Archivo de febrero de 2012

Daniel Fernández: “El proyecto socialista no está ahora para que PSC y PSOE andemos poniéndonos líneas rojas”

“Para el PSOE, me gusta más que haya discurso común que voz única”

13.03.2012 Juan José Fernández

Terminado el congreso socialista y derrotada Carme Chacón, los ojos dentro y fuera del PSOE se han vuelto al PSC, esperando, o temiendo, la ira o la desafección. No hay tal, explica este dirigente socialista catalán formado en mil batallas del aparato y del Congreso. Ahora toca construir, dice, la relación con la nueva cúpula del PSOE, y para ello ve suficientes avales en Rubalcaba y Óscar López.

Cómo se encuentra el PSC de ánimo tras el 38 Congreso del PSOE?

Hay una posición muy común, una percepción de que se ha hecho lo que hay que hacer, y también de algo muy positivo: que ha sido un proceso democrático. ¿Cuántos partidos en España viven procesos como este? Solo el nuestro. El congreso se ha acabado y, ahora, a lo que toca. Y en el PSC la convicción mayoritaria es que toca construir una relación constructiva con la nueva dirección del PSOE. El primer punto es una reunión entre Pere Navarro [primer secretario del PSC] y Alfredo Pérez Rubalcaba. Aún no tiene fecha, pero será muy relevante.

¿Pero cuál es la temperatura de la relación PSC-PSOE?

Venimos de un congreso en el que se han enfrentado dos candidaturas, pero la situación del país es tal, y la necesidad de que haya un socialismo fuerte es tan urgente, que hay muchas ganas. No le voy a decir que ahora nos estemos abrazando todo el día, pero hay un clima de responsabilidad, unas ganas de pasar página cuanto antes.

¿Algunos en el PSC no se están regodeando en la herida?

No, regodearse no. Podría haberse dado el caso, ¿eh?, pero al haber conseguido la candidatura de Carme Chacón un 49 por ciento de los votos, es impossible hacer la lectura en clave derrota catalana-PSC. El sentimiento de derrota puede tenerlo tanto alguien que haya apoyado a Carme desde Cataluña como el que lo haya hecho desde Andalucía.De alguna manera, en esta historia quedan descolocados esos nacionalistas catalanes que decían que en España una catalana nunca puede llegar a nada, o esos que decían lo mismo desde el nacionalismo español.

¿Fue un error poner todos los huevos del PSC en la misma cesta?

Esa leyenda urbana de que hay un aparato que va colocando gente no es real. En el Congreso que ganó Zapatero, hubo gente del PSC que estuvo con Bono, más de la que se cree; hubo gente que estuvo con Matilde [Fernández], más de la que se cree; y algunos estuvieron con Rosa Díez. Y no fue porque el PSC tuviera huevos en todos los cestos, es que había gente que pensaba así. En el nuevo PSC es impensable que haya que colocar a gente que vote una cosa u otra. Lo que ha ocurrido es que la mayoría, de forma natural, estaba con Carme Chacón; y también había delegados que estaban con Rubalcaba y lo han expresado, y me parece muy bien. Hoy no hay forma de afrontar estos procesos que no sea la naturalidad. Me niego a que tengamos que utilizar a los delegados para estrategias.

¿Qué hubiera aportado Chacón que no aporta Rubalcaba para que el PSC se sienta más cómodo en la federación del PSOE?

No, insisto: la gente del PSC que hemos apoyado a Chacón lo hemos hecho porque creíamos que, si hablábamos de una nueva etapa, Carme era la adecuada. Ese ha sido el argumento, tanto en Ceuta o Galicia o Madrid como en Cataluña.

La nueva ejecutiva del PSOE es la que tiene menos peso catalán de la historia del partido?

Lo dirá el tiempo, pero creo que no va a ser así. Teníamos dos miembros en la ejecutiva, y ahora tenemos dos, un hombre del peso político de Pepe Zaragoza, y una magnífica diputada, como Esperanza Esteve.

¿El PSC formará grupo parlamentario propio esta legislatura?

No. En nuestro congreso votamos que no. Hubo una votación en la que salió otra cosa: que a lo largo de la legislatura, a través del diálogo PSC-PSOE veamos cómo renovamos nuestra articulación parlamentaria, dentro del grupo socialista, para aconseguir una mayor visibilidad en Cataluña que será buena para el PSC y para el PSOE.

Jaume Collboni, portavoz delPSC: “El nuevo PSC será más PSC que nunca”. ¿Qué significa?

Que vamos a seguir defendiendo como nunca nuestras ideas, lo que somos, lo que representamos, y que en el caso de España es una visión federal.

¿Van a plantearle a la nueva dirección del PSOE alguna línea roja en la relación?

