Archivo de enero de 2012

Crónicas políticas (2)

Eugeni Xammar era un escéptico, un empírico, que no creía más que en lo que tenía delante

LA VANGUARDIA, 28.01.2012

Las Crónicas desde Berlín (1930- 1936), de Eugeni Xammar, son distintas, en la forma, de las crónicas de guerra debidas a Agustí Calvet, de las que les hablé hace poco, pero son parecidas a estas en su orientación última y en su espíritu. Son distintas porque, frente a la morosidad y voluntad de estilo de la prosa de Gaziel, los textos de Xammar son escuetos y estrictamente funcionales, tanto que su tono delata su origen: fueron trasmitidos, casi en su totalidad, mediante conferencia telefónica, al objeto de informar con urgencia a los lectores del diario madrileño Ahora –dirigido por Manuel Chaves Nogales– de las últimas noticias políticas, que se producían de continuo en el agitado Berlín de los años treinta. Pero unas y otras comparten idéntico objetivo de informar con aquella punta de distancia que conlleva la exigencia de veracidad, lo que significa que sus autores no pretendieron erigirse nunca en protagonistas de lo que contaban.

Eugeni Xammar i Puigventós era –al decir de Josep Pla– el hombre más inteligente que había conocido, “el que tiene un ojo más seguro y un conocimiento del mundo más vasto”. Se ha escrito de él que era políglota, cosmopolita, melómano, gourmet y conversador formidable, tanto que es fama que, cuando llegaba a Barcelona procedente del extranjero, se corría la voz. Pero también era –según Pla– “un hombre no demasiado fácil: más bien brusco, de una dialéctica muy cerrada que a veces parecía un silogismo pétreo, (y que) no cultivó nunca demasiado el trato social”; en pocas palabras, “era el catalán menos sentimental que he conocido en mi vida”. En estos rasgos de carácter se halla la explicación de la actitud que Xammar adoptó como cronista.

Xammar era, por tanto, un escéptico, un empírico, que no creía más que en lo que tenía delante. Ahora bien, también defendía el viejo principio liberal de que “el periodista pueda tener derecho a expresar su opinión personal sobre el fondo de los problemas morales y políticos que se planteen dentro de una nación”, pero sin que esta opinión tome visos de profecía, ni pretenda convertirse en un proyecto de acción política. En esta línea, el 6 de diciembre de 1935 escribió: “Mi misión no es contarle a Hitler lo que dicen ustedes, sino la de contar a ustedes lo que dice Hitler”. Esto es lo que hizo en las ciento una crónicas que recoge el libro: contar con rigor lo que pasaba en aquella Alemania convulsa sin arreboleras literarias, sin comentarios ni apostillas doctrinarios, sin pedantes acotaciones históricas, sin consejos no pedidos y sin ofrecer proyectos de regeneración universal. Pero eso no significa que la relación de Xammar con los hechos que contempla o conoce sea neutra y equidistante. Nada de eso: su posición personal, casi nunca explícita, apunta indefectiblemente en forma de acotación humorística, de ironía soterrada o de apunte sarcástico. Y ahí radica el mérito de su obra, que la hace hoy legible: no sucumbió al espejismo totalitario del momento, sino que, defendiendo sin alharacas los principios de libertad individual y de respeto a la norma jurídica, supo poner de relieve el absurdo delirante de una situación que indefectiblemente desembocaría en tragedia pocos años después, muy lejos de aquel Reich de mil años augurado por su Sumo Pontífice.

Xammar captó desde el primer momento que doce años de propaganda antiparlamentaria sufragada por la derecha, de exacerbación nacionalista caldeada por las indemnizaciones de guerra impuestas por el tratado de Versalles, y de una crisis económica en la que la inflación alcanzó niveles siderales, habían dejado Alemania al albur de los específicos inventados por “curanderos de menor cuantía (…), que no tienen ni programa ni ideas”, como Hitler, “que es hombre de un solo disco: promete paz, trabajo y libertad”. En el bien entendido de que la guerra civil desencadenada, en este marco, entre nacionalsocialistas y comunistas dejaba al margen a una mayoría de “ciudadanos que no son lo uno ni lo otro”, pero que muchas veces miraban hacia otro lado con tal de no ver. Es decir, la misma pasividad que apunta –y recrimina– Sebastian Haffner en Historia de un alemán. Hay que tener en cuenta que, en marzo de 1932, dieciocho millones y medio de alemanes votaron a Hindenburg, once millones a Hitler y cinco millones a Thaelmann (comunista).

