Archivo de abril de 2012

Aclarim-nos:

1.- El desembre de l’any passat el “Govern dels millors” va aprovar el decret de noves tarifes dels peatges de titularitat del Govern de la Generalitat, pujant el preu mitjà un 5%. En alguns casos l’increment va arribar al 6,7 %.

2.- El decret 427/2011, de 27 de desembre trenca unilateralment l’acord de principis de l’any 2000 sobre la bonificació al 100% per als residents usuaris del peatge de Mollet i d’Alella. Posteriorment la mateixa bonificació del 100% per a usuaris habituals va ser estesa pel Govern al Peatge de Les Fonts.

3.- La decisió del “Govern dels millors” no va ser consultada, ni amb els usuaris ni amb el món local, i ha causat un greuge importantíssim en un territori ja prou castigat per la crisi.

4.- El mateix Govern que es nega a fer una altra política fiscal, gravant les grans fortunes, i que ha perdonat més de 400 M€ a les famílies més riques de Catalunya en eliminar l’impost de successions, pretén carregar sobre els usuaris habituals dels dits peatges 4,2 M€ eliminant les bonificacions, autèntiques conquestes socials de principis dels anys 2000 en matèria de mobilitat.

5.- És per tant, el “Govern dels millors” el responsable d’aquesta protesta amb la seva política d’austeritat indiscriminada i que pretén carregar sobre les butxaques de treballadors i petits empresaris l’augment de tarifes dels peatges de l’àrea metropolitana.

6.- El Grup Socialista al Parlament  va presentar en el tràmit de pressupostos pel 2012 quatre esmenes demanant la retirada del decret i la restitució de les bonificacions a Alella, Mollet i Les Fonts. Les quatre van ser rebutjades pel vot contrari de CIU i del PP.

7.- La restitució de la política tarifària vigent fins l’any 2011 és la única resposta adequada a aquest problema. Aquesta és la proposta del PSC.

Els peatges al nostre país no són únicament una expressió d’una situació comparativament injusta amb la resta d’Espanya. Són també una de les bigues mestres del  poder de CDC.

Però, tal vegada, l’actuació de CDC en aquest afer no sigui més que una metàfora del dilema en què es troba aquesta formació política. ¿Fan de partit de govern o esdevenen agitadors professionals? ¿Estan en condicions d’apagar els focs que ells mateixos provoquen?. Tard o d’hora hauran d’elegir entre Joan XXIII o Umberto Bossi….

Els socialistes volem contribuir a solucionar el problema dels peatges a casa nostra.  Però si del que es tracta és de enganyar als ciutadans (incremento els peatges, sóc comprensiu/crido a l’insubmissió contra els peatges, els hi aplico el pes de la llei), Artur Mas i CDC  s’hauran de buscar altres companys de viatge disposats a compartir el camí d’un ridícul irresponsable.


22 avril : la déclaration de F. Hollande por

Amadeu Hurtado recull a “Quaranta anys d’advocat” una referència a les Memòries del Duc de Broglie en la qual el Duc, tot parlant d’un dels seus amics polítics, afirma: “Canviava sovint d’idea fixa.”

¿Hi ha quelcom pitjor que canviar sovint d’idea fixa?. Ja ho crec! Tenir una única idea que esdevé, en conseqüència, fixa per necessitat. Avui, la idea fixa que domina els sectors més conservadors de l’economia i la política –Merkel, Sarkozy, Rajoy i Mas- no és altra que per sortir de la crisi hem de continuar aplicant una recepta –austeritat anorèxica- que ens porta cap al precipici econòmic i social. Nosaltres, honestament, preferiríem que, com l’amic del Duc de Broglie, la dreta política i econòmica canviés d’idea fixa, encara que fos una única vegada. És clar que encara ens satisfaria més que establissin una relació més sincera amb la realitat i un coneixement més lúcid de la nostra experiència històrica. Tal vegada, la única solució està en mans dels ciutadans francesos el proper 6 de maig.

Escrivim  aquestes línees, tot just després d’arribar de la manifestació “Per l’educació de Catalunya, cap retallada” que ha omplert el centre de Barcelona de milers d’educadors, pares, mares i estudiants, que no ens resignem a acceptar passivament que la greu crisis econòmica sigui l’excusa per fer retrocedir trenta anys l’educació al nostre país. Pel matí havíem  tingut l’ocasió, convidat pel Manuel Bustos, de compartir unes paraules davant els centenars d’alcaldes i regidors socialistes aplegats en una magnífica jornada organitzada per la Secretaria Municipal del PSC a Sant Joan Despí. Un matí i una tarda en les que no hi ha hagut espai per les idees fixes.