Mire, el proyecto socialista no està ahora para que PSC y PSOE andemos poniéndonos líneas rojas. El proyecto socialista está para trabajar juntos e intentar salir de la crisis y del drama del paro.

Rubalcaba ha dicho que es el secretario general del PSOE que llega al puesto con mejores relaciones en Cataluña. ¿Exagera?

Yo no sé si las mejores, porque las que tenía Felipe… Y Almunia tenía también muy buena relación. Pero es verdad que tieneunas magníficas relaciones, y las tenía antes del congreso –el acto que nos pidió que le montáramos se hizo no solo desde el respeto, también desde el cariño– y las tiene después, faltaria más. Además, hay un momento clave, cúspide, que es el Estatut, dos años de relaciones permanentes. Sin Alfredo Pérez Rubalcaba seguramente no habría sido posible el nuevo Estatut.

Dicen que en la nueva relación PSC-PSOE hay una nervadura clave: la relación que tiene usted con su homólogo Óscar López.

Tengo buena relación, sí. Nos conocemos desde hace años, y venimos los dos de una cultura de la organización. Óscar López es el único dirigente socialista español no del PSC que estuvo en un Consell Nacional del PSC. Estuvo invitado, y fue ampliamente aplaudido.

Él les ha insistido a ustedes en que el PSOE debe tener una sola voz en toda España. ¿Cómo interpretan ustedes eso?

Una voz es compatible con los acentos de cada comunidad, de cada territorio. La voz única es compatible con la pluralidad y diversidad que representa el socialismo español. Una de nuestras señas de identidad es que la pluralidad fortalece la voz única, el discurso común… Para el PSOE me gusta más ‘discurso común’ que ‘voz única’.

¿No les molesta que les insistan tanto en lo de la voz única?

No. Yo creo que en una España plural, que es la que tenemos, el partido socialista que más se parece a España es aquel que es capaz, desde la pluralidad, de construir un discurso común.

¿Va a cambiar la opinión del PSC sobre el pacto fiscal catalán?

Nosotros ya tenemos un pacto fiscal, que es el que hicieron el Gobierno Montilla y el Gobierno Zapatero. Es, por cierto, un pacto fiscal diez veces major para Cataluña que el que hizo Artur Mas con Aznar. Lo que decimos ahora es que en 2013 se ha de renovar, y proponemos renovarlo por la vía de lo que llamamos “pacto fiscal federal”, que es la vía del Estatuto. El pacto fiscal, en boca de CiU, es un truco para esconder el termino ‘concierto’, pero eso no es el pacto fiscal del PSC.

Daniel Fernández es pregunta “perquè Artur Mas, a peu de pista d’esquí, es mostra incondicionalment i amb un punt d’entusiasme a favor d‘una reforma laboral que va contra els treballadors”

El secretari d’organització del PSC, Daniel Fernández, s’ha preguntat avui: “per què Artur Mas, a peu de pista d’esquí, es mostra incondicionalment i amb un punt d’entusiasme a favor d‘una reforma laboral que va contra els treballadors catalans i que crearà més atur? Se m’acuden dues possibilitats: perquè hi està d’acord, perquè CiU està a la dreta del PP i la CEOE i s’assembla més a la Lliga dels anys 20 i 30 que a la CiU que vam conèixer els anys 80; o bé perquè qui mana a Catalunya és Mariano Rajoy i no Artur Mas”.

En una entrevista a Catalunya Informació, Fernández ha recordat que “des del PSC tenim la mà estesa des del primer dia, però cada pas que fem és un pas més que Mas i Duran fan cap al PP”. “CiU té la capacitat de fer una discussió abraonada sobre independentisme i en el dia a dia estar sotmesa al PP, com hem vist amb la reforma laboral”, ha afegit.

“Mas està en mans del PP, sembla que Rajoy és més president de Catalunya que Mas. I això és així perquè Mas ho ha decidit. Ha exercit el seu dret a decidir, i ha decidit pactar amb el PP. I el que és pitjor, practiquen la submissió al PP per defensar el seu interès de partit: mantenir-se en el poder”, ha dit el secretari d’Organització socialista, per qui “hi ha alternatives que passen per incentivar el creixement i la contractació, i no abaratir l’acomiadament”.

La dificultad de la crónica (y 4)

El cronista ha de contar lo que pasó, pero no lo que debería haber pasado ni lo que debería pasar en el futuro

LA VANGUARDIA, 11.02.2012

Siempre ha habido cronistas seguidos con interés por sus lectores. Después de la Guerra Civil y sin ir más lejos, pueden citarse, entre otros, a Augusto Assía –que inició su carrera en los años veinte–, a Carlos Sentís y a Tristán La Rosa. Y los sigue habiendo hoy; ustedes los leen cada día y no procede citarlos. Pero la labor del cronista reviste hoy una dificultad mayor que tiempo atrás, y, tal vez por ello, abunde menos la crónica propiamente dicha, es decir, entendida como la narración ordenada, con independencia de criterio, de unos hechos de los que el cronista ha tenido percepción o noticia directa.