Pocos años después –en 1935– cuenta Xammar que “Alemania está indisolublemente unida y en pie: un pueblo, un ejército, un Estado; pero hace ya unas semanas la carne de cerdo escasea, y desde hace unos días empieza a faltar también la mantequilla”. Haciéndose eco de ello, el Deutsche Allgemeine Zeitung escribió: “Si no estuviéramos empeñados en hacer algo grande, tendríamos mantequilla en cantidad suficiente”. Ello hace decir a Xammar: “Para las personas corrientes, como yo, aficionadas a la mantequilla, amigas del lomo con tomate cuando está bien puesto, ese lenguaje elevado, sublime, resulta impresionante y casi incomprensible”.

Chacón, el nacionalismo y la izquierda catalana

EL PERIÓDICO, 23-01-2012

Ante el congreso del PSOE, es habitual escuchar la opinión, mayoritariamente de voces nacionalistas, según la cual al PSC las cosas solo le pueden ir mal. «Mal si gana Alfredo Pérez Rubalcaba , y peor aún si vence Carme Chacón» . Como chiste ha tenido cierto éxito, hasta el punto de que hay sectores de la intelligentsia progresista que han hecho suyo dicho planteamiento, lo que pone de manifiesto el complejo de inferioridad que arrastra una parte de nuestra izquierda.

En el caso de una victoria de Rubalcaba , se confirmaría, dicen, la tesis de que «no nos quieren», de que un catalán, aunque sea mujer, joven, inteligente y exministra, no puede alcanzar jamás el liderazgo de un partido que, pronto o tarde, volverá a ganar las elecciones en España. Ha sido suficiente un par de declaraciones de un confeso nacionalista como José Bono y de un jacobino irredento como Alfonso Guerra para dar carta de naturaleza a dicha idea. Además, la pertenencia de Chacón al PSC, un partido jurídicamente distinto del PSOE, se convierte en otro obstáculo aparentemente insalvable.

Se ha escrito también que en Olula del Río, Chacón hizo un acto de pureza de sangre para descafeinar su catalanidad. Pues bien, recordemos que, tiempo atrás, otros políticos catalanes, como Carod Rovira , por citar un independentista de izquierdas, cuyo padre era aragonés y guardia civil, también dieron prolijas explicaciones sobre sus orígenes familiares sin tanto escándalo de nadie. Lo hicieron con orgullo y como ejemplo de que todos somos fruto, poco o mucho, de diferentes aluviones migratorios.

A día de hoy, el pulso entre ambos candidatos desmiente ese tabú anticatalán como sentimiento general, más allá de alguna alusión fruto del nerviosismo. En efecto, Chacón dispone de tantas o más posibilidades que Rubalcaba . El resultado se presume apretado, contrariamente a lo que vaticinaron al inicio algunos medios, que entre líneas apostaban por el veterano socialista. Así pues, todo es posible. Y muchos reconocen que, por ahora, quien está dando la sorpresa y realizando una campaña más dinámica es la dirigente catalana.

Si finalmente venciera, entonces esas mismas voces argumentan que para el PSC, y sobre todo para la nueva ejecutiva dirigida por Pere Navarro , sería la tumba. Quedarían prisioneros de las conveniencias de Chacón como líder del PSOE y perderían la oportunidad de disentir en temas propios. En definitiva, mal si pierde, pues sería otra señal de catalanofobia, y peor aún si gana, porque entonces los socialistas catalanes pasarían a ser sucursalistas en grado sumo. Es evidente que esta forma de razonar solo beneficia a CiU, que, entretanto, pacta en catalunya todo lo que puede con el PP y en Madrid se pliega a las políticas de Rajoy , aunque a eso no le llamen pacto.

