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El desplome no es culpa de los fantasmas

25.07.2012 EL PAÍS

El desplome de la Generalitat no es culpa de los fantasmas. Los fanáticos de aquí y de allá no hace falta que sigan leyendo. El revés no viene de una asfixia producida por “Madrit”, por España o por la solidaridad interterritorial. Y tampoco de unos despilfarros a capricho de un nacionalismo grandilocuente.

Es más sencillo. El hundimiento de las finanzas públicas catalanas se debe sobre todo a la brutalidad de la recesión y a un modelo de crecimiento agotado. Contra las pesadillas nacionalistas, ya centralistas, ya periféricas, la crisis de la economía catalana se parece como una gota de agua a la de la española.

Si la economía decrece, los ingresos públicos consiguientes, también. Y el déficit presupuestario resulta indomable. Cataluña creció dos décimas menos que España entre 2001 y 2007, y van más o menos emparejadas desde entonces. El gasto público aumentó. Pero sobre todo el sanitario, por el empuje demográfico. Aún así, el peso de los servicios públicos va cinco puntos por debajo del promedio español. Y las inversiones han sido cicateras: escasas bajo el pujolismo, acotadas con el tripartito de izquierdas y recortadas por fuerza mayor bajo Artur Mas. Excesos faraónicos, poco más que el aeropuerto de Lleida, el edificio Emergencias 112 en Reus, algún programa retórico.

Así, el déficit presupuestario y el alza de la deuda llegan, más que por el exceso de gasto, por la insuficiencia del ingreso. La caída de la recaudación prevista para 2010 (último año de Montilla) y 2011 fue peor que el paralelo aumento del déficit. Y Mas ha ajustado gasto sin parar.

La crisis catalana arranca de un sector de la construcción desmesurado —que alcanzó el 11% del valor añadido bruto en 2006, y luego capotó—, siempre un punto por debajo del promedio español; compensado por los dos puntos de más de la industria, que también acabó sucumbiendo a la recesión.

Esa exuberancia del totxo, idéntica a la del ladrillo, se financió por un potentísimo sistema de cajas de ahorro, que retaba a la banca, con una cuota siempre inferior. De las diez entidades, queda una sana y con vida autónoma, un diezmo más grave que el global: de las 48 quedan 11.

Así que si la crisis catalana es de trazos gruesos comunes y españolísimos, sus hechos diferenciales son poco definitivos: mayor peso de la exportación, mayor carga impositiva, responsabilidad de todos los partidos, y no solo de los dos principales…

Donde hay más divergencia y polémica es justamente en el esquema de las finanzas públicas. Algunos de los reproches catalanes (compartidos por sucesivos Ejecutivos) a la Administración central (de distinto signo) tienen base numérica cierta.

Sucede con el gran desfase entre el peso del PIB del Principado y la inversión central que recibe (salvo en muy contados ejercicios); el retraso en el cobro de partidas comprometidas como las del Fondo de Competitividad… sin contar con los memoriales de agravios comunes a todas las autonomías: mayor esfuerzo relativo de austeridad de estas respecto del Estado en la lucha contra el déficit; exclusión del beneficio del año de prórroga otorgado por Bruselas…

Donde el nacionalismo flaquea es en su propaganda de que si Cataluña no ostentase un abultado déficit fiscal con el resto de España (entre el 7% y el 9% de su PIB), no tendría problema: el gran argumento para el sueño de un “pacto fiscal” similar al concierto vasco. Grecia, Portugal e Irlanda han tenido durante lustros un enorme superávit fiscal respecto de la UE (que les enchufaba entre un 1% y un 4% de su PIB) y sin embargo son pasto de parecidos “hombres de negro” a los que llegarán a Barcelona. Un asunto es estructural, el sistema de financiación; el otro, el menor ingreso por causa de la recesión, es coyuntural, corresponde al ciclo.

Todo será difícil. Lo ya imposible será conjugar el hecho de ser objeto de rescate con el de aspirar a sujeto de soberanía.