En la reciente, breve y correcta biografía de Tristán La Rosa –Tristán La Rosa, un estilo de periodismo, de Anna Nogué y José Ángel Borja–, otro periodista al que conocen bien –Xavier Batalla– dice que aprendió de La Rosa que “los periódicos deben ordenar el mundo al lector y no ser el lector el que (…) deba ordenarlo”. Ordenar quiere decir encuadrar los hechos en su circunstancia y las ideas en su contexto; pero para que esto sea posible, es preciso que el cronista preserve su independencia, cosa distinta de la neutralidad. No se trata –cosa imposible– de ser objetivo: “Soy subjetivo –escribió Unamuno– porque soy un sujeto; sería objetivo si fuese un objeto”. El cronista ha de escribir desde la perspectiva que le proporcionan sus vivencias, ideas y creencias –ahí reside precisamente buena parte de la gracia de una crónica–, pero lo que en ningún caso debe hacer es pronunciar una homilía ni vomitar un publirreportaje. Dicho de otro modo: el cronista ha de contar lo que pasó, pero no lo que debería haber pasado, ni, menos aún, lo que debería pasar en el futuro. Lo que no resulta fácil en los tiempos que corren.

En efecto, en un libro de 1995 –La borrachera democrática–, Alain Minc sostiene que, de una sociedad organizada como una democracia representativa, consolidada por un Estado providencia y vertebrada por una extensa clase media, se ha pasado a una sociedad de masas gobernada por una democracia de opinión, adoctrinada por los medios de comunicación y controlada por los jueces; lo que se traduce en un culto desmedido a los sondeos, que han pasado a sustituir a los parlamentos como factor determinante de la adopción de una u otra decisión política. “Los sondeos –escribe Minc– rebajan el coste de representación política; exigen menos sacrificios que la vieja militancia; ocupan menos tiempo que las manifestaciones; suponen menos renuncias personales que la participación en la vida pública; y se corresponden admirablemente con los criterios de una sociedad hedonista e individualista”. El resultado es el hundimiento de los partidos de masas, especialmente de los de izquierdas, que son más ideológicos; los de derechas ya han dado el salto para convertirse en un sindicato de intereses, si es que habían dejado de serlo. Con la consecuencia de que la democracia de la opinión pública y la economía de mercado se han convertido en una pareja tan indisociable, que inducen a asimilar opinión y mercado.

La opinión pública es, por tanto, un compuesto de sondeos y medios de comunicación. Así lo intuyó –hace casi dos siglos– el mayor profeta de la era moderna, Alexis de Tocqueville, cuando habló del “imperio soberano de la opinión pública”, y dijo que “la fe en la opinión pública se convertirá en una especie de religión, en la que la mayoría será el profeta”, y –se podría añadir– que los medios de comunicación serán el nuevo sanedrín que formulará las profecías, bien sea por inspiración propia, bien sea por un impulso soberano exterior, tan poderoso como discreto. Puede, sostenerse, por tanto, que la función que en el Antiguo Régimen desempeñaron los sacerdotes, y que en la sociedad burguesa desarrollaron los intelectuales, la cumplen hoy los medios de comunicación. De ahí su enorme responsabilidad, que alcanza niveles extremos al convertirse en caja de resonancia de las decisiones de un juez de instrucción, que si –a juicio de Napoleón– ya era “el hombre más poderoso de Francia”, se convierte, cuando entra en colusión con algún medio, en un auténtico peligro público.

No es extraño que, en esta situación, los políticos intenten controlar los medios de comunicación, y que, ante lo vano de este intento –pues los medios tienen por lo común otras fidelidades–, se adapten a las nuevas realidades y conviertan la política en una actividad sujeta casi exclusivamente a las reglas del marketing. En esta nueva situación, la política se convierte en publicidad y el eslogan reemplaza al programa. Es la “mediatización de la política” –de la que habla, con su rigor habitual, el profesor Josep Maria Vallès–, “que convierte a los medios en actores (…), mucho más allá de su antiguo rol de cronistas”. No creo que nadie pueda negar este aserto, vista la campaña previa a la elección del nuevo secretario general del PSOE. Pero, pese a todo, se pueden escribir buenas crónicas. Y se siguen escribiendo. ¡Que dure!