Frente a tantos miedos y complejos, la posibilidad de que Chacón gane la pugna por la secretaria general ha de ser vista por los socialistas catalanes como una gran oportunidad. Un enorme revulsivo. Y un escenario ideal para que en el PSOE se afiancen las tesis más renovadoras y federalistas.

Joaquim Coll, historiador

Crónicas de guerra (1)

Agustí Calvet cuenta con tanta verdad lo que ve que confiere a lo que escribe un valor universal y permanente

LA VANGUARDIA, 21.01.2012

Hace un par de años me regalaron En las trincheras, libro de Agustí Calvet que recoge una selección de las crónicas escritas por Gaziel desde diversos escenarios de la Guerra Europea, casi todas publicadas antes en cuatro libros. No lo leí entonces, pero cuando lo cogí –una tarde vacía cualquiera de las últimas Navidades– no pude dejarlo. Está indudablemente bien escrito: prosa lenta, descriptiva y precisa hasta la morosidad, con aquella punta de rigidez formal propia de algunos buenos escritores cuando escriben en una lengua que no es la suya. Pero lo sugestivo no es el estilo, sino el espíritu y el tono con el que están escritas las crónicas, que hace posible que puedan leerse hoy, casi cien años después, con tanto –aunque distinto– interés como cuando fueron escritas.

Calvet procedía de una familia de Sant Feliu de Guíxols enriquecida con el suro y que, liquidado el negocio, se trasladó a Barcelona. Bachillerato en los jesuitas; vocación literaria temprana, que le hace dejar los estudios de Derecho y seguir los de Filosofía; doctorado en Madrid, con una tesis sobre Anselm Turmeda, fraile de armas tomar; y opositor sin éxito a una cátedra de Historia de la Filosofía. El verano de 1914 estaba en París, ampliando estudios en la Sorbona. Allí le sorprendió la guerra con Alemania. Lletraferit como era, redactó aquellos días un diario personal que, a su regreso a Barcelona y gracias al impulso de Miquel dels Sants Oliver –director de La Vanguardia–, tradujo al castellano y publicó en este periódico. El éxito fue enorme y la consecuencia inevitable: corresponsal en París. A partir de ahí, redactor jefe en 1918, codirector –a la muerte de Oliver– en 1920, y director único en 1933, hasta que, en 1936, “tot va anar aigua avall”. De 1918 a 1936, Calvet ejerció desde La Vanguardia, sobre parte significativa de la sociedad catalana, una influencia sólo equiparable a la ejercida desde el Brusi, en su día, por Mañé i Flaquer. Tras la Guerra Civil, su mundo se desvaneció. Entró entonces “de manera franca” –en palabras de Pla– en la literatura catalana, “con una copiosa producción (…) extremadamente positiva y claramente remarcable”.

En su trayectoria se halla –a mi juicio– la explicación profunda del espíritu y el tono que informan las crónicas de Gaziel. Era un hombre con una formación extensa y rigurosa –lo que le permitía relativizar casi todo– y sin ninguna asignatura vital pendiente –lo que le inclinaba más a la comprensión crítica que a la descalificación interesada–. Calvet no fue ni un sectario ni un profeta. Se limitó a contar lo que veía, por supuesto que desde sus coordenadas ideológicas y sentimentales, sin que transpire en ningún momento una aversión cerril al adversario, y, por encima de todo, intentando mostrar la realidad en su conjunto con aquella piedad –sí, piedad– que inspira siempre lo humano, cuando se observa en sus manifestaciones extremas de confrontación por cualquier causa.