Europa: crisis y respuesta

Vivimos una situación de emergencia en la que solo cabe reaccionar avanzando hacia la federalización de las políticas económicas y fiscales. Los debates, sin embargo, siguen siendo nacionales cuando el desafío es global

EL PAÍS, 13.11.2011

Sigue nuestra particular campaña electoral, mirando hacia dentro, sin levantar la mirada para analizar lo que pasa en Italia, en Grecia, en Portugal, en Irlanda… o en Francia. Nada parece importar para encontrar responsables de la crisis solo dentro de nuestras fronteras. ¡Por eso no existe una respuesta europea! Porque el debate sigue siendo nacional, aquí y en los demás países de la Unión, cuando el desafío es EUROPEO Y GLOBAL.

En cada país hay que hacer reformas estructurales de fondo para enfrentar una realidad nueva, mundial, donde las cosas han cambiado radicalmente y nos obligan a cambiar a nosotros. Pero además, y ahora en primer lugar, hay que GOBERNAR el espacio público supranacional que compartimos: el de la eurozona y el de la Unión Europea. Y no se está haciendo en serio.

Toca reconocer el coraje del Gobierno de España, que hace año y medio nos alejó de la zona más arriesgada de las turbulencias y de los ataques especulativos con gran coste político. Es justo hacerlo ahora cuando desde el PP, que se siente ganador en las encuestas, se pide consenso, y grandes acuerdos para enfrentar la crisis si llegan al poder. ¿Deberían decirles los socialistas que, llegado el caso, serían tan responsables como ellos han sido? No, porque no nos sale el juego de “mientras peor, mejor” que siempre practican desde la oposición. Porque con aciertos o con errores siempre estamos dispuestos a anteponer los intereses generales de España a los partidarios.

Pero la partida de lucha contra la crisis se juega en dos tableros: el de nuestra realidad como país y sus exigencias y el del espacio público que compartimos con los países del euro y con la Unión Europea en su conjunto. Por eso una parte fundamental de la faena que hay que hacer está en Europa, en sus instituciones, en la recuperación de un liderazgo que mire al espacio común, sin replegarse en una falsa visión de intereses particulares nacionalistas que nos lleva a la catástrofe ¡A TODOS!

Esta reiterada voz de alerta no tiene nada que ver con la campaña electoral. Es la misma que hace dos años y medio me llevó a plantearlo en el propio Consejo Europeo, coincidiendo con el primer debate -sin respuestas- sobre el problema de Grecia. Es la misma que he repetido en los foros en los que he participado desde entonces y en publicaciones diversas. Estamos en una situación de emergencia. No la del día a día que se nos ofrece en las noticias de Bolsa. Es una emergencia histórica que nace de una crisis financiera y económica global, sin una respuesta europea como condición para encarar una respuesta global.

¿Es tan difícil de entender que en una zona monetaria única tiene que haber una política económica y fiscal coherente? Parece inútil recordar que hace 20 años negociamos un Tratado de Unión Económica y Monetaria, no una Unión Monetaria y 17 políticas económicas y fiscales diferentes y divergentes.

Los que proclaman la desaparición del euro o las dos velocidades en la propia eurozona siguen echando leña al fuego con la errónea pretensión de salvaguardar intereses nacionales. Si alguna vez se retrocede en esa dirección el coste será inmenso y ningún país saldrá beneficiado. El mercado interior desaparecerá, víctima, entre otros efectos, de las devaluaciones irremediables y de las competitivas. Entonces tendrán que evaluar -otra vez a destiempo- el coste de la NO EUROPA.

En la encrucijada de Europa solo cabe reaccionar avanzando hacia la federalización de las políticas económicas y fiscales. Ni la marcha atrás ni esta carrera agónica de galgos persiguiendo a una liebre mecánica que nunca alcanzan. Necesitamos un gobierno de Europa, porque en este espacio se proveen bienes públicos que nos afectan a todos. No somos una suma de intereses nacionales, somos algo más y diferente, por eso la crisis es POLÍTICA y EUROPEA, aunque sea imprescindible hacer los ajustes y las reformas nacionales que la situación demanda.

En este suma y sigue de medidas parciales y agónicas, ahora es el turno de Italia. Pero con Italia se puede cometer el grave error de meterla en la recesión que la aleje de la solución de sus problemas reales. Si contemplamos sus cifras: deuda pública del 120% del PIB y solo un 42% de deuda de las familias, pero con una riqueza neta de los hogares italianos de 2,3 billones de euros (mayor que la de Alemania en términos per cápita); si vemos que la deuda pública y privada es del 260% (menor que la de Holanda, Reino Unido, Francia, Estados Unidos o Japón), llegamos a la conclusión de que no es, ni mucho menos, un país insolvente, aunque sea presa de la especulación y de su propia crisis política interna. Su presupuesto primario (sin el servicio de la deuda) tiene superávit. Y con esta deuda lleva muchos años.