¿Una Cuarta Vía para la socialdemocracia?

El centroizquierda puede empezar a recuperar la hegemonía perdida si hace tres cosas: incorpora nuevos valores, moderniza sus programas y amplia su campo de acción. Pero debe hacerlo en el ámbito internacional

El humanismo y la sostenibilidad deben colocarse en el centro de los valores progresistas

Es necesario un nuevo tipo de sociedad donde la dicotomía entre Estado y mercado no lo ocupe todo

EL PAÍS, 20.04.2012

Desde hace tres años, los pensadores y políticos ligados a la Tercera Vía discuten la manera de superar aquel paradigma, ante la convicción de que las victorias electorales sólo llegarán de la mano de una nueva refundación ideológica. Algunos de esos autores han participado en el debate que este diario viene alimentando sobre el futuro de la socialdemocracia, y la realidad es que las aportaciones se están multiplicando desde que los progresistas están en la oposición en la gran mayoría de las democracias avanzadas. De momento, predominan los diagnósticos y escasean las nuevas ideas. Así que, aun a riesgo de ser criticado, optaré en este artículo por exponer los elementos que en mi opinión podrían empezar a formar parte de una Cuarta Vía para la socialdemocracia.

Comencemos por el punto de referencia: la Tercera Vía fue una evolución ideológica de la izquierda que en los años 90 obtuvo sucesivas victorias electorales, con propuestas que adaptaron el programa progresista excesivamente dependiente del Estado a la globalización económica y al individualismo social. Aquella opción supuso una alternativa real al socialismo del siglo XIX y la socialdemocracia de mediados del XX, aunque también tuvo sus detractores porque se movía aún más al centro, se acercaba a los mercados y abogaba por reformar el Estado sin prejuicios. Su máxima era que había que actualizar los medios de forma permanente para conseguir los fines de las fuerzas progresistas en un entorno que ahora cambia a toda velocidad. La apuesta estuvo bien, y esa lógica sigue vigente, pero su capacidad transformadora fue limitada y la crisis financiera terminó definitivamente con algunos de sus mejores discípulos. Desde entonces, la necesidad de renovación ideológica de la izquierda es aún más profunda, y creo que la socialdemocracia puede entrar en una cuarta fase hegemónica si hace tres cosas: incorpora nuevos valores, moderniza sus programas y amplia su campo de acción.

En relación con los valores, la preferencia de los socialdemócratas por la igualdad, como mejor garantía para el disfrute pleno de la libertad individual ha de ser complementada. La igualdad y la solidaridad entre personas distintas se está debilitando con la modernidad, y por eso hay que hacer un nuevo esfuerzo por vincularla más a la condición humana que todos compartimos y menos a la clase social a la que pertenecemos. Al difuminarse la frontera entre asalariados y autoempleados, entre ejecutivos y accionistas, o entre emprendedores y empresarios, la empatía no puede construirse sobre la base de lo que cada uno hacemos (porque eso varía con el tiempo) sino sobre la base de lo que somos y sobre la aspiración compartida de un futuro mejor. Por tanto, el humanismo y la sostenibilidad deben colocarse de nuevo en el centro del esquema de valores progresista.

Respecto a los programas, estoy convencido de que los progresistas no recuperarán su credibilidad como gestores políticos si no son capaces de poner sobre la mesa un paradigma socioeconómico distinto. Y no debe ser una utopía irrealizable. La gente va a seguir respondiendo a incentivos económicos, y va a preferir lo barato frente a lo caro, acumular frente a pedir. Por ello, ese nuevo paradigma debe ser tan eficaz como el actual en la generación de bienestar material, pero más solvente a la hora de proporcionar felicidad, sostenibilidad y estabilidad. El modo actual de producción y consumo de bienes y servicios tiene tres problemas: genera residuos, genera pobreza y genera burbujas. Y los remedios que se han venido intentando ex post para resolverlos (como el reciclaje, la redistribución o la reestructuración) terminan siendo a veces ineficaces y casi siempre muy caros. Por tanto, la nueva economía tiene que abordar estos problemas ex ante, convirtiendo las industrias medioambientales y sociales en motores mismos del proceso productivo, con capacidad para generar bienes deseados por la población, que se puedan comprar y vender: los coches eléctricos o las escuelas infantiles son dos buenos ejemplos en esa dirección.

