Recibimos la noticia de la firma del Tratado de Lisboa con satisfacción. Culmina un largo y difícil proceso de prácticamente siete años que había embarrancado en los resultados negativos de los referéndums de Francia y Holanda del 2005. Más allá de las visicitudes, que no han sido pocas, el Tratado de Lisboa mantiene buena parte de la ambición y de los objetivos de la Constitución Europea refrendada en nuestro país: presidencia estable del Consejo Europeo, aumento del poder democrático del Parlamento, reducción de las dimensiones de la Comisión, aumento de las competencias de la Unión Europea…

Con todo, tal y como ha recordado el eurodiputado Raimon Obiols: “los resultados positivos del Tratado de Lisboa deberían hacer reflexionar a los sectores minoritarios de la izquierda europea que propusieron el no a la Constitución afirmado que así se conseguiría un cambio más importante.” Y es que aunque el nuevo Tratado supone un avance positivo, la Constitución suponía un avance todavía mayor.

Siempre nos quedará el consuelo de que la Europa del siglo XXI haya nacido, un 13 de diciembre de 2007, en la Lisboa de Eça de Queiroz. Que ese nacimiento haya acontecido en el claustro del Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, -levantado por Manuel I para conmemorar el afortunado regreso de la India de Vasco de Gama- nos parece una decisión especialmente acertada: 500 años después que unos europeos iniciaran la travesía de la globalización, otros europeos han rubricado un Tratado, a orillas del Tajo, que nos permite aspirar a existir, como ciudadanos, en el mundo global. Un mundo en el que, o existimos como europeos, o simplemente no existimos. Aunque algunos no nos resignemos a dejar de ser ibéricos…

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