El problema de Italia, más que su deuda pública que sin duda tiene que disminuir y tiene recursos para hacerlo, es que su productividad ha caído un 40% respecto de Alemania en los últimos 15 años, y está atrapada con un tipo de cambio en la Unión Monetaria que ha perjudicado su competitividad y asfixiado su crecimiento. Si la llevan a una fuerte recesión -con o sin Berlusconi- todo se hará más difícil.

Tiene que hacer las reformas estructurales que le permitan ganar competitividad y desendeudarse privatizando un sector público empresarial sobredimensionado y poco eficiente porque no está sometido a verdadera competencia.

Pero es el tablero europeo el más preocupante. Estamos equivocando la política, obsesionados por la crisis de la deuda sin tener en cuenta la crisis de crecimiento y empleo que está induciendo esta política de ajustes drásticos, sin la compensación de políticas activas para animar la demanda hasta que arranque la inversión privada.

Gobierno económico europeo significa modular el ajuste presupuestario sin renunciar a objetivos razonables de déficit; impulsar inversiones con el Banco Europeo de Inversiones y con el Fondo del mismo nombre; pedir a Alemania que utilice sus márgenes de crecimiento interno; acordar que el Banco Central Europeo cumpla una función semejante a la Reserva Federal; regular el funcionamiento del sistema en la Unión, incluida la tasa a las transacciones financieras, que no afectan al funcionamiento del sistema financiero sino a los movimientos especulativos a corto.

El Banco Central Europeo tiene que bajar los tipos al nivel de Estados Unidos o Reino Unido; debe comprar deuda soberana, sin excusas innecesarias, para limitar el poder de los especuladores y bajar drásticamente las primas de riesgo que arrasan la economía europea.

Claro que esto no significa que se permita la indisciplina en la eurozona. La gobernanza económica y fiscal de la Unión debe entenderse como cumplimiento de obligaciones para ser acreedores de la solidaridad del conjunto. Pero es absurdo que se cumplan estas obligaciones y los países se sigan ahogando a manos de los especuladores.

Tenemos que corregir el rumbo de la Unión y hay que hacerlo ya. Graduar en el tiempo la lucha contra el déficit, de manera acordada y con un paquete de premios y sanciones para todos por igual. El compromiso de estabilidad presupuestaria debe abarcar a todos los países de la zona euro. Y con ese compromiso debe ponerse en marcha el mecanismo del BONO EUROPEO hasta el límite del 60% de deuda que establece el Pacto de Estabilidad.

Al mismo tiempo, los países de la Unión, no solo del euro, tienen que mejorar su competitividad. Todos los acuerdos sociales y las reformas estructurales deben guiarse por ese objetivo de ganancias de competitividad, desde la negociación colectiva a la formación profesional, pasando por la simplificación administrativa o la reforma judicial. Nuestra opción no es competir por costes salariales bajos, sino por ganancias de productividad, por excelencia, por innovación.

Por eso insistiré en que la educación y la sanidad no son solo líneas rojas en defensa del Estado de bienestar, sino inversiones para mejorar nuestro capital humano del que depende nuestro futuro en la sociedad del conocimiento.

