Siguiendo una recomendación de LLuís Bassets en un reciente artículo en El País (por cierto, sus conversaciones con Javier Solana en “Reivindicación de la política” son más que recomendables) releemos “La política como profesión” de Max Weber. Nos asalta una duda: releer, al cabo de diez años, un libro y que dicha lectura sea vivida como algo nuevo ha de ser considerado una trágica falta de memoria o un regalo de los dioses. Y se nos reafirma una convicción: es posible escribir sobre ciencia política y sociología a través de una prosa elegante, sugerente e inteligible.

Por una disposición personal que no tiene vuelta de hoja siempre nos hemos sentidos más apegados a la ética de la responsabilidad que a la de las convicciones en el quehacer político. Una predisposición íntima que habíamos fundamentado, con el paso del tiempo, en la lectura de Max Weber. Sin embargo, ahora hemos colisionado con un párrafo olvidado: “En este sentido, la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad no se contraponen de manera absoluta , sino que ambas se complementan y sólo juntas hacen al hombre auténtico, a ese hombre que puede tener “Beruf para la política”. (Beruf en su sentido de vocación, más que en el de trabajo que también posee desde Lutero). Tal vez en la superación de esta no-contradicción esté una de las actitudes que necesita hoy la socialdemocracia.

Donde Weber si afirma que existe una contradicción es en el viejo dilema entre liderazgo carismático o dominación burocrática (Beantenherrschaft) en el seno de los partidos políticos. “Pero sólo hay una disyuntiva: o democracia de líderes con partido o democracia sin líderes, es decir, la dominación de los políticos profesionales.” Nos resistimos a aceptar esta disyuntiva. En primer lugar porque no se contempla un espacio para la democracia intrapartidaria ¿Es posible una democracia sin partidos que funcionen democráticamente? Creemos que no. Y en segundo lugar porque no aceptamos la imposibilidad de que existan proyectos políticos en los que el liderazgo no implique necesariamente “la proletarización intelectual de sus seguidores”. Proyectos, en definitiva, en el que convivan liderazgo, dirigentes políticos con personalidad propia y afiliados que no tengan que despojarse de su condición de ciudadanos en la entrada de los locales partidarios.

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