Entradas con la etiqueta ‘muerte’

Carles Navales, el noi de vidre

EL PAÍS, 19.06.2011

Ha muerto inesperadamente uno de mis mejores amigos catalanes, Carles Navales. Estaba esperando un tren en una estación de la provincia de Girona para acercarse a Barcelona, a fin de participar en un almuerzo de antiguos compañeros de lucha político-social, cuando un infarto de miocardio le fulminó. Me he acostumbrado, forzosamente, a la desaparición de mis camaradas de generación, pero me sublevo contra la de los que son jóvenes, los que tienen la edad de mis hijos, llenos de vida, aún capaces de hacer todavía miles de cosas útiles. Por eso me cuesta encajar esta noticia. Precisamente me hallaba a punto de telefonearle estos días citándole para ya nuestra acostumbrada cita anual en Girona, en la que durante largas horas comentábamos la situación política en Cataluña y en España, que tanto él como yo seguíamos atentamente.

Yo había conocido a Carles personalmente en los primeros tiempos de la Transición, cuando era un cuadro muy activo del PSUC y CC OO. Era todavía muy joven, pero se caracterizaba ya por la ponderación de sus juicios y por la amplitud de sus contactos con los líderes de la plural izquierda catalana. Desde el primer contacto vi en Carles a un hombre profundamente unitario dentro del partido y de la izquierda en general, que tenía una percepción clara de las dificultades que presentaba la construcción de un nuevo Estado, nacionalmente plural y democrático.

Conocía ya su breve pero activo pasado. Había formado parte de su brillante equipo de militantes formado en las luchas sociales del Baix Llobregat. Podría citar los nombres de muchos de ellos que han permanecido fieles a los ideales de su juventud y han mantenido incólumes sus lazos de amistad. No hace mucho compartí con ellos unas jornadas de compañerismo inolvidables en su tierra. Era el equipo de militantes que organizó las huelgas generales que movilizaron a los trabajadores del Baix Llobregat, entonces una vanguardia de la lucha obrera y antifranquista, que contaba ya con unas potentes CC OO y una buena organización del PSUC.

En ese momento, Carles Navales tenía solo 22 años y era delegado sindical. Fue detenido, torturado y condenado por el Tribunal de Orden Público. Sus universidades fueron la fábrica y la cárcel. Lector incansable e inteligente, llegó a lograr una sólida formación cultural y política.

Recordando al noi del sucre, un famoso luchador sindicalista del siglo pasado, sus compañeros, viéndole tan joven y a la vez tan maduro, llegaron a llamarle el noi del vidre, teniendo en cuenta su profesión.

En los últimos años, Carles había conseguido instalarse en la rectoría de una vieja iglesia desactivada en el pueblo de Colomers, desde donde, a través de Internet, mantenía una gran actividad cultural y política. A partir de este tranquilo lugar organizó festivales y actos culturales en Cataluña que tuvieron gran éxito. Desde allí dirigió también una importante revista, La Factoría, en la que tuve el placer de ver publicados algunos de mis trabajos.

En mis entrevistas anuales con Carles pude ir viendo crecer a su hijo Gabriel, hoy con 18 años, a punto de ingresar en la Universidad. A Gabriel le envío hoy, en primer lugar, mi más profundo pésame. Gabriel vive con su madre, pero pasaba temporadas durante las vacaciones con su padre, que también le adoraba. Hoy le animo a seguir siendo un buen estudiante y a hacer frente al infortunio, con el coraje que lo hizo su padre en una situación distinta.

El cariño de que Carles estaba rodeado entre sus camaradas de siempre lo comprobé el día de su fallecimiento. Acosta, López Bulla, Castellana y muchos más tuvieron en vilo mi teléfono, transmitiéndome la infausta noticia. ¡Estoy seguro, Carles, de que seguirás estando vivo en la memoria de tus amigos, la mayoría todavía jóvenes, durante muchos años!

Santiago Carrillo fue secretario general del PCE y es comentarista político.

La segunda muerte de Jorge Semprún

EL PAÍS, 8.06.2011

Aunque frecuente contador de historias relacionadas con su etapa de clandestinidad comunista en el Madrid de los cincuenta y su expulsión -junto a Fernando Claudín- de la dirección del Partido Comunista a mediados de los sesenta, Jorge Semprún rara vez rememoraba ante los amigos su estancia en el campo de Buchenwald. Los motivos que le obligaron a elegir durante muchos años para seguir viviendo la renuncia a la recreación literaria de su estancia como interno 44.904 del lager próximo a Weimar eran probablemente los mismos que protegían en la vida cotidiana la intimidad de esos recuerdos, transfigurados mas tarde en una obra lúcida, veraz y conmovedora.