Junto a un nuevo paradigma económico, la socialdemocracia de cuarta generación tiene que proponer un nuevo tipo de sociedad, donde la dicotomía entre Estado y mercado no lo ocupe todo, y donde el espacio para los compromisos de los ciudadanos con su espacio comunitario sea mucho mayor. Esa debería ser una sociedad en la que clasificar a los individuos en función de tipologías sería mucho más complicado: los parados podrían combinar prestaciones con empleos en prácticas; los pensionistas podrían realizar actividades productivas; y los estudiantes podrían trabajar por horas, y viceversa. En esa sociedad, las acciones individuales positivas para la comunidad, como el voluntariado, la donación o el asociacionismo podrían sumar puntos en un carnet de ciudadanía. Y en todo caso, la lógica que movería ese tipo de sociedad híbrida sería la voluntad de generar oportunidades permanentes de superación personal para todos sus integrantes. La creación de un fondo para la igualdad de oportunidades recurrentes, que en unas semanas presentará la Fundación Ideas, podría ser una buena iniciativa en esa dirección.

Por último, me referiré a lo que considero el punto más importante de esta cuarta vía socialdemócrata, la internacionalización de su ámbito de acción. El abandono del Estado-nación, la creación de una democracia global, el establecimiento de un gobierno para la economía internacionalizada y la introducción de una administración compartida para los bienes públicos globales, deben dejar de ser asuntos marginales de la agenda progresista, para convertirse en su apuesta principal. Al mismo tiempo, la globalización de la democracia será insuficiente, si no se profundiza y mejora su funcionamiento. Por ello, me parece fundamental complementar la clásica división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) que ordena la arquitectura institucional de los Estados modernos con la incorporación del poder mediático y el poder financiero. La financiarización de la política o la mediatización de la justicia, son problemas en los que no pensaron los ilustrados del siglo XVIII, pero que deben abordarse sin dilación. Si de verdad aspiramos a mejorar la forma en la que gobernamos nuestras sociedades, esos dos poderes tienen que integrarse plenamente en el sistema en que ya están integrados los otros tres poderes democráticos.

En definitiva, creo que hay más elementos para avanzar hacia una Cuarta Vía de la socialdemocracia que los que motivaron el surgimiento de la Tercera Vía. Esa evolución no consistiría en una decisión sobre si girar al centro o a la izquierda, sino en apostar por dar un salto hacia adelante. Sería una apuesta radical de progreso, en el sentido estricto de superar los intereses creados, los prejuicios establecidos y asumiendo el riesgo de avanzar y rectificar cuando sea necesario.

Esa Cuarta Vía sumaría a los valores de libertad e igualdad el de la sostenibilidad; complementaría la aspiración de bienestar material con la felicidad que provoca la calidad medioambiental y la seguridad que garantiza la cohesión social. En términos prácticos, los programas electorales de los partidos que apostaran por esta opción ofrecerían un programa económico distinto al de la derecha liberal. Un programa en el que el impulso a sectores innovadores como las energías renovables, la biotecnología, las industrias culturales o las industrias sociales se convertirían en motores mismos del nuevo modelo de crecimiento. Un programa que renovaría los instrumentos tradicionales del Estado de bienestar para pasar de re-distribuir rentas a pre-distribuir oportunidades a lo largo de todo el ciclo vital de los ciudadanos. Y un programa que, en último caso, aspiraría a tener el apoyo de electores cosmopolitas de distintas procedencias pero identificados todos ellos entre sí por su compromiso humanista.

En definitiva, puede que la crisis no sirva para refundar el capitalismo, pero si sirve para refundar la socialdemocracia, habremos llegado al mismo lugar por un camino distinto.

Carlos Mulas-Granados, director de la Fundación Ideas y profesor titular de la Universidad Complutense

Refundar Europa desde la solidaridad

El neoliberalismo ha tocado a su fin. Necesitamos una economía social

No podemos dejar a Europa en manos de los gestores de empresas

EL PAÍS, 17.04.2012

Europa está ante una encrucijada histórica en la que se decidirá el futuro común. ¿Lograremos dar una respuesta conjunta a la crisis financiera y monetaria, oponiendo reglas a los desencadenados mercados financieros? ¿Conseguiremos, desde la crisis, desplegar una nueva dinámica para una mayor integración europea? ¿O permitiremos, por el contrario, que Europa se deje desmembrar por los mercados financieros, con el peligro de que revivan antiguos nacionalismos y de que Europa se sitúe a sí misma en un limbo político y económico?

