar desapercibida desde el punto de vista comunicativo.

Pero no es así. Y no lo es por razones principalmente de estrategia política de CDC, que no quiere que ERC y Solidaritat per la Independència (SI) aparezcan como las únicas comprometidas con este tipo de iniciativa cuando falta poco para las elecciones municipales. Se da el caso, además, de que en Barcelona concurrirá, en la práctica, una sola lista secesionista, con Jordi Portabella y Joan Laporta formando tándem electoral; lo cual, sin duda, a Xavier Trias no le hace mucha gracia.

Si al estrenarse en su cargo, la vicepresidenta del Govern, Joana Ortega, afirmaba que el ejecutivo de Mas no iba “en absoluto” a impulsar las consultas soberanistas, desde hace unas semanas los líderes convergentes han decidido ponerse al frente de la que se realizará este domingo. Primero Jordi Pujol, luego el president Mas y ahora ya casi todos los consellers han acudido a votar anticipadamente pero sin cámaras ni periodistas. Curiosa metáfora.

En democracia lo que se publicita es el acto de votar, la imagen sonriente del político delante de la urna, mientras lo que se reserva es el contenido del voto. Pujol y Mas han hecho al revés: propagan que han votado la ruptura imaginaria con el resto de España pero no han querido retratarse. Este calculado gesto propagandístico subraya que CDC se sirve cuando le interesa del anhelo independentista de muchos, pero sin servir en realidad a este propósito. De otro modo, votaría a favor de la propuesta parlamentaria de SI que propone abrir ya un proceso de ruptura. Parece claro, pues, que Artur Mas está practicando eso de tirar la piedra y esconder la mano.

Joaquim Coll, historiador

Estamos mal pero vamos bien

El empujón de las exportaciones y el aumento de las inversiones indican que el panorama mejora

EL PERIÓDICO, 7.03.2011

Hace unas semanas, al entrar en el auditorio donde iba a dar una conferencia sobre la situación económica, un amigo se me acercó y me dijo: «Danos buenas noticias; las malas ya las conocemos».

Me parece una buena actitud. A la economía se la ha llamado la ciencia lúgubre, quizá porque a los economistas se nos ve proclives a recordar constantemente que aunque algo esté yendo bien, siempre puede empeorar. Conviene hacer caso a mi amigo.

¿En qué fijarse para ver si hay buenas noticias? Sin duda, tres variables: la actividad económica, el empleo y el crédito. Son como los órganos vitales del cuerpo económico. Si sus constantes mejoran, el estado general del enfermo acabará mejorando.

¿Hay buenas noticias sobre estas constantes vitales? Las hay.

Comencemos por la actividad económica. Si miramos la economía española en su conjunto, en el 2010 permaneció estancada. Los datos del INE así lo confirman. Ni crecimiento, ni recesión.

Pero, si al conjunto de la economía le sacamos la construcción y las actividades vinculadas, entonces nos encontramos con una agradable sorpresa: la economía no vinculada a la construcción creció un 1,7%de media en el 2010. Esta es una primera buena noticia.

¿Qué es lo que está tirando de la economía, si la construcción está parada? Las exportaciones. Su comportamiento es espectacular. La española es la economía de la OCDE (el club de los ricos) que desde el 2002 ha mantenido mejor su cuota en los mercados internacionales. No es poco, teniendo en cuenta que son los años de la competencia de China como gran exportador. Y ha sido además la que mayor dinamismo exportador está manteniendo durante la crisis. A excepción de Alemania. Pero esta, como sucede con algunas películas en los festivales de cine, va fuera de concurso.

Esto es muy importante. Porque si van bien las exportaciones, entonces es posible responder al gran reto de la economía española en este momento: desendeudarse y, a la vez, crecer. Y parece que, lentamente, se está consiguiendo.

Pero eso fue en el 2010. ¿Cómo irá en el 2011?

Fijémonos en esta ecuación: el PIB es igual a consumo más inversión, más exportaciones, menos importaciones. Si esas variables dan señales positivas, las cosas irán mejorando. Veamos.

Las exportaciones continúan yendo muy bien en el 2011. El mes de enero, por primera vez en nuestra historia, el saldo comercial de España con la UE ha sido positivo. Otra buena noticia.