Crónicas de una barbarie (3)

Lo que hace ejemplar la tarea de Chaves Nogales, en la línea del mejor periodismo, es la ausencia de sectarismo

LA VANGUARDIA, 4.02.2012

He dudado en si titular este artículo, que gira en torno a dos libros de Manuel Chaves Nogales recientemente aparecidos –Crónicas de la Guerra CivilLa defensa de Madrid–, como “Crónicas de una tragedia”, pero me ha parecido que esta palabra –”tragedia”– tiene un regusto demasiado noble para referirse a la sima de vesania, egoísmo y estulticia en que España se precipitó durante aquellos años atroces. Ya hablé de Chaves en otro artículo. Baste recordar que fue un periodista sevillano, inteligente y viajado, que escribió con libertad sobre lo que veía, que llegó a dirigir el diario madrileño Ahora al inicio de la Guerra Civil y que, a los pocos meses, tomó la decisión de marcharse a Francia por una razón que explica en sus libros.

Chaves se autodefine con claridad: “Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”, que se apartó “con miedo y con asco de la lucha”, reconociendo que “en mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid, como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños”. Su visión más honda de los desastres de la guerra se halla en un libro memorable –A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España–, pero escribió además numerosos artículos sobre el mismo tema –casi todos desde su exilio en París–, que han sido recogidos ahora en los dos libros de los que les hablo.

El hilo conductor de los textos recuperados en Crónicas de la Guerra de España es sencillo: la Guerra Civil comenzó siendo la lucha heroica de un pueblo traicionado por su ejército, para convertirse en el enfrentamiento entre los dos totalitarismos del siglo XX: fascismo y comunismo. Chaves insiste en que una sublevación militar contrarrevolucionaria provocó el efecto contrario de desencadenar la revolución social, con la consecuencia inmediata de la internacionalización de la lucha: Alemania e Italia, de un lado, y las Brigadas Internacionales y Rusia, del otro. Y esta internacionalización explica –a su juicio– la irracional prolongación de la guerra: “Hace ya dos años –escribe– que España está en guerra. Y el mundo se pregunta por qué esta horrenda guerra no termina de una vez. Si sólo dependiese de los españoles habría terminado hace mucho tiempo”.

Aunque Chaves profundiza en el “conservadurismo” –así le llama– como uno de los factores desencadenantes de la guerra (sostiene, por ejemplo, que “los financieros e industriales catalanes, republicanos y catalanistas de origen, fueron para el movimiento nacional un apoyo mucho más eficaz que, por ejemplo, los grandes propietarios de #7;Andalucía”), tal vez infravalora la importancia de este componente conservador aportado al Movimiento por la atávica derecha hispánica, y sobrevalora la influencia italiana y germánica, decisiva para ganar la guerra pero progresivamente decreciente desde que esta terminó. En cualquier caso, la posterior derrota del Eje hizo derivar el régimen de Franco hacia lo que fue su cristalización definitiva: una dictadura tradicional de derechas; algo que Chaves también apuntó, al anticipar –¡en julio de 1938!– que “la eliminación de la Falange y de su demagogia (traerá) la instauración de un régimen conservador genuinamente español apoyado por las fuerzas tradicionales del país”.

Por su parte, La defensa de Madrid recoge las dieciséis espléndidas crónicas publicadas en México e Inglaterra, en 1938. Antonio Muñoz Molina dice de ellas –en su prólogo– que están a la altura de los testimonios de Arturo Barea y Max Aub. Quizá son aún más vivaces. Chaves cuenta, con retranca, que “Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de ala ancha y armado con un rifle”, y que los anarquistas han rizado el rizo con su eslogan “¡Disciplinemos la indisciplina!”; pero también concluye, con emoción, que “ese hombre de España que ha sido asesinado por el comunismo o por el fascismo, es lo único respetable de esta guerra estúpida que el pueblo español, de por sí, no hubiese hecho si unas tropillas de españoles cretinos y traidores no le hubiesen arrastrado a ella criminalmente”.

En resumen,Puede que las Crónicas de la Guerra Civil no sean propiamente unas crónicas al no tratarse de una narración inmediata de lo que ha percibido su autor, sino más bien unos artículos de opinión; pero las entregas que integran La defensa de Madrid sí son unas auténticas crónicas, abundosas en detalles, ricas en reflexiones y pródigas en ironía. Lo que hace ejemplar la tarea de Manuel Chaves Nogales, en uno y otro caso, es –en la línea del mejor periodismo– la ausencia de sectarismo, que no equivale a una equidistancia calculadora y falsa, sino que es fruto de la ausencia de compromiso partidario. Por eso se ha reiterado con razón que Chaves ejerció un periodismo informativo, libre de presupuestos ideológicos extremistas.




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