Estamos ante un cambio de época. La era del radicalismo del mercado y del neoliberalismo está tocando a su fin. Sus paladines están antes las ruinas de sus propias teorías. Durante casi 30 años han predicado que solo la libertad de los mercados posibilitaría el progreso de la sociedad. Esa fue la doctrina dominante en la política y en la llamada ciencia económica. Todo esto se ha derrumbado con estrépito con la crisis financiera de 2009. Los mercados liberalizados y desregulados no han trabajado de forma eficiente, sino todo lo contrario. Quienes difundieron estas fatales creencias en el mercado no eran siquiera economistas, sino teólogos. Han anunciado dogmas de fe y defendido intereses bien concretos, que estaban más allá del bien común.

Como respuesta a estos nuevos desafíos ya no sirven las recetas de entonces. Como socialdemócratas y socialistas europeos sabemos que vivimos un tiempo que exige respuestas nuevas y distintas.

No cabe esperar esas respuestas de los conservadores y liberales de Europa. Ni siquiera ahora quieren darse por aludidos de que han fracasado sus ideas de mercados libres y autosuficientes. Cuando Angela Merkel habla de que lo que hoy se trata es de las “democracias conformes a mercado”, se desenmascara a sí misma y muestra que ella, y sus colegas conservadores, siguen sin entender lo decisivo de este cambio de época. Como socialdemócratas y socialistas europeos afirmamos: necesitamos mercados conformes a la democracia, mercados que se adecuen a una política democrática. Sabemos que Europa es el lugar en el que tenemos que librar de forma conjunta esta lucha política. En esto estriba hoy la gran unidad de los socialdemócratas y socialistas europeos: Europa puede y debe ser el lugar en el que, juntos, domeñemos por segunda vez al capitalismo… en particular, al capitalismo financiero. Lo que necesitamos es una europeización de la economía social de mercado orientada al bienestar a largo plazo de tantos como sea posible, no al beneficio rápido de unos pocos.

Los jefes de Estado y de Gobierno de Europa, predominantemente conservadores, se han dejado manejar durante demasiado tiempo por los mercados. Con reiteradas operaciones de rescate han intentado ganar tiempo, sin atacar la crisis en sus raíces ni poner en su sitio a los mercados financieros.

Y, de forma unilateral, han dado de esta crisis una definición que solo es cierta en algunas partes: por ejemplo, como crisis de deuda de determinados Estados de la UE cuyas finanzas públicas se han descontrolado y cuya competitividad se ha desplomado. En el caso de Grecia, semejante perspectiva podría tener una cierta justificación. En los de Irlanda y España, sin embargo, elude el núcleo del problema. Estos países exhibían, antes de la irrupción de la crisis financiera, unas finanzas públicas ejemplares. Aquí fue sobre todo la crisis financiera internacional la que obligó a ambos Estados a endeudarse masivamente para evitar el colapso de su banca.

Los conservadores y liberales de Europa intentan ocultar esta influencia de la crisis financiera internacional. En vez de sujetar realmente a control a los mercados financieros, en lugar de acometer los problemas estructurales de la eurozona a través de una política económica, financiera y social coordinada de forma efectiva, Europa se somete a un único dictado de ahorro, que no es ni económicamente racional ni socialmente justo. Bajo un nuevo signo, los conservadores y liberales europeos mantienen con vida las ideas y conceptos neoliberales que han fracasado con la crisis: en la medida en que los mercados financieros pueden seguir desarrollando su juego especulativo y en la medida en que los Estados se sujetan a un dictado unilateral de ahorro, cuyo resultado es menores servicios públicos, menor justicia social, más privatización y más libertad de mercado.

Como socialdemócratas y socialistas europeos queremos una política distinta para Europa. Queremos conjugar solidez financiera con solidaridad europea, disciplina presupuestaria con crecimiento y empleo.

1) El pacto fiscal europeo es un paso importante para garantizar unas sólidas finanzas públicas en Europa. Sin embargo, está orientado de forma excesivamente unilateral al ahorro y a la austeridad. Por ello queremos que se complemente con un impulso conjunto europeo hacia el crecimiento y el empleo.

2) Queremos que los mercados financieros sean sometidos a reglas claramente más estrictas y que participen de los costes de la crisis mediante un impuesto a las transacciones financieras. Los fondos de este impuesto podrían ser aportados a un programa económico y de innovación, una especie de Plan Marshall europeo del que tendría que beneficiarse sobre todo Europa meridional.