Por su parte, las inversiones empresariales se han recuperado, impulsadas por las exportaciones. Como, además, el grado de utilización de las máquinas y equipos existentes es ya elevado, las empresas necesitarán ampliar sus inversiones. Por este lado, también hay buenas noticias.

¿Y el consumo? El privado está débil, porque muchas familias, después de una orgía de crédito, están desendeudándose y reducen el consumo. Y el consumo público está en etapa de recortes. Por este lado, las cosas no parece que vayan a ir bien.

Pero aun así hay alguna luz. Para verla hay que fijarse en el ahorro. En los primeros meses del 2011 ha bajado. Aunque sorprenda, es una buena noticia. Tasas de ahorro elevadas como las de estos años indicaban miedo al futuro e incertidumbre. Que se reduzcan significa que la confianza aumenta. Y esto traerá aumento del consumo.

¿Y el empleo? Si las inversiones aumentan, tarde o temprano el empleo aumentará. De momento, los últimos datos del paro conocidos esta semana no son halagüeños. Pero para buscar señales alentadoras en este terreno es mejor fijarse en las afiliaciones a la Seguridad Social. Están aumentando, y eso significa que se están creando nuevos empleos, aunque aún no sean suficientes para ocupar a todos los que buscan trabajo.

Que todo esto no es un cuento de hadas se puede comprobar viendo cómo está cambiando la actitud de los mercados financieros internacionales hacia España. Las primas de riesgo de la deuda pública han descendido y se ha alejado el fantasma del rescate.

Y se ha vuelto a abrir el grifo de financiación externa para las emisiones de las grandes empresas y la banca española. Este es un paso previo para que después el crédito minorista vuelva a fluir hacia empresas y familias. Aunque tardará en normalizarse, porque los bancos y las cajas están también desendeudándose y necesitadas de nuevo capital.

Y cambian también las actitudes hacia España. Basta leer el elogioso editorial del martes pasado del influyente Financial Times, un medio nada complaciente con España y con el presidente del Gobierno.

En resumen, y si me permiten autocitarme, el año 2006 dije que estábamos bien, pero íbamos mal. Hoy pienso que estamos mal, pero vamos bien.

Estas son buenas noticias. Las malas ya las conocen; no hace falta que yo haga el papel de economista lúgubre.

Antón Costas, catedrático de Política Económica (UB)

Asumimos que analizar y opinar sobre los 100 días de un Gobierno cuando se forma parte del primer partido de la oposición es una tarea que muchos tienen todo el derecho a seguir con un cierto grado de suspicacia. Somos, además, conscientes de que si “veinte años no es nada”, 100 días no son mucho más en el actual contexto de crisis económica y aceleración política. Pero aún así nos aventuramos a avanzar dos opiniones:

  • Sorprende el alto nivel de improvisación, lío y falta de profesionalidad política de este Gobierno. Teniendo en cuenta lo que decían las encuestas un año antes de las elecciones autonómicas ¿no podían haberse preparado un poco más y un poco mejor?
  • Ante la previsible cantidad de compromisos electorales que no van a cumplir (en algunos casos porque la realidad no va a permitirlo) ¿era necesario empezar por alegrarles la vida a las 400 familias más ricas de Catalunya? ¿No es obsceno hacerlo en medio de los recortes sociales que se anuncian un día sí y otro también? ¿No es, además, desvergonzado intentar enmascarar con discursos territoriales una propuesta ideológica neoliberal de tomo y lomo?

Dos días después de la victoria de CiU en las elecciones al Parlament  David Gistau nos anunciaba que “Mas tiene con la independencia la misma relación que Audrey Hepburn con los diamantes de Tiffany’s: no hace falta conseguirlos, le basta con fantasear delante del escaparate.” A estas alturas no estamos en condiciones de afirmar si compartimos o rechazamos la afirmación de Gistau. Pero cuando el President de la Generalitat combina el independentismo a hurtadillas con el exhibicionismo neoliberal  (y todo ello se sazona con un par de pifias diarias) el problema lo tenemos todos los catalanes. Y no se trata –créanme- de un problema menor.

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A FAVOR DE ESPAÑA Y DEL CATALANISMO

A FAVOR D'ESPANYA I DEL CATALNISME


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