Por esa razón me resultó desconcertante escuchar la respuesta de Semprún, designado ministro de Cultura por Felipe González en julio de 1988, a una pregunta más bien trivial que le hice en su despacho oficial acerca de su reciente nombramiento, dirigida a rememorar medio serio medio en broma el contraste los tiempos de la clandestinidad y los actuales. No podría entecomillar sus palabras pero sí recuerdo el argumento de su soliloquio sobre la sensación, nunca desvanecida desde su salida de Buchenwald, pero todavía más presente en esos días, de tener la muerte a sus espaldas como permanente compañía. El dramatismo de fondo de Semprún no estaba reñido con el sentido del humor ni con el gusto por las bromas del que era un genial cultivador Domingo Dominguín, el mejor amigo imaginable en su estancia madrileña. En cambio, resultaba incompatible con la insoportable concepción de la política como instrumento para el enriquecimiento personal, la satisfacción de la vanidad o el medro social, propios de la transformación en simple profesión de la vocación pública.

Semprún nunca llegó a recibir en España el reconocimiento que hubiera sido exigible en términos políticos y literarios. Si el origen dolorido y las metas transformadoras de una pasión política forjada en la lucha contra el fascismo internacional y contra el franquismo le hicieron un extraño en un planeta de técnicos secularizados en ingeniería social, la extraterritorialidad de su condición ciudadana -a caballo entre España y Francia- tampoco permite su encaje en el esterotipo admirado exigido por los aduladores de la caspa carpetovetónica. Vivió en París desde la primera juventud hasta la muerte y se hizo universalmente famoso con una obra escrita en francés; sin embargo, nunca renunció a la ciudadanía española, ni siquiera cuando se lo exigieron para ingresar en la Academia francesa. El prólogo de Jorge Semprún al documentado libro de Evelyn Mesquida sobre La Nueve (Ediciones B, 2008), esto es, la compañía de la División Leclerc formada por antiguos combatientes republicanos que entró en París a la cabeza de las fuerzas aliadas no sólo reivindica el papel desempeñado durante la Segunda Guerra Mundial por decenas de miles de españoles que combatieron al nazismo en la resistencia y como guerrilleros sino que además ve en su lucha antifascista “uno de los primeros elementos de la actual comunidad europea”

Jorge Semprún solía citar la frase de Scott Fitgerald según la cual la señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas al mismo tiempo y, a pesar de ello, ser capaz de seguir funcionando. En su caso las contradicciones atravesaron su existencia diacrónicamente pero también de forma sincrónica para potenciar su creatividad. Nacido en el seno de una familia de la alta burguesía (su abuelo materno, Antonio Maura, fue ennoblecido por Alfonso XIII) que se comprometió con la Segunda República, hijo del embajador en La Haya durante la guerra, estudiante refugiado en París desde 1939, joven maquisard bajo la ocupación nazi, torturado por la Gestapo e internado en el campo de Buchenwald, militante del PCE desde la liberación, miembro del Comité Central desde 1954 y del Buró político desde 1956, expulsado oficialmente del partido en 1965, ministro de Cultura de Felipe González en la monarquía parlamentaria… La reflexión teórica, la vocación literaria y la militancia política se disputaron a lo largo de su vida la pugna por constituirse en su seña de identidad principal, sin lograr ninguna de ellas desplazar nunca enteramente a las demás. A partir de los treinta años, las relaciones entre el revolucionario y el escritor adoptaron la compleja estructura que articula a un autor con sus homónimos: aunque en ese juego de espejos Federico Sánchez fue durante su etapa de clandestinidad comunista una proyección de Jorge Semprún, muchos compañeros de la militancia comunista siguieron considerando años después a Jorge Semprún como una invención de Federico Sánchez.

En Adiós, luz de veranos (Tusquets, 1998), Jorge Semprún lanzó un emocionante mensaje que aclara en la medida de lo posible la cuestión de su identidad . Después de mencionar el cementerio de Biriatou, que sirvió de referencia a un bellísimo poema del Unamuno exiliado por la dictadura de Primo de Rivera titulado Orhoitz Gutaz (Acordaros de nosotros), Semprún evoca el pequeño pueblo fronterizo sobre el Bidasoa, como “patria posible de los apátridas” y como lugar para perpetuar su ausencia. Estoy convencido -afirma- de que la monarquía parlamentaria, vistas las circunstacias históricas, es hoy día el mejor sistema posible para garantizar la democracia, “la mejor forma de desarrollo de la res pública”. Sin embargo, concluye Federico Sánchez, esa convicción es compatible con el deseo de ser enterrado en el pequeño cementerio de Biriatou “con mi cuerpo envuelto en la bandera tricolor -rojo, gualda, morado- de la República” que simbolizaría “la fidelidad al exilio” y a su dolor.




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