3) Queremos que a Europa se le dé una fuerte orientación social: a través de una iniciativa común contra el desempleo juvenil, que ha alcanzado en algunos países niveles preocupantes, a través de un estándar social mínimo y salarios justos en toda Europa. Queremos luchar por que las personas vuelvan a tener esto presente: Europa es una comunidad que protege a ciudadanas y ciudadanos.

4) Y sabemos también que Europa, en la crisis, tiene que seguir avanzando en la integración y requiere unos fundamentos democráticos aún más sólidos. Como contrapeso a la política de cénaculo de los jefes de Estado y Gobierno en las cumbres de la UE, el Parlamento Europeo debe convertirse en el lugar central de la decisión política y la democracia europea.

Cuando se habla hoy de Europa, se hace cada vez menos en relación a la paz y la reconciliación, la libertad y la emancipación, y más con conceptos de la economía financiera de mercado: fondo de rescate, mecanismo de estabilidad o endeudamiento. El discurso sobre Europa, que anteriormente era un discurso de ideas políticas, se desarrolla hoy cada vez más en el vocabulario de los gestores empresariales. ¡Pero no podemos dejar a Europa en manos de los gestores de empresas!

Porque Europa es mucho más. Más que el euro, más que un mercado común. Más también que los tratados e instituciones que hoy mantienen unida a la Unión Europea. Europa es también, y sobre todo, una grandiosa idea de coexistencia de personas y pueblos. Refundar este contrato social de ciudadanas y ciudadanos, en diálogo y alianza con los grupos sociales y los socios de la Unión, es una de las grandes tareas a las que puede y debe dedicarse la socialdemocracia en Europa. Europa como comunidad protectora y representación de los intereses de las ciudadanas y ciudadanos en el mundo de mañana: esa es la imagen que del futuro de la nueva y distinta Europa del siglo XXI tenemos nosotros, socialdemócratas y socialistas.

Sigmar Gabriel, presidente del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD)


Discours de F. Hollande à Paris-Vincennes por francoishollande

François Hollande ha intervenido esta mañana ante más de 100.000 personas en la explanada del castillo de Vincennes en Paris. En la tribuna, le ha precedido el Alcalde de París, Bertrand Delanoë. A una semana de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, Vincennes representa una esperanza de cambio, no sólo para Francia, sino para el conjunto de Europa. Representa también la consolidación de una movilización social capaz de plantar cara a los miedos con los que algunos pretenden paralizar o torcer nuestras voluntades. “Si yo soy mañana Presidente, habrá una negociación del Tratado. ¡La austeridad no será la única regla!” afirmó Hollande en Vincennes. Y es que la austeridad como única regla defendida por el gobierno conservador alemán y aceptada por el gobierno conservador francés es una respuesta ideológica y equivocada a la crisis que es necesario combatir y vencer aquí y ahora.

A nosotros los ecos de Vincennes nos cogen paseando por la Plaza Mayor de Valladolid después de asistir a la claussura del Congreso del Partido Socialista de Castilla y León. Julio Villarubia, buen amigo con el que hemos compartido dos intensas legislaturas en el Congreso de los Diputados, es el nuevo Secretario General del PSCyL-PSOE.

Un viento gélido recorre los soportales y las terrazas. A pocos metros, un grupo de jóvenes estudiantes franceses reciben con meritoria atención las explicaciones que una guía les hace sobre la estatua del conde Pedro Ansúrez, repoblador de la ciudad. Europa es el pasado, el presente y, sobre todo, es el único futuro posible. Pero tendrá que ser otra Europa. Una Europa en la que el crecimiento económico y la creación de empleo se conviertan en el objetivo primero, por encima de cualquier obsesión o interés particular, por muy respetable, comprensible o poderoso que éste sea.

Sobiranisme, el conte de la lletera

Els independentistes parlen dels avantatges de la separació, però amaguen els costos que tindria

EL PERIÓDICO, 14.04.2012

Les últimes setmanes hem tornat a comprovar que el debat sobre la qüestió territorial està dominat per dues posicions que, si bé representen visions enfrontades, en la pràctica comparteixen estratègies. Neocentralisme i sobiranisme són dos imaginaris regressius en relació amb el pacte constitucional, perquè propaguen la tesi del fracàs del model autonòmic i comparteixen el desig de destruir-lo. La gravetat de la situació econòmica facilita que apel·lin a la butxaca dels ciutadans per convèncer-los de la bondat de les seves respectives receptes. Davant la crisi, plantegen dues quimeres nacionalistes plenes de promeses de bonança i prosperitat.