Felipe González, presidente del Gobierno de España entre 1982 y 1996

EL PERIÓDICO, 16.04.11
Sin duda, el mayor éxito del soberanismo es que ha conseguido extender la idea de que España es un mal negocio para los catalanes. Lo ha logrado mediante la repetición sistemática de la tesis del expolio fiscal y la instrumentalización de cualquier elemento real, exagerado o imaginario de agravio comparativo con Madrid capital. Si hace solo unos años la desnuda afirmación de que «España nos roba» se circunscribía a sectores políticos minoritarios, ahora incluso los que ocupan, supuestamente, una posición central en el catalanismo han acabado suscribiendo afirmaciones radicales. Meses atrás, Felip Puig nos regalaba esa brillante rima sonora de «independencia o decadencia». Y hace unas semanas Jordi Pujol se sumaba a la disyuntiva «independencia o extinción», afirmando que somos víctimas de un insufrible expolio que durante 23 años él nunca vio. Recordemos que expoliar significa «robar con violencia o maldad». Pues bien, Pujol hizo de esa expresión uno de sus principales argumentos en la conferencia donde, para asombro de Duran Lleida, consumó el paso al independentismo.
La tesis del expolio se acompaña de otra idea en la que también el soberanismo insiste un día y otro: que por culpa del drenaje económico al que nos somete el Estado español la economía catalana está perdiendo peso en España y en el conjunto de Europa. Tanto la primera como la segunda afirmación son empíricamente falsas. Pero desde los medios públicos catalanes de comunicación, así como también desde algunos grupos privados, se difunde este tipo de planteamientos mientras se esconden otras evidencias. Así, por ejemplo, un velado silencio ha caído sobre el último número de la Revista Econòmica de Catalunya donde diversos investigadores, entre ellos el profesor Joan Trullén, demuestran en un interesante artículo que: 1) la economía comercial catalana sigue siendo con mucho la primera en España; 2) el peso industrial de Catalunya dobla al de la segunda comunidad autónoma, que es Madrid; 3) la economía catalana ha ganado peso absoluto y relativo en términos de PIB respecto a la media europea; y 4) la expansión turística de la marca Barcelona es un fenómeno internacional, con más de 16 millones de viajeros, pero de los cuales casi un tercio son españoles.
Con todo, la parte más relevante es la confirmación de lo que hace años ya destacaron los economistas Joan Sardà y Ernest Lluch: la importancia del superávit comercial catalán con el resto de España. Ahora disponemos de un análisis a fondo de datos que se remontan a 1995 gracias a la red C-intereg (www.c-intereg.es), impulsada por los institutos de estadística de ocho comunidades autónomas. De entrada, sobresale el papel de la economía catalana como potencia exportadora internacional, muy por delante de Madrid. Con todo, el gran peso de las importaciones hace que la balanza comercial con el exterior siga siendo deficitaria; concretamente en el 2009 fue de 17.400 millones de euros, lo que representa el 9% del PIB catalán. Pero al lado del intercambio con el exterior, mucho más importantes son los flujos comerciales con el resto de España. Aquí la goleada de Catalunya es espectacular. Vendemos por valor de 51.000 millones y, en el 2009, el saldo neto supuso el 12% de nuestro PIB, siendo las comunidades de Madrid, Valencia, Aragón y Andalucía nuestros principales clientes. El incremento del superávit comercial ha sido del 60% desde 1995. De todo lo cual se constata que la economía catalana sigue estrechamente vinculada con el resto de España. Pese al necesario esfuerzo de internacionalización, España sigue siendo nuestro mercado. Es absurdo, pues, renunciar al histórico papel de ser la puerta de entrada y de conexión con Europa. Contra lo que afirma el president Artur Mas, España no se nos ha quedado pequeña. Qué sentido tiene entonces estar constantemente amenazando con irnos. ¿Por qué Mas da aliento con sus gestos y declaraciones a un escenario de ruptura?
En otro orden de cosas, comparto la crítica a un modelo de inversiones que en infraestructuras ha confundido demasiadas veces Madrid con España o a una gestión del aeropuerto ineficazmente centralizada. Pero me irrita que se convierta todo ello en una verdad absoluta, frente a la cual los creadores de opinión en Catalunya son incapaces de poner en valor otros elementos, como, por ejemplo, que desde el 2004 hasta hoy, o sea, bajo el Gobierno del tan denostado Rodríguez Zapatero, Catalunya ha sido la primera comunidad en inversión ejecutada por el Ministerio de Fomento. O la importancia de la línea ferroviaria de mercancías que une el puerto de Barcelona con Lyón, recién inaugurada. O el compromiso real del Gobierno con el corredor mediterráneo. Frente a esto, la repetición de las tesis del expolio y de la decadencia catalana dentro de España responde a una estrategia orientada a saltar el muro de la doble identidad (catalana y española) de la mayoría de los ciudadanos de Catalunya. Una estrategia política que se propone empujar a los catalanes, aunque sea por un camino ruinoso, hacia la independencia.

Joaquim Coll, historiador




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