Es evidente que Calvet era francófilo. Es más: era un catalán afrancesado. Pero resulta curioso que –a veces– entrecomilla en sus crónicas la palabra “enemigo”, seguramente porque –por tantas razones– no podía ver a los alemanes como enemigos desde siempre y para siempre. Relativiza, relativiza en todo momento. Así, cuando escribe que “un exceso de ideología y una falta de fraternidad nos impulsan a considerar la tierra como un mapa aparcelado, y a poner en cada uno de sus compartimentos sendos letreros orgullosos o simplemente sonoros: Alemania, Francia, Inglaterra, Serbia, Bulgaria, Rusia, Turquía, etcétera”. La misma tierra que acoge a todos sin hacer distinciones: “Los campos oscuros se extendían –escribe– a ambos lados del camino, espaciosos y tristes, cubiertos de árboles negros. Innumerables túmulos de tierra fangosa indicaban las sepulturas anónimas de los soldados muertos en aquellos parajes”. Y añade: “Lo más conmovedor de este desapacible lugar, es que en él se encuentran amontonados en las tumbas, hombre contra hombre, confundiéndose en la misma podredumbre, los que se mataron mutuamente porque creyeron que nada podría juntarles jamás. (…) Y aquí están todos debajo de tierra, sin gorras, ni cascos, ni armas, ni capotes, ni rastro de las mil nimiedades que añadían a su común personalidad de hombres, engañosos emblemas de los fantasmas cambiantes que gobiernan el mundo”.

Así he visto –y admirado– estas crónicas de Gaziel. Hay en ellas más descripción que juicios y más comprensión que crítica, sin que ello le impida afirmar sus ideas y mostrar sus querencias. Cuenta con tanta verdad lo que ve que confiere a lo que escribe un valor universal y permanente, inmune al paso del tiempo. Gaziel no se presenta como un protagonista sino que se limita a dar testimonio de la vida ordinaria que contempla, con especial preferencia por la del ciudadano anónimo. Por eso es tan buen cronista. Por eso es tan difícil escribir una buena crónica.

La primera sessió parlamentària de l’any ens confirma que tenim un President del Govern incapaç de donar la cara, de presentar i defensar al Congrés dels Diputats la seva primera decisió rellevant com a governant: el Reial Decret Llei de Mesures Econòmiques. Hi va assistir, mut, com a oient privilegiat còmodament instal•lat a la primera fila.
Les mesures econòmiques aprovades disciplinadament pels diputats del PP – i amb entusiasme pels diputats de CiU- suposen una esmena a la totalitat als programes electorals de CiU i del PP. Són, a més, mesures injustes i, alhora, inútils per a millorar la nostra economia: afebliran, encara més, la demanda interna, provocant un augment de l’atur i agreujant la recessió econòmica. Però una dada val més que mil paraules: la reforma fiscal aprovada amb els vots de CiU i del PP suposa que l’esforç tributari recaigui bàsicament sobre les famílies amb ingressos inferiors als 53.000 euros anuals. És a dir sobre les classes mitjanes i les famílies treballadores.
Josep A. Duran i Lleida, engripat, no hi va poder assistir. Li desitgem una ràpida recuperació. Però ens sorprèn que per justificar la mala consciència pel vot dels seus diputats afirmi: “ Crec que no seria bo que es repetís la situació del 2000 al 2004, quan a Catalunya depeníem del PP i això comportava donar suport, sobretot en els primers anys, al PP a Madrid.” ¡Però si es tracta precisament d’això! CiU està repetint l’any 2012, la mateixa operació que al 2000: suport apassionat a una majoria absoluta del PP a Madrid, a canvi de mantenir el govern a Catalunya. I el què és més important, si es confirma la decisió de CiU de llançar-se als braços del PP serà una decisió voluntària, doncs aquesta mateixa setmana el primer secretari del PSC, Pere Navarro, ha insistit en l’oferta de diàleg al Govern de la Generalitat per tal que pugui escollir si sortir de la crisi amb un model injust i que fins ara no ha donat resultats o amb un model equilibrat socialment que incorpori incentius al creixement econòmic.
Josep A. Duran i Lleida aprofita l’ocasió per opinar sobre el debat congressual socialista. Evidentment, hi té tot el dret. Nosaltres, en canvi no podrem opinar mai sobre els debats congressuals d’UDC perquè sempre hi ha hagut i hi haurà un únic candidat –Duran i Lleida- i una única opinió –la de Duran i Lleida-. Què hi farem!

Lluitador incansable

 

LA VANGUARDIA, 3.01.2012

En un temps en què el sindicalisme sembla més qüestionat que mai, la mort dijous passat de Justo Rodríguez de la Fuente, un dirigent històric de la UGT catalana, és com una batzegada a les consciències. Perquè els que han conegut Justo Domínguez saben que encarnava el coratge i l’honradesa en la lluita per les llibertats i contra les desigualtats socials.

Havia nascut al poble de Navamorquende (Toledo), en una família republicana, i als 14 anys ja se’n va anar a treballar a Madrid com a repartidor de llet, on va viure el seu primer conflicte laboral. “L’empresari adulterava la llet i jo havia de donar la cara davant els clients”, explicava amb sorna. Es va negar a repartir aquella llet, l’empresari li va clavar una plantofada i ell s’hi va tornar. Va acabar a Magistratura i va obtenir la seva primera victòria judicial. “Em van indemnitzar amb 220 pessetes”.

En acabar la mili va venir a Barcelona gairebé amb el que portava posat. Va viure a la pensió d’un oncle i la seva primera feina va ser buscar-li clients entre els immigrants que arribaven a l’estació de França. Es va assabentar que buscaven conductors de tramvies i després de dues setmanes de pràctiques va poder dir: “Com he progressat, vinc del poble i ja condueixo un tramvia!”. Dos anys més tard va passar a conduir un autobús de TMB, encara que alguna vegada els passatgers van haver d’indicar-li la ruta per no perdre’s. El 1966 protagonitza una altra batalla a Magistratura per exigir més seguretat a l’empresa. Tres anys després aconsegueixen un primer conveni, i el 1972 protagonitzen la primera vaga i junt amb un altre grup de treballadors es presenten i guanyen les eleccions de jurat d’empresa del sindicat vertical. Recelós del comunisme i de CC.OO., hegemònics dins de l’oposició clandestina, opta l’estiu del 1975 per entrar el mateix dia a la UGT de Catalunya i a la federació catalana del PSOE.

El conductor d’autobús es converteix en sindicalista. Recorre poblacions per explicar els drets dels treballadors i aviat es fa càrrec de la Federació de Transports de la UGT. Entre el 1983 i el 1989 es va convertir en secretari general del sindicat, fins que el va substituir Josep M. Álvarez.

Els problemes de salut el van obligar a jubilar-se abans del que hauria volgut, però tot i així, s’abocava apassionadament en tot el que feia. Durant els últims anys va militar a l’AMPA de l’escola pública la Sedeta i va ser present en tots els combats per convertir aquesta antiga fàbrica en un centre cívic i educatiu. Al pati de l’escola va plantar un hort i hi feia classes d’agricultura als alumnes. La seva última iniciativa: l’associació d’amics la Sedeta.

Mai va militar que militava a l’esquerra del socialisme ni a la branca més PSOE del PSC; al contrari, buscava el debat polític i abominava el pressumpte oasi català. Es va disgustar i molt amb els fracassos i les abdicacions del tripartit, però mai va conèixer el desànim. Va impulsar el corrent Àgora socialista, del qual era president. Es podia estar d’acord amb la seva visió crítica del nacionalisme català o amb la seva defensa del sindicalisme tradicional o no, però la seva actitud exemplar, coherent i compromesa, no admetia cap retret.

Josep Playà Maset

Ideas para la próxima victoria socialista

Economía de la prosperidad, nueva agenda social y los jóvenes, deberían ser las bazas del PSOE

EL PAÍS, 2.01.2012

Tras las elecciones del 20-N se ha abierto un proceso de renovación en el PSOE que tendrá un hito importante en la elección de un nuevo liderazgo el próximo mes de febrero. Pero ahí no habrá acabado el proceso, sino que estará comenzando, ya que será la nueva dirección la que tenga que articular un nuevo proyecto político atractivo para la sociedad. En este contexto, y a medio plazo, la nueva etapa podría desarrollarse bajo la etiqueta de “Socialismo abierto” (a nuevas ideas, nuevas personas y nuevas formas de hacer política). Y con esa perspectiva, la ponencia política que finalmente apruebe el Congreso debería incorporar enfoques renovados en tres áreas.