El neocentralisme ha convertit el model autonòmic en el boc expiatori del malbaratament públic i de la crisi política, inclosa la corrupció. Proposa el retorn a l’Estat unitarista. La llengudaEsperanza Aguirre va expressar fa uns dies el que pensa un sector minoritari però influent de la dreta espanyola: que les autonomies tornin a l’Administració central les principals competències. Amb això, suposadament, ens estalviaríem un fotimer de diners tan immens que gairebé no caldria fer retallades. El neocentralisme pretén ignorar que en el món contemporani l’eficiència dels estats està lligada a la gestió descentralitzada dels serveis i recursos. Pensem, per exemple, en el model federal alemany. Però, curiosament, on més aplaudiments ha trobat la presidenta madrilenya no ha estat en el seu partit, sinó en el sobiranisme català, que no es cansa de vilipendiar el mal anomenat cafè per a tothom. Artur Mas ha aprofitat l’ocasió per marcar novament la diferència entre les nacionalitats històriques, mereixedores de l’autogovern, i les «artificials», encara que sense precisar quines són. Aquest despropòsit subratlla la regressió que, en termes històrics, representa el sobiranisme en relació amb el catalanisme optimista i integrador del segle XX. Suposa, a més, un menyspreu davant unes identitats territorials que a Espanya són molt complexes, sense voler desmerèixer l’existència de tres cultures nacionals diferents de la castellana. Qualsevol que rellegeixi els debats constituents del 1978 veurà que des de Miquel Roca fins a Jordi Solé Tura, passant per Joan Reventós, els partits catalans van defensar que l’autonomia era extensible a tots els pobles d’Espanya sense excepció.
Malgrat aquesta coincidència amb el nacionalisme espanyol més castís, l’objectiu del sobiranisme és, evidentment, un altre: la conquista de l’Estat propi. Ara bé, té al davant un obstacle sociològic: resulta que la gran majoria dels ciutadans ens sentim en graus diversos catalans i espanyols. Per superar el mur de la doble identitat, el sobiranisme neoliberal no desaprofita ni la més mínima ocasió per socialitzar arguments de calibre gruixut del tipus: «Espanya ens roba, però lliures faríem de Catalunya una de les economies més pròsperes d’Europa». En definitiva, la independència com una gran panacea, segons ens relatava ahir amb fruïció Xavier Bru de Sala, i en la qual, per descomptat, prosperarien els milionaris i els aturats podrien, en el pitjor dels casos, convertir-se en funcionaris del nou Estat.
Aquest tipus de contes de la lletera són d’una enorme frivolitat. Primer, perquè el relat parteix d’una premissa falsa: que la legalitat espanyola és l’únic que impedeix proclamar la independència, perquè els catalans ja estem gairebé tots d’acord. Segon, es parla només dels fabulosos beneficis de la separació, però mai dels costos socials i econòmics de la ruptura i d’un període de transició indeterminat (¿durant quant temps ens quedaríem fora de la UE?). Siguem seriosos, sisplau. Si algú deixa els seus veïns perquè esgrimeix que li roben, ¿aquests veïns seguiran saludant-lo i entrant en el seu negoci o empresa? Tercer, s’amaguen informacions essencials, com el fet que, encara que l’economia catalana s’ha obert al món i exporta, el nostre superàvit comercial únicament es produeix, i de manera molt notable, amb la resta d’Espanya (www.c-intereg.es). Quart, el repetit argument de les balances fiscals amaga matisos i sorpreses. Ho hem vist en relació amb les dades del 2009 subministrades injustament pel conseller Mas-Colell.

Hi ha un ventall de càlculs possibles en funció de l’enfocament que s’adopti, que va d’un dèficit de 16.000 milions a un superàvit de poc més de 4.000, passant per altres aproximacions intermèdies igualment correctes. Hi ha una dada reveladora de la qual CiU no parla i que indica fins a quin punt hem de ser prudents amb les xifres. Des que va començar la crisi, la Seguretat Social gasta a Catalunya molt més del que hi recapta: 1.200 milions ja només el 2009.
El problema de fons és que el gruix del sobiranisme és neoliberal i, per tant, considera que qualsevol dèficit, sigui entre grups socials o territoris, és il·legítim. Mentrestant, ens ven un perillós conte de la lletera en què només existeixen fabulosos beneficis mentre amaga els costos econòmics, socials i polítics de la ruptura. ¿Acabarem per ensopegar?

Joaquim Coll, historiador

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