La primera es la apuesta que los socialistas deberían hacer por la “Economía de la prosperidad”. Esta es la visión económica que sostiene que los ajustes fiscales por sí mismos no son suficientes para la recuperación, y también la visión que afirma que el crecimiento, el empleo y el bienestar de las personas van más allá de la simple acumulación de bienes y servicios. En ese modelo, la sostenibilidad y la cohesión social son motores del propio proceso productivo y no simplemente una opción política. Para avanzar en esa dirección, la austeridad inteligente, el impulso a los nuevos sectores económicos, la modernización radical de nuestras políticas activas de empleo, la transformación total de nuestro modelo energético, el apoyo decidido al emprendimiento, y la revisión integral de nuestro sistema fiscal, son aún cuestiones de largo recorrido donde el PSOE tendrá que apostar más fuerte que hasta ahora.

La segunda área tiene que ver con la nueva agenda social. El PSOE no puede ser solo el partido que defienda el Estado de bienestar tradicional, sino que tiene que ser también el que apueste por modernizarlo y dinamizarlo. Asimismo, creo que el PSOE acertaría si abandonase ligeramente la contraposición permanente entre Estado y mercado y concentrase parte de su nuevo discurso social en el tercer vértice de la ecuación: la sociedad. El PP no ha importado aún el concepto de la “Gran Sociedad” acuñado por los conservadores británicos, y por eso el PSOE puede adelantarse con un discurso solvente sobre la “Sociedad de las Oportunidades”, que sea la garantía de una sociedad mejor y más justa. Esto le permitiría renovar su pedigrí progresista alejándolo de la deriva estatalista y dotándolo, por tanto, de mayor credibilidad en un contexto de restricciones presupuestarias. El potencial de renovación en este terreno es importante, ya que las políticas sociales tradicionales divididas en funciones de gasto podrían reformularse en torno a nuevas categorías centradas en la fortaleza de los hogares. La división social por edades podría trascenderse incorporando nuevas políticas para reconectar a los jóvenes con los mayores, en proyectos de sociedad multigeneracional; el énfasis en la igualdad de oportunidades en la infancia podría extenderse a todo el ciclo vital bajo un nuevo lema de oportunidades recurrentes; y los derechos sociales podrían complementarse con compromisos individuales de ciudadanía.

Con estos mimbres, sin embargo, no será suficiente. Los partidos que ganan el corazón de sus votantes no son siempre los que mejor alternativa socioeconómica presentan, sino los que son capaces de movilizar a amplios sectores sociales sobre la base de procesos participativos y una narrativa colectiva emocionante. Estos son los aspectos más complicados, los más relacionados con la estructura de los propios partidos políticos y de sus liderazgos.

El socialismo vanguardista y abierto al futuro que debería salir del próximo congreso tendrá que esforzarse para conectar con los indignados, que no son solo los jóvenes del 15-M, sino también aquellos hombres y mujeres maduros que están desencantados ante la aparente inutilidad de su experiencia en el mercado laboral y ante la perspectiva de que sus hijos vivirán peor que ellos. Las demandas de una democracia mejor deben responderse desde el ejemplo. Por eso, la apertura del partido a los simpatizantes y la consolidación del sistema de primarias para la candidatura a la presidencia del Gobierno, incluso las listas abiertas y la limitación de los mandatos deberían estar encima de la mesa del debate.

El socialismo abierto debe reconectar con los electores a su izquierda y a su derecha, y para ello los proyectos transversales que superen el esquema tradicional de clase (como los relacionados con la salida colectiva de la crisis, la sostenibilidad, la identidad comunitaria, la calidad democrática, la laicidad o el Gobierno de la globalización) deberían tener mayor protagonismo en la nueva etapa. Por último, el socialismo abierto debe reconectar con los jóvenes. El PP ha logrado que desde hace 20 años una mayoría de los nuevos votantes de cada elección fueran populares; el PSOE debe lograr que esa tendencia se revierta. No hay fórmulas mágicas, pero sería bueno debatir ideas novedosas que puedan resultarles atractivas, como nuevas reglas para facilitarles el voto, la creación de agrupaciones virtuales, la disolución de las barreras entre militantes y simpatizantes, o la introducción de criterios de mérito profesional y activismo social para ganar protagonismo político.

Si con todo ello el PSOE no gana las próximas elecciones, entonces estará muy cerca de ganar las siguientes.

Carlos Mulas-Granados, director de la Fundación Ideas y profesor titular de la Universidad